Ferencz, fiscal en Nüremberg: “A mí que no me digan que algo es imposible porque me apunto desde ya a la causa”

Benjamin Ferencz en el Congreso de Jurisdicción Universal de Madrid

Benjamin Ferencz en el Congreso de Jurisdicción Universal de Madrid

Hay veces que tenemos el privilegio de asistir a hitos excepcionales. Y este pequeño gran hombre ha sido para mí un esplendoroso hallazgo. Ha dictado la conferencia inaugural del I Congreso de Jurisdicción Universal en el Siglo XXI que organiza, en Madrid, la Fundación Fibgar de Baltasar Garzón.

Se llama Benjamín Ferencz. Norteamericano de ascendencia húngara. 94 años. El último de los fiscales de los Juicios de Nüremberg que permanece vivo. En estos procesos se juzgó a los principales culpables del genocidio nazi, que afectó a más de cinco millones de personas y que pasaron a la historia “como un hito que sirvió de base para un nuevo orden internacional que protegiese a las víctimas y evitase la hipotética repetición de las brutalidades perpetradas por el régimen nazi”, dice la Fundación de Garzón.

Con voz firme, Ferenz ha ido relatando cómo llegó –tras ingresar en el ejército de los EEUU voluntario en la II guerra mundial- a ser encargado de recopilar pruebas para juzgar el genocidio nazi. Había leído mucho sobre historia y criminología, de forma que pudo explicar a quienes en su país le hicieron el encargo incluso qué era un crimen contra la humanidad, algo que ignoraban aunque intuían. Lo que sí les pareció claro es que Alemania tenía que pagar lo que había hecho.

Benjamín Ferenz visitó los campos de concentración nazis y vio con sus propios ojos el horror que allí se perpetró. Pilas enteras de cadáveres que luego se usaban para hacer jabón. Ha dicho que incluso desenterró a víctimas con sus manos. Y quedó vivamente impresionado.

Ferencz en Nüremberg

Ferencz en Nüremberg

Terminaría pues, con solo 27 años, siendo el Fiscal Jefe de los Juicios de Nüremberg. Previamente hicieron amplia labor de investigación. Espeluznante cuando ha relatado lo que especificaban los informes que encontraron, muy detallados. Un oficial exponía su punto de vista sobre el asesinato (ellos lo denominaban “desaparición”) de niños judíos. Lo habitual era estamparles la cabeza contra un árbol (algo así vimos en “Novecento”). Este sujeto pensó que el método más efectivo y “humano” era acabar con ellos de un tiro abrazados a sus madres. Incluso podría servir una sola bala. Y en todo caso, paralizadas por el dolor, ni se moverían y se les podía suprimir más fácilmente.

Ha explicado Ferencz que ni uno de los condenados mostró arrepentimiento por sus crímenes. Murieron creyendo que habían obrado conforme a la lógica y la razón. Explicaban que debían aplicar la justicia o defensa preventiva. Como los judíos iban a odiarles lo mejor era matarlos primero. Y a sus hijos. Los gitanos, decían, no le importan a nadie. Y eran susceptibles de sentir odio, así que fuera. Y a sus hijos. Cuando extendieron el exterminio a todo aquél que estuviera en contra del régimen, también pensaban hacer lo correcto. Si iban a ir contra ellos, mejor acabar antes de que eso se produjera. Aleccionador ¿a que sí?

Por cierto, en el coloquio se le ha preguntado por la “Defensa preventiva” que aplica ahora el Gobierno de EEUU. Ha dicho que sí, que el Gobierno de su país lo ve admisible y a él no le gusta. Dice que uno puede amar mucho a su país y estar en desacuerdo con algunas de sus actuaciones. También ha respondido a otra pregunta que él no pidió pena de muerte en el proceso –lo hicieron otros fiscales-, porque le parecía “que nada, ni la muerte, puede compensar tanto horror”. También ha dicho que, en efecto, la impunidad que acompañó a miles de nazis –se juzgaron a los jefes fundamentalmente- ha ayudado al resurgimiento del neonazismo, pero que la gente lo puede parar, que somos muchos más.

“Nunca ha habido guerras sin violaciones, ninguna mujer está a salvo en tiempo de guerra”, ha dicho Ferenz. Por eso Nüremberg juzgó un crimen supremo CONTRA LA PAZ, que lo engloba todo. Cree el antiguo fiscal que “todo ciudadano aspira a vivir en paz”, en ese tipo de paz amplia. “No lo ponen fácil, pero hay que intentarlo”, avisa. Que el ideal que alentó los grandes propósitos tras la guerra mundial se ha perdido. Pero que aún hay personas que quieren cambiar el mundo. “Vds, los que están aquí, quieren cambiar el mundo y les animo a hacerlo, siempre se puede hacer algo”.

Penetrante mirada en sus ojos claros, brillantez, enorme ironía aún tratando temas tan duros y una frase que es lema de vida. Se la dijeron muchas veces, como a tantos otros, y respondía:

“A mí que no me digan que algo es imposible porque me apunto desde ya a la causa”.

Sigue el desarrollo del Congreso, pleno de contenidos y muy bien organizado. Un sin fin de sugerencias que alivian del asco en el que vivimos, de la infinita mediocridad. Más aún que simples alivios, impulsos, porque sí “A mí que no me digan que algo es imposible porque me apunto desde ya a la causa”.

Baltasar Garzón, Presidente de la fundación Fibgar, y Paolo Abrao de Brasil

Baltasar Garzón, Presidente de la fundación Fibgar, y Paolo Abrao de Brasil

 

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