La maldad

Una se queda perpleja al ver que conflictos graves se saldan con un “perdón”. Lo ha hecho el Rey, le pidieron hacerlo así hasta partidos de presunta izquierda. Dice “lo siento” la ministra Ana Mato mientras pega un tajo mortal a la sanidad pública y, junto con todo el Gobierno de Rajoy, al –ya de por sí raquítico- Estado del Bienestar español. Una aspiraba a vivir en un ordenamiento social y jurídico serio donde los desvíos no se dilucidan en el campo de la moralidad sino en el de la Justicia (la oficial y la ética).

Ocurre sin embargo que el neoliberalismo ultraconsevador aúna con sin igual desparpajo la presunta “libertad” –que solo es de mercado y por ella se cercena el Estado de todos y los derechos de las personas- con el “como dios manda”. Por eso quiero hoy reflexionar sobre la maldad. Un concepto moral sin raíces racionales. El bien y el mal forman parte de la naturaleza humana. Aterrada ante lo que no entiende, separa lo positivo de lo negativo, llegando a la aberración en el maniqueísmo que solo ve ambos extremos sin matiz alguno intermedio. Yo prefiero utilizar el concepto “ética” con fundamentos filosóficos casi opuestos, porque más bien habla de los valores que rigen en una sociedad desde un punto de vista racional.

Lo peor es que el utraconservadurismo de los neoliberales que nos gobiernan enarbola en la mano –derecha, naturalmente- la religión (católica en España, protestante en otros países anglosajones sobre todo). Y se cree en el derecho de imponer lo que entienden por “bien”, su “bien”. De ahí que Rajoy prometiera “felicidad” –lo que ya debió ser un preocupante síntoma-, y ahora solo se vea exultantes a sus correligionarios encargados de accionar la motosierra.

Claro que existe la maldad o como quiera llamarse a esa actitud. De nuevo definida por conceptos morales, son más precisos sus sinónimos: negativo, nocivo, perverso, canalla, ruin, cruel, abominable, virulento, diabólico. Actuar con maldad es hacerlo con egoísmo, sin afecto natural por su entorno y quienes le rodean. También implica contravenir deliberadamente códigos de conducta o comportamiento. En los distintos significados se le atribuye a la maldad apartarse de lo lícito u honesto, ser corrupto y destructivo, y desde luego perpetrar desgracia, calamidad, infortunio, desdicha.

Maldad es mentir deliberadamente. Es un clamor cómo lo hizo el PP para alcanzar el poder. De ahí que el portavoz de Sanidad en el Congreso, Jesús Aguirre, dijera hace unos días sin mover un músculo: “Ya no estamos en campaña; es momento de decir lo que de verdad pensamos”. Y ni aún así lo hacen. Siguen mintiendo con negaciones y eufemismos destinados a esa clientela educada en la dicotomía de “el bien y el mal”, que no ha salido de ella en su infinita simplicidad y falta de aprecio a sí mismos como seres humanos. A los que ante las afirmaciones que ahora mismo hago te dirían: “Pues el PSOE”, “Pues la herencia”, como si a todos nos afectara la desgracia de poseer dos únicas neuronas. Es de nuevo “el bien y el mal” y punto, no hay para ellos otros horizontes.

Maldad es recortar los derechos conseguidos tras largas luchas y sufrimientos para enriquecer a la camarilla de notables afines. Maldad es podar la sanidad, la salud y la vida; aumentar las desigualdades robando el acceso a todos a la educación o la cultura. Maldad es decir que “pronto se arreglará” cuando saben que sus política conducen a más paro y más recesión, y así se lo dicen hasta organismos abanderados del neoliberalismo.

Maldad es manipular, embrutecer, aprovecharse de la ignorancia, fomentarla. Villanía, infamia, cobardía, desproporción en la fuerza para acallar la disidencia. Reírse de la desgracia que provocan, en su felicidad…

 De ser unos auténticos desalmados se puede calificar lo que hacen los correligionarios de CiU en Cataluña con la salud, y cuyas medidas sigue paso por paso el PP. Un carné por puntos determinará el acceso a quirófano para aligerar estadísticamente las listas de espera, y ahorrarse tratamientos e intervenciones.  La consejería de Salud evaluará la situación laboral o personal del enfermo antes de otorgarle el “privilegio” de ser operado en la sanidad pública. La información desarrolla varios ejemplos:

“En las operaciones de prótesis de cadera o de rodilla, el paciente deberá sumar 75 puntos. Para llegar a ellos, el baremo da 18 puntos si se tiene “la patología muy avanzada”, 33 si se sufre “dolor grave” y 20 si se “es incapaz de realizar la mayor parte de las actividades cotidianas”. Con el peor diagnóstico, un enfermo alcanzaría 71 puntos y no tendrá garantizada la operación.

Sería el caso de una persona que no trabaje, que tenga una persona que le cuide y sin nadie a su cargo, tres variables que suman cero puntos y que son habituales en pacientes ancianos. El sistema puede perjudicar, por ejemplo, a los parados”.

Esto mientras se entregan cantidades bimillonarias a los bancos (que encima no dan créditos que reactiven la economía) o se elude de la molesta carga de cotizar el mismo baremo de impuestos que pagamos todos a las rentas altas, ofreciendo el caramelo demágogico a la galería desinformada de que abonen (en las medidas del PP) un 60% de los medicamentos.

 Contra la maldad no cabe el perdón, ni rezar tres avemarías; para el daño existe la Justicia, siquiera, como decía, la ética. “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”, dicen que dijo allá por el siglo XVIII el pensador irlandés Edmund Burke. Seguimos regidos por conceptos morales. Para alejarme del maniqueísmo quiero entender que el daño practicado a sus semejantes, ellos lo llevan a cabo por un “bien” superior, el que su dios manda. El dios del dinero, el egoísmo, las castas, el desprecio al inferior, la acumulación de prebendas para los elegidos por el Todopoderoso.

El peligro reside en no identificar a los culpables, en desviar la atención, a veces, hacia otros tan desgraciados o más que nosotros. Lo hacía Edward Norton en este impresionante alegato de la película “La última noche” dirigida por Spike Lee. Se queda como una rosa al expresarlo en un grito, pero lo cierto es que acaba… bien jodido.

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