Una proposición revolucionaria

De repente, se enciende la luz y uno ve la solución. A gran parte de nuestros problemas, sí. La política es el tercer problema para los españoles en progresivo ascenso. Nos hacen mucho daño sus decisiones, nos obligan a pagar durísimamente una crisis que no provocamos (salvo al elegirlos para que no supieran solventarla a favor de la ciudadanía a la que encarnan). Mientras, les vemos discutir sus prebendas en el Olimpo en el que viven gracias a que las Constituciones democráticas estipulan que la soberanía del pueblo se ejerza por medio de representantes. De no ser por nosotros, seguirían de registradores de la propiedad, o de esposas de millonarios o de lo que fuera que ejercieran como actividad laboral. Si la tenían. Pero carecen de memoria, como les sucede a los votantes.

Ciertamente, nos ocurre que les vemos y oímos en exceso. No sé en qué momento de la historia, los políticos pasaron de ganarse con hechos y noticias el aparecer en los medios –que así sucedió en la Transición, cuando empecé a ejercer el periodismo-, a estar en ellos de forma perenne. Hoy son requeridos para opinar de todo lo que se mueve. Y por cupos. Se diría que los medios se han convertido en oficinas de prensa de los partidos en permanente campaña electoral. Hoy todo se opina, apenas se informa, y la sociedad se surte de los sentimientos subjetivos más acordes con su gusto, sin tener en cuenta la realidad. Y no es objetividad tampoco servir un “éste dice, el otro dice” –en el mejor de los casos- y yo ficho rápido mi salida del periódico, radio o televisión que los informes y hemerotecas son una antigualla.

 Parece que hay consenso en nuestro disgusto por la política actual -y por el periodismo actual-, y un creciente número de personas comprometidas anda viendo cómo encontrar una salida que acabe con tanto despropósito. Aquí se acerca ya la proposición revolucionaria.

No nos confundamos, la política es imprescindible en un sistema democrático. Con toda suerte de tropiezos y errores, la humanidad la busca desde los griegos, cinco siglos antes de la Era cristiana. Para dignificar el papel del ciudadano, de un ser libre sujeto a derechos y deberes. Para regular una actividad humana que busca gobernar y dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad. ¿A que se diría que lo hemos olvidado? Esos gobernantes marionetas o cómplices del poder económico, parece que sí. De cualquier forma, el sistema se muestra tan corrompido que ya no sabemos si nos situamos ante la famosa disyuntiva del fin del franquismo: ruptura o transición.

La solución en todo caso está en el tejado de la sociedad, como siempre debió ser. La democracia no es sólo votar cada 4 años, y no lo es hacerlo, irracionalmente, al que más “nos gusta” o nos dicen que nos guste, al que menos idioteces dice, o –por el contrario- al que más, manipulando los bajos instintos primarios.

Pues bien, el PP presume de tener 800.000 afiliados, el PSOE ronda los 300.000 en un cálculo optimista e IU 55.000. No serán muchos más los de los partidos nacionalistas y otras formaciones. Estas personas son las que deciden, de alguna manera, qué políticos se presentan a los distintos puestos de decisión. Como mucho 1.300.000 para 46 millones de habitantes. Con la legislación actual, fundar un partido nuevo representa una odisea, no hay hueco para él en la España atada y bien atada. Por tanto, una salida imaginativa sería la afiliación masiva a las grandes formaciones. Para volverlas del revés, sanearlas, quitarles la caspa y la polilla. Con la ayuda de tantos cuantos entraron a trabajar por los demás y se ven hoy aprisionados en el sistema. No es la política la que falla, son las personas que se han fabricado un irreal paraíso particular, alejado de sus votantes. Vivimos momentos críticos en el mundo, sólo desde el poder se puede promover un cambio drástico. De todo. Lo “revolucionario”, hoy, en mi opinión, es enderezar el camino torcido. Recordar que el poder era nuestro –de todos, no solo de los ricos privilegiados- y retomarlo con el compromiso de buscar el bien común. Desde donde debe ser: desde la política.

Manuel Cobo, una luz en la «partitocracia»

Espadas en alto y apuestas –como en las carreras de caballos- por quién será el vencedor. Manuel Cobo, número dos del Ayuntamiento de Madrid, osó hablar de lo que está sucediendo en su partido, el PP, al menos en Madrid, y se expresó con una rebeldía y sinceridad digna de elogio. No sólo eso, a mí al menos me ha abierto una ventana a la esperanza de una regeneración, demuestra que no es cierta la manida frase de “todos los políticos son iguales”.

Sus declaraciones a El País podrían ser asumidas por cualquier ciudadano decente de este país de cualquier ideología:

“Bertolt Brecht escribió que cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad es hora de comenzar a decir la verdad”.

(…)

“Una cosa es ser liberal y otra muy distinta decirlo. Nunca he oído a nadie decir más veces que a Aguirre «soy liberal». Hola, soy Esperanza Aguirre, soy liberal. Siempre lo dice, soy liberal. En su primer debate de investidura dijo que iba a ampliar la pluralidad informativa en Telemadrid tras ocho años de gobierno de Gallardón en la Comunidad. No creo que lo discuta ni que se enfade. Y si se enfada, me da igual. Pero tengo que decir que, según Aguirre, Gallardón no es liberal y ella es la más liberal de los liberales. Y cualquiera que vea Telemadrid hoy y los que la veían antes comparen cuándo había más pluralidad.•

(…)

Hubiera preferido que no fuera necesario decir todo esto. Pero los que más me importan, la inmensa mayoría del PP, dirán que ya lo sabían porque esto era un secreto a voces y pensarán que alguien tenía que decirlo. A los socialistas les pido que no usen torticeramente alguna parte de esta entrevista y que repitan lo que digo de Zapatero. A los otros, a los sin escrúpulos, si reaccionan como lo han hecho en ocasiones anteriores, no contraargumentarán, sacarán la brigada acorazada y buscarán, como se hacía en el fascismo y el comunismo, algo de mí, de Gallardón o de mi familia que sea difamatorio o injurioso”.

¿Contexto concreto? El control de Caja Madrid, la cuarta entidad financiera de España, que se disputan facciones del PP –con la connivencia de PSOE e IU locales-, en el más bochornoso –o uno de los que más- espectáculos que estamos siendo obligados a presenciar los ciudadanos, los votantes, a quienes se deben los políticos que nos representan y que no serían nada sin nosotros.

Esperanza Aguirre convoca al Comité de Derechos y Garantías del PP que podría aplicar al vicealcalde de Madrid la máxima sanción por cargar contra ella: cuatro años de suspensión, mientras los facinerosos de la Gürtel, campan a sus anchas. Aguirre actúa de forma muy selectiva, como decía un brillante comentario de escolar.net:

“No se convocó al comité de garantías por el caso Gürtel.

No se convocó al comité de garantías por el tema de los espías.

No se convoca al comité de garantías cuando Telemadrid recibe sentencias condenatorias por manipulación informativa.

No se convoca al comité de garantías cuando Madrid concentra el 25% del paro de toda España.

Se convoca al comité de garantías cuando un señor habla mal de Esperanza Aguirre».

Los partidos políticos españoles, mal regulados jurídicamente, se han convertido en auténticas estructuras antidemocráticas. Lo contó en una tertulia de Descartes, otro resabiado por su defenestración: Joaquín Leguina, del PSOE.

“No existe debate -entendido como confrontación de ideas y propuestas-. Éste ha sido sustituido por el comentario. Allí se comenta -generalmente de forma elogiosa- lo que ha hecho o dicho previamente el mando y, por supuesto, jamás se vota otra propuesta que no sea la presentada por la Ejecutiva.”

(…)

“Estos defectos no son nuevos, aunque en la actualidad se hayan llevado hasta la exageración. La demostración de que la cosa es vieja la tenemos en los reglamentos de las Cámaras (Congreso y Senado) pergeñados por los aparatos partidarios, aprobados durante la etapa constituyente y luego copiados por los parlamentos autonómicos. Estos reglamentos niegan la existencia del parlamentario como individuo, pues absolutamente todo: hablar, preguntar, escribir…, se ha de hacer con el visto bueno de la jefatura del Grupo y nada le está permitido al diputado a título individual en tanto que persona elegida por sus conciudadanos. Este ninguneo llega hasta el paroxismo (dudosamente legal) cuando, a la hora de cobrar el sueldo, el parlamentario español no lo recibe de la institución a la que sirve (Congreso o Senado) sino que a él le paga su partido (previos descuentos para financiar la organización partidaria, multas y demás cargas).

De las prácticas descritas se deriva un sistema de “selección de personal” en el cual “el mérito y la capacidad” (Artículo 103 de la Constitución) se han convertido dentro de los partidos en palabras malditas, siendo sustituidas por un mecanismo de vieja raigambre romana: el nepotismo”.

Parlamentarios… y todo el escalafón de la política. En otros países el político se gana el puesto en su propia formación y ante los ciudadanos a quien se debe y ha de responder. Esta sucia orgía de poder y prebendas –incluso económicas- nos sitúa ante unos de los peores momentos de la democracia en España. La propicia y permite un simple gesto: depositar el voto en la urna.  Y recordad que, al final de la carrera, el premio -hoy por hoy- lo recogen y lo disfrutan ellos. Y buena parte de él son nuestros impuestos. Manuel Cobo se ha rebelado, no debe ser acallado.