Un orgulloso continente. No sólo inventó la democracia sino que la consolidó y mantuvo en la mayoría de sus países. Creó el románico y el gótico. El renacimiento, la ilustración y el romanticismo. Escribió páginas memorables. Pensó, dedujo, filosofó. Pintó, esculpió y siguió construyendo. Urbanizó. Tolerancia, paz, justicia, valores le eran intrínsecos. También puso la banda sonora de la alegría.
Ciertamente también batalló y robó. Construyó imperios por la fuerza de las armas. Mantuvo durante siglos los desequilibrios sociales y el abuso de unas clases sobre otras. Hasta que los franceses hartos de atropellos y guiados por la razón de las ideas, cortaron la cabeza de la tiranía. Si bien no duró mucho entonces, algo cambió para siempre.
En el siglo XX del progreso, la avaricia truncó el camino de la humanidad. Afloraron en Europa los totalitarismos. Megalómanos empeños de supremacía racial desembocaron en muerte y destrucción. Ganó entonces la democracia.
Europa se une tras la guerra… en el dinero. Hablan de algo más, la Europa de los valores. Podrá ser. No es. 2012, reuniones elitistas diseñan el mundo, tras dejar la limusina en la puerta del lujoso apartamento y sacudiéndose el caviar de las chaquetas. Babean pensando en el lucro y en la ruleta que siempre gana. Voltean las puertas giratorias: de gobierno a banco y empresa, de banco y empresa a gobierno. El euro es el botín. Y ahora nos inventamos la crisis de la deuda, dando como excusa a la diminuta Grecia. Yo recibo dinero del BCE (que dan los ciudadanos) a precio de ganga, presto a precio de oro, y compro la bonita «deuda» para enriquecerme más. Especulan, invierten, ganan y los políticos callan. No, asienten, colaboran. Te doy y te quito nota, por mis bemoles, salivo en el morbo de la crueldad que da el poder. ¿De dónde sacamos más beneficios? De los pobres idiotas que callan y votan a quienes no deben. La hija del presbiteriano alemán grita y susurra: austeridad. A los amigos sajones los dejan aparte. Al pequeño Napoleón le dan un sopapo en la cerviz.

Ay, la secular democracia de Europa se paró 40 años (más de tres de guerra) en la piel de toro. Del toro manso, bruto, cerril, el más torpe de los animales que sin embargo se mueve con gracia y exhibe unos poderosos genitales que no le sirven ni para aparearse con una vaca, porque al toro de lidia no se lo permiten los que en ellos mandan: los ganaderos.
Inflo burbujas de ladrillo, robo, troceo, escondo y amaño facturas. Miento, y me descojono manipulando con herencias recibidas. Y suplico puesto al lado de los dioses de la Europa de barro. Pero igual nos bajan la nota. Sobre todo a los ciudadanos que somos los únicos paganos.

Europa alumbró a Orwell, Huxley y nos trajimos de América los libros de Bradbury visionarios -los tres- del mundo que venía. Las pantallas de “Fahrenheit” arrojan adormidera, la “neolengua” de “1984”, la del ojo vigilante, la del miedo a las palabras llenas, triunfa por doquier y los epsilones de “Un mundo Feliz” se contenta con el “soma”. A costa de sus ingresos y sus derechos, como ningún autor de ciencia ficción imaginó. En todas sus obras, a las víctimas al menos les daban casa y comida.
El imperio norteamericano ya no cuenta con Europa, China se nos come, los países emergentes nos miran con superioridad. El reino de taifas exhibe aún sus tiernos puñitos para su corifeo de subalternos. Las piedras siguen ahí: privatizadas. El Museo del mundo ya no podrá ni cobrar entrada social para visitar sus monumentos. Orgullosos, muy orgullosos de nosotros mismos, siempre orgullosos.





















