Toledo :(

Ya la estación de ferrocarril es una bocanada de inmensa belleza. Toledo la acumula por cada poro de su piel, así como una historia que se remonta a la Edad de Bronce, pasa por romanos, visigodos, musulmanes o ese reinado de los Reyes Católicos que inició –dicen- una era moderna. Toledo es, de alguna forma, el corazón de España. Imagen del espíritu de concordia al aunar tres culturas que parecían irreconciliables, afronta el último siglo también como símbolo de los caminos que sigue nuestro país.

La arquitectura sigue ahí esplendorosa. Asombrando en cada rincón por más que se haya visto decenas de veces. Solo que algo empezó a no cuadrarme en mi última visita.

Una política turística centrada en lo zafio, sin ninguna innovación visible como sí sucede en numerosas ciudades y pueblos de España. Con el toro y la bata de cola (en el centro de Castilla), cerámica gallega de Sargadelos y espadas a la venta del Señor de los Anillos, Conan, Scalibur, la Tizona o catanas japonesas. Y no, en cambio ya puestos, las de Juego de Tronos que embelesa a la actualidad. O la permanencia de esas originales y tan, tan, divertidas baldositas de cerámica con todos los tópicos al uso.

En las fotos se cuelan elementos indeseables, como esa bolsa de basura en la calle desde por la mañana.

Para asistir al entierro del Conde de Ordaz –imperdible obra de El Greco- hay que esperar que salga el grupo de japoneses, y el de rusos, y el patrio. Aunque eso no es culpa de la política turística de Toledo sino de la masificación actual.

Pero Toledo sigue ahí resplandeciente. Basta mirar hacia arriba… O hacia abajo. Esta vez me enamoré del Monasterio de San Juan de los Reyes, con su gótico abigarrado y radiante.

Y de todas las ventanas y puertas.

El –parece- inevitable timo turístico en la comida cuando se elige un menú un poco más caro ( Restaurante Plácido) y te dan por 13 euros una escueta ensalada y magro de cerdo con tomate. Y la malhumorada camarera suelta un vasito cerrado de helado de postre diciendo: “esto es lo suyo” por haber escogido, sin embargo, el menú más barato del local. Tampoco se ve muy contentos a los farmacéuticos que exhiben en los escaparates carteles con sus problemas por los recortes.

 Toledo no dejará de ser una joya que han consolidado los siglos, pero creo que no costaría nada –por el bien de todos- un poquito más de atención. Todas las puertas abren caminos. O los cierran. Hay que saber elegir la opción.

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