La credibilidad rota es irreparable

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Después de cuatro horas en las que miles de personas se manifiestan de forma pacífica, surgen los disturbios… a tiempo para entrar en los telediarios. Para acudir a las portadas de los medios afines al PP en ideología y carácter. Es un clásico. Encapuchados contra fuerzas pertrechadas prácticamente de armaduras. Jamás se vio violencia mayor dice la delegada del gobierno. Puede ser hasta cierto,  no sería raro -motivos sobran-, tampoco aclara quién la provocó; lo peor es el cúmulo de dudas que nos asaltan. Es que a este gobierno y todos sus adláteres ya no les creemos.

Las mentiras de Rajoy, de Soraya Sáenz de Santamaría, Cospedal, González Pons, Floriano, de cualquiera de ellos en quienes se repare, pueblan las hemerotecas, incluso de su viva voz. La falsedad como norma de vida, la falacia como deporte, los embustes como medio de obtener los fines perseguidos, la invención interesada llevada al extremo. Mucho más allá de las posibilidades de ser aceptada por una sola persona con dignidad y un cierto criterio, siquiera mínimo.

Es a diario. Este gobierno podría inventar el género del sainete trágico con todo lo hecho y dicho, filtrado, expuesto y no expuesto, en la tragedia de Ceuta. Saldada, no lo olvidaremos nunca, con la muerte de 15 inocentes. Escudados en esa sucia maraña ni una dimisión se ha producido, pero no nos han convencido.

Cuanto más impostan la voz para mencionar –paladeando cada sílaba- “Estado de Derecho” y “Democracia”, más notorio nos resulta su ancestral desprecio por estos conceptos. El engolamiento y la teatralidad al pronunciarlas va en proporción inversa a su estima por las libertades de los otros. No cuela.

La creatividad desplegada para embaucar con artimañas en los datos económicos sería de premio internacional si no fuera tan tosca. Reparemos en Cristóbal Montoro, por ser el más reciente. Va el hombre y se encarga un informe a un grupo de sabios –todos hombres, viejos y de traje riguroso-. Le dicen que hay que subir impuestos. Crece el temor de la ciudadanía esquilmada. Se planta en la rueda de prensa del consejo de ministros y rechaza a sus expertos porque la subida del IVA ya ha conseguido reducir el déficit y España está que se sale.  Ha cumplido paso por paso las técnicas de la manipulación –de Maquiavelo a Goebbles pasando por Esperanza Aguirre-. Llamas a unos técnicos para que digan lo que quieres, creas la alarma y luego rebajas la amenaza para que se acepte el mal menor sin rechazo. Y sales impoluto. Hasta agradecidos quedan algunos.Tan obvio que sonroja.

 Otra cosa es que existen muchas dudas acerca de si conseguirá alcanzar los objetivos de déficit. Lo que sí está claro –y tenemos que repetirlo- es que el PP ha elevado la deuda pública del 68,5% al 94% en insólito récord histórico y que esa cantidad por la que nos han endeudado no hay quien la pague. Pero Montoro ha cumplido con el sector bobalicón de sus votantes, ésos que no estiman su cerebro más que las uñas de sus manos.

 Cuesta mucho lograr credibilidad, es algo que se labra a lo largo de los años. Se teje con una sustancia rica pero frágil porque se quiebra al primer golpe o a los dos o tres errores. Como un cristal exquisito. Y no es posible pegar los pedazos rotos. Una vez que el político, el periodista, el médico, tu novio o tu padre te han engañado ¿Cómo volver a creerle? ¿Cómo admitir que ahora te dice la verdad? ¿Qué sentido tiene hacer ese esfuerzo?

 El paternalismo autoritario de la derecha más rancia –hay otra- se empecina en contarles a sus adeptos que la nevera está llena, aunque ellos al abrirla la encuentren vacía. En describirles los manjares que la pueblan a ver si olvidan las telarañas de su estómago. Les mandan a la socia dela Virgen del Rocío dando saltitos y ya entra el sueldo en casa. Abre la boca la poderosa vicepresidenta o sus rivales y amigos y la be vuelve a ser la be y no la zeta. Se le dispara el tic del ojo a Rajoy y ya encontramos guía para distinguir si la mentira es cum laude o solo digna de un aprobado en falsedad. No, ya ni dudas albergamos. No les creemos. Ni comprendemos siquiera cómo se atreven a declarar nada después de haber sido pillados en tan ingente cantidad de renuncios.

 Si los militantes activos del PP, investidos de periodistas para ocupar puestos claves en la manipulación, nos inundan a diario con portadas e informaciones falaces y exageradas, con auténticas obras maestras de la tergiversación ¿se puede creer algo de lo que cuenten? ¿La previsión meteorológica quizás? Puede que hasta eso esté movido por intereses. ¿Cómo discernirlo pues? ¿Para qué?

Harían falta semáforos para entender a los profesionales de la trampa. Ahora miento, ahora no, ahora sí, ahora no. Cuando el engaño es sistemático, cuando la verdad es una aguja en el pajar, ni merece la pena intentarlo. Decenas de manzanas podridas no dejan nada sano. Litros de tinta negra en el recipiente, lo tiznan por completo.

Todos necesitamos referentes, alguien en quien confiar, personas con credibilidad que enriquezcan nuestro propio criterio. Incluso nos conforten en la seguridad que aporta alguien fiable al lado, un soporte que no se hunde. Pero, señoras y señores del PP –por no hablar hoy de otros partidos-, a ustedes no les creemos. En absoluto. Se lo han trabajado a fondo. Ustedes no son de fiar, no alientan, empobrecen (en todos los sentidos) y no les compraríamos ni un caramelo porque cuenta con grandes posibilidades de estar envenenado.

*Publicado en eldiario.es

La verdad, valor a la baja

De un tiempo a esta parte y en alarmante proceso de aceleración, la verdad como concepto pierde puntos como si fuera un desechable valor bursátil. El gobierno del PP ha degradado a bono basura lo cierto. Se dice y se desdice,  miente y desmiente con un desparpajo que parece fruto de largos entrenamientos en la educación del pecado y la absolución secreta e impune en el confesionario. Con toques esenciales de maquiavelismo con aquello de “el fin (mi fin) justifica los medios”. Y la protesta social no pasa mucho más de tomarlo a chanza.

No todos. Escuchaba este viernes, mientras conducía, hablar sobre ello a Juan José Millás en la SER, advirtiendo que –como yo y muchos otros- aún conserva la capacidad de quedarse perplejo. Su profundo hartazgo lo refleja hoy en su artículo semanal en El País: “Vale que diga y se desdiga todo el rato, vale que hayamos aceptado con una naturalidad increíble que se cague cada martes en lo que proclama solemnemente cada lunes. Pero como no nos hemos vuelto locos del todo, aunque estamos en ello, le pediríamos que sus embustes volvieran a gozar, si no de las típicas excusas morales o psicológicas de todo a cien, de alguna coartada de orden práctico”, concluye, perdiendo ya, como tantos otros, los papeles de lo políticamente correcto.

Lo peor es que entre los contertulios se habló de la mentira como “valor de supervivencia” o de que solo con la verdad “el mundo sería muy aburrido”. Es tediosa la verdad. “No existiría la literatura sin mentira”, le dice a Millás alguien en la radio. ¿También confundimos ficción creativa con mentira? El enfermo, la sociedad, las voces que dictan opinión, padece una dolencia grave.

Llegada a mi destino, un grupo de periodistas a quienes no conozco debatimos en una reunión que nada tiene que ver con el asunto, sobre algunos temas y de nuevo surge la verdad. También la ven como un valor relativo los que hablan, muchos callan. Cada uno tiene su verdad, afirman. Les parece lícita –salvo a una persona- en el terreno político. Eso le ocurre a gran parte de la sociedad también.

Con cierta agresividad –y lo lamento- le pregunto a uno si el hecho de que mida, por ejemplo, 160 cms. de estatura es una verdad sujeta a la relatividad y a las interpretaciones. Dice que no, pero que, como no le gusta ser bajo de estatura, rechaza mi verdad. La creencia sustituye a la razón y se vive en un mundo irreal.

La aceptación de la mentira, la relativización de la verdad, no es inocua en absoluto, fuera de conceptos morales. Implica construir sobre terrenos cenagosos. Es como si un arquitecto, un ingeniero, mintiera sobre las características del suelo donde va a asentar un edificio o un puente. Si son falsas, se derrumba. Y puede costar hasta vidas humanas. Seguramente la mentira admitida sea una de las causas fundamentales de nuestra degradación.

No viene de ahora. Como todo lo que nos está sucediendo, esta situación se ha cocido lentamente, a la cazuela. El Oscar a la película en 1997 fue para La vida es bella de Roberto Benigni. Mucha gente compró el tierno mensaje de que la mentira evita problemas a ese niño que pasa sin enterarse por la crueldad del nazismo y la guerra. Al final matan a su padre y se queda solo ¿sabe por qué? El lobo agazapado debajo de la cama no se disuelve porque cerremos los ojos. La bella vida en la mentira suele tener un brusco despertar.

¿Os imagináis la vida, la canción, su mensaje, basados en la realidad? Eso ya es de nota 🙂

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