Depresión

Resulta difícil sustraerse a un punto de depresión ante lo que está ocurriendo, si se tiene un mínimo de conciencia. Uno actualiza al despertarse el estado de su vida que dejó la noche anterior y las circunstancias le atenazan. Acabamos de sufrir en nuestras carnes la evidencia de que el poder político ha sido anulado, sometido, y avariciosos humanos de carne y hueso –escondidos bajo el eufemístico nombre de “los mercados”- han tomado las riendas para hacerse con el dinero de todos. El dinero, el esfuerzo, las esperanzas, el futuro de todos.

Los medios informativos oficiales –que forman parte del mismo ente- saludan con alborozo la rendición de nuestro presidente, José luis Rodríguez Zapatero. No podía hacer otra cosa, había que evitar males mayores, hay que seguir alimentando a la bestia conforme a sus voraces deseos. De aquella vieja utopía, la democracia, nos olvidamos.

Millones de epsilones secundan la trama. Adouls Huxley los diseñó como la última e ínfima casta del proceso productivo, aquellos a quienes se privaba de oxígeno, imprescindible en la formación del cerebro, porque “no necesitan inteligencia humana”. El mundo feliz es para otros. Cada vez para menos. Porque ya ni siquiera se produce, salvo en la explotada china y adláteres, la sociedad subsiste –aún- con el tráfico de aire financiero a cuya respiración no tiene acceso.

En una confabulación cósmica, la situación mundial confluye en España con un renacimiento -nada inocuo- del poder ultra, ése que nunca fue sancionado. El juez que intentó hurgar mínimamente en él, va a ser apartado de la carrera judicial y con total ensañamiento. La lenta justicia española se ha puesto el turbo para defenestrarle, con una celeridad que nunca le conocimos. No quieren ni que se exilie, buscan mantenerle en el reducto hispano, humillado y vencido. En el resto del podrido mundo en el que vivimos, no se permitiría. Quizás en Honduras, en Guinea, en alguna otra república o monarquía bananera. Pero las cruzadas internacionales sólo se hacen por dinero, quizás como siempre, en realidad. Sólo que, ahora, sin excusas, sin subterfugios, a cara descubierta. Los epsilones lo permiten, repitiendo el discurso marcado.

Del mal inevitable, hay que elegir el menor. Marcharse, que nos hagan sitio a todos en La Haya, en Berlín, en toda Suecia, en Canadá, incluso en Francia, por supuesto. Ya no hay esperanza. Ni la de enarbolar la estaca que un día, malamente, tímidamente, es cierto, funcionó.

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