Prejubilados con 15 años de anticipación

Hoy he conseguido no despertarme hasta pasadas las 8,30. Tiene maldita gracia que, ahora que podría dormir cuanto quisiera, suela amanecer con las gallinas, mucho más pronto que antes. He tomado un café mientras charlaba con mi hijo sobre si es más efectivo para cualquier audiencia dar pinceladas impresionistas sobre los temas o hacerles zambullirse en profundos estudios sistemáticos. Me inclino por lo primero, mientras él piensa que ambos parámetros son imprescindibles, el primero quizás como reclamo del segundo. Son las diez de la mañana y ya he ojeado –en Internet por supuesto- todos los periódicos y blogs que me interesan. El catarro –que ayer dio una tregua- se recrudece, no será día para grandes alharacas por tanto. Esfuerzos físicos, los mínimos. Pero me quedan unas 15 horas para volver a acostarme. Por fortuna, me atraen muchas actividades, sugerentes intereses, pero son muchas horas y muchos días: vivo en un fin de semana perpetuo.

Hace dos años que no trabajo, cuando lo había hecho (dejando el colegio y compaginando estudio y ejercicio laboral) desde los 13. Cada día, como todos mis excompañeros prejubilados de RTVE, encendemos velas de agradecimiento a quien nos parece porque nuestro Expediente de Regulación de Empleo nos asegura un pago digno hasta, por cierto, los 65 años. Ventaja que no posee buena parte de la población activa de España hoy en paro. 4.365.500 personas según precisamente la EPA. Nosotros somos unos privilegiados. Cierto que nuestro ERE se propuso a conciencia cortarnos las alas y cercenar nuestra libertad de expresión, pero eso solo nos preocupa a unos pocos que queremos seguir vivos y ejercer el periodismo.

Entre los emails matutinos una cadena de los afectados por el ERE aglutinados en Descartes. La RTVE que nos obligaron a dejar por ser mayores de 52 años vive jornadas de huelgas y protestas. Tampoco trabajan. Se quejan de que lo hacen las productoras. Zapatero logró la cuadratura del círculo al desmantelar la televisión pública estatal, en aras de una “pluralidad” que –por esos malditos juegos del negocio, vaya por dios- se va a resumir en que copen la televisión generalista española los dos grandes emporios privados del principio: Antena 3 y Telecinco. Las apuestas diversificadoras del Gobierno han quedado engullidas por estas dos marcas, con el beneplácito de las absorbidas… y sus consiguientes beneficios.

Mis antiguos compañeros se atribuyen o reparten culpas o halagos por lo que no hicieron o hicieron para evitar este desaguisado (el definitivo en una larga historia de despropósitos). “Envidiables luchadores de causas pérdidas” algunos, leo, siempre que nos atañan de lejos y nos juguemos poco en el envite. Gran parte de ellos me han decepcionado profundamente en su aquiscencia al robo a mano vista de la asociación europea que los propuse para llenar huecos, y por su infinita mediocridad. Quizás es que tenemos mucho tiempo libre. En el campo de batalla profesional -algunos- éramos menos mezquinos, y casi todos menos susceptibles.

El Gobierno va a prolongar la edad de jubilación hasta los 67 años. A nosotros nos han enviado a matar moscas en verano y contarlas en invierno a los 52. ¿Hay quien entienda esa incongruencia? Grandes medios informativos están siguiendo la misma política: la experiencia sobra. Cuando se trata de controlar la opinión pública para el objetivo adocenador, saber cómo se le capea por puro ejercicio prolongado del toreo mediático, resulta peligroso.

Una amiga, enfermera y de izquierdas, soñaba con dejar su duro trabajo a los 65, el horizonte se aleja dos años más. Los prejubilados habremos de batallar por esos dos años de pagos que hoy quedan en el limbo. Pero, sobre todo, se prolonga la búsqueda de un empleo (que nadie da ya a los “mayores”, por otro lado). Vergara hoy lo sintetiza a la perfección:

El 50% de la población no estará en edad de trabajar en 2049. Y por muchos coches y pisos, y camisetas, y bolsos e ipads e ipods que se inventen para vender, las grandes fortunas se logran especulando con el aire de productos financieros, sin fabricar nada. Llegará el momento en el que la mayor parte de la población esté parada y con medios económicos menguados o inexistentes. ¿Quién la mantendrá? ¿Los jóvenes mileuristas hipotecados? La medida de prolongar la edad de jubilación no parece tener otro objetivo que retrasar en dos años el pago de pensiones. Hace más de una década que se viene oyendo que “peligran”. Y observé un síntoma claro: las grandes fortunas invierten en empresas que facilitan fondos de pensiones… privados. ¿Quién comprará sin dinero? Felipe Gonzáles vaticina una nueva crisis económica mundial para dentro de 5 años.

  ¿Cómo se puede compaginar que falte empleo y se prolongue la edad de jubilación? ¿Cómo que haya que trabajar hasta los 67 mientras se manda a casa a gente con 52 e incluso menos? ¿Cómo que nos aboquen a comprar lo que no necesitamos si no van a dotarnos de medios para pagarlo?

Políticas de bombero apagafuegos. ¿Lo harán mejor esos grandes economistas como Rajoy o Montoro? ¿Quizás Aguirre, la máquina de privatizar? ¿Tal vez Rato que huyó por piernas del FMI en el umbral de la crisis que no se generó en un día y que hoy gestiona ya Cajamadrid con unos cuantos políticos de todo signo que se han repartido el cortijo?

Pues casi son las 11, una hora menos a tener que llenar. Y a lo largo del día vuestros comentarios, y el twitter. No sabéis cuánto os lo agradezco. Las palabras escritas no son nada sin lectores. A menudo me pregunto por la diferencia de estar en el paro con posibilidades laborales –aunque sean remotas- y vivir una prejubilación. Es la que media entre un futuro dudoso y uno cierto. Hay poco más allá de la vejez prematura impuesta. Dotarse de objetivos siempre, muy probablemente.

Anoté en mi último libro unas palabras que habían pasado inadvertidas (y que estos dias recordaba Isabel Blas en microsiervos): “más reformas, más cambios, no rendirse nunca”. ¿Quién las dijo? José Luís Rodríguez Zapatero, el hoy, abdicado. Siguen siendo válidas como utopía. A mí me sustentan las últimas que me dijo mi padre en su vida consciente, antes de enfilar el último viaje: “no hay que esperar, hay que insistir”. Pues ahí andamos.

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