Europa ¿un sueño fallido?

9 de Mayo. Día de Europa. He dudado si volver a escribir sobre mi viejo sueño –eterno, creo-, que tanto me ha frustrado. Esta fiesta se celebra desde 1985 en conmemoración a la llamada Declaración Schuman, por la que, en 1950, el entonces Ministro de Asuntos Exteriores francés daba el primer paso para la creación de una comunidad interestatal, la Comunidad del Carbón y del Acero, precedente de la actual UE. El inspirador había sido otro francés: Jean Monnet. Pensaban en conceptos como calidad e incluso en la mejora de las condiciones de los trabajadores de ambas industrias, pero, por encima de todo, que esta unión alejaría la posibilidad de otra gran guerra. Como todos los movimientos trascendentales de aquellos años –Declaración Universal de los Derechos Humanos-, nacieron como reacción a la terrible contienda, en el deseo de trabajar porque nunca más se repitiera. Un gran inicio. Contrasta deprimentemente con los momentos que vivimos.

Derribamos las fronteras físicas pero buena parte de los países integrantes de la UE siguieron, de espaldas, mirando sólo hacia dentro del propio territorio. Como tantas veces he dicho, las instituciones comunes llevan 30 años intentando solucionar “un problema de comunicación con los ciudadanos”. Y no se lo miran, vaya. La UE se ha convertido en un paquidermo burocrático que, eso sí, dirige con más influencia de la que creemos nuestra vida cotidiana. Este año hemos estrenado la novedad de contar con tres presidentes tres para aumentar su inoperancia. Durao Barroso, calificado como el peor presidente que ha tenido la UE, Van Rampoy, del que si la cara es el espejo del alma se puede esperar bien poco, y el del país de turno. En este momento, Zapatero.

Felipe Gonzáles anda refundando la UE, algo que tiene el aspecto de llevar el mismo camino que la refundación del capitalismo. El brillante y bien intencionado González, no cesa de avisar de lo mal que van las cosas y propone soluciones lógicas pero sólo paliativas a un sistema injusto que ningún político se cuestiona. Hasta energía nuclear, estamos buenos.

Promoví una asociación, Europa en Suma, de la que fui presidenta hasta que me dieron un golpe de mano. Pretendía imbuir otra forma de afrontar lo que constituye el problema: la unión de los ciudadanos de este continente, que bajara a la calle y abordara los temas que interesan a las personas, lo que nos acerca y nos separa. Pero el “paquidermismo” de la UE parece contagiar todo lo que toca, con la ayuda de la miopía institucional. Aunque me sirvió para conocer el percal que nos gastamos con las asociaciones que rodean la idea de Europa. Subvencionadas muchas de ellas con dinero público, organizan actos que a veces se reducen a juntar a una docena de personas, ya convencidas, para charlar un rato. Una vez al mes, como mucho y sobre temas apasionantes y decisivos, de los que enganchan al más apático. El tratado de Lisboa o los retos del Parlamento europeo, de ese cariz. Salir de lo institucional produce urticaria. Y eso sí les da para local, teléfono, secretaria y/o contable en su caso. La camarilla de la fallida Europa en Suma, no pensaba en otra cosa. Lo ha conseguido. También he conocido a auténticos maestros en exprimir el jugo de Europa. Hay uno en concreto que me admira por su capacidad de trabajo: preside o vicepreside prácticamente todas las incontables asociaciones europeas, y habla en todo acto al que asisto o así lo parece. Un día espero verlo en alguna jornada culinaria sobre la sopa. Europea, por supuesto.

Nos sentó bien Europa en su día. Nos hicieron carreteras y peinaron algo el hispano pelo de la dehesa. Los progresistas españoles siempre miraron a Europa como escapada. Proscritos “afrancesados” reclamaban más cultura e incluso más glamour, pero triunfaron los castizos. En España siempre triunfan los castizos. Saturno goyesco que se alimenta de sí mismo y no deja crecer ideas nuevas. Empiezo a pensar que en Europa comienza a suceder lo mismo.

Lluís Bassets se pregunta hoy en su blog de El País ¿Pero quién manda aquí? Y nos detalla un par de asuntos cruciales: cómo son las relaciones entre gobiernos y bancos en los sistemas chino, norteamericano y europeo, o lo que pasó en la última Cumbre del Clima, citando a Der Spiegel:

“ Los datos del crecimiento económico mundial tienen un reflejo en lo que sucedió en las tempestuosas reuniones para la reducción de emisiones a la atmósfera en las que fueron China e India quienes marcaron el paso, Europa dejó de existir y Obama tuvo que colarse a última hora para no quedar al margen del acuerdo entre los países emergentes. Y según el semanario alemán, quien llevó la batuta en todo momento y se llevó el gato al agua fue nada menos que el señor He Yafei, el viceministro de Exteriores chino, un diplomático del tercer nivel del Estado”.

Lo peor es que el triunfo chino –que envía a un currito a debatir con jefes de Estado- se basa en la explotación de los trabajadores y en el férreo control dictatorial de la sociedad. En el drástico aumento de los desequilibrios sociales también.

¿Día de Europa? Mi añorado Vidal-Beneyto no dejaba de espolear a la sociedad para que reaccionara:

“Sólo una movilización popular e intelectual, insistida y de gran calado, podrá ayudarnos a acabar con tanta patraña y tantas desvergüenzas. (…) ¿Cuándo dejaremos de tolerar tanta ignominia, cuando pondremos fin a tanta abominación?”

Lo que no sé discernir bien es lo que el otro día dijo nuestros ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Con su reflexión os dejo. Pincha aquí. No dejéis de escucharla. Algún colega de twitter lo interpretó como una invitación a tomar la Moncloa, o Bruselas y Estrasburgo. La cosa empezó invocando Berlín:

Día de Europa, algo más que una fecha

9 de Mayo. Día de Europa que, este año, precede a las elecciones. Se celebra desde 1985 en conmemoración de la llamada Declaración Schuman, por la que, en 1950, el entonces Ministro de Asuntos Exteriores francés daba el primer paso para la creación de una comunidad interestatal, la Comunidad del Carbón y del Acero, precedente de la actual UE. El inspirador había sido otro francés, Jean Monnet. Pensaban en conceptos como calidad e incluso mejorar las condiciones de los trabajadores de ambas industrias, pero, por encima de todo, que esta unión alejaría la posibilidad de otra gran guerra. Como todos los movimientos trascendentales de aquellos años –Declaración Universal de los Derechos Humanos-, nacieron como reacción a la terrible contienda, en el deseo de trabajar porque nunca más se repitiera. Es bueno recordarlo en estos difíciles días.

Desde nuestra modesta Europa en Suma, tuvimos una sesión el miércoles a la que llamamos “La hora europea”, algo así como el Happy Hour anglosajón. Y pudimos constatar una vez más que Europa es para buena parte de sus ciudadanos una idea difusa. No nos conocemos, no queremos o no nos hacen accesible saber qué hacen las Instituciones que tanto deciden sobre nuestras vidas –entre el 70 y el 80% del trabajo de los parlamentos nacionales son transposiciones de directivas europeas-. Hay que empezar por el abecedario, para luego unir letras y aprender a leer Europa, hasta llegar a sus grandes obras. Es una labor ilusionante que precisa de un mayor número de adeptos.

Francisco Aldecoa, Decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, es uno de ellos. El hecho de que las circunscripciones electorales sean nacionales o que no decidamos directamente quién va a ser la cabeza visible -el Presidente de la Comisión-, influyen, nos dijo, en que los ciudadanos no nos interesemos por los comicios europeos. Los partidos tampoco lo hacen. Envían viejas glorias o a represaliados a quienes se quiere compensar –y con una realmente sabrosa regalía-. Las campañas se hagan en clave nacional también, dilucidando en realidad quién ocupa o puede ocupar la presidencia del gobierno de cada país.

Asistieron sendos representantes de las embajadas británica y rusa, y una joven alemana que elabora una tesis sobre las relaciones interculturales. En casi todos los países, vimos, ocurre lo que en España. Algo menos en Alemania que se toma más en serio su representación europea. Angels García –que participó, en Bruselas, en la creación de los erasmus– nos contó que en Francia, cuando el referendum de la Constitución Europea, los ciudadanos fueron a las urnas profusamente informados, conocían al detalle el texto y lo habían discutido. Nosotros no sabemos qué votamos.

Pero también bajamos a lo más elemental: conocernos desde el “abecé” entre europeos. Alexander, el representante de la embajada rusa, relató la admiración que causa en su país la situación de la mujer española que en nada se parece a la de la rusa, en detrimento de ésta. Sus telediarios no se ocupan sólo de sí mismos y su entorno, así “abrió nuestros informativos la noticia de que una mujer y embarazada era ministra de Defensa en España”. “Las alemanas son igual que las españolas, los que NO SON iguales son los hombres alemanes y los españoles”, dijo con gran énfasis la joven alemana. Los hombres allí cogen permiso de paternidad y colaboran en las labores domésticas. Los británicos también contemplan expectantes las leyes progresistas españolas. Por cierto, ellos elaboran un informe anual sobre cómo les ven fuera –una interesante iniciativa-. Los españoles lo primero que decimos de ellos es que son ricos, y, después, fríos. William no lo es. Frío.

En nuestra eterna autocrítica nos gustó saber que hay dos cosas por la que España es enormemente valorada en el exterior. Una, es la forma de negociar. Esto también me lo había contado en un reportaje de Informe Semanal un catedrático sueco. Parece que somos de fiar -aunque nos parezca mentira-. Solemos mantener la palabra dada y rara vez se cambia al final como hacen otros.

Y luego está, sí, nuestra rara eficacia en la improvisación. Todos los extranjeros saben que aquí no se planifica con tiempo y se deja todo para el último día, pero les maravilla que se llegue al momento crucial siempre y con brillantez. Se relataron diversas anécdotas. Me quedó con la que contó Angels García: “Trabajaba con dos colegas, uno holandés y otro alemán –creo recordar- y sentía que ellos realizaban mejor que yo su labor por mucho que me esforzara. Pero a menudo llamaban a mi puerta la víspera del evento y, con la cara desencajada decían: Hay un problema. Y yo pensaba: Aquí entro yo, esto es lo mío. Y se resolvía.”. Nadie es más hábil en la improvisación, en la rapidez de soluciones, que los españoles. ¿Adonde llegaríamos si también estructuráramos con antelación, método y medios  los proyectos?

Una hora europea, densa y liviana, que nos divirtió e hizo aflorar nuevas ideas. Conocer otras culturas y formas de pensar ensancha horizontes. Cuantas más fronteras alejemos, más grandes seremos. Y más ricos en lo que de verdad cuenta.

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