Y si el odio está aquí para quedarse

 

Cuentan testigos presenciales que el sujeto que atentó en La Rambla de Barcelona lanzó su furgoneta contra un niño de 3 años que encontró a su paso en la multitud presente en La Rambla, dejando un terrible balance de muerte y dolor. Cuesta entender tamaña maldad hacia desconocidos, hacia una criatura que comenzaba a vivir. Apenas unos días antes Christopher Cantwell, un portavoz de la marcha supremacista de Charlottesville en EEUU, había dado la clave por la que ni le conmovía el asesinato de una mujer por uno de los suyos: “Estaba justificado”, “nuestros rivales son un puñado de animales que no saben apartarse“.

Ocurre que los asesinos no sienten a sus víctimas como sus semejantes.

De un lado tenemos esa falta de empatía que define al ser humano, del otro el odio que se ha instalado con extraordinaria virulencia en las relaciones sociales. Y es tan intensa su presencia que habremos de abordarlo como primer objetivo, porque no para de crecer. Se abona a sí mismo, sin cesar. Y saca lo peor del género humano en individuos proclives.

La indignación es lógica cuando nos vemos sacudidos por atentados, por el desgarro que causa la muerte de inocentes, la muerte en sí, el dolor, el daño. La persecución de los terroristas, la investigación, la acción judicial, la condena son ineludibles. Pero no bastan. Si bastasen se hubiera acabado con la lacra hace tiempo, o al menos hubiera dejado de crecer. Nos hallamos ante un problema vital destinado, al parecer, a quedarse. Ya nadie está libre de caer a manos de esta sanguinaria irracionalidad. Es y va a ser una forma de vivir. Insistamos en la base de que la seguridad absoluta no existe. Vamos camino de acrecentar precisamente la inseguridad. De ahí que sea imprescindible hacerse muchas más preguntas y buscar más respuestas y soluciones que la reacción emocional.

Hay que encontrar las raíces del odio, que no se explican solo por una maldad innata en ciertos sujetos. Bastan unos pocos para sembrar el caos, no es una actitud generalizada, y menos en los millones de personas de comparten país o religión con los asesinos. Atendamos a cómo crece también la repuesta de odio en quienes lo llevan previamente en su ser presto a lanzarlo como arma a sus oponentes. Ese odio reconcomido que salta cada vez que encuentra oportunidad. El que estamos viendo, aquí, en España, en una serie de desaprensivos con notable altavoz en los medios. Bochornoso espectáculo que clama por las víctimas mientras las sirve descuartizadas para el morbo y el lucro, o que usa independentismo o “turismofobia” para culpar a los propios afectados. De forma que se pide rendición ante el turista y a la vez echar a todo el que llegue a nuestro suelo pobre o con un color de piel inadecuado a su gusto.

Odio, Hate, es la palabra que estremece hoy a los Estados Unidos de América y no dejan de indagar en su historia para saber por qué ha llegado a nuestros días tan vigoroso. Por las heridas que no se cierran como deben cerrarse, valoran. El historiador Richard Hofstadter analiza en Time –que le ha dedicado al odio casi un monográfico– que “siempre hay una guerra para volver a América grande, porque siempre hay quienes creen que la grandeza americana está bajo asalto de ‘la otra”. Es regla común a todos los torpes, simples y peligrosos maniqueísmos. O blanco o negro. El bien o el mal. Tú o yo. Claramente es lo que arma al yihadismo feroz. Y a las ideologías ultras que salen a palo ciego cada vez que tienen ocasión. “El portavoz paranoico trafica en el nacimiento y muerte de mundos enteros, órdenes políticos enteros, sistemas enteros de valores humanos”, dice Hofstadter. Ahí pueden ver las fauces de muchos analistas españoles y de quienes siguen su línea –en las redes por ejemplo– sin hacer muchas más preguntas.

En cada atentado, los políticos posan para la imagen de unidad. Rajoy y la plana mayor de los líderes explican que los terroristas quieren cambiar “nuestros valores y nuestro sistema de vida”. Ahí hay otra clave decisiva. Hemos de preguntarnos con urgencia qué hemos hecho con nuestros valores y nuestro sistema de vida, si realmente permanecen. Sabemos que el terrorismo yihadista se financia desde países amigos de muchas autoridades occidentales, en intercambios comerciales que obvian su contribución al terror. Y sabemos que existe la misma dualidad entre quienes abrazan a las víctimas de la barbarie terrorista mientras besan a sus promotores. Hay momentos en los que asalta la terrible sospecha de que el terrorismo también es un negocio, o es usado para ese fin.

Los portadores del odio que mata no sienten a sus víctimas, decíamos, como sus semejantes. Los valores de los que presumen nuestros portavoces tampoco parece que las estimen demasiado. No se dispara a tus semejantes cuando los ves en el agua intentando llegar nadando a la costa. No les pones alambradas de espinos. Y desde luego no parece que toda la Unión Europea considere sus semejantes a los refugiados que se hunden en el Mediterráneo, pagando a guardacostas libios que a su vez quieren echar testigos como las ONG. No es sin duda el reinado de un fanatismo ciego, pero, si lo miramos bien, entre “nuestros valores” cada vez existe menos la solidaridad y ni siquiera la justicia cuando se saquean las arcas públicas o se gobierna para unos pocos en detrimento de otros. Las políticas de la desigualdad han dejado muchas víctimas. El mundo no es como lo cuentan en las declaraciones solemnes. Y es temible adónde puede llevarnos este pulso entre actitudes de brutal deshumanición.

Ahondemos a ver si el odio crece por la pérdida de valores reales. Se ha dado la vuelta a la escala que los clasificaba, siquiera que los aglutinaba. Y por los instrumentos que se usan para enmascarar el nuevo orden. El egoísmo atroz del sistema no es un valor, ni la banalidad, ni la búsqueda del beneficio económico como suprema aspiración. Solíamos entender como valores otros conceptos: la búsqueda de la equidad, la justicia, la honestidad, la ética, la educación integral, el idealismo, los derechos humanos, los derechos civiles, los que ayudan a disfrutar de la vida en salud, la generosidad, la libertad.

Muchos españoles portan estos valores aunque la mugre parezca ocultarlos. En los atentados del 11M, Madrid, España, fue un ejemplo para el mundo de valentía, madurez y coraje. Y así se destacó en los foros internacionales. Ahora lo es en Barcelona y las buenas gentes de toda la Tierra lloran con nosotros. De nuevo hemos visto en Barcelona, en Cambrils, en Catalunya, en España a todo ese sólido entramado de los servicios civiles volcados en ayudar y resolver. Los que practican la cooperación, otra característica humana fundamental. Los Mossos, policía autónoma, en particular que evitaron una catástrofe mayor en Cambrils entrada la madrugada. Fallaron algunos periodistas, cada vez ocurre más. Pero, por cuanto nos jugamos en ello, hay que aislar a las personas tóxicas, no permitir que copen el discurso y se aúpen hasta sobre las víctimas de atentados para obtener sus fines. Portavoces paranoicos… o mercenarios. No tenemos tiempo para ellos.

“La inseguridad está en proceso de ser convertida en el sujeto principal –quizás en la razón suprema– que moldea el actual ejercicio del poder”, escribía Zygmunt Bauman. Muchos viven de ello. Muchos están muriendo por ello. Es muy difícil aunar el temor, la prudencia y la razón, pero es a lo que la amenaza del odio nos aboca.

Miles de personas coreando “No tinc por”, no tengo miedo, en el corazón de Barcelona este viernes –con los muertos aún sin enterrar, las heridas sin curar y el odio asesino suelto–, merecen el más grande abrazo solidario y soluciones racionales y efectivas. Si el odio está aquí para quedarse, hablamos de otra dimensión.

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Fascismo, la complicidad del silencio

Agosto se nos tiñó de nazi. Se desparramó el depósito que a duras penas lo contenía. Y se plasmó el sábado 12 de agosto en la ciudad universitaria de Charlottesville, en el Estado de Virginia que albergó la capital de los Confederados en la Guerra de Secesión norteamericana. Una nutrida representación, masculina, blanca, violenta, irracional, fascista, armada hasta con fusiles de asalto, sembró de odio y sangre las calles para hacer alarde de la superioridad que creen ostentar. Una mujer –Heather Heyer, 32 años– asesinada, una veintena de heridos, múltiples apaleados, una sociedad con una profunda brecha en el corazón. Las impactantes imágenes grabadas por HBO dejan poco lugar a la imaginación para saber la dimensión de lo qué está ocurriendo.

“Una injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes”, decía Martin Luther King, el líder de los derechos civiles que caería abatido por esta misma intolerancia en 1968. El despertar del nazismo latente en un país es una amenaza para todo el mundo libre, podríamos parafrasear. No es insignificante lugar los Estados Unidos de América, lo que le añade gravedad. Y no cabe tregua. El sábado en Charlottesville emergió cuanto se venía gestando, lo que llevó a Donald Trump al poder. El presidente que tardaría 48 horas en condenar la violencia de los partidarios de la supremacía blanca, obligado por una intensa condena a su reacción inicial. Cuando, hablando de “distintas fuentes”, enarboló la bandera de la falsa equidistancia siempre, siempre, culpable. Este martes recuperó la versión de “las dos partes”, culpables ambas y con buena gente ambas en su interior, y dijo que la prensa había tratado injustamente a los manifestantes neonazis a los que justificó. Trump no abandona a los suyos. Las felicitaciones más efusivas -dentro de un clima de desolación- han sido las de un par de líderes del KuKluxKlan  agradeciendo a Trump “la condena a los matones de izquierda que nos atacaron”. 

El brote estadounidense se produce en la sociedad de la confusión, donde voces insistentes tratarán de minimizar y establecer paralelismos con cualquier otra tendencia. No la hay. El fascismo destruye la sociedad. Basado en la idea de la supremacía, de la superioridad de la raza blanca sobre las demás, buscan imponer su dominio por la fuerza. Tras la raza superior van los hombres superiores sobre las mujeres inferiores, y todas las “perfecciones” que se atribuyen. Salen al calor de Trump, sin duda. Muchos lo han señalado. Los nazis precisan un líder y el tosco personaje que ocupa la Casa Blanca jugó todos los números para serlo.

Vean el equipo de Trump en la presidencia. La ultraderecha extrema, enmascarada como Alt-Right, con Steve Bannon y similares. Vean de quién se nutre y a quién sigue el twittero compulsivo que calló precisamente el sábado como señalaría la escritora J. K. Rowling. Un escueto número que copa su familia, sus colaboradores, sus empresas, líderes religiosos y Fox. Fox&Friends, el programa favorito del hoy presidente de EEUU que en la misma noche del sábado defendía la supremacía blanca. “ Trump era esto: el terrorismo nazi de Charlottesville“, escribía aquí Ruth Toledano, pues claro que sí.

La historia se repite. Una crisis económica por abusos del sistema financiero –no de los ciudadanos– desencadena precariedad para la mayoría. La derecha más radical, el fascismo en todas sus vertientes, la aprovecha a su favor. Cuantos callaron por su auge en los años 30 ofrecían como excusa el temor a caer en manos del comunismo que se había ido extendiendo desde la Revolución de 1917. Pensado que, tras utilizarlo, en último extremo lograrían contener al nazismo. Ahora cuentan como enemigos a ofrecer con Corea del Norte y Venezuela y a Trump como exaltado a moderar. Y cuela aún menos.

La gran diferencia hoy es la manipulación masiva y la deseducación que deja inermes a millones de ciudadanos, de todos los países. El abandono de grandes capas de la sociedad. El embrutecimiento que viene a recordar a los epsilones de Aldous Huxley creados en Un mundo feliz (1958) para ser usados en trabajos arduos. La casta inferior del sistema. De un sistema de castas explícitamente, en efecto. De la desigualdad como sistema. En donde los implicados la acatan encantados. “Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”, advirtió Martin Luther King.

Estados Unidos se ha sobrecogido con la explosión de odio que vieron, ven y saben existe en las raíces de su historia. El periódico británico The Guardian recordaba en su editorial del lunes ( El fracaso moral que avergüenza a América) que, “escribiendo Mein Kampf en la década de 1920, Adolf Hitler elogió el racismo institucional de Estados Unidos como un modelo del que la Alemania nazi podía aprender”. El tiempo ha pasado, con avances de desarrollo, pero quedan raíces irreductibles que germinan en huecos seres susceptibles de interpretar en ese sentido el “América, grande otra vez”. No por casualidad como se ve en su propio inspirador, Donald Trump.

La preocupación es intensa en quienes son capaces de entender lo que hay tras esa explosión de odio y elogio de la desigualdad. Lo que se palpa en las calles de muchas ciudades y pueblos de Estados Unidos con su rechazo al extranjero, al diferente. Se nota en el ambiente. En miradas y en gestos, como cuentan los residentes. “En zonas donde tu color de piel y tu acento te delata como no bienvenido. En ataques racistas en los lugares más insospechados, como la cola de un supermercado”, relata entre otros muchos detalles de alta significación Diego E. Barros en Ctxt.es.  Allí están los votantes que encontraron en Trump el líder a medida que les llovió del cielo. El que dice las cosas como son.

Mayor peligro aún ofrecen quienes, en favor de los más espurios intereses, se apuntan a amparar el fascismo norteamericano y cuantos están floreciendo en Europa. España incluida. Las reacciones tibias a los terribles sucesos de Charlottesville han sido muy significativas en la prensa tradicional española. Incluso han compartido el “distintas fuentes” de Trump, y han hablado de altercados entre radicales de distinto signo. Fascistas y luchadores por la igualdad en el mismo plano. Delirante. Preocupante.

Y la complicidad con la profunda inclinación autoritaria exhibida por el PP. Su ideología que ya no se priva ni de abstenerse cuando Sada, donde se ubica el muy regalado Pazo de Meirás, declaró persona “Non grata” a la familia Franco. Realmente hay lugar a poca duda, hace años Mariano Rajoy proclamó por escrito en el Faro de Vigo su creencia en la superioridad por estirpe, que, al parecer él mismo personifica con su brillante inteligencia.

Fox News se reencarna en 13TV. Con más medios, sin duda. O en Intereconomía y la COPE. TVE se ha convertido en otra 13tv o Fox News, sin que una dirección que acabe con las prácticas manipuladoras termine de llegar como se prometió. Y se encuentra también en tertulianos que participan en los llamados debates de otras cadenas. Los que enarbolan más que nadie “la libertad de expresión” pero solo del discurso que les gusta, como dice esta columna de The New York Times. Cristina Cifuentes nació al estrellato político en 13TV y similares. En pareja línea ideológica, Albert Rivera o Begoña Villacís, también. Y no es difícil atragantarse en un zapping con la presencia de altos cargos del Gobierno e incluso el presidente en las cadenas de ultraderecha. Así se van sembrando los  Charlottesville.

Martin Luther King señaló en todos los tonos la enorme complicidad del silencio. En todos los conflictos. “Llega la hora en que el silencio es traición”, “al final, recordaremos no las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos” o “no nos parecerá lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas”, “el estremecedor silencio de los bondadosos”.

Ahí estamos. El fascismo se ha plantado en nuestras caras en pleno agosto. Cuanto se veía venir llegó y con creces, por muchas risas que provocaran las advertencias. Va a más. Pero no es irremediable si se ponen los medios. Muchos están hablando hoy, muchos que no lo hacían en EEUU. La indignación y el valor han vencido al miedo y el silencio. Martin Luther King consciente de las dificultades dijo también: “Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano”. Y, no, podemos asegurar que no vivió en vano. Y que el fascismo se destierra con la justicia social, la verdad y la cordura.

 
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