
visto en andyross.net
Parece que por fin Angela Merkel va a conseguir dinamitar la UE. Tras haber impuesto –con ayuda de su acólito Nicolás Sarkozy- una política de restricciones que, con seguridad, estaba condenada al fracaso –y a las pruebas podemos remitirnos-, ahora, según algunas informaciones, se dispone a impulsar una UE de dos velocidades –la rica y la pobre-, echando del euro a quien la pareja determine. Los medios neoliberales saludan el globo sonda elogiando el objetivo al que presumen un –manipulador y falso- resultado de mayor competitividad. Lo cierto es que Alemania que dictó hasta los programas de convergencia en Maastricht, que se ha lucrado y lucra con la UE, busca ahora mayores rendimientos propios a costa de jerarquizar la Unión. Su ministerio de finanzas niega esa intención, pero la otra pata del tandem -Sarzoky- lo confirma y, sobre todo, los hechos demuestran que esa división ya se está dando. Y así lo apunta también, otro neoliberal, el portugués Durão Barroso que hace como que manda en Bruselas.
Esta mujer, hija de un pastor luterano, nacida en la RFA, pero criada por los destinos profesionales de su padre en el totalitarismo y las carencias que en la práctica supuso el comunismo de la RDA, ha tomado las riendas de un colectivo que agrupa a 500 millones de personas. Necesita un bastón y coartada y ahí tiene a Sarkozy, el resto de los líderes asienten mudos e impávidos.
En mi libro “La energía Liberada” titulo un capítulo “UE, tenemos un problema: la falla de Bruselas a Estrasburgo”. Esta unión ha costado mucho, los primeros pasos se dieron en 1950, cuando desde Francia se pensó en una comunidad interestatal, la Comunidad del Carbón y del Acero, precedente de la actual UE, basada en lo que denominaron “la solidaridad de los hechos”, en conceptos como “calidad”, en mejorar las condiciones de los trabajadores de ambas industrias, pero, por encima de todo, en que esta unión alejaría la posibilidad de otra gran guerra.
Siempre primó la unión económica, se rechazó sistemáticamente la social e incluso la fiscal que hubiera logrado equilibrios más armónicos. La senda se tuerce definitivamente desde 1999 cuando los conservadores logran la mayoría en las instituciones. Como ningún movimiento es aislado en la gran hecatombe que nos asola, este ascenso coincide con la desregulación, con la separación de la banca financiera de la comercial que, desde EEUU, impulsa el demócrata Bill Clinton. El asalto neoliberal ha triunfado en el mundo occidental, llevando en la mochila ya auténticos descalabros tanto en América Latina como en África.
Sólo quiero añadir unas cuantas ideas de las conclusiones de ese capítulo:
Europa no es la UE, de entrada la componen 49 países y no 27, tan neoliberales o más para ser precisos. Pero sí existe aún. Porque bajo la superficie oficial aún late profunda el alma de sus ciudadanos, forjada en siglos de experimentar la democracia —en mayor o menor grado—. El espíritu cívico que busca el bien común parece mantenerse todavía a pesar del egoísmo que consagra como ideal el liberalismo.
Quienes amamos a Europa contemplamos con tristeza en qué se ha convertido la UE. “Europa está en coma, como así lo demuestra su apatía ante los grandes problemas”, escribía José Luis Sampedro en Reacciona.. “Occidente puede correr la misma suerte de otros imperios extinguidos, dejando un vacío bajo la palabra Europa”, concluía al respecto.
“¿Cómo los europeos, que inventaron el espíritu de las Luces y la creencia en la razón y en los derechos humanos, podrían aceptar pasivamente lo que corre el riesgo de ser el fin del modelo occidental, es decir, de la asociación del progreso científico y el técnico, la destrucción de los privilegios y el reconocimiento de los derechos fundamentales de cada cual?”, se pregunta también Alain Touraine, el sociólogo francés, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010.
¿Pueden acabar con todo eso —y mucho más que cada uno lleva en su imaginario— los burócratas y los mandos neoliberales de Bruselas y Estrasburgo? No. Sin duda. Pero la placa tectónica en el subsuelo presiona, oprime, fricciona. Empuja y nos empuja por un camino que no nos merecemos. Que a nadie le extrañe la erupción de la energía liberada.













