El limbo

Es el lugar más seguro para vivir. La tierra del hombre masa, la cuna de todo el mundo. Dispone de paredes insonorizadas para no escuchar el llanto de dos tercios de la población mundial condenada a un “infierno” en vida. Y, por las ventanas al exterior, apenas entra la luz de la información. Los “mercados” son sólo el cuento temible para enderezar conductas. Las restricciones de la dieta alimenticia, necesidades de la organización. Es caro comer a la sopa boba. Cuanto más bueno y dócil seas, más cromos te dan para canjear en las tiendas. Es un lugar confortable lleno de sugerencias para comprar. Casas, automóviles, vacaciones, vestidos, abalorios… los acumulas, los consumes, tiras sobrantes a la basura y vuelves a empezar.

 Afuera, cuentan, suceden cosas incómodas, potencialmente peligrosas: daños colaterales, flexibilizaciones laborales, reajustes de precios e impuestos, recogidas de beneficios, alzamientos de bienes, contextos que salen y entran, delincuentes, pobres, bombas y conflictos armados, enfermedades. Y se sabe. Y se abraza la seguridad. Alguien nos cuida, nos protege, vela por nosotros. Los protagonistas se pegan y gritan, surgen temas pasionales de controversia sobre los grandes valores, y los residentes pueden participar a través del mando a distancia. Se puede escoger bando, creencia, apostar.

 Los rebeldes son condenados al abismo, sin preámbulos. Apenas se les ve desaparecer. Uno mira en las vidas de los otros y se siente admitido en la norma. Por la televisión comunitaria surten de grandes entretenimientos para pasar el tiempo y escenificar el simulacro de vivir.

 Sofás ocres, cortinas ocres, paredes ocres, suelo gris.  Ni fuego, ni hielo. La temperatura es de 22º y cuando llegan olas de calor o de frío, huracanes y diluvios, la sensación térmica permanece inalterable. Presión sanguínea en 12/7, la diástole y la sístole sin sobresaltos y 72 pulsaciones de pulso cardíaco. Excesos en comida y bebida, emociones y conciencia, no se reflejan en las gráficas. La sensación corporal y de los sentimientos es siempre la correcta. No hay mejor lugar para vivir. El averno no es opción. El cielo efímero no se contempla.

La liturgia católica decidió abolir no hace mucho el limbo de la mano de Ratzinger porque mantenía dudas de si en efecto era una verdad de fe. La realidad se colaba por las ventanas y había que cerrarlas. El limbo es un lugar incontaminado, libre de humos, alientos, pestilencia. O ésa es al menos la sensación limbística. ¿Qué más se puede pedir?

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7 comentarios

  1. Yo no estoy segura de que el siguiente Papa vuelva a declarar el limbo como lo más correcto, habida cuenta de que la mayoría ya vive virtualmente allí y habida cuenta del devenir de los tiempos desde Monseñor declaró el limbo como terreno sin dividendos, seguramente lo pondrán otra vez en el catecismo.

    Ya se sabe que en el infierno están y estaremos loa malos, pasándolo bomba y el cielo… ay el cielo… con tal de no ver la cara a los que la gran promesa sitúa allí, no quiero ir ni atada.

    Pero el limbo… menuda panacea, y si no que se lo pregunten al sistema.

  2. Víctor

     /  20 agosto 2010

    Aplausos. Gran texto. El limbo que nos lleva a la ineludible decadencia. Sólo espero que los que están expulsados del limbo, cuando llegue su tiempo, sean capaces de construir un mundo mucho mejor.

  3. Espléndido

     /  20 agosto 2010

    Buena, Rosa, me gustó, hay mucha gente que vive ahí.

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