… Y sin embargo, la tierra, se mueve

El 22 de junio 1633, en el convento dominicano de Santa María sopra Minerva, Roma, Galileo Galilei es condenado por su herejía y se prohibe su obra. Ha osado contravenir la doctrina biblíca afirmando -tras largos y revolucionarios estudios- que la tierra gira alrededor del sol y no al revés como siempre se había asegurado. La teoría geocéntrica situaba al planeta Tierra en el centro de la creación y todos los astros daban vueltas en torno a ella. El salmo 93 (92) lo da a entender al afirmar ” Tú has fijado la tierra firme e inmóvil”. A Galileo un rival le  llamó textualmente: “imbécil con la cabeza a pájaros”. Alguno de sus colegas y antecesores fueron a la hoguera por mandato de la Inquisión, pero Galilero se retractó de cuanto había visto para salvar la vida. Pasaría casi siglo y medio hasta que se aceptaran sus teorías. La tierra se movía.

 Se mueve, y cruje, y engulle vidas y personas como ha demostrado un nuevo terremoto: el ocurrido en l,Aquila, en el centro de Italia. Ahora toca rescatar a quien se pueda, desescombrar, ayudar a los heridos y damnificados… y aparcar la polémica. Lo ha dicho Berlusconi, el jefe de Gobierno italiano. Porque la hay. En la entrada anterior veréis como Giampaolo Giuliani, un geofísico de la zona, alerta de la proximidad de una gran terremoto en vídeos fechados el 31 de Marzo. Había vivido una larga peripecia. El científico ha desarrollado un método, en parte propio, midiendo la presencia de gas radón en la atmósfera, hecho que se ha observado se produce antes de los seismos. Científicos norteamericanos trabajan también en los cambios atmosféricos aparejados a un cataclismo de estas características. Al parecer, ya desde los primeros movimientos de la tierra en el interior se liberan gases.

   Inmediatamente, Giuliani acudió a las autoridades pero no le prestaron atención. A los medios informativos. Tampoco. Lo difundió por Internet. Y ya se empezó a enterar la población. Salieron a la calle con coches y furgonetas y altavoces pidiendo la evacuación. Y llegaron los periodistas. Y… llegaron los políticos. Hicieron reuniones. Preguntaron a otros científicos. “No se puede prever”. En algunos casos se ha hecho. El Tsunami de Indonesia, por ejemplo. Y todos los que son previsibles ante síntomas anormales, por mostrar indicios, en lugares de alto riesgo, como era el caso de esa zona de Italia.

A Giuliani le llamaron “imbécil” -casualmente y salvando las distancias con Galileo-, le amonestaron y le obligaron a quitar sus investigaciones de Internet porque estaba causando alarma en la población. En el siglo XXI, aunque… en la Italia de Berlusconi. El experto empresario televisivo ha sentenciado: “no existen datos científicos que permitan prevenir las sacudidas”. El jefe del Instituto Italiano de Geofísica, Enzo Boschi, ha desacreditado, también, las predicciones de Giuliani. “Cada vez que hay un terremoto hay gente que dice haberlo predicho. Hasta donde yo sé, nadie puede predecir un terremoto con exactitud”.

Sólo que Giuliani sí lo hizo con anterioridad y el hecho probado es que ha habido un terremoto e Italia llora sus muertos y pérdidas económicas.

¿Tanto costaba escuchar sus argumentos? ¿Y activar, por si acaso, un plan de emergencia previo? Era caro, supongo. No hay que alarmar a la población, además. Es mejor enterrarla y socorrerla. Y decirle que no piense, con la ayuda de una prensa “equidistante”, la del “este dice, el otro dice y yo no trabajo” y el manto de olvido de actualidades más perentorias.

Giuliani espera que alguien le pida disculpas. No creo que suceda. Más bien, será proscrito en su trabajo. Han pasado siglos y nada ha cambiado. Y siempre es la misma ideología la que cercena el progreso, y siempre la sociedad la que paga y calla. Pero la tierra se mueve, por fuera y por dentro.

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¿Dónde están los periodistas?

Manel Fontdevila en Público

Manel Fontdevila en Público

¿Es obligatorio llenar los informativos de todos los medios con lo que ha dicho éste y le ha contestado el otro, con lo que aquél ha replicado y la respuesta del segundo? Al parecer, si, porque hoy en el periodismo reina la “equidistancia”, término del que ya hemos hablado repetidas veces por todos los cauces. Se trata de dar cuotas a los partidos lo mismo que se hace en la charcutería: 100 gramos de jamón de York para el PSOE, otros 100 gramos para el PP. Echemos una propinita al PP para que no parezcamos tendenciosos -un espíritu crítico me ha preguntado si los teclados de los ordenadores de las redacciones no tienen desgastada la letra “P”- . Y a IU, por ejemplo, y los partidos minoritarios, les obsequiamos de vez en cuando con alguna tapita si procede, si no va muy larga la “noticia”.

Leo y escucho a ciudadanos concienciados y extremadamente hartos preguntarse ante tantos atropellos como estamos viviendo ¿dónde están los periodistas? Aún siendo la de periodista, con la de juez, la profesión menos valorada por los españoles, se ve que aún esperan que alguno despierte. Los hay que lo intentan -incluso con uñas y dientes-, pero -como viene sucediendo en tantos aspectos esenciales- no disponen de cauces mayoritarios de comunicación. También pervive en la sociedad la creencia de que la denuncia periodística cambiará algo. Y -nota al margen- me parece que ya no corren tampoco tiempos de Watergates, que casi nadie se inmuta por más suciedad que contemplemos.

¿Qué le aporta al ciudadano escuchar hasta la saciedad que Rajoy dice, Zapatero dice -como refleja magistralmente la viñeta de Fontdevila-, o Pepe Blanco o Pajín, o Soraya, o De Cospedal, o Trillo, o Aguirre o quien sea?

Incluso grandes periodistas, compañeros de nuevas fatigas, se muestran entusiasmados con la tendencia “equidistante” del periodismo. Las causas básicas del problemas son varias: poco trabajo de las redacciones en la superficie -es más cómodo cortar y pegar, repetir lo que dicen otros- y un deseo mundial de desinformar, tejido desde los poderes, para disponer de ciudadanos más dóciles, manejables y amantes del consumo -la publicidad, el negocio, es lo que manda-.

Pero hay muchas excepciones. Unas entradas más abajo podéis escuchar la entrevista de un periodista sueco al Abad del Valle de los Caídos ¡qué poco se ve eso en España!: preguntar sin complejos, ni cuotas, repreguntar hasta extenuar al entrevistado para que dé la respuesta real. La BBC británica tiene brillantes ejemplos de poderosos acorralados por el periodista que terminan diciendo lo que no quieren decir: la verdad. Hasta en EEUU los moderadores de los debates presidenciales intervienen y puntualizan lo que declaran los candidatos. Aquí son invitados de piedra, que siguen el guión marcado por los partidos, en contenidos, en tiempos… y que ¡encima! se muestran muy ufanos de haber logrado que los políticos hablen ante ellos. ¿Qué hablan? Yo digo, tú dices, pues tu más, y los trajes de Camps y la antidiluviana Filesa, y mis cifras son éstas, pues las mías son estas otras y tú no tienes ni idea. Perdón, Vd. o su señoría. ¿Eso informa a la sociedad? Y encima con cupos acordes con los votos obtenidos.

El ciudadano no tiene por regla general tanta información como debería tener el periodista. La mayor parte de las diatribas partidistas se resuelven con datos, con trabajo. “Su política económica es nefasta”, veámoslo con las cifras que aporta el periodista. Si el político miente -y lo hace a menudo- tiremos de datos y hemerotecas. Trabajemos. Por ejemplo, se juzga “equidistantemente” la responsabilidad de Zapatero en Filesa y la de Rajoy en la invasión de Iraq. Cuando Filesa, Zapatero apenas era militante del PSOE, Rajoy vicepresidía el gobierno que suscribió el ataque a Iraq. Pero de un lado tenemos a becarios y asimilados, mal pagados y mal acostumbrados, que no se molestan en hincar el codo, muy mal preparados también. Y del otro, a periodistas altamente aposentados, a menudo con una profunda confraternización con políticos de uno y otro signo, e instalados en grandes grupos económicos de la comunicación cuyo primer objetivo es también ganar dinero. ¿Por qué los poderes del Estado que no funcionan, políticos, jueces, prensa, habitan en torres de marfil tan lejos de los problemas de los ciudadanos? Porque ellos viven como dios y no les afecta, ni siquiera lo entienden. A ver qué va a entender un diputado con tres sueldos de vértigo qué es no llegar a fin de mes.

Empecé mi carrera profesional en tiempos difíciles, a la caída del franquismo, quizás eso me ha influido. Se abrió una puerta y entró una gran bocanada de aire. Ladislao Azcona, Eduardo Sotillos y Pedro Macías -desde muy distintas posturas ideológicas- eran quienes me encargaban noticias en mi humilde puesto de corresponsal de TVE en Aragón. Los tres sin faltar uno mantenían esta consigna: “dame la noticia y si por algo interviene un ministro, ponlo al final y corto”. Lo importante es la noticia. Ése es el periodismo que yo aprendí.

Pero ahora también vivimos tiempos difíciles, y sigue siendo la noticia lo único importante. Dejémonos de paquetitos de mortadela -porque ya no son ni jamón de york- y contemos lo que pasa sin cuotas. Habrá días que será más interesante para la audiencia una declaración que otra. Ah, que protestarán los políticos y dirán que el periodista es tendencioso por no haber cortado sus gramos de embutido. ¿Son ellos quienes deciden la información? ¿Mandan los políticos en la información?

   Habría que dejar descansar a los ciudadanos de esas declaraciones tan interesadas, y, sobre todo, tan poco interesantes, tan tediosas, tan mediocres, tan desinformadoras. A ver qué gran medio se apunta a la tarea. No lo veremos. En otros países lo hacen, por eso sus ciudadanos tienen criterio. Aquí no parece interesar ni siquiera a la mayoría de los periodistas. Al menos, no colaboraremos con la “equidistancia” desinformadora, rebusquemos para encontrar nuestro espíritu crítico. Sin periodismo crítico no existe la información y la sociedad va a la deriva. Y unos cuantos de aprovechan de ella.

Actualización 23.00 Alguien está intentando otra forma de hacer política y contar con la sociedad, convertirla en actora, defender la auténtica comunicación, desafiar -de alguna manera- al sistema. Es una gran esperanza.

El 11M y la ignominia

Me llamó mi hermano Pepe desde Zaragoza: había un atentado en Atocha, e inmediatamente otro, y otro más en el Barrio de Santa Eugenia, y de nuevo explosiones en El Pozo del tío Raimundo. Me encontraba en Almería, de donde iba a regresar aquella misma tarde a Madrid en un tren que para, precisamente, en cercanías de Atocha -nunca entendí porqué, dado que median entre ambos núcleos 700 Kms-. Fue una mañana de teléfonos, de televisión, de radios. Vista la magnitud de los atentados, sospeché pudiera tratarse de los islamistas. Pero comparece el Ministro del Interior, Ángel Acebes y afirma categórico: “No hay duda, ha sido ETA”. Regresé a Madrid en el primer avión -de hélices-. 

Al día siguiente, recorrí para Informe Semanal -que daría un reportaje elaborado por todo el equipo del programa- los tanatorios. La peor misión, que consiste en hurgar en las heridas de los deudos. Me avergoncé de esa faceta del periodismo actual y fue un gran revulsivo para mí. Los datos caían como losas y el Gobierno del PP seguía empecinado con la autoría de ETA. El día 14 -mi cumpleaños- José Luís Rodríguez Zapatero, gana las elecciones. 4 días intensos, con cambios trascendentales en España. Pedí vacaciones en TVE y durante 3 semanas -y con ayuda de mi hijo- estuve reconstruyendo todo lo sucedido, leyendo prácticamente todo lo publicado en España y en el extranjero. Todo se mostraba con diáfana claridad casi desde el principio.

El diario “The New York Times”, considerado el más influyente del mundo, decía en su editorial algo similar al del resto de los más prestigiosos periódicos occidentales:

“Al parecer, Al Qaeda ha conseguido derribar a su primer gobierno democrático. Por supuesto ha estado ayudado por la actitud furtiva, asustadiza e inepta con la que el gobierno de Aznar ha manejado la investigación de los atentados del pasado jueves. En el desesperado intento por mostrar que el terrorismo vasco de ETA era el responsable, ofendió a muchos votantes que se sintieron manipulados”.

Pasé esas tres semanas leyendo…Y escribiendo, en jornadas de 16 horas. Mi libro “11M-14M, onda expansiva” fue el primero en salir a la calle, justo un mes después de los atentados. Logró un elevado número de ventas, pero no tanto como todos los que trataban de las teorías conspirativas.

Sobre el dolor de las victimas y de todo el pueblo español, el diario El Mundo elaboró una patraña, secundada por la emisora de los obispos, la COPE, y por el PP. Partamos de las 215 preguntas del PP al gobierno el 19 de Abril, basadas en la teoría de la conspiración. El diputado Jaime Ignacio Del Burgo publicando un libro titulado: “11M, demasiadas preguntas sin respuesta”. La plana mayor del PP, con Rajoy a la cabeza, acudiendo a manifestaciones de la AVT (Asociación de Víctimas del Terrorismo) con el lema “queremos saber la verdad”. El mismo líder popular, Rajoy, pidiendo la anulación del juicio -y por tanto la puesta en libertad de los implicados- tras leer en El Mundo dudas sobre la mochila de Vallecas. O su compañero Eduardo Zaplana apuntando la posibilidad de desenterrar a los muertos para comprobar el tipo de explosivos utilizado. O el mismo Aznar y su teoría de “los desiertos lejanos”

En menos de 3 años -a diferencia de lo ocurrido con el 11S, que sólo juzgó a un implicado, y 5 años mas tarde- España enjuicia a los 29 supuestos autores del 11M a través de la investigación policial y judicial recogida en 226 tomos que hacen un total de unos 90.000 folios. El 31 de octubre de 2007, el Tribunal dicta sentencia en el proceso del 11M. Son más de 700 folios. El Juez Gómez Bermúdez lee un resumen en el que se molesta en desmontar uno por uno todos los puntos de la llamada Teoría de la Conspiración que ha alimentado la derecha mediática y el propio Partido Popular. Lo hace de forma explícita y basándose en pruebas y hechos al definir el modus operandi de los intoxicadores:

“Como en muchas otras ocasiones de este proceso, se aísla un dato, se descontextualiza y se pretende dar la falsa impresión de que cualquier conclusión pende exclusivamente de él, obviando así la obligación de la valoración conjunta de los datos -prueba- que permita, mediante el razonamiento, llegar a una conclusión según las reglas de la lógica y la experiencia”.

La sentencia asegura sobre todo -es el eje de la patraña- que ETA no tuvo ninguna relación con los atentados, algo que el Gobierno del PP sabía desde el mismo jueves 11 de Marzo de 2004 y que muchos españoles intuían por las evidencias. No entra en las responsabilidades, por error u omisión, del entonces Gobierno del PP.

En el quinto aniversario del peor atentado de la Historia de España, El Mundo ha decidido resucitar la teoría que le ayuda a vender su periódico y tratar de sembrar inquietudes con un interés político. Al lado de una necrológica, de un “poeta del nazismo”, una encuesta sobre dudas en torno a si el 11M está aclarado. El 86% de sus lectores opina que no. En los países civilizados, los lectores saben distinguir entre un tabloide panfletario y un periódico. Pero es la eterna desgracia española -de un sector inculto y retrógrado- de la fe ciega en contra de la razón.

La número dos del PP, María Dolores De Cospedal, debe ser una de esas lectoras de El Mundo. Al poco de ser elegida, declaró que la sentencia del 11 M no prueba la “autoría intelectual” del atentado. A una persona de su posición debería exigírsele que, al menos, lea sobre la ley y las autorías intelectuales. Porque para empezar ni siquiera existe esa figura en el Código Penal español.

Tras cinco años de insidias que desestabilizan el sistema, ha llegado la hora de exigir responsabilidades. Un país democrático hubiera encausado a los autores del atropello mediático y a todos quienes les han amparado. En su lugar, algunos de ellos son recibidos incluso por el Rey. Y una ciudadanía madura no otorgaría sus votos a partidos con tan dudosa calidad democrática. O/y, tan escasa valía ética y/o intelectual.

Aquella mañana del 11 de marzo de 2004, trabajadores que habían de madrugar para acudir a sus empleos en la capital, estudiantes, estallaron por los aires. 191 murieron y sus familias no se quitan de encima el dolor. Muchos heridos mantendrán secuelas de por vida. Un juicio ejemplar y su sentencia, elogiados en estamentos internaciones, ahondó  sobre la autoría de los atentados cometidos por fanáticos o estraperlistas de poca monta a quienes también elogió El Mundo. De delincuentes nunca estaremos libres, pero una sociedad del siglo XXI no se puede permitir la impunidad en las mentiras interesadas -y remuneradas de alguna forma- de una parte de sus pilares sociales. Porque sin castigo no dejarán de practicar sus maniobras desestabilizadoras. Y no es inocuo. Y lo saben.

Me parece mentira…

"A la sombra del toro", mi último reportaje "mío", según lo considero. Está en los archivos de www.informesemanal.tve.es

"A la sombra del toro", mi último reportaje "mío", según lo considero. Está en los archivos de http://www.informesemanal.tve.es

Alguna mañana, si salgo temprano a hacer cualquier gestión, me acomete un cierto sentimiento de nostalgia al acercarme a mi coche. El portero trajina como antes, la dueña de la floristería coloca sus plantas, ya han abierto la farmacia y el videoclub, y hay una fila inmensa para sacar dinero del cajero automático. Yo voy a conducir pero no adonde solía ir a esas horas.

Ya no tengo que aguardar largo tiempo para entrar en el aparcamiento de Torrespaña, pero tampoco me espera fumando un cigarrillo y sonriendo José Manuel Falcet, el gran realizador, ni Andrés Menéndez, el enormísimo reportero gráfico. Aldo, su ayudante de sonido, no gasta bromas preparando el coche. Tampoco llega corriendo mi adorado Carlos Alonso, otro realizador con el que logré la armonía absoluta, ni Mariano Rodrigo o Juanjo Mardones, con quienes mantenía discrepancias pero resultaba un gozo viajar. Ni el encantador y excelente cámara Ramón Senent. Ni llamaré a Pilar porque no viene el coche de producción, si es el caso de un rodaje en Madrid.

No treparé por los montes calcinados buscando razones del fuego, ni sentiré el dolor de la emigración al punto de afectarme personalmente, ni podré asombrarme cada día con los hallazgos de las entrevistas y las pesquisas. Tampoco atoraré mis neuronas pensando un enfoque distinto al gran peñazo político o económico. No me desfondaré trascribiendo entrevistas, ni pasaré 10 ó 12 horas montando un reportaje que se esfuma en 10/12 minutos. No discutiré detalles con el siempre constructivo Manuel Sánchez Pereira. Alicia no me dirá que el resultado es excelente, comentando secuencias con pasión como si no hubiese leído antes el guión. Sólo habrá sido igual -parecido- el momento solitario de quedarme ante la página en blanco del Word en el ordenador.

Hoy cumplo un año fuera de RTVE, de mi inolvidable Informe Semanal. Salí en volandas de algún sueño. Y con gran empuje. Hasta he logrado estar tres meses y medio sin fumar, aunque al final haya vuelto a caer. Las cosas me han ido muy bien, quizás mejor nunca. He publicado un libro del que me siento satisfecha -hasta orgullosa-, y, como dice Juanjo, he colgado un par de cuadros o tres en el Prado -las colaboraciones en El País y Público-, porque alguien siguió creyendo en mí.

He abierto también un blog que registra un número de visitas que me asombra. Visitas… y comentarios de gran calidad. Me siento arropada de alguna manera, en red. Ayer -otros días también- incluso salí con la cámara de fotos a montar una historia para contar. Me reproducen en otros muchos blogs y páginas web. El apoyo de Nacho Escolar y de El Plural -incluyendo algunas de mis entradas o alertando sobre ellas-, de otros a quienes no conozco siquiera, ha aumentado la difusión de lo que sigo escribiendo… porque lo necesito. El periodismo forma parte de mi sangre como los hematíes.

En este día gris y lluvioso, de elecciones decisivas que no podré contar en ningún medio con amplia difusión -como no he contado otras muchas cosas que sucedieron en este intenso año-, me ha dado, sin embargo, un bajón. Parece que empiezo a enterarme de que ya no trabajo en Informe Semanal, dada mi insultante edad -más de 50 años-. Y, como en la vieja canción de amor,  me parece mentira no poder acudir, como decía, a Torrespaña y encontrar a Falcet, Andrés, Carlos, Ramón, Mariano, Juanjo, y a muchos otros. He recordado hoy más a éstos por lo que sea. El problema -y nos pasa a varios compañeros “descartados” de RTVE- es que, entre la rabia y la nostalgia, nos invade un sentimiento raro y el convencimiento de que apenas sabemos hacer otra cosa que informar, con imágenes o palabras. Y por las condiciones leoninas del ERE, por la cláusula que añadieron los sindicatos para conseguir sendos puestos en el Consejo, tampoco podemos trabajar en otro sitio de forma remunerada y constante, al menos en los dos primeros años de paro. Los jóvenes son más baratos y más manejables -en ocasiones a su pesar-.

Y hay otro problema mucho mayor: ya no están allí casi ninguno de mis amigos, los mejores profesionales, los que crearon un sello que, hoy, parece, a veces, desvanecerse. Atienden sus hobbies y sólo los Descartes de Isabel Martínez Reverte nos mantienen en contacto a algunos. Pronto pondremos en marcha Europa en Suma -estamos a punto de presentarnos-. Serán nuevas actividades, nuevos contactos. Otra forma de sentirnos útiles, vivos. Somos unos privilegiados, comparados con miles y millones de personas, pero hay algo que falta, un agujero a llenar. Y se hará.

Añoro -añoramos más de uno- lo que ya no existe. Apenas me reconozco en lo que sale por las pantallas. No de RTVE sólo, de todas las televisiones, salvo cuando veo a Iñaki Gabilondo y en algún reportaje de Informe Semanal. Extraña sensación añorar una tierra batida y quemada sobre la que se asentó gran parte de nuestra vida. A ese presente no quisiera volver.

Tengo escasas añoranzas. Pocas personas como yo miran más al presente y al futuro, y menos hacia atrás. Hoy ha cruzado una nube sin embargo. Un año justo sin obligaciones diarias. Daré mucha guerra -espero-, pero me parece mentira que tampoco hoy encontraré a mis queridos compañeros para salir a ejercer una de las cosas que más amo: el periodismo.

Aquí está ese “último” reportaje. Con Carlos Alonso, realizador. Andrés Menéndez, cámara y Jesualdo G. Box, sonido.

El reportaje “a la sombra del toro” en rtve.es

Incomunicación

Esta mañana he coincidido con mi vecina de la izquierda en el ascensor. Y le he comentado lo que, de vez en cuando, venía pensando: “hace mucho que no veo a tu marido”. Nos había pasado por la cabeza en casa, incluso que se habían separado. Ella me ha mirado con un punto de asombro y ha respondido como tratando de no herirme: falleció. Tras un titubeo, ha continuado: hace 3 años, en noviembre. Fue de un ataque cerebral. A los 53 años.
Solíamos hablar siempre en el ascensor, un largo trayecto porque partíamos del último piso. A veces nos parábamos en la puerta un momento. Llegó a contarme alegrías y desgracias, no sólo el estado del tiempo. Al igual que suelen hacer sus dos preciosas hijas, a las que he visto crecer. Ella es más reservada.
¿Cómo no me enteré entonces? Quizás estaba de viaje. Nadie me lo dijo, ni el portero. ¿Cómo han podido pasar más de tres años hasta echarle someramente en falta? ¿Dónde vivimos? ¿Qué hacemos?
Ocho plantas, y ocho pisos por planta en dos escaleras. No lo justifica. Llevo casi dos décadas viviendo aquí. También hablo con dos ancianas deliciosas, con la hija de una de ellas, con un vecino muy simpático que aparcaba a mi lado, con el que me alquila la plaza de garaje y que acaba de emparejarse en la tercera edad. Pero no nos relacionamos, realmente. Ni siquiera nos hemos pedido nunca un poco de harina.
Nada parecido ocurriría en un pueblo, ni en los edificios de municipios más pequeños, pero vivo en Madrid, el inhóspito Madrid pese a su fama acogedora. El 80% de la población española residimos en ciudades y la mayoría en sólo 1.200 municipios. Cada vez más lo hacemos solos, o casi solos.
Y, mientras, muchos hablamos y escribimos con un ordenador, buscando la comunicación global. En silencio, y en mayor soledad. Llegan a formarse islas para cada uno de los habitantes de la casa, que por fortuna se saltan en las cenas o veladas compartidas.
Mi vecino –cuyo nombre no sé si llegué a saber- ha muerto hoy para mí, cuando ya su familia enfila el futuro, recuperada. Ya no han lugar los abrazos de condolencia. Las relaciones reales parecen más virtuales que las que se fraguan en la red. No vivimos en una aldea global, sino en un rascacielos de hielo que ni cruza miradas en el largo ascensor. Me gustaría, esta noche, llamar a la puerta de algún vecino, si acaso aún hubiera tiempo para el intercambio de ideas y afectos. Con calor, con piel. La auténtica comunicación.

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