Radiografía de la lamentable sociedad española

Hace tiempo que me gusta mirar los barómetros del CIS más allá de los titulares de urgencia que ofrecen los medios. Es un estudio serio por el tamaño y selección de la muestra (edad, sexo, nivel de estudios, tamaño del municipio) y por el rigor del cuestionario. Desde luego, aportan una fuente impagable de conocimiento de nuestra sociedad.

Los españoles se declaran en su mayoría de centro, ligeramente escorado a la izquierda. Hay una razón oculta: es el lugar más alejado de los extremos, en el que nos sentimos cobijados y seguros, más arropados porque son más los que se sitúan cerca. La ciencia matemática lo ha estudiado en la llamada Campana o Curva de Gauss, y es curioso ver su representación visual: uno tira bolas sobre una tabla predeterminada, y la mayoría va al centro. Fundamento de la estadística, se aprecia que cuanto se aleja más uno de la media, menos individuos hay.

Los más conservadores, los mayores de 55 años; los menos el tramo situado entre 25 y 34, los más jóvenes vienen también más a la derecha. Y siempre los hombres se manifiestan más a la izquierda que las mujeres.

Sólo que esta consideración de sí mismos no parece concordar con las actitudes que se derivan de otras respuestas. Casi el 75% se declara católico aunque no va a la iglesia. Ateos y no creyentes algo más del 20%. Son partidarios de los controles –cámaras de videovigilancia por ejemplo- para garantizar su seguridad casi en un 70%, aunque pierdan libertad. Y sólo el 10% los rechaza precisamente porque se “pierde intimidad” y se “violan derechos”. Más del 60% es partidario de imponer «bastantes restricciones» al acceso de menores a Internet y casi el 21% de negárselo absolutamente.

Lo más ilustrativo, a mi juicio, se centra en los asuntos que más preocupan a los españoles. El paro se sitúa en las más altas cotas de nuevo con un 76,4%. Para un 48,4% son los problemas de índole económica. Asciende en vertiginosa carrera “la clase política y los partidos políticos” que representan un problema para el 12% de los españoles ¿No tienen nada que decir a esto sus componentes? Ahora bien, la corrupción y el fraude sólo inquietan a un 1,4%, con la que está cayendo. La Administración de Justicia –con lo esencial que es un buen funcionamiento para el sistema democrático-, a un 2,5%. Después de conocer que miles de expedientes se acumulan en los juzgados, en legajos y sin informática, lo que causa evidentes y trágicas consecuencias al tener a delincuentes convictos sueltos, o tener noticia de resoluciones judiciales francamente dudosas. Los problemas derivados de la juventud actual, tras haber llenado páginas y páginas de alarma, a un 1,7. Lo mismo, exactamente, que la violencia contra la mujer. La sanidad a menos del 5% y la educación no llega al 8%. 

Y atención, un mes más, un año más, los nacionalismos con lo que tantos políticos se llenan la boca son recordados por el 0,4% de los españoles, y el Estatut de Cataluña, por el 0,1%.

El barómetro de septiembre del CIS, dedica un apartado especial a la seguridad, como decía, y también a Internet. Y es muy revelador. El 42,7 % no se ha conectado nunca a la red en el último año. Un 55,8 % sí. Y un 1,5 ni siquiera sabe lo que es Internet. De los que sí usan Internet, casi el 64% lo hacen a diario, buscando fundamentalmente… información (más del 92%).

   El 47% sólo tiene estudios de primaria, es el tramo más numeroso. Estudios universitarios superiores no llega al 11%.

Es decir, de falso centro, poco instruidos, insolidarios, tolerantes a la corrupción, despreocupados de asuntos cruciales suponiendo que no afectan a su bolsillo. Incoherentes hasta con el hecho de declararse católicos mayoritamente pero sólo de nombre. Sin ver en la educación una salida a nuestros problemas. Y una inmensa brecha entre dos Españas, una ávida de información y otra que vive al dictado de la televisión y la radio. Porque ya os conté que, incluso antes de la crisis, la venta de periódicos de papel en España estaba en lo que la Unesco considera el umbral del desarrollo. 100 ejemplares cada 1.000 habitantes. 400 se vendían en Suecia y Finlandia. ¿Podrá la primera, la España comprometida e informada, arrastrar, contagiar,  a la otra?

Pero, hoy por hoy,  ¿a alguien le extraña con este panorama nuestra clase política? Está a nuestra altura. ¿No mejoraría si a nosotros nos preocuparan la corrupción y el fraude? ¿Y la justicia, el periodismo o la educación? Lo que falla es la sociedad española. Y nadie se va a ocupar de incrementar su educación y cambiar su escala de valores, si no lo hace ella.

Los españoles profundamente preocupados por quienes carecen de recursos

Los españoles empiezan a mostrar rasgos de solidaridad desconocidos hasta ahora. Sólo eso cabe deducir de que el 81% considere que la situación económica de nuestro país es mala o muy mala, cuando prácticamente los mismos, el 80%, estima que la suya personal es buena o muy buena. El dato lo ha dado a conocer Iñaki Gabilondo en su informativo de Cuatro, ya que la encuesta para El País no lo facilita específicamente. Cuando hace un año repasaba el cierre de mi último libro reparé en este hecho. Para el 55,1% de los españoles, según el Publiscopio de Público (Junio 2008), era mala o muy mala, cifra similar a la que daba el barómetro del CIS. Pero el diario añadía la pregunta de cómo veían su propia situación económica personal, y ahí la encontraban “mala” o “muy mala” sólo el 18.5%. A mediados de Julio, El País repite la cuestión. Ya son el 75% por ciento los que definen con los peores calificativos a nuestra economía, pero los que afirman ser afectados por una mala situación son el 24%.

Sólo cabe pensar, por tanto, que quienes no viven agobiados por el dinero, están seriamente preocupados por quienes padecen penurias. Y esto es nuevo, en un país que declara aceptar mejor la corrupción que la subida de impuestos. Que si no les suben los impuestos -o les dicen que no se los suben aunque hagan lo contrario- pasan por alto la corrupción. Otro dato significativo es que ese empeoramiento de la percepción habría aumentado relativamente poco. 

Ahora bien, como os comentaba ayer, Fermín Bouza, Catedrático de Sociología/Opinión Pública en la Facultad de Ciencias de la Información de la Facultad Complutense de Madrid, lo ha estudiado en su blog, y con él contesta a mis preguntas. La encuesta de El País, cuya muestra técnica no figura ya en el archivo, está basada en una muestra de 501 entrevistas telefónicas, con un margen de error del +/- 4,5. Bouza dice:

“Las muestras pequeñas están muy bien para el marketing: son baratas y uno se queda con la horquilla más baja del error estadístico. Es lo habitual: nunca nos equivocamos. Para esto bastan muestras telefónicas de cien sujetos y un error +/- 10”.

Profundamente aficionada –incluso con algunos cursos de sociología- a conocer el estado de opinión de la sociedad, me llamó la atención en su día cómo las preocupaciones de los españoles coincidían con las primeras páginas de los periódicos. Estaban siendo, entonces, el terrorismo –con pocas víctimas-, la inmigración –cuando llegaban pateras- y el paro y la situación económica –con el inicio de la crisis-. Y un sociólogo del CIS corroboró esa influencia de los medios en crear opinión de alarma. Ellos dirán que es al revés, que reflejan lo que siente la sociedad, pero los hechos demuestran que no siempre es así.

Más de cuatro millones de parados y la perspectiva de alcanzar los cinco millones justifican cualquier preocupación. Poca hay realmente para lo que esto supone, en especial en quienes detentan la capacidad de crear y mantener empleo. También el aumento del mal endémico español: la economía sumergida que supone ya el 23% del PIB,  ése no es el camino. Pero, una vez más, hay que alertar a la sociedad de que busque datos reales para inquietarse o dejar de hacerlo, que deslinde el grano de la paja.

 ¿Por qué el 80% de los españoles (sin problemas económicos personales) piensa que la situación es mala o muy mala? ¿Solidaridad? ¿Qué “todo el mundo” lo dice?  Sacad vuetras propias conclusiones. Pero creo que los problemas que vivimos son lo bastante serios como para requerir responsabilidad.

El gozo de escribir (o de hacer algo)

Venía yo elucubrando un asunto, mientras hacía “recados”, sobre un muro suspendido en el aire que sabía iba a empujarme hacia una de sus dos vertientes: lo positivo y lo negativo. En el supermercado de mi barrio hay un abuelo que pide en la puerta como cumpliendo un horario. Hoy, que he bajado al abrir, ya estaba. No es un desarrapado. Lo imagino en su casa, madrugando, desayunando, pensando en la labor diaria que un día tuvo y que, ahora, de alguna forma recupera. Su tarea –de remuneración imprevisible- es extender la mano. Tengo localizado otro, algo más joven,  que se juega la vida entre los coches de María de Molina, el acceso a Madrid desde la Nacional II o el aeropuerto. A éste le apasiona su actual labor:  rezuma optimismo. Y nunca falla. Me preocupa, sin embargo, un tercero que ha desaparecido de su puesto. Hace ya tiempo. Argumentaba con ímpetu su reivindicación. Se enfadaba si no alcanzaba el éxito.

Pensaba en mí misma, privada de un trabajo diario en el periodismo, que se consuela plantándose en la puerta de la blogosfera, pendiente de la mañana a la noche más de una vez, para dotarme de una cierta sensación de que sigo ejerciendo. Ya sé que yo dispongo de medios de subsistencia y, posiblemente, estos hombres que piden no. Pero hay algo en su actitud que me hace pensar que hay algo más: la necesidad de la rutina, la obligación, sentirse útil, sentirse en el mundo.

Y llego a casa, y, vía Toño Fraguas lafragua.blogspot.com, he encontrado la solución. Y he saltado de mi muro hacia un colchón de esperanza. Este post va a ser inmensamente largo. Porque así debe ser. Toño ha descubierto un artículo maravilloso. A mí me sirve. Cada cuál busque su mejor acomodo.

ESCRIBIR A DIETA

Juan Villoro

Diario REFORMA . Ciudad de México

(19-Jun-2009).-

Hace años, en todos los periódicos trabajaba un gordo dedicado al arte de corregir la puntuación. Mientras otros sudaban en el lugar de los hechos, él leía con ojos de cazador. De tanto en tanto, chupaba un lápiz como quien prueba una golosina y tachaba un gerundio. No necesitaba consultar diccionarios porque había engordado a fuerza de adquirir palabras.

El corrector obeso era la versión extrema del periodismo sedentario. Su cuerpo expresaba autoridad. Aunque odiáramos sus enmiendas, lo veíamos como a un Buda cuyo paradójico don consistía en suprimir el adjetivo que tanto nos gustaba.

En un diario español conocí a uno de esos gordos, que además tenía el tino de apellidarse Grasa. Nadie se burlaba de él. Su nombre parecía heráldico, digno de su especialidad.

Los correctores perdieron importancia desde que la computadora prometió hacer esa tarea. El gran gordo desapareció mientras las redacciones se llenaban de gorditos.

Los reporteros se ejercitan menos; ya no persiguen las noticias a pie, sino que las buscan en las pantallas. Un oficio de flacos (recordemos al periodista famélico dibujado por Abel Quezada) se ha convertido en una tarea donde la barriga ya no es exclusividad del corrector en jefe.

Internet ha traído numerosos cambios culturales. No vamos a demonizar aquí algo bueno e inevitable, como la lluvia o el teléfono, pero es un hecho que los inventos ponen nerviosa a la gente. La fotografía anunció el fin de la pintura, el cine el fin de la fotografía, la televisión el fin del cine y la computadora el fin de la televisión. El resultado suele ser el opuesto. Cada nueva tecnología prestigia a la anterior: el plástico ennoblece al vidrio, el vidrio al bronce y el bronce a la piedra.

Las fotos polaroid, que parecieron el non plus ultra de lo moderno, acaban de desaparecer para siempre, convirtiendo a sus cultores -de Andy Warhol a David Hockney- en artistas de una edad pretérita.

Dentro de 50 años será imposible encontrar un sistema operativo para leer un CD con la información que hoy podemos grabar. En cambio, se leerán libros caligrafiados hace 2 mil años.

Internet refrendó la fuerza de la cultura de la letra. No podemos vivir sin escritura. La constelación que una vez se trazó con tinta de calamar, ahora brilla en nuestras pantallas.

Sin embargo, ante la galaxia Google, el periodismo impreso ha tenido un ataque de ansiedad. En vez de realzar sus recursos, imita los ajenos. Como la información en línea es muy solicitada, los periódicos tratan de parecer páginas web (menos letras, más imágenes, tips que simulan ser links…).

La reacción debería ser la contraria. Si en la pintura el abstraccionismo mostró lo que no puede hacer la fotografía, el periodismo impreso debería ofrecer lo que no funciona en la red: textos larguísimos para gente que conoce la calma. El periódico italiano La Reppublica es un buen ejemplo al respecto. Se lee al ritmo que impone el papel. Hace poco, uno de sus temas de portada fue la descripción de un beso. Es cierto que el autor era Orhan Pamuk, pero pocos diarios lo hubieran considerado digno de primera plana.

Lo curioso es que mientras se reduce el periodismo de investigación y se eliminan suplementos, las revistas ganan adeptos, demostrando que hay gente dispuesta a leer textos más extensos que los de las cajas de cereales.

La red se ha convertido en su propio tema: es el horizonte de los acontecimientos. En vez de acudir al lugar de los sucesos, el reportero vigila la realidad virtual. Como todos pueden llegar ahí, la competencia se basa en la homologación. El triunfo de conseguir algo único es menos decisivo que la derrota de perder lo que los demás consiguieron. La novedad tiene un criterio estándar.

Otro efecto secundario de internet es la disminución de corresponsales extranjeros. La red es una plaza sin patrias donde se intercambian datos de todas partes. Los enviados especiales se han vuelto caros y en cierta forma desconfiables: ven de manera peculiar un mundo que aspira a la norma.

Para colmo, en muchas ocasiones el reportero debe escribir un texto aplicable a varios formatos (el periódico impreso, la información en línea, el boletín de radio o televisión). Por lo tanto, ofrece una materia neutra donde los giros personales se evitan como grumos en el arroz con leche.

El periodismo sin señas de identidad permite que alguien comente: «ese texto es demasiado literario». La frase debería ser tan rara como la de un chef que dijera: «ese guiso es demasiado gastronómico». Casi siempre, la objeción se refiere a que el texto es complicado. La claridad es un requisito de la prensa (el desembarco en Normandía no se puede comunicar como un poema dadaísta), pero el miedo a la diferencia ha llevado a renunciar a los adverbios y los adjetivos.

Al alejarse de su esencia, la prensa escrita pierde lectores en todas partes. Mientras los periódicos adelgazan, los periodistas engordan.

No será por mucho tiempo. No hay vida sin historias. Nada más urgente que la crónica de un beso

Nacionalizar los bancos

Casi 200.000 parados más, ya son 3.300.000 y se preve que, en poco tiempo, la crisis se lleve por delante un millón más. Pero no todo son malas noticias: los cinco grandes de la banca -Santander, BBVA, Caja Madrid, La Caixa y Banco Popular- ganaron 2 millones de euros a la hora en 2008, 17.590 millones de euros. Tampoco están contentos porque han registrado un descenso del 18,5% respecto a sus ganancias -repito, ganancias- del año anterior. Por eso, necesitan ayudas, y el gobierno se las da, les «avala» en palabras del Presidente del Gobierno. Caja Madrid, por boca de su presidente Miguel Blesa, admite que el dinero de los gobiernos no era sólo para prestar, sino un salvavidas para algunas entidades. Es decir, que han cogido el aval y han saneado sus cuentas, en lugar de facilitar el crédito. Y Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de Banca, nos advierte que aún debemos estar contentos: «la economía no se hunde más porque la banca es capaz de sostenerla». Dice más, la culpa es nuestra porque nos hemos endeudado a lo loco. Cosa en la que, en parte, tiene razón, pero es que los países desarrollados ya no se componen de ciudadanos, sino de consumidores. Es a lo que nos acostumbraron. Ése era el diseño pergeñado desde los poderes.

Leo, sin embargo, que a Cristina de Holanda, hermana de la reina, la han sorprendido guardando su dinero en un paraíso fiscal, la Isla de Guernsey -se ha apresurado a trasladar sus millonarios ahorros a su país, antes de que boten a la familia, dado que votarla no pueden-. Y leo más en los consejos de los grandes creadores de opinión. Editorial de El País, por ejemplo, entre otros muchos: «los Gobiernos han de evitar caer en la tentación más inquietante: el aumento del proteccionismo. Eso fue lo que transformó una mera crisis en el periodo más adverso de la historia económica, con consecuencias trágicas. Las políticas de «perjuicios al vecino», como las devaluaciones competitivas u otro tipo de obstáculos al comercio resultaron fatales para todos».

Es que vienen más cumbres de esas internacionales, la del G20, a la que volverá a estar invitado Zapatero. Ellos lo van a arreglar, de hecho en cada una de ellas solucionan los grandes problemas de su temario, el hambre en el mundo, como hablábamos el otro día de la de la FAO. Estamos salvados.

Creo que ha llegado la hora de tomar las riendas que otros abandonaron: la soberanía residen en el pueblo ¿recuerdan? El sensato Presidente Obama advierte que algunos bancos caerán con la crisis. Y no pasa nada. Igual no hay lugar para todos. Somos más y nos asiste la razón. No sabemos de economía, eso sí, pero la sufrimos. Primera medida que hemos de pedir con toda vehemencia: nacionalizar los bancos. Dado que todos los experimentos fracasan, no costaría nada probar a ingresar en las arcas del Estado casi 18.000 millones de euros al año cuando vienen mal dadas y poner estas entidades al servicio de los ciudadanos.

La basura burócratica

Este martes y 13 me he desayunado con que el subsidio de desempleo que cobraba había sido dado de baja. RTVE decidió prescindir de sus trabajadores mayores de 50 años -sin tener piedad de quienes desde la realización, la imagen o el periodismo han marcado y dirigido la historia del medio en este país- en un ERE «voluntario». Para no engrosar la cuenta de resultados de la Corporación, una parte la pagaría durante dos años el INEM. Pero mi subsidio ha desaparecido.

Cuando he llegado a la oficina del INEM aguardaban un par de centenares de personas. De pie la mayoría. Faltaban más de cien números para que me correspondiera turno. Cuando, transcurrida la hora de cierre del establecimiento, una amable -sin duda- funcionaria me ha atendido, ha argumentado que se había producido un cruce informático en el que yo figuro en activo, trabajando, y que «suponía» se resolvería. «¿Para el mes que viene?», he preguntado con candidez. «Supongo» ha respondido evidenciando que no era ese tiempo el estimado para solventar el error. Y entretanto ¿de qué como?

Por la tarde he intentado resolver la carencia de médico de la Seguridad Social, no vaya a ser que la angustia me provoque un espasmo. En los Presupuestos Generales del Estado y en no sé cuantos Reales Decretos, con sus barras y todo, se han derogado las colaboradoras, era el caso de nuestra ex empresa. Me han dicho que precisaba un justificante de empadronamiento. Que no servía el carné de identidad -donde figura mi domicilio- porque eso era de otro negociado. Ni la tarjeta censal para votar, ni recibos del piso, nada… Hay que acudir a la Junta Municipal. Lo haré, de forma «presencial», y aguardaré más números y más colas, si quiero resolver pronto el asunto.

En los albores de la Transición, España contaba con un millón de funcionarios, ahora tiene dos millones y medio, de los cuales, la mitad pertenecen a las Comunidades Autónomas. El porcentaje es de un funcionario cada dieciocho habitantes, similar al resto de los países europeos, y algo menos que en Francia que, sin embargo, es puro centralismo. Pero ¿ha mejorado el funcionamiento del Estado? No lo parece, por el contrario se diría que ha aumentado la burocracia y la ineficacia, por no hablar del gasto.

Las aglomeraciones de desesperados, las interminables esperas parecen querer doblegar la voluntad del usuario, hacerle saber que es un número sin dignidad y sin apenas derechos.

Hoy se cumple un año del asesinato de Mari Luz, la niña de Huelva a cuyo presunto asesino no mandó el Juez Tirado enviar a la cárcel por una sentencia anterior, error -si se nos permite llamarlo así- sancionado con 1.500 euros. Nos enteramos entonces que había casi millón y medio de sentencias sin ejecutar. Y de que los Juzgados apenas disponen de ordenadores, trabajan con legajos escritos a mano como en el siglo XVI. Los Jueces se plantean ir a la huelga en solidaridad con su compañero expedientado, y España debate si la Constitución se lo permite o no.

¿Y nuestros derechos? Mientras España no erradique la basura burocrática -gusano que entorpece la digestión democrática, cáncer que nos pudre-, no será un país civilizado. La octava potencia económica mundial no puede permitirse, en el siglo XXI, este funcionamiento administrativo. En días como estos, una llega a pensar que se trata de un sistema deliberado.  Como aquella versión de la Ley de Clark que utilizó un empleado de la NASA:

       » La incompetencia suficientemente avanzada es indistinguible de la mala voluntad»