Incierto presente, incierto futuro :)

Vivo sin vivir en mí desde que han surgido terribles dudas sobre asuntos cruciales tanto para nuestro carácter y circunstancias en este pasar por el mundo, como para nuestro futuro eterno. Empezaré por estas últimas.

Resulta que el Papa ha dicho que no existe el purgatorio como tal, que es “un fuego interior que purifica el alma del pecado”. O sea, como un remordimiento. Pero muerto. Porque al Purgatorio se iba muerto, inexcusablemente. Igual es que ahora ese lugar de saneamiento y expiación –no, lugar ya no, “fuego interior”- se pasa en vida. Esto no nos lo ha aclarado Benedicto XVI. Sin limbo ya nos quedamos hace tiempo, con el aprecio que yo le tenía por la sugestiva tranquilidad y ausencia de pasiones que tanto se agradecen en ciertas temporadas. Y lo que ignoraba es que Juan Pablo II proclamó, nada menos que en 1999, que el infierno y el cielo católicos no son lugares físicos, sino meros estados de ánimo. ¿Muertos también? ¿Y dónde y cómo se experimentan?

Ratzinger ha enmendado la plana a su antecesor y, si bien nos hemos quedado, sin purgatorio, mantiene el infierno. Ha asegurado que “el infierno existe y es eterno“. Pero no ha comunicado si la inspiración divina le ha revelado la existencia del cielo también. Si es un espacio físico y de infinita duración, o bien, otro estado de ánimo, como lo dejó Juan Pablo II.

Yo no sé si los católicos se han enterado de todos estos cambios y cómo los han asumido, porque los innumerables condicionantes de la vida terrenal se dirigían a ir directos al paraíso o eludir el averno. Realmente, buena parte de ellos son bastante flexibles, toman de los mandatos religiosos lo que quieren y se divorcian, abortan, roban, mienten, imponen su soberbia y demás aunque sea pecado. Así que con esto harán igual, creerán en lo que les venga en gana. Pero reconoceréis que esto ya no es lo que era. En esa apreciación estoy segura de que coincidiremos ellos y yo.

Los males no terminan aquí: también ha sufrido drástricos cambios el zodiaco. Astrónomos de Minnesota lo han actualizado –para ser precisos- con el fin de adaptarlo, dicen, al cambio progresivo de la posición de la Tierra respecto del Sol durante los últimos 2.000 años. Y no contentos con ello, han añadido una constelación más: Ofiuco, que colocan entre Escorpio y Sagitario. Otros astrólogos no están de acuerdo con los de Minnesota -esas cosas que pasan con las ciencias exactas-, pero lo cierto es que se ha armado un gran revuelo, mucho más que con lo del purgatorio, que esta sociedad es muy terrenal.

El enfado ha llegado al punto de que algunos aseguran que seguirán leyendo su horóscopo anterior y esperarán que les lleguen amor, salud y dinero, con los designios de aquél,  aunque igual ya no pondrán los medios adecuados para conseguirlos, dado que los consejos, realmente, son para otros y no para ellos. Un auténtico lío, pese a que los de Minnesota aclaran que cambian el zodiaco pero no el horóscopo. Así que luna, sol, estrellas y constelaciones harán otra conjunción, pero actuarán para sus antiguos adeptos, seguramente por los derechos adquiridos. No hay que fiarse, eso dicen siempre, que los respetarán, y luego nos imponen un “decretazo“.

 ¿Y los de Ofiuco? ¿Qué harán los de Ofiuco sin referentes? Vagando en tierra de nadie, sin saber si han de comprar lotería terminada en 8, evitar el bonito con tomate, o hacerle un requiebro a un mozo o moza al amparo de los astros. Por cierto, le ha quitado el signo astral a casi todos los Escorpio que se quedan en 5 días de nada. Ahora, los Escorpio van a estar muy cotizados, si, por ejemplo, son el único signo afín para otros. Una ruina para millones de personas si representan la única esperanza de felicidad.

Por fortuna para mí, voy a seguir siendo Piscis. Pero me han echado a un par de colegas -José María Aznar y Felipe González-, a quienes siempre utilicé de ejemplo de lo poco que nos parecíamos los tres. Soy una descreída, no puedo evitarlo. Una amiga, devota del zodiaco, entenderá ahora que tenía yo razón, pese a las similitudes que terminó encontrando entre nosotros. Bastante tiene la pobre que antes era Géminis y ahora es Tauro.

 ¿Y lo de mi hijo? un sosegado Virgo que pasa a convertirse en ardoroso e irreflexivo Leo. Y eso hay pocos cuerpos que lo aguanten. ¿Y Juanjo? uno de mis mejores y más viejos amigos ha pasado a las veleidades de Aries desde su prudente Tauro. Menos mal que Juan -otro amigo- encontrará el sosiego al volverse dulce, cambiante y magnético como yo, por su aterrizaje en Piscis desde el inquietante Aries.

Estas cosas no se hacen. Muchos se van a quedar sin referentes. Sin saber a qué astro encomendarse, ni justificar su forma de ser, ni qué inversión hacer, ni cómo conquistar o mantener una relación. Y encima con un futuro postmortem de etéreos “estados anímicos” que no tranquiliza precisamente. ¡Cómo no vamos a estar como estamos!

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