La trastienda del Black Friday

En la mañana de este viernes, Black Friday, millones de personas se han levantado pensando en ir de compras y aprovechar las ofertas. Y millones de personas han saltado de la cama sabiendo el día que les esperaba porque son ellos los encargados de venderlas. La mayoría vienen entrenados por los días previos porque este “viernes negro” se ha convertido incluso en una semana. “Yo me mentalizo y trato de llevar bien el día, lo peor es por la noche al terminar la tarea”, responde una dependienta afable y armada de paciencia. La jornada apenas despunta y ya ha tenido que atender a varias clientas al mismo tiempo, sus dudas y sus protestas. Imaginas la cantidad de pasos que habrá dado al regresar a casa, las sonrisas, las disculpas.

Las empresas aumentan la plantilla para estos días. En cantidad notablemente insuficiente.  Esta web, Xataca, llega a cifrar el incremento de los trabajadores en un 20% y el de los pedidos en un 2.000%. En cualquier caso, la desproporción es notable y no deja de reproducir la habitual. En el inicio de la oferta Black Friday, dos o tres días antes en muchos casos, te encuentras a primera hora de la mañana con 4 vendedores para atender a todo el que entre en una enorme tienda de aparatos electrónicos y electrodomésticos. Cada uno tiene asignados a su vez no menos de cuatro departamentos, y no otros, sin mezclas. No pueden prestar atención ni a consultas. La espera y la disuasión acaban con la encargada mandándote al mostrador a qué pongas por escrito una queja.

Lo mejor es intentarlo en otro comercio. Más grande aún, la proporción de vendedores es ligeramente superior y mejor el talante. Pero tardan demasiado en “volver del almacén” o en llegar a su pupitre debido a las continuas interrupciones de otros clientes. ¿Están haciendo el negocio a costa de sus trabajadores? “Tampoco es eso”, me explica un reponedor que oye y ve mucho. “Es que no se vende, por más que digan que España va bien, no se vende”.

El comercio ha cambiado a un ritmo vertiginoso. Grandes zonas de las ciudades, en el centro y los extrarradios en particular, han convertido sus calles en monumentales centros comerciales. Caen los últimos cines y en su lugar se coloca otra tienda, muy similar a la que puedes encontrar pocos metros más allá. La oferta es descomunal, bastante uniforme, y en busca del más barato todavía o lo selecto, el lujo. Pero múltiples expertos aseguran que las tiendas físicas se están convirtiendo en escaparates para la compra on line, sobre todo de tecnología. Pedro Bravo también aguza la vista en bicicleta. Y al parecer la venta exige mucha motivación para atraer al cliente porque se anuncia más y más espacio para instalar comercios. Nuevos centros y ampliaciones, se disponen a  añadir más de 2.350.000  de espacio comercial en el conjunto de España, según Cinco Días.

Almacén Amazon. San Fernando de Henares, Madrid.
Almacén Amazon. San Fernando de Henares, Madrid.

El negocio de venta on line es el que más crece. Amazon y sus primos hermanos se están haciendo con el mercado. Solo el macrocentro que la multinacional norteamericana proyecta en Toledo tendrá 200.000  y hay más ampliaciones en perspectiva. Es de imaginar qué quedará de esa burbuja del consumo que se asienta en cada esquina y cada tramo de nuestras ciudades. Todavía muchas personas, no todas ya, acuden a los centros comerciales físicos a ver el producto, pero luego lo buscan en la Red. De ahí que el empleo de repartidor crezca también exponencialmente. “En 2015 hubo 600 contrataciones, en 2016 fueron 1.000 y este año la cifra crece hasta las 2.700”, concreta a Xataca un responsable de Amazon. Los sueldos de los repartidores oscilan entre 1.000 euros al mes,  según Indeed , un buscador de empleo, con datos insuficientes para su fiabilidad, a auténticos abusos como publicamos en eldiario.es de algunos repartidores de comida que apenas llegaban a 4 euros la hora.

A simple vista no hay dinero para tanta tienda, quizás porque tampoco sigue habiendo pan para tanto chorizo. Hecha la salvedad quincemayista, la dura evidencia es la desigualdad instalada en España, que incluso nos afean desde la Comisión Europa, de esa UE que presionó y presiona con las políticas neoliberales que la han propiciado. Ayudadas en España por la corrupción, del robo público y la evasión y elusión fiscal. Solo Rumanía y Bulgaria, los parientes pobres, casi apestados, de esta Europa organizada, tienen una desigualdad mayor que la España del PP y sus socios impenitentes.

El  informe de la UE y otro de  la editora Bertelsmann nos sitúan en una España en situación “crítica” que suspende en todos los parámetros de la justicia social, salvo en la salud por el gran esfuerzo de sus profesionales y la alta calificación de la que partía antes de la fiebre privatizadora del PP. Riesgo de exclusión social, pobreza infantil, abandono de los estudios, escasa efectividad de las prestaciones sociales. Mapas sonrojantes, en el caso de tener vergüenza, para quienes amparan esta situación.

Hay una correlación análoga en los compradores españoles según su nivel adquisitivo. Se abre paso el saldo puro y duro, las camisetas a 2 y 3 euros, zapatos enteros con su suela y su todo a 10 o 15, labradas con tanta explotación como sabemos lejos de aquí. Para saciar el placer o la necesidad –creada-  de comprar. Y en un nuevo Monopoly empiezan a caer cadenas solventes que no pueden competir en precios. C&A anunció que reducía tiendas incapaz de lograr precios como los de Primark. La venta por Internet también se lanza a por ese mercado con empresas que facilitan las tallas con sus  medidas completas, nivel sastre o modista, y que devuelven integro el dinero si la compra no complace al cliente.

Se ha basado el tinglado de esta sociedad en el consumo. Y como poco es un sector en movimiento agitado.  Los síntomas lo asemejan a todas las demás burbujas que pincharon. La tecnología en constante desarrollo no dejará de venderse, todo lo contrario, pero puede que no lo haga ya apenas en las tiendas que colocan a 4 vendedores en todo el recinto. Y algo tiene que cambiar en tanta ropa colgada en lo que un día fueron edificios que aún deben guardar en sus paredes ecos de historias y calidades en celuloide más allá del pack de bragas a 3 euros o la camiseta de turno.

En una especie de huida hacia adelante, de pirámide, los gobiernos pujan por el favor de las grandes multinacionales del consumo.  En EEUU el cierre de centros comerciales adquiere ya niveles de problema. Apuestan por lo que vende dando todo tipo de facilidades, incluso las administraciones del gobierno. Una ciudad de EE UU Stonecrest, en Georgia, ofrece a Amazon cambiar su nombre por el de la compañía. En Seattle,  ya han tomado el espacio urbano las denominaciones Microsoft y Amazon. En Japón existe Toyota City, aunque creada al efecto, como contaba la periodista Rosa Jiménez Cano.

Toman el relevo las grandes superficies, en donde comprar los tomates, las sábanas, el detergente, la comida del gato y el televisor de oferta. En este último departamento se están creando trabajadores a un nivel de estrés malsano. De habitual, no solo en tiempo de campañas. Literalmente atienden a un cliente, mientras son interrumpidos por otros y por sus compañeros, y alguien –un jefe con certeza- habla y responde conectado por un pinganillo. Ocho o diez horas así, a diario.

Otro caso que he constatado es el del empleado que está solo atendiendo ofertas de electrodomésticos, permanente  colgado de un teléfono mientras de igual modo intenta servir a un cliente y a las interrupciones. En este caso, con ostensible cara de agobio, de tristeza.  Comentan que muchos trabajos son más o menos así ahora, aunque no estén cara al público. El empleado multifunciones. Es la sociedad que se ha formado. La que sale tan guapa en la televisión.  El informe de la UE, refleja que España tiene una de las tasas más altas de trabajadores pobres, por culpa del trabajo temporal y parcial que el gobierno llama empleo. El 13,1%, junto con Grecia y Rumanía. No se puede desperdiciar lo que haya, pero los derechos han disminuido.

El Black Friday -la gran fiesta del consumo internacional-  es una renuncia a los márgenes comerciales habituales, el pájaro en mano, que dejará volando otros de la campaña de navidad. La gente compra ahora y no compra lo mismo después, se reparte la venta. En este Black Friday de 2017, al margen de las cifras de beneficio que den, de los reportajes de exaltación del consumo, existen unas personas que llegarán rotas a casa. Los dependientes de ropa cara han estado algo más tranquilos, a la caza de clientes a quien ofertar las bicocas. No verán ustedes a las élites rebuscando por los percheros, no lo precisan. Ven en un centro de lujo un pañuelo para el cuello de 199.- euros y si les gusta lo compran como complemento del resto del avío.

Cuanto más barato, más aglomeración sin embargo. Los grandes almacenes del centro, los clásicos, no andan tal mal surtidos de dependientas como otros. El día acaba con el martilleo en los oídos de decenas de peticiones de tallas para el almacén, preguntas de por  qué hay rebaja en unas prendas y en otras no, de por qué no lo señalan bien, consultas de “míreme si tiene rebaja”, quejas de “si es una engañifa porque nada tiene rebaja”, de la tardanza en la consulta o el pago, quejas, quejas, esa solera de mando conservador que portan las señoras del, por ejemplo, Barrio de Salamanca en Madrid. Quienes tratan a los clientes igual – de mal si es el caso- que su empresa a ellos que los hay, son minoría.

No se habla de los empleados del Black Friday. Del comercio amenazado a pesar de la exaltación del consumo, o en mutación imprevisible. De quienes apechugan con él a costa de su esfuerzo y hasta de su salud. Es la consecuencia lógica del trabajo precario, en tiempos de injusticia y desigualdad. De incertidumbre constante por el paro o las mermas. En tiempos de cargar en los brazos a sectores indiferentes de la sociedad con erráticas prioridades para el bien común. No se habla de que en la España del PP y sus apoyos, para muchos es Black Friday, tiempo de rebajas en sus derechos y posibilidades, todos los días.

Acaba el Black Friday pero sigue el sábado, y el domingo, y la navidad, y los Reyes y las rebajas… Puede ser de otra manera, pero no quieren.

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