Caminos

tunel.luz

¿Y si no hubiera luz al final de ese túnel? El camino no puede ser más sombrío. Nos están vendiendo la sanidad que protege la salud con un desparpajo al que jamás nadie antes se atrevió en etapas democráticas. Tan a las claras. La sociedad se muestra profundamente en contra, mayoritariamente. Incluso quienes se niegan a advertir la jugada se preguntan al menos: si funcionaba a plena satisfacción ¿Por qué tocarla? Pero los dueños –transitorios- de las llaves hacen oídos sordos ¿Cómo privarse y privar a los amigos de tan suculento negocio? Lo mismo ocurre con la justicia, con los derechos. Se recorta el poder adquisitivo de los pensionistas –incumpliendo babosas e interesadas declaraciones-, mientras se entregan 37.000 millones de euros más a los bancos, y nos dicen que la mayor parte se va ir por un sumidero. La ciudadanía, atónita, dolorida, quizás indignada, reparte suspensos por doquier.

Cuando no se ve – porque no hay- luz al final del túnel, solo queda un camino: revertir los pasos, darse la vuelta y salir por donde entramos. Hay otros caminos. Con luz, hojas mullidas para caminar, trazo recto. Sin paredes que constriñen y guían por dónde se ha de andar. Con la libertad de cruzar los bordes y volver a entrar. El sosiego acompaña el tránsito que no solo muestra una meta, que es claridad en cada punto del recorrido.

Aranjuez. Noviembre 2012

Aranjuez. Noviembre 2012

El camino

No sé si conscientemente o no, -creo que no, que las opciones se daban por igual al iniciar el trayecto y era fácil no distinguir la entrada-, he entrado en un camino que no era la carretera general. Discurría paralelo, eso es verdad. Pero no era tan firme el piso, ni había otros vehículos delante o detrás. No se veían posibilidades de cambiar al carril correcto, zanjas o vallas, canales o riachuelos, lo impedían, era una calzada de segunda fila. Y sin embargo parecía llevar la misma dirección.

Al cabo de conducir un buen rato, he pensado con preocupación que quizás esa especie de arcén incomunicado con la vía principal no tenía salida. Tal vez acabara en un socavón, un muro, un cul de sac. En ese caso ¿cómo regresaría marcha atrás tantos kilómetros? Es una variedad en la conducción que se me resiste.

Sólo al despertar del sueño y la zozobra he encontrado soluciones: llamar a una grúa que, elevándome sobre los impedimentos, me transportara a la senda correcta, a la que con seguridad lleva a alguna parte. Mi hijo ha visto otras posibilidades: que avanzando por donde iba encontrara muchos otros coches, muchas más personas, que también habían elegido -queriendo o sin querer-, una travesía diferente. Cabe dentro hasta de lo probable, por alguna razón alguien habilitó ese suelo firme por el que transitar.

El café y el día me recuerdan que estoy ya en el mundo consciente y la realidad puede tocarse con las manos. Pero sigo preguntándome adónde me llevaba el camino de los sueños.

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