La pérdida del sistema de valores

La editorial italiana Einaudi, propiedad de Silvio Berlusconi, no publicará ‘El cuaderno’ de José Saramago por las críticas que vierte sobre el primer ministro italiano y magnate de la comunicación. El casi nuestro Premio Nobel reflexiona en una entrevista para la Agencia EFE, sobre que “la corrupción no le importa a nadie”. “La corrupción no es sólo material, es también moral. La pérdida de valores es un fenómeno de masas. Quizá el fenómeno de masas que defina estos tiempos”.

Comparto su idea. Al punto que, en mi último libro, me pregunté mucho sobre el asunto:

“La palabra valor es polisémica, tiene diversos sentidos. Como primera definición, constituye el grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite. Equivale, por tanto, a provecho, beneficio, utilidad. De otro lado, nos habla de coraje y valentía. Y, dicho en plural, valores, remite a réditos, bonos, acciones, títulos. Muchos entienden hoy que la sociedad progresa con ese valor, y esos valores, unidos a la economía. Pero quizás el mundo avanzaría más, de una forma más justa, y los seres humanos serían más felices, si diéramos a los valores otros significados que cuesta encontrar en los diccionarios y que se dirigirían a la búsqueda de la equidad, la justicia, la libertad, la honestidad, la ética, la educación integral, el idealismo puesto en práctica, los derechos humanos, los derechos civiles, los que ayudan a disfrutar de la vida en salud, la generosidad, -y de nuevo- la justicia en lugar de la caridad, el compromiso, y todos los que cada uno quiera añadir. Elegir entre una y otra vertiente de los valores se aprende en casa… y en el colegio”.

Estoy convencida de que vivimos –mayoritariamente- en un “neohedonismo” que busca el placer inmediato individual y egoísta. Y que esa circunstancia no permite avanzar a la sociedad. Por el contrario, la está llevando a su degeneración.

Pero miremos al mundo real. Precisamente hoy y precisamente de Italia nos llega la noticia de que las medidas de Berlusconi considerando delito la inmigración ilegal, han reducido ésta en un 92%. En el portal http://www.meneame.net, lo que yo considero hordas fascistas, racistas y xenófobas -usuarios anónimos sin embargo- se han congratulado de los resultados de la medida. Con comentarios como éste: “Si un magrebí puesto hasta las cejas de pegamento imedio me está dando por el culo no podré hablarle de integración porque tendré la polla de un gitano rumano en la boca”. Con la complicidad de los tibios y también –bien es cierto- una fuerte contestación de los demócratas. Lo curioso es que los primeros reivindican la democracia para hacerse oír.

Poco más allá, en el mismo portal, un blog habla de “La tomatina y el hambre”: “Hoy se ha celebrado la Tomatina en su 64 aniversario, y el Wall Street Journal ha aprovechado para recordar de manera simbólica, con estas dos fotos, las grandes diferencias económicas que siguen existiendo en el mundo, mencionando por ejemplo que en 19 países asiáticos, más del 10% de sus habitantes viven con menos de 1,25$ al día”. 33 usuarios le han dado votos negativos por considerarla “amarillista” y han mentado en este caso “la demagogia”. Son los mismos. Muy organizados y militantes, alguno de ellos ha llegado también por este blog.

En un debate casero de los de encender neuronas, mi hijo me hace ver que, actualmente, no es que haya una pérdida del sistema de valores, sino una guerra de valores. Conviven muchas ideologías y muchas tendencias. Los que defienden el racismo, los que viven el catolicismo o las ideas medievales como sistema de obligado cumplimiento social, los liberales de todas las tendencias, los monetaristas, los pragmáticos, la nueva religión de los equidistantes, los neopunkies, los “neotodoloviejo”.  A diario, en efecto, nos encontramos con personas poseedoras de opinión que defiende a ultranza, en el convencimiento de que sólo la suya es la acertada. La democracia es el sistema mayoritario del mundo actual. Para mí es una democracia enferma, en degeneración, pero uno de sus lemas fundamentales es el respeto por las ideas de todos. ¿También las que atacan el sistema? “No estoy de acuerdo con lo que dices pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, dijo Voltaire. ¿Lo haría yo? No, algunas ideas no. ¿Tendré que mirármelo?

Las mías se afianzan en los valores que citaba más arriba y trataron de institucionalizarse tras la segunda guerra mundial, por ejemplo. El respeto por los derechos humanos –que 60 años después de su declaración no se han cumplido-, la creación de una Europa “unida en la diversidad”, la reunión de todas las naciones en un foro –la hoy ineficaz ONU-, la democracia sólida. Hasta los ideales del Mayo francés que olimos desde lejos me sustentan. También creo estar en lo cierto. Pero ¿estarán trasnochados? La sociedad no va por ahí. Sí lo hace una parte, muchas otras no, y otra –inmensa- vegeta. Y no sé dónde desembocaremos.

San Valentín y el té con pastas

San Valentín crece cada año en un mundo de consumidores, no de ciudadanos. Y no es extraño, porque representa la excusa perfecta para una celebración que nos satisface. Un día para el amor, uno de los más poderosos motores, un placer accesible a todos los bolsillos, un milagro que se produce por leyes desconocidas, incontrolable por tanto.

 Las mujeres cincuentonas apenas tienen San Valentín, sin embargo. Protagonizamos el mayor cambio que se produjo en España en el último cuarto del siglo XX. Un día, como dijo Vicente Verdú, hace muchos años, en una columna que atesoro, “nos cansamos de preparar judías verdes con patatas a nuestros maridos”, como habían hecho nuestras madres. La revolución era mucho más profunda. El franquismo redujo a la mujer a la consideración de una tarada mental. Nuestras progenitoras y toda la sociedad eran severamente adoctrinadas.

Triunfaba un texto del Dr. A. Clavero Núñez, editado en 1946, titulado “Antes de que te cases”. En él se daba este consejo a las mujeres:
“Es un imperdonable error la negación al esposo del débito conyugal. La mujer no debe, bajo ningún pretexto, negar a su marido lo que le pertenece. Muchas mujeres que se lamentan de las infidelidades de sus esposos no quieren darse cuenta de que fueron ellas las culpables de la traición por no haber conocido a tiempo la enorme trascendencia del consejo que antecede.”

La mujer debía ser tutelada por el varón -padre, marido- y, por sí sola, no podía ni disponer de una cuenta corriente, ni sacarse un pasaporte y viajar al extranjero, estuvo penado incluso el adulterio femenino -porque los hombres casados se “amancebaban”, no eran adúlteros- y no llegaron a lapidar a sus practicantes, pero casi. Los vientos de la Democracia nos alentaron: aquello no podía continuar. Se hizo sin gran ayuda externa. Con un Parlamento masculino, con hombres poblando todos -absolutamente todos- los centros de decisión.

Los progres de la época, una vez consolidados en el poder, abandonaron a sus esposas por mujeres más jóvenes y a menudo menos comprometidas. Algunas mujeres también se fueron, por propia iniciativa, impulsadas por el deseo de volar.

Vinieron después muchos años vividos, muchas experiencias. Cuando se conmemoran aniversarios, la costumbre es fijarse sólo en el día del pasado. Pero luego la vida sigue minuto a minuto. Y es fabuloso experimentarlo. Uno va cambiando, enriqueciéndose.

Mis coetáneas andan embutiéndose en botox como posesas. A precio de oro -algunas hasta se endeudan-, consiguen un rostro sin arrugas a costa de cambiar y endurecer su expresión… y estar mucho menos atractivas. El cambio es momentáneo, hay que repetirlo cada varios meses. Y la piel termina por tener zonas alisadas y arrugadas de forma artificial como la tierra erosionada.

La arruga no es bella, nos han convencido. En la mujer. Los cincuentones -en España, no en el centro y norte de Europa que además están mucho mejor conservados- buscan, con éxito, mujeres 10, 20 y 30 años más jóvenes. Dicen que ellas se sienten subyugadas por su experiencia, talento y madurez, no les importa al parecer su físico deteriorado. Lo mismo, o más, ofrecemos nosotras. Pero el mercado también ahí marca sus leyes: hay más mujeres que hombres. Bien escaso, aumento de demanda.

En mi primer libro, “Diario de una mujer alta” -ya descatalogado- me preguntaba cuándo llegaría el día del té con pastas. Veía a grupos de mujeres maduras solas en las cafeterías, merendando. El té con pastas representaba un cierto temor.

Hoy sé, que muchas mujeres, de todas las edades, han decidido prescindir de la relación de pareja porque no les compensa, porque el hombre disponible no está a la altura.  No derribamos la Muralla china para acabar con un mequetrefe. El amor debe ser una relación entre iguales.  Mujeres de todas las edades, insisto. Leer meneame por ejemplo, con`población joven, es un ejercicio sádico cuando toca estos temas: un puro machismo. Porque esa tendencia retrógrada permanece en la sociedad española.

Y, sin embargo, con el tiempo se aprende a convivir y perdonar, a no extremar las relaciones con el otro sexo. A degustar, no ya un té con pastas, sino una cerveza o un gin tonic, o un zumo de naranja, leyendo, sin pasión amorosa centrada en un sujeto, sin expectativas, serena y realizada, a Gioconda Belli:

NUEVA TESIS FEMINISTA

¿Cómo decirte
hombre
que no te necesito?
No puedo cantar a la liberación femenina
si no te canto
y te invito a descubrir liberaciones conmigo.
No me gusta la gente que se engaña
diciendo que el amor no es necesario
-“témeles, yo le tiemblo”
Hay tanto nuevo que aprender,
hermosos cavernícolas que rescatar,
nuevas maneras de amar que aun no hemos inventado.
A nombre propio declaro
que me gusta saberme mujer
frente a un hombre que se sabe hombre,
que sé de ciencia cierta
que el amor
es mejor que las multi-vitaminas,
que la pareja humana
es el principio inevitable de la vida,
que por eso no quiero jamás liberarme del hombre;
lo amo
con todas sus debilidades
y me gusta compartir con su terquedad
todo este ancho mundo
donde ambos nos somos imprescindibles.
No quiero que me acusen de mujer tradicional
pero pueden acusarme
tantas como cuantas veces quieran
de mujer.

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