La ministra de sanidad ha creado una epidemia de miedo dice Rita Barberá

No tiene ningún derecho a crear una epidemia de miedo con la salud de los españoles y eso es de dimisión”, ha dicho Rita Barberá alcadesa de Valencia.

Los beneficios de la gripe A

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“Las guarderías van a llenarse de jabón”, he escuchado, atónita, en esos telediarios de “servicio público” o “interés social” que más bien parecen dirigidos a inmaduros mentales en proceso de crecimiento. ¿No lo estaban ya? La gripe A amenaza con cambiar hábitos y costumbres y no siempre será para mal. Una limpiadora friega el suelo con fruición en las imágenes y el mosaico reluce. Los pequeños españolitos acuden al lavabo en el siguiente plano y, con generosa ración de detergente, se lavan las manos. A continuación, las secan con toallitas desechables. Deberán practicar tan saludable costumbre cada vez que las ensucien. Tendrán, también, su botella de agua particular, en lugar de vasos compartidos. La gripe A va a propiciar la higiene, que, por lógica aplastante -al presentar el jabón y la limpieza como una innovación-, no se prodigaban precisamente. Si al mismo tiempo, les enseñan a los cachorritos humanos patrios a no hablar a gritos y a preocuparse de los demás, a respetarlos, a escucharlos, a entender que el trabajo en equipo reporta mejores resultados a la colectividad, habrá que pensar en la gripe A como un mal que para bien ha venido.

Les van a aleccionar por el contrario con que el contacto físico es peligroso. “Hola”, en lugar de un beso, como los británicos que abolieron hace cuatro días el castigo físico y por acuerdo parlamentario, en la que constituyó una explosiva mezcla de no tocar más que para castigar.

La parte negativa de la gripe A es la inoculación del miedo, nada funciona mejor que el temor e incluso el terror para someter a una sociedad. Claro que morirá gente por gripe A, y por la común, y por esas enfermedades exóticas que viajan en los aviones, y porque les atropelle un coche. La ciudadanía adulta sabe que corre riesgos, incluso el de morir. Y que muchas de sus causas son incontrolables. 6 millones de niños mueren anualmente en el mundo por desnutrición. Ingentes cantidades porque no hay para ellos una pastilla que les detenga la diarrea consecuente a beber agua no potable, por ejemplo. A quienes esta realidad les parezca demagogia, les aseguro que aquellos y los nuestros son igual de niños.

Los telediarios y otros informativos -incluso las autoridades- nos han enseñado ya a guarecernos del sol poniéndonos a la sombra, actitud que conocen de forma innata hasta los animales. A no hacer esfuerzos físicos a 40 grados a la sombra, salvo que dependamos de un trabajo en esa ubicación para subsistir. Ahora a lavarnos las manos, gran signo de prevención… y de progreso. Ya digo, con añadir al programa no hablar a gritos, escuchar, y pensar en el bien común, no parece un mal proyecto. Pero, por favor, incluyan la erradicación del miedo y el impulso del criterio responsable. No beban las babas de un lanzador de esputos, pero besen y vivan. “Puede que los valientes no vivan mucho, pero los cobardes no viven… nunca”, ya lo escribí aquí una vez.

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Algo falló con Dalila

Dalila acudió 4 veces a urgencias en hospitales de la Comunidad de Madrid. Con fiebre que en algunos casos llegó a los 39,5. “No podía ni caminar”, denuncia su afligido e indignado viudo, Mohamed. Dalila era atleta. Corría carreras de 1.500 vallas (dice El País) y había participado en campeonatos internacionales. “No padecía, previamente, asma”, asegura de nuevo Mohamed, dificilmente podría hacer atletismo si sufría esa enfermedad.  ¿Ha funcionado todo como debiera?

Nos cansamos de escuchar que España es para la OMS el séptimo mejor sistema sanitario del mundo –superados por Francia, por ejemplo-. Esta alta concepción se basa en la universalidad y gratuidad de nuestros servicios. Es eso lo que inclina la balanza hacia el sobresaliente.

Sin embargo, la privatización de la gestión en la sanidad ha creado profundas diferencias entre Comunidades y Madrid no es la mejor dotada en cuanto a gasto.

La OMS –a pesar de haber conocido una progresiva “liberalización” de sus criterios- publicó en 2006 un informe, firmado por Martin McKee, del Observatorio Europeo de Sistemas y Políticas Sanitarios, y otros dos investigadores británicos, sobre la privatización de la sanidad, con algunos puntos destacados:

  COSTE. A largo plazo, “los nuevos servicios han sido en general más costosos que si se hubieran empleado los métodos tradicionales” de gestión pública. Debido, en primer lugar, a los altos costes financieros que soportan los hospitales privados: los créditos que deben pagar las empresas son más caros que la deuda pública. La segunda razón son los beneficios que obtienen los accionistas de las empresas que gestionan los centros sanitarios. La tercera, el “enorme coste” que deben asumir los Gobiernos si algún proyecto quiebra. El estudio destaca que en estos casos, los Gobiernos no pueden dejar de prestar la atención sanitaria y se ven obligados a intervenir, asumir las deudas e invertir más dinero. La OMS insistía en que, aunque los Gobiernos afirmen que son las empresas las que asumen las pérdidas en caso de mala gestión, acaban siendo pagadas por los presupuestos públicos. El estudio alertaba también de la “falta de transparencia” de estos llamados proyectos PFI privatizadores:  pese a estar sustentados con dinero público, Gobiernos y empresas se niegan a detallar el destino de las partidas económicas alegando que es información “comercial confidencial”.

 CALIDAD Y VIABILIDAD. El estudio destacaba la incapacidad del modelo para adaptarse a “un entorno de gestión sanitaria que cambia muy rápidamente” debido a los contratos a 30 años en los que está basado. “La falta de flexibilidad” para adaptarse a los cambios de población o a las nuevas técnicas médicas “ha hecho que algunos hospitales estén obsoletos cuando acaban de ser inaugurados”. Y también señalaba la enorme complejidad que adquiere un hospital que debe prestar un servicio público, no sólo asistencial, sino también de formación a médicos residentes, pero que está gestionado por una o varias empresas privadas que, a su vez, pueden subcontratar la restauración, limpieza, mantenimiento, administración u otras funciones. “La dificultad de alcanzar un acuerdo entre tantos actores, junto los elevados costes de los proyectos, ha llevado a la quiebra de un gran hospital universitario, el Paddington Health Campus”, en Londres”, citaba como ejemplo el estudio.

Oxfam, por su parte, ha elaborado otro estudio, este mismo año, alertando de los peligros de la privatización de la sanidad en los países pobres. Y, entre las muchas razones y ejemplos, cita el ejemplo de China –país que no es ni mucho menos pobre, pero sí lo es su población-:

“La administración de vacunas se ha recortado a la mitad en los años posteriores a la privatización de la sanidad. La prevalencia de índices de tuberculosis, sarampión y poliomielitis va en aumento actualmente y puede suponer millones en pérdidas de productividad y un gasto innecesario en tratamientos para la economía del país”.

Rebajar la calidad de la sanidad en algún país, va en perjuicio de toda la sociedad mundial. Los enfermos contagian a otros y expanden enfermedades.

 Los médicos y todo el resto del personal sanitario españoles sí están sumamente acreditados en el mundo, pero nuestro sistema empieza a acusar deficiencias. Marroquí, joven, embarazada, sin apenas hablar nuestro idioma, algo falló con Dalila, al rechazar su hospitalización y pruebas más profundas vistos sus alarmantes síntomas. ¿La privatización como causa? Un dato más para evidenciar los peligros que corroen el sistema en el que vivimos.

Actualización:

  Algunos deportistas de élite sufren de asma y precisan para ello tratamientos muy controlados. Este enlace explica bien el esfuerzo extra al que se someten y los exámenes médicos que necesitan, porque su padecimiento es el más contraidicado para hacer un esfuerzo respiratorio, que, pese a todo, realizan por vencer dificultades. No parece el caso de Dalila, cuando además la familia asegura que no padecía esa enfermedad. El problema sobre el que he querido llamar la atención es, sin embargo, otro: saber si las privatizaciones en la sanidad han contribuido a mejorar el servicio o a empeorarlo.

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