La tentación recurrente de sacar provecho del terrorismo

El terrorismo ha vapuleado a España como a pocos países. Ha segado vidas. Las de aquellos a quienes arrancó el aliento y la de quienes se quedaron con esa ausencia doblemente traumática. El terrorismo dejó sin piernas, ojos, dañados órganos esenciales, quemada la piel, el cuerpo, la fuerza y la esperanza. El terrorismo ha mutilado la existencia de muchas personas, arrebatando hijos, maridos, esposas, padres, hermanos, amigos. Ha forzado hasta la extenuación la capacidad de entender, de asombro, de ánimo para seguir viviendo. España lo ha sufrido de distintas procedencias, igual de atroz.

Piensen en las familias de Xavi y Julian, los niños asesinados en La Rambla, del estadounidense que celebraba en Barcelona su primer aniversario de boda, de la anciana portuguesa que enseñaba la ciudad a su nieta, de los jóvenes italianos, del cooperante solidario, de la zaragozana que cayó en Cambrils. De todas y cada una de las víctimas. Imaginen las secuelas del centenar de heridos en estos atentados de los que, en el horror, apenas queda tiempo para hablar. De la onda expansiva de dolor llegada a distintas partes del mundo, desde Australia a Granada en España. Es lo que busca el terrorismo. Lo mismo pasó en Madrid el 11 de Marzo de 2004.

Cerca de dos mil familias pueden hablar en primera persona de lo que truncaron aquellas bombas en los trenes de cercanías de Madrid. Casi dos centenares de muertos, también de numerosas nacionalidades, desde Chile y Perú, a Polonia o Filipinas. El hijo inolvidable para tantos de Pilar. El chileno que acababa de traer a su mujer y a su hijo para darle estudios. La niña árabe de 13 años que no llegó a su Instituto de Lavapiés. De todas las procedencias, de todas las edades, de todas las profesiones.

Entre los heridos, un gran número quedó con los pulmones dañados y graves lesiones en otros órganos y en las extremidades. Secuelas que merman capacidades. Personas que tuvieron que aparcar sus carreras, sus proyectos. Y que no han vuelto a sonreír con plenitud nunca más. Cuánto más podríamos contar de sus carencias tras aquellas puertas que se cerraron para el interés mediático.

Pues bien, sobre todo este dolor se edificaron fortunas y leyendas para cimentar poder y aplicar políticas bien específicas. Se ha hecho y se está intentando repetir, con una guerra sucia bochornosa que pone en cuestión la Seguridad, a quienes se encargan de esa tarea de servicio público, las intencionalidades políticas, hasta los Derechos, como en un gran saco. Cuando precisamente los ciudadanos parecen haber recuperado la confianza en los Cuerpos que nos defienden. Los volquetes de basura que están echando sobre los Mossos, en particular, con verdades a mediasenvilecen a sus propagadores. Investidos de la falsa moralidad que se atribuyen, los actores de la manipulación interesada no andan lejos de la perversidad de los terroristas. Son los carroñeros que se aprovechan de los atentados.

Rajoy ha querido templar la cuestión, hablando de la confianza del gobierno en todas las fuerzas de seguridad y alabando la gestión de la policía catalana. Siquiera formalmente. Lo cierto es que la campaña y la división  ya ha llegado a medios internacionales solventes. El propio presidente catalán acusaba en Finantial Times a Rajoy de “ hacer política con la seguridad“.

Comparecía Rajoy ante la prensa y ha declarado, también, como quien no quiere la cosa: “ Si hay que modificar el código penal para combatir el yihadismo, lo haremos“. Poca pena más queda por meter que la Cadena Perpetua que ya introdujo con el Pacto Antiterrorista, y poco más que endurecer y recortar en derechos -de todos- en una legislación de las más restrictivas de Europa.  Es otro clásico.

El arranque estelar de la utilización del terrorismo sin tapujos se sitúa en el que es aún el mayor atentado yihadista sufrido en Europa, el 11M en Madrid.  Apenas un mes después, el 23 de Abril, fecha que conmemora las grandes y menos grandes creaciones literarias,  nace la teoría de los “agujeros negros”. Se gesta en el diario El Mundo y su primer difusor es un periodista ya fallecido. Curiosamente desaparece de las firmas y toma el relevo Luis del Pino que escribiría tres libros y sería empleado en la Telemadrid de Esperanza Aguirre para dar cumplida cuenta de su teoría. Además del staff de dirección de El Mundo, el propio director, Pedro J. Ramirez, participa de forma entusiasta. A él se debe su inolvidable “el yerno que todos querríamos tener” dedicado a José Emilio Pérez Trashorras, uno de los principales condenados.

La conspiranoia del 11M se basaba en eso, exculpar a unos y sembrar dudas –más bien certezas- sobre varias  pruebas decisivas: el explosivo, la furgoneta Kangoo de Alcalá de Henares, la mochila de Vallecas, los teléfonos móviles. Sin ninguna prueba. El fin es culpar a ETA que parece convenir más al PP. Ha perdido las elecciones del 14 de Marzo, gracias en alguna medida a su gestión nefasta de la información de los atentados. Así lo  señalaba la prensa internacional. Volvimos a acudir a ella, como en los peores tiempos. Desde el mismo día 11 apuntaron a la autoría del terrorismo islamista. Los conspiranoícos intentaban también culpabilizar al PSOE, sugiriendo que movió hilos a su favor para salir triunfador en las urnas.

Era la forma de dar consistencia a la línea que mantuvo el PP los cuatro días de Marzo, desde el “No hay duda: ha sido ETA” del ministro del Interior Ángel Acebes en la mañana de los atentados, hasta casi la hora de votar. Complementada con gestiones diplomáticas en embajadas y  en la ONU, o con la llamada personal de Aznar, el presidente del gobierno, a los directores de los periódicos forzando titulares.

Fue una utilización fraudulenta de los atentados de Madrid con fines político y de lucro económico. Impune. Y en cierto modo exitosa, porque caló en ciertas personas proclives a la credulidad. Todavía hay quien sospecha de manos ocultas, a pesar de la rigurosa sentencia judicial. Se extendería con la concurrencia de otros profesionales de la intoxicación.  Y el PP. El partido llegó a presentar en el Congreso 215 preguntas al gobierno del PSOE, basadas en la Teoría de la Conspiración.  Cuando era el PP quien estaba en el gobierno. A ratos, el ambiente se hizo irrespirable.

El propio magistrado Gómez Bermúdez se molestó en dedicar al tema unas líneas en la sentencia: “Como en muchas otras ocasiones de este proceso, se aísla un dato, se descontextualiza y se pretende dar la falsa impresión de que cualquier conclusión pende exclusivamente de él, obviando así la obligación de la valoración conjunta de los datos, las pruebas”… Cierto, digno de Goebbles. Y se ha convertido en modus operandi habitual. Debemos recordarlo porque ahí empezó la táctica y la anomalía que hoy vivimos.

Otra lamentable víctima fue Rodolfo Ruiz, entonces comisario en Vallecas, lugar en el que se depositaron mochilas recogidas en la explosión del Pozo del Tío Raimundo. El meritorio agente se jugó la vida investigando la famosa mochila y logró descubrir que aportaba pruebas concluyentes de la autoría. No había sido ETA esta vez. En lugar de las alabanzas que mereció, le hicieron la vida imposible. Al punto que su mujer se suicidó y su hija precisó tratamiento psicológico. Cuesta encontrar vileza mayor.

Buena parte de los autores de esta deleznable página de nuestra historia siguen ahí. Recibiendo votos y gobernando o trabajando en los medios, incluso en puestos destacados. Para desgracia del periodismo español, algunos más se están sumando en esta ocasión y desde algún tiempo dado el éxito anterior. Y gran parte de la sociedad lo sabe, y lo acepta.

A veces impactan la memoria imágenes del daño que el terrorismo nos ha hecho. Las más recientes se añaden a las que no olvidamos. Los abrasados en el Hipercor de Barcelona.  Las familias de las casas cuartel de la Guardia Civil. La de aquel joven guardia en un pequeño pueblo de Burgos que cayó con sus compañeros en la plaza de la República Dominicana de Madrid. La de aquel conductor de autobús suplente que se dejó la vida en una calle de mi casa. Las miradas truncadas de los supervivientes del 11M.  La serpiente mortal de la furgoneta en La Rambla de Barcelona. Los huesos quebrados, la carne quemada, los cristales rotos, las vidas rotas.

Frente al terrorismo hay que actuar con todos los medios legítimos, contra los carroñeros de cuello blanco también. Su siembra de odio interesado ya ofrece resultados. Crecen los ataques islamófobos. Pensemos en la mujer agredida en Usera, Madrid, o en esos críos de Fitero, Navarra, a los que dos indeseables molieron a palos cuando salían de guardar un minuto de silencio por las víctimas de Cataluña. Explíquenles porqué.

Como en todas las grandes tragedias numerosas y notables muestras de generosidad, incluso en las familias de los asesinados, han venido a reconciliarnos con el género humano. Son ya muchos los países víctimas de terrorismo. Pero quedan grupos decisivos que se comportan de muy diferente forma. Reaccionar como hienas que se alimentan de los atentados ocurre en España. Usar a  las víctimas, el dolor, la indignación y el miedo de los ciudadanos para su interés político y sus réditos, solo ocurre en una sociedad enferma.

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Y si el odio está aquí para quedarse

 

Cuentan testigos presenciales que el sujeto que atentó en La Rambla de Barcelona lanzó su furgoneta contra un niño de 3 años que encontró a su paso en la multitud presente en La Rambla, dejando un terrible balance de muerte y dolor. Cuesta entender tamaña maldad hacia desconocidos, hacia una criatura que comenzaba a vivir. Apenas unos días antes Christopher Cantwell, un portavoz de la marcha supremacista de Charlottesville en EEUU, había dado la clave por la que ni le conmovía el asesinato de una mujer por uno de los suyos: “Estaba justificado”, “nuestros rivales son un puñado de animales que no saben apartarse“.

Ocurre que los asesinos no sienten a sus víctimas como sus semejantes.

De un lado tenemos esa falta de empatía que define al ser humano, del otro el odio que se ha instalado con extraordinaria virulencia en las relaciones sociales. Y es tan intensa su presencia que habremos de abordarlo como primer objetivo, porque no para de crecer. Se abona a sí mismo, sin cesar. Y saca lo peor del género humano en individuos proclives.

La indignación es lógica cuando nos vemos sacudidos por atentados, por el desgarro que causa la muerte de inocentes, la muerte en sí, el dolor, el daño. La persecución de los terroristas, la investigación, la acción judicial, la condena son ineludibles. Pero no bastan. Si bastasen se hubiera acabado con la lacra hace tiempo, o al menos hubiera dejado de crecer. Nos hallamos ante un problema vital destinado, al parecer, a quedarse. Ya nadie está libre de caer a manos de esta sanguinaria irracionalidad. Es y va a ser una forma de vivir. Insistamos en la base de que la seguridad absoluta no existe. Vamos camino de acrecentar precisamente la inseguridad. De ahí que sea imprescindible hacerse muchas más preguntas y buscar más respuestas y soluciones que la reacción emocional.

Hay que encontrar las raíces del odio, que no se explican solo por una maldad innata en ciertos sujetos. Bastan unos pocos para sembrar el caos, no es una actitud generalizada, y menos en los millones de personas de comparten país o religión con los asesinos. Atendamos a cómo crece también la repuesta de odio en quienes lo llevan previamente en su ser presto a lanzarlo como arma a sus oponentes. Ese odio reconcomido que salta cada vez que encuentra oportunidad. El que estamos viendo, aquí, en España, en una serie de desaprensivos con notable altavoz en los medios. Bochornoso espectáculo que clama por las víctimas mientras las sirve descuartizadas para el morbo y el lucro, o que usa independentismo o “turismofobia” para culpar a los propios afectados. De forma que se pide rendición ante el turista y a la vez echar a todo el que llegue a nuestro suelo pobre o con un color de piel inadecuado a su gusto.

Odio, Hate, es la palabra que estremece hoy a los Estados Unidos de América y no dejan de indagar en su historia para saber por qué ha llegado a nuestros días tan vigoroso. Por las heridas que no se cierran como deben cerrarse, valoran. El historiador Richard Hofstadter analiza en Time –que le ha dedicado al odio casi un monográfico– que “siempre hay una guerra para volver a América grande, porque siempre hay quienes creen que la grandeza americana está bajo asalto de ‘la otra”. Es regla común a todos los torpes, simples y peligrosos maniqueísmos. O blanco o negro. El bien o el mal. Tú o yo. Claramente es lo que arma al yihadismo feroz. Y a las ideologías ultras que salen a palo ciego cada vez que tienen ocasión. “El portavoz paranoico trafica en el nacimiento y muerte de mundos enteros, órdenes políticos enteros, sistemas enteros de valores humanos”, dice Hofstadter. Ahí pueden ver las fauces de muchos analistas españoles y de quienes siguen su línea –en las redes por ejemplo– sin hacer muchas más preguntas.

En cada atentado, los políticos posan para la imagen de unidad. Rajoy y la plana mayor de los líderes explican que los terroristas quieren cambiar “nuestros valores y nuestro sistema de vida”. Ahí hay otra clave decisiva. Hemos de preguntarnos con urgencia qué hemos hecho con nuestros valores y nuestro sistema de vida, si realmente permanecen. Sabemos que el terrorismo yihadista se financia desde países amigos de muchas autoridades occidentales, en intercambios comerciales que obvian su contribución al terror. Y sabemos que existe la misma dualidad entre quienes abrazan a las víctimas de la barbarie terrorista mientras besan a sus promotores. Hay momentos en los que asalta la terrible sospecha de que el terrorismo también es un negocio, o es usado para ese fin.

Los portadores del odio que mata no sienten a sus víctimas, decíamos, como sus semejantes. Los valores de los que presumen nuestros portavoces tampoco parece que las estimen demasiado. No se dispara a tus semejantes cuando los ves en el agua intentando llegar nadando a la costa. No les pones alambradas de espinos. Y desde luego no parece que toda la Unión Europea considere sus semejantes a los refugiados que se hunden en el Mediterráneo, pagando a guardacostas libios que a su vez quieren echar testigos como las ONG. No es sin duda el reinado de un fanatismo ciego, pero, si lo miramos bien, entre “nuestros valores” cada vez existe menos la solidaridad y ni siquiera la justicia cuando se saquean las arcas públicas o se gobierna para unos pocos en detrimento de otros. Las políticas de la desigualdad han dejado muchas víctimas. El mundo no es como lo cuentan en las declaraciones solemnes. Y es temible adónde puede llevarnos este pulso entre actitudes de brutal deshumanición.

Ahondemos a ver si el odio crece por la pérdida de valores reales. Se ha dado la vuelta a la escala que los clasificaba, siquiera que los aglutinaba. Y por los instrumentos que se usan para enmascarar el nuevo orden. El egoísmo atroz del sistema no es un valor, ni la banalidad, ni la búsqueda del beneficio económico como suprema aspiración. Solíamos entender como valores otros conceptos: la búsqueda de la equidad, la justicia, la honestidad, la ética, la educación integral, el idealismo, los derechos humanos, los derechos civiles, los que ayudan a disfrutar de la vida en salud, la generosidad, la libertad.

Muchos españoles portan estos valores aunque la mugre parezca ocultarlos. En los atentados del 11M, Madrid, España, fue un ejemplo para el mundo de valentía, madurez y coraje. Y así se destacó en los foros internacionales. Ahora lo es en Barcelona y las buenas gentes de toda la Tierra lloran con nosotros. De nuevo hemos visto en Barcelona, en Cambrils, en Catalunya, en España a todo ese sólido entramado de los servicios civiles volcados en ayudar y resolver. Los que practican la cooperación, otra característica humana fundamental. Los Mossos, policía autónoma, en particular que evitaron una catástrofe mayor en Cambrils entrada la madrugada. Fallaron algunos periodistas, cada vez ocurre más. Pero, por cuanto nos jugamos en ello, hay que aislar a las personas tóxicas, no permitir que copen el discurso y se aúpen hasta sobre las víctimas de atentados para obtener sus fines. Portavoces paranoicos… o mercenarios. No tenemos tiempo para ellos.

“La inseguridad está en proceso de ser convertida en el sujeto principal –quizás en la razón suprema– que moldea el actual ejercicio del poder”, escribía Zygmunt Bauman. Muchos viven de ello. Muchos están muriendo por ello. Es muy difícil aunar el temor, la prudencia y la razón, pero es a lo que la amenaza del odio nos aboca.

Miles de personas coreando “No tinc por”, no tengo miedo, en el corazón de Barcelona este viernes –con los muertos aún sin enterrar, las heridas sin curar y el odio asesino suelto–, merecen el más grande abrazo solidario y soluciones racionales y efectivas. Si el odio está aquí para quedarse, hablamos de otra dimensión.

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Nos han herido en Barcelona

Tendremos que hablar de lo que nos está pasando. Del odio que crece y se está convirtiendo en uno de los más poderosos motores de este mundo. Motor de destrucción, por supuesto. E insistir en la batalla del miedo, de quienes lo siembran, de aquellos que lo combaten y de los que se dejan vencer por él. De los miles de muertos que, en muy diferentes lugares, produce la irracionalidad. Pero hoy tenemos una herida profunda en el cuerpo, la que nos han abierto en canal por Barcelona.

Hoy entendemos por qué el dolor y la muerte cercanos duelen más. Nos pasó en Madrid aquellos terribles días de marzo. Y resulta que, aun no residiendo en la capital de Catalunya, Barcelona forma parte esencial de nosotros a poco que lo pensemos. Desde luego, forma parte de mi vida sin que lo hubiera advertido con tanta intensidad.

Precisamente, además, en Las Ramblas, en el Barrio Gótico que termina por acercarse casi hasta el mar. Allí nos asombramos de las calles empedradas y los solemnes edificios. Y de los edificios y tiendas de solera cotidiana. Aquella que vendía casas de muñecas, o las de los turrones de verdad. Luego llegarían borrando huellas las cadenas de tiendas, pero sin lograrlo por completo. Allí entrevisté, como periodista, a un Jordi Pujol que todavía era honorable. O a un Lluís Llach que, hablando de la utopía, aseguraba que toda rebeldía nace del amor. Y a Ferrán Adriá en su laboratorio de sueños más que comida, antes de ser famoso y tener varias nominaciones como mejor cocinero del mundo. Con el trabajo de base que, en un piso del barrio gótico, elaboraba junto a aquellos maîtres que tanto crecieron también.

Ya no hablemos de la época de apertura y lucha en la que Barcelona nos enviaba auténticos huracanes de vanguardismo, cultura y progreso.  De libertad. Y, tantos años después, aquel libro que rompió moldes, con avisos fundamentados del futuro que llegaba, y que presentamos primero en Barcelona. Por un tiempo pareció que la sociedad… reaccionaba. No fue así. No del todo. No aún.

Las Ramblas llenas de flores que me contaban mis padres, cuando se pasaron un tiempo a ver si prosperaban desde el depauperado Aragón, parecían un paraíso europeo. Y así las vi las primeras veces. Al otro lado, la Boquería, a la que amamos seguramente porque allí tuvimos siempre a Maruja Torres y nos contagió su pasión. Porque Maruja es Barcelona y el mercado que, de popular a rabiar, se vistió de exquisito antes que nadie. La riqueza que vale.

Han quedado tantas historias por sus esquinas, las que se fueron dejando como garantía de solidez los edificios imperturbables, las calles, el mar de fondo. Ese, siempre igual, al que vistieron en los bordes de edificios preciosos, y de grandes explanadas de paseo, y de bicicletas. Y allí vuelven a salir expresiones y sonrisas de momentos vividos, de enormes afectos. Incluso nuevos que arraigaron con solidez, con la peculiaridad de la fuerza y  nobleza catalanas. Cada uno tiene su Barcelona, las víctimas de la Rambla la tenían también.

Nos han herido en el cuerpo por la parte de Barcelona. Hay 13 muertos y un centenar de heridos y, ni siquiera sabemos a esta hora, sus nombres y sus historias. Los ha matado el odio. Ese que germina por todas partes. Hasta en los empeñados en hacerse notar volcando más odio como gasolina. Y está la parafernalia de las condolencias que no siempre parecen sinceras.

Sus familias, sus amigos, no olvidarán nunca este 17 de agosto. Ni quienes corrían despavoridos, ni quienes abrazaban a sus hijos para ponerlos a salvo. Ni quienes no salen de su asombro. Nos duele tanto lo ocurrido.

Y cuando me he puesto a escribir, solo me salía amor -pido disculpas-. El amor que domina el duelo. Aun por encima de las explicaciones y la justicia que habrá que buscar. Porque lo cierto es que es lo que la ciudad y sobre todo sus gentes emanan a poco que se sienta sin prejuicios. Hay tantos que taponan los sentidos. Por eso se sobrepondrán con el tiempo a la tragedia. El amor mata al odio. Lo dijo Martin Luther King varias veces, precisamente.

Pero del odio tendremos que hablar. Para buscarle causas y atajarlo. Es ineludible. Primero hay que secar las lágrimas.

 
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