La libertad de comer

La sonrisa de este niño ilumina el día. Es el mismo, que en la parte izquierda de la composición, agonizaba por desnutrición cuando llegó al campo de Refugiados de Dadaab (Kenia), procedente de su Somalia natal. Se llama Minhaj Gedi Farah y tiene 7 meses. Las ONG que le atendieron de las múltiples enfermedades que desencadena el hambre (hasta matar), han invertido 6 semanas y el equivalente a 50 euros en recuperarle. Minhaj ha tenido suerte, muchos otros niños y adultos no.

La foto muestra la diferencia entre comer y no comer, tarea en la que se afanan en mayor o menor necesidad dos tercios de la población de la mundial. La “libertad” de mercado –hoy más que nunca, la de lucrarse sin medida- priva de otras libertades elementales como la de nutrirse. Cierto que influyen desgobiernos tan a menudo propiciados por Occidente, o la Naturaleza que desencadena sequías e inundaciones, pero sobre todos los factores está la barra libre de la especulación. En 2010 los alimentos han registrado un 39% de aumento de media. En cereales, aceites y grasas, la subida ha superado el 71%. Ocho empresas controlan el 80% de los alimentos en el mundo. Y la vida (ajena a la de sus propietarios desde luego) juega, entre otros lugares, en la Bolsa de Comercio de Chicago (Chicago Board of Trade, CBT). Allí, los alimentos tampoco se libran de “productos financieros” de esos que compran y venden sin recibir mercancía alguna. Sólo títulos, anotaciones contables, que condenan al hambre a millones de personas.

Sus víctimas no son seres exóticos y alejados, las mermas han inundando ya a la sociedad del Primer Mundo. Y, mientras, escuchamos sin pudor decir a la UE “no necesitan elecciones, sino reformas”. Se refieren a Italia, pero ya está cundiendo la especie de que los “mercados” prefieren gobiernos “técnicos” –tecnócratas procedentes de las instituciones neoliberales como el BCE. FMI o Goldman Sachs-. En realidad, la última vuelta de tuerca se ha dado desde que Papandreu osó mencionar que iba a consultar al pueblo griego sobre las condiciones de la UE y sus secuaces. Lo echaron sin contemplaciones y el nuevo gobierno de unidad griego -presidido naturalmente por un miembro de la élite neoliberal-, ha incluido al menos a un miembro de la extrema derecha.  El futuro que diseñan “las alturas” no puede ser peor. Para nosotros, para los ciudadanos de a pie.

Repasemos otra vez la foto de Minhaj. Neoliberalismo es la parte izquierda. La derecha la suerte que – cercana a la caridad – le tocó con la obra de esforzadas ONGs. No secundemos ni un día más, ni con un voto más, la “libertad” del enriquecimiento extremo de una minoría que anula tantas libertades a los demás.

¿Nadie se cuestiona el sistema?

Nos habíamos acostumbrado a vivir en un sistema que, aún en su injusticia, parecía estable. Las noticias traían imágenes de hambrientos y muertos de pobreza pero con menor frecuencia que diatribas entre políticos locales o hazañas deportivas. Que más de mil millones de personas estén en riesgo de fallecer porque no tienen con qué alimentarse, y tres mil millones mal coman y mal vivan, pasaban por ser daños colaterales de una organización social en la que el resto (muchas menos personas) no sufría mayores problemas. “Siempre ha sido así”, nos decíamos. “No podemos hacer nada además”. El egoísmo innato, la ceguera de ignorar los datos que cada día aporta para prever el futuro, la sensación de impotencia.

Cuando el libre mercado quebró hace un año, tras dar serios síntomas en 2007, asistimos impertérritos a cómo los gobiernos inyectaban miles de millones a las empresas para que mantuvieran el status quo. Con nuestros impuestos.

Si nos centramos en España, al mismo tiempo que esa gran crisis mundial nos aquejaba, se hundía también el edificio sin cimientos de nuestra economía. Habíamos construido casas sin tino, para enriquecer a unos pocos, para endeudar a la mayoría y sujetarla al sistema. El turismo se resentía porque a casi nadie con gusto estético le atrae pasar sus vacaciones entre cemento anárquico, precios elevados, mal servicio y mala educación. Y no había mucho más. Carecemos de un tejido industrial potente. Aquí y en todo el mundo desarrollado, el dinero invierte en aire para enriquecerse aún más, no en sectores productivos para la sociedad.

Aquí estamos. Con un periodismo que se ha banalizado en manos de emporios que persiguen también mantener el sistema. Bombardeados con ofertas de compra, hasta de lo inútil, para seguir consumiendo más y que el libre mercado siga su camino. Para enriquecer a unos pocos, insisto, cada vez es mayor la brecha entre ricos y pobres. Cada vez se empobrece más la llamada clase media.

El sistema sigue inexorable su camino voraz. Dos noticias recientes muestran sendos picos de alarma. El paro sigue subiendo en España más que en Europa, pero aún es más intranquilizador saber que más del 40% de los jóvenes menores de 25 años no tiene trabajo, lo que representa más del doble de la media comunitaria. Unámoslo a esta otra cuestión que hoy plantea El País, tras venir avisando largamente incluso en las voces de los políticos: ¿Una generación sin pensiones? Se pregunta el diario. ¿La misma que ahora está en paro? Añado yo. El sistema público se agota y los privados están en cuestión por la crisis. España avanza hacia el envejecimiento sin una solución en el horizonte para los jubilados. Son habas contadas… mientras las cuenten los mismos.

La caída del Muro de Berlín hace 20 años, supuso llevar a la hegemonía mundial en solitario al capitalismo -hasta entonces, curiosamente, habían sido dique de contención el uno del otro, entre dos formas de organizar el Estado-. La izquierda democrática europea –que nada tenía que ver con las dictaduras comunistas- perdió votantes en cascada. Incluso la UE roja, se tornó azul. Quizás fue porque, acomplejada, la izquierda se dejó imantar por la derecha y sus métodos.

Como bebes eternos, inmaduros mentales, a quienes distraen con dulces piruletas, asistimos a esa degradación de nuestras condiciones de vida orquestada por unos pocos con poder: empresarios, políticos que hacen dejación de sus obligaciones de, únicamente, representar a la sociedad y gestionar unos servicios, medios de comunicación, publicidad. Nos va mucho más que ver quién gana en luchas de partido y de partidos, políticos y de fútbol. Mucho más que seguir la intriga de cómo nos han robado, con alevosía y desfachatez infinitas. Estamos atrapados por unos carceleros de guantes de seda pero inconmovibles, despiadados en la decisión de conseguir sus fines: dinero privado, más dinero, para ellos solos. Y somos más. No me cansaré de repetirlo. Tiene que haber una tercera vía. Pero nadie con capacidad de decisión parece cuestionarse el sistema. Ni la mayoría de nosotros. Que cayera el Muro de Berlín parecía imposible, pero fue barrido por las ansias de libertad -y yo lo vi con mis propios ojos-. Vientos de justicia habrán de derribar también su vertiente occidental, ésa en la que vivimos.

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