Un abrazo de John Coffey en nuestra Milla Verde

Cada día, la mañana confirma la pesadumbre con la que nos acostamos. Cada día nuevos atropellos que se añaden a los que uno espera se hayan disipado con la luz del amanecer. La sanidad pública española –que era hasta hace poco una de las mejores del mundo con el mínimo gasto- destrozada. Seres humanos que van a curarse y no son atendidos porque carecen de un papel. Aunque esté cundiendo la desobediencia a tan injusta ley, no abarca a la totalidad de facultativos. Miles de enseñantes despedidos. Niños que introducen en sus vidas la fiambrera que les quiere obligar a creer que pertenecen a una casta inferior: la que –con las nuevas medidas del PP- carece de dinero suficiente para comer en el colegio. O que el dinero implica alguna superioridad ética. Empecinamiento en la regresión ideológica que da subvenciones -cambiando a su antojo las leyes-, a padres trogloditas que consideran la sexualidad una amenaza y un pecado.

Un sin fin de despropósitos. Mientras aumenta el paro porque no puede ser de otra manera: además de la reforma laboral, es el propio gobierno quien destruye el empleo público. Mientras asistimos a la paradoja de que todavía existe, con opciones de poder, derecha más ultramontana y mezquindad superior a la de Mariano Rajoy. Y hay buitres merodeando el cadáver del hombre que nos ha traído el desastre con una celeridad que podía haber empleado en mejores menesteres. Por el ala más ultra. Por la que quiere silenciar el periodismo y vender a precio de saldo nuestro patrimonio.

Dinero, para Bankia y los bancos que nos arruinaron  mientras sus gestores se enriquecían, que sale de recortar y exprimir a la población en general. Porque los derechos que protege el PP  no permiten cobrar impuestos justos –como hiciera el PSOE –a quienes más tienen, ni perseguir el fraude.

El periodismo que no da la talla. Que se hunde en la miseria que él mismo propicia con su tibieza y el inútil “pan para hoy”. O que arroja del servicio activo a quienes sacan los pies del tiesto de la costumbre establecida para informar verazmente.

La trivialidad, la inacción, la complicidad de un sector decisivo de la sociedad.

Ha muerto un actor estadounidense. Michael Clarke Duncan. A los 54 años. Entre sus obras, el inolvidable personaje de John Coffey en “La milla verde” (1999). Un condenado a muerte por un crimen que no cometió. Un rara avis en una cárcel casi tan inhóspita como la vida que nos están obligando a vivir. Un hombre para el que nuestra razón aceptó –como excepción- que dispusiera de poderes extraordinarios para curar, alargar la vida, y sembrar el bien. Que muere sin venda en los ojos porque le da más miedo la oscuridad. Acepta contento su ejecución, cansado de ser diferente. Y siembra el dolor en los pocos que –por conocerle- sienten el valor de su existencia y la pérdida de un ser tan excepcional. 

Un hombre enorme. Bueno. Que nos abraza como un gran oso de peluche para darnos calor y fuerza. Para creer eso también: que puede hacerlo. Que la ficción es irreal pero no sus símbolos. Bondad eterna, amor, generosidad, coherencia, afán de justicia, libertad auténtica.

Anuncios

3 comentarios

  1. Cuna del Cea

     /  4 septiembre 2012

    Las mató con el amor que se tenían…y ocurre todos los días jefe, por todo el mundo…

  2. Lo peor de todo es que hemos llegado a un estado en el que todo nos da igual. Nos morimos en las palabras y dejamos de actuar para solucionarlo. Actuar es fácil pero, al parecer ese pequeño esfuerzo de salir a la calle, al pueblo le cuesta un triunfo. Claro que, seguro que si fuera para decirle al niño desquiciado, egocéntrico (el hoyo del Donnuts) que no esté triste que le quieren, seguro que habría ganas de sobra.

    Ya sólo nos queda buscar la solución particular. Ser libre de estos hideputas de la única manera posible: viviendo de lo que produces y ganando menos de lo que laye obliga para presentar declaración. Sin conexión eléctrica a la red y con el agua del pozo. Pero eso, sólo se lo pueden permitir cuatro. ¡Dichosos ellos!

    Salud y no se si resignación o incendio.
    http://celeming.wordpress.com

  3. phillobate

     /  4 septiembre 2012

    ….De todas formas siempre hay un atisbo de esperanza (Aguirre) si se sabe leer bien entre líneas…Las graciosas e instructivas portadas diarias de “La Razón”hacen que podamos iniciar la jornada con la sensación de que hay gente que no necesita entrenamiento para ser jilipollas…Es genético…Salud.

A %d blogueros les gusta esto: