Gritan, difaman, insultan. O, en el caso de varias mujeres, utilizan una presunta dulzura coqueta (de la odiosa cuerda «femenina-mujer-mujer«) para vilipendiar y mentir. Ver aparecer a algunos políticos en un telediario lleva a apagar el televisor y dejar de ver el resto de las noticias. Estomagan, logran que siente mal la comida. ¿Cabe en una mente sensata pensar que es esto lo que interesa a los ciudadanos y lo que va a resolver sus problemas?
Añadamos que esta sucesión de invocaciones a crear mala sangre a todo el país se produce con cuantiosos gastos que hipotecan a los partidos –en su más amplio sentido de la palabra- con los bancos, dado que ellos costean hasta un 67% de los recursos del funcionamiento de los partidos, según un informe del Tribunal de Cuentas.
El sociólogo José Juan Toharia explica que los españoles comparten la insatisfacción de los indignados con cómo se está ejerciendo la política. Y que ese descontento —que califica de “profundo” — explica el 15M. “Ocho de cada diez españoles los perciben aquejados de “autismo político”: encerrados en una torre de marfil sellada a cualquier aire que provenga del exterior, tal y como ahora se organizan y funcionan no pueden atraer ni reclutar a personas competentes y preparadas”. La impresión ciudadana es que “la actual clase política (en general y con contadas excepciones) prefiere tratar de “calentar” a la ciudadanía en lugar de aliviar sus tensiones, sus preocupaciones o sus problemas desde la negociación y el entendimiento con el adversario. Resultado: los españoles han acabado pensando que su propia clase política es uno de los principales problemas del país”. Lo cito así, textualmente, en “La energía liberada”.
Sin entrar en muchas más profundidades (sobre las causas reales de la crisis por ejemplo), es cierto, como decía este domingo María Dolores Cospedal, secretaria general del PP (que acusa –imagino que con ironía- de “rencor” al PSOE sin escuchar aquella viga de su ojo que gritaba “a por ellos, oe” o que se presenta como un «futuro»… anclado en 1996, si no un poco más allá), que en “estas elecciones se dilucida el futuro de décadas”. Y en eso tiene razón, décadas de neoliberalismo extremo, de mermas, de aumento de las desigualdades, de profundización en la crisis, van a encontrar su justificación en el voto ciudadano. Así que a alguien parece que le funciona la crispación provocada. O la desesperación, uno ya no sabe.
Pero el hartazgo que esta degradada política causa en la sociedad –corroborada por estudios serios como vemos- indica también que, tome la forma que tome, y mientras no se produzcan cambios en el ejercicio de la política, la pésima opinión ciudadana sobre el asunto seguirá existiendo. Y muchos no se limitarán a rumiarla a solas, o a soportar tantos insultos a la inteligencia. Que los hechos irritantes terminarán por pasarles una seria factura. A ellos, no así a quien intente reconducir la cordura y encontrar de una santa vez las soluciones que los ladridos políticos no brindan.
















