La acumulación de rabia

Un coche, un SEAT Ibiza, circula por una calle de Madrid. En un semáforo, una pequeña motocicleta se para a su lado y en ella viajan dos jóvenes. Roban por la ventanilla el bolso de la conductora depositado en el asiento. Ella, de 30 años, no se arredra y les persigue. La scotter derrapa, el coche se precipita encima y resulta muerto en el acto uno de los jóvenes, de solo 25 años. El otro huye. La conductora puede ser acusada de homicidio imprudente.

Así pudieron suceder los hechos, según leo en las noticias de prensa. Un chico fallecido, una mujer debe hacer frente a la acusación de homicidio y a su conciencia. Por un bolso. ¿Solo?

A menudo nos encontramos experimentando reacciones muy primarias al volante de un vehículo. Hace pocos días, un movolúmen muy ostentoso me aprisionó en el aparcamiento de un gran centro comercial porque quería el sitio al que yo había llegado primero. Al punto de que para evadirme rocé la chapa que acababa de arreglar. La sujeta que comandaba el “tanque” se comportó con gran altanería, me llamó imbécil y me dijo que si no estoy capacitada para conducir no lo haga. Saqué una foto de su matrícula para denunciarla. En ese momento, hubiera querido desde luego que descargara sobre ella un tornado. Y… a mí apenas me importa mi coche. Me sirve para trasladarme y punto.

Se ha estudiado cómo el conducir refuerza los instintos primarios, envanece, da una falsa seguridad, y anula por tanto la lógica y la razón. Vuelvo al suceso de Madrid. Morir por robar un bolso, matar –accidentalmente o no- por haberse visto agredida. No sé en qué circunstancias se encontraban ambos. Precariedad en el uno con alta probabilidad, ¿ira acumulada en la otra?

Pensaba escribir hoy sobre los preocupantes e incongruentes ataques al periodismo. Os dejo la historia que resumió Nacho Escolar en línea con lo que yo pienso del caso: un periodista griego se enfrenta a pena de prisión por publicar una lista de defraudadores de Hacienda de su país que circula desde hace años sin que haya tenido consecuencias. Al final las ha tenido para él. Y para el empleado bancario que quiso se conociera, afrontando riesgos. Está preso en España. Cada día nos agobian a todos los exabruptos, las majaderías, los atropellos que nos perpetran los políticos. Me produce arcadas ya no solo ver y oír esos ataques a la inteligencia –lo hablamos hace unos días- tan solo mencionar los nombres de los autores. Estoy, estamos, hasta el mismísimo moño de que nos engañen, nos insulten, nos roben hasta la dignidad. De ver a deficientes mentales con un poder inmenso en las manos, incluso sobre nosotros. De la inhibición de la masa tonta y egoísta que los sustenta.

Cada día nos enfrentamos a la realidad con una insólita acumulación de rabia. Y puede llegar a sacar lo peor de nosotros mismos. Con un arma en la mano, la que sea, el coche lo es, podríamos llegar a aniquilar a quien con tanta impunidad nos agrede. Los resultados son fatales.

Debemos cuidar los bajos instintos. Desterrar la venganza, pero luchar por la justicia. Mantenernos templados y lúcidos. Un hermoso día de lluvia, tras el maravilloso sol otoñal de ayer, invita a buscar la calma. Para ser más fuertes, la irracionalidad debilita.

 

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