La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

getafe negro 026

He vivido este fin de semana entrando y saliendo de la piel de “la chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”. Es fácil entenderla, parecen caer gotas de azahar apaciguador incluso con solo pronunciar la frase y visualizar la expedita autojusticia. Dicen los autores de ese género que hoy barre en ventas -la novela negra sueca- que no es inverosímil pasar a la acción. En el supremo hartazgo, en el cruce de cables, “Vd. puede ser un… incendiario”. Aún prefiero, como Serrat, “besar a reñir”, pero la ira es un sentimiento primario que reacciona a una agresión, no bebe uno vasos de ira en solitario para alimentarse. Y es más humano revolverse al atropello, a las garrapatas incrustadas en la piel viviendo de tu sangre, que ofrecer la otra mejilla; la utopía judeomasónica que justifica la tiranía.

La segunda película Millenium –que vi en su estreno el viernes- me resultó apresurada, fría, y carente de los apasionantes matices de la novela. Un enorme globo de helio, ajeno a la cuestión, me izó minutos antes de entrar al cine hasta una altitud suficiente como para no distinguir más cerillas ni querer buscarlas. Sería una insensatez, por otro lado, acercar fuego a un gas. Dejé sola a Lisbeth Salander con sus cuitas.

Pero ella, tenaz como pocas, como yo misma quizás, no estaba dispuesta a que la obviaran. El escritor Lorenzo Silva hablaba en la radio el sábado mientras yo cortaba unas judías verdes para la comida -puro azar escucharle-. Y otra vez invocó a la chica, a todas las chicas y chicos que buscan justicia por cualquier método, y a las pasiones humanas, y a la ficción creativa. Eso fue lo que escuché en percepción selectiva del Festival Getafe negro, que Silva había organizado. A dos pasos de la capital madrileña donde resido. Costaba poco acercarse. Cultura, ideas, amenidad, en unas mesas redondas que mostraban cómo hay que expandir la cultura, lejos de la rigidez y el tedio habituales.

Escritores suecos hablaron de los orígenes de la novela negra en uno de mis paraísos soñados: se remontan a los años 60. Nació para analizar la sociedad y ejercer una crítica moral, al tiempo que se entretenía al lector. Obedece a  unos cambios  en el modelo del bienestar sueco que ellos detestan aunque ni en su perfil más empobrecido España ha llegado a alcanzar. Se quejan porque, explicaron, ellos están educados en la crítica desde la escuela. Una poderosa organización ciudadana que acostumbra a denunciar las cosas que no son perfectas para que lleguen a serlo.

Me interesaba saber por qué  a la sociedad le conmueve más un crimen, infrecuente en nuestra vida cotidiana –uno no se topa con asesinatos y atracos con la asiduidad que muestran las novelas o las películas- que los crímenes del sistema, la corrupción, la injusticia, de consecuencias devastadoras para una gran parte de la población. Hasta llegar a causar la muerte de millones de seres humanos. Porque creemos que “no nos tocan de cerca”, dijeron los autores suecos. Un terremoto en China con miles de víctimas, sólo es importante en Suecia si entre ellas hay un sueco. Pero también porque los asesinatos de la novela negra hablan de sentimientos fuertes, el odio, la venganza, la envidia, pálpitos extremos que reconocemos y que apenas podemos sacar y apaciguar. El bidón de gasolina y la cerilla al alcance la página. Y, además, por que nos ofrecen la intriga. Apenas aporta novedades saber que mientras escribo o lees esto, han muerto de hambre unos cuantos miles de personas. Desgraciadamente es así.

Anders Rönquist -el encantador y accesible embajador de un país en el que todos se tutean y resalta como contraste más llamativo al conocernos el Vd. nuestro- señaló cómo incluso se puede lograr enriquecimiento económico produciendo cultura. Le ha ocurrido a Suecia con Stieg Larsson que esta fomentando hasta el turismo. Había apuntado esa fuente -que España parece desdeñar- Lorenzo Silva. Por ejemplo, en Suecia proliferan las escuelas de narrativa específicas de novela negra a las que acuden desde aficionados a escritores consagrados. El país nórdico ha encontrado un filón en su singular literatura de investigación criminal.

Estaban también los traductores de Milenium, Juan José Ortega y Martin Lexell. Este último me dio la clave al decir que el éxito de la trilogía reside especialmente en Lisbeth Salander, una muy especial “vengadora justiciera” con la que nos identificamos a pesar de sus métodos. “Es terapéutico, me quedé como una seda”, concluyó, creo que con frase coloquial y todo, el sueco. Quizás la novela negra atraiga sobre todo por la búsqueda y esclarecimiento de la verdad, de cualquiera propuesta. Y el resarcir la trampa.

La lectura matutina de los periódicos me hace imaginar cuántos están acumulando combustible por si llega el momento propicio de hacerlo estallar. Y sé que, en esta España nuestra de relajamiento ético, ciudadanos anónimos caminan con sus historias de atropellos impunes, no sabiendo cómo canalizar su cólera. Cuántos más deberían estar indignados para que algo cambiara. El bidón de gasolina, la cerilla, una tentación que se vuelve incruenta en las letras elaboradas, o en todos los globos de helio que ponen distancia con el suelo y sus miserias. Siquiera, guardando, por prudencia, -bajo llave si se prefiere- un mechero.

5 comentarios

  1. Tengo ganas de ver esta eplícula. Estoy estos días viviendo en la SEMINCI, pero el domingo voy a verla, a ver si cumple como la novela y la película rpedecesora…

    un saludo, y me ha encantado encontrar tu blog.

  2. MACGO

     /  26 octubre 2009

    Es muy raro que una película supere o incluso iguale la sensación que produce la lectura de un libro. A vuela pluma recuerdo ahora mismo “El tercer hombre”.
    Leí la trilogía con pasión, con devoción, devorando literalmente cada palabra, metiéndome descaradamente en la piel de Lisbeth Salander. Esa sensación no me la ha producido ninguna de las películas. Pero ya sabía que sería así antes de ir a verlas. Quizás por eso no me llevé la decepción que tú dejas traslucir. Solamente me parece un acierto la elección de la protagonista. No me ha decepcionado.
    Saludos, Rosa.

  3. Dña. Rosa, creo que entiendo lo que quiere Vd. decir. Ni he visto las películas que menciona, ni he leído los libros. Pero sí entiendo lo que transmite con la cerilla y el bidón de gasolina.

    Una metáfora muy peligrosa. No quiero bajo ninguna circunstancia pensar que estamos engendrando un monstruo social que, a medio o largo plazo, estallará entre nosotros, y nos llevará a un conflicto que superará el puerta a puerta.

    La novela negra no puede extirpar esta sensación. Sólo la adormila un poco. Porque no hace que miremos con otros ojos a nuestros dirigentes día a día. De ellos esperamos que cumplan con su trabajo y con su ejemplo. Sobre todo con su ejemplo. Y en esto último fallan estrepitosamente.

    Quisiera apuntar una reflexión que he tenido recientemente: ¿a quién beneficia el estado actual de las cosas? Este marco de corrupción, de acusaciones mutuas, de desoír las voces de la gente y escudarse en sus castillos virtuales… ¿a quién beneficia, realmente? Se están oyendo muchas voces radicalizadas. Y esas voces no salen si detrás no hay mucho resentimiento acumulado, tanto en grupo como en persona, empujándolas como una olla a presión. Vaya a cualquier medio de expresión social, y verá manifestaciones peligrosamente incendiarias, que en otras circunstancias hubieran sido censuradas. Y esto es solo el principio. Es el principio de una escalada que sólo puede terminar mal.

    Como decía, ¿a quién beneficia? A los radicales. Ultraderecha y ultraizquierda (me da igual que se le llamen Falange, Fuerza Nacional, Herri Batasuna, ETA y la madre que los parió a todos).

    Por favor. Calmémonos todos, respiremos hondo, y hagamos todo cuanto esté en nuestras manos para impedir que esto vaya a más. Moderemos nuestros comentarios. Ofrezcamos sugerencias razonables a nuestras desesperaciones. Oigamos lo que tienen que decir los demás, siempre desde el respeto y la reflexión, el mismo que esperamos nosotros de los demás. No toleremos bajo ninguna circunstancia expresiones fanáticas.

    La crispación social está bien, pero si no conduce a nada, si se alimenta a sí misma constantemente para conseguir el efecto deseado, puede que para entonces sea demasiado tarde, y lo que se ha puesto en marcha ya no se pueda parar más que con antidisturbios, encarcelamientos masivos, caos social, dolor, angustia y desesperación. Porque les estaríamos dando a los radicales antes mencionados lo que quieren.

  4. MACGO

     /  27 octubre 2009

    Estimado Arturo: Yo también vi ese sentido en la entrada de Rosa pero enfoqué mi comentario hacia otro punto de vista.
    Desde mi perspectiva profesional como maestro, veo que lamentablemente estamos formando a una generación que potencialmente es un bidón de gasolina bajo nuestros pies y que tarde o temprano encontrará una cerilla que lo haga explotar. Comparto plenamente su opinión y, aunque siempre he creído en el poder transformador de la educación, la sinrazón de los políticos han dejado morir un sistema público que va a ser muy difícil recuperar y que lo único que está produciendo es una generación de fracasados, de analfabetos funcionales que en un futuro no muy lejano serán fácilmente manipulables por el populismo y creará una legión de inadaptados con todo lo que ello supone.
    Un saludo

  5. Lucía

     /  14 noviembre 2009

    El bidón de gasolina es una medida extrema y perfectamente legítima cuando a una persona razonable no le quedan alternativas. ¿Quién dice que hay que mantener siempre la corrección frente al abuso? Antes de llegar a la desesperación se ha tenido esperanza, que es cuando una queja formulada, sí, con todas las formas, debería haber sido atendida y prosperar, o no, manteniendo un diálogo ágil, fuera de juzgados y procedimientos administrativos. Entonces, al terminar su andadura por el sistema, la confianza y la esperanza quedarían intactas y el ciclo puede volver a comenzar y pueden producirse las mejoras. ¿Por qué esta última frase suena tan ajena a España? ¿Y las ideas de transparencia, de accesibilidad de las instituciones, de las decisiones que toman, de sus razones? ¿Por qué pensamos que quejarnos implica algo profundamente equivocado? Siempre que en España me he quejado pública o privadamente (es decir, a una institución pública o a una empresa privada o, sin ir más lejos, a la comunidad de vecinos o a mi jefe) se me ha hecho sentir la impresión de que quien se queja es un poco lerdo, un perdedor, un resentido, que no ha lugar a quejarse de un sistema que funciona si se sabe “navegar”. Desde que tengo uso de razón observo en todos los medios la machacona noción de que la voz sólo la levantan los desestabilizadores, los extremos de ambos lados. La voz la tiene que poder levantar cualquiera sin que se le tache de desestabilizador, lo que sin duda hará que muchos desestabilizadores reales prueben a levantar la voz y deban ser desarmados una y otra vez para que los que tienen una queja verdadera tengan su oportunidad y tengan confianza en volver a quejarse. No hay otra moneda de cambio que la realidad; la dialéctica de los políticos, bien porque no conozcamos sus mecanismos, bien por que los conozcamos demasiado bien, nos deja vacíos a todos, ilustrados o incultos, ricos o pobres. Nadie se salva del desánimo de los desamparados, no por ser rico se vive mejor en un país empobrecido social y moralmente. Ninguna sociedad va a ningún sitio sin la ilusión y el trabajo de todos. En España trabajamos mucho y mal, los dicen todos los estudios de productividad de la UE y la OCDE, y de la ilusión… ni hablamos, el CIS tiene los datos de la última.

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