Otoño 2010: programados para la melancolía y el miedo

Pues sí, ha amanecido nublado y esta pobre España en crisis ve cómo millones de personas que nunca se van de puente -nunca jamás, es que jamás se va nadie de puente- lo van a pasar entre lluvia y viento. Para colmo de males, nos cambian el horario y –leo en un titular- “una hora más que da paso a la melancolía…”. Y como las desgracias no vienen solas, es noche de muertos, masificados y caricaturizados ahora por costumbres foráneas. Muertos al fin y al cabo.    

Y cosas más serias. Se ha ido un hombre coherente y muy bueno, y ha dejado a una viuda hermosa y sólida que parece resumir la historia de la mujer en España. Y recordamos, en el centenario de su nacimiento, al Miguel Hernández de todos los tiempos. Al que cantó a los “vientos del pueblo” pero también a la pasión y la derrota presentidas desde que uno descubre que su corazón late algo más deprisa que los de la prudente mediocridad.

Como el toro te sigo y te persigo,

y dejas mi deseo en una espada,

como el toro burlado, como el toro”.

Y ni siquiera acaba aquí la tragedia. En el ordenamiento social de la codicia, la desfachatez, la opresión y la conformidad, llega el cíclico temor al terrorismo. El miedo como excusa perfecta para apretar tres agujeros más el yugo en el cuello. Nunca el terrorismo ha ocasionado un cambio de régimen, a no ser los provocados por reacción a manos del orden establecido, como sucedió tras el 11S. Y hasta por contaminación se producen más víctimas que por atentados (16.000 al año en España). Mas, a todos los niveles, mientan el miedo para provocar el silencio, la inacción. Nos programan para la melancolía y el miedo, nos programan simplemente.   

 No nos engañemos, dentro de 100 años, todos muertos. La fecha es casi una anécdota. “Es posible que los valientes no vivan mucho, los cobardes no viven nada”, escuché en una película no especialmente sesuda. Y en otra (Out of Africa): “Cuando los dioses quieren castigarnos atienden nuestras plegarias”. Si la luz no entra diáfana por la ventana, fuerte y rotunda, es que nació viciada. Evita las componendas. Y alégrate cuando los dioses te perdonan. Ya lo has hecho otras veces.    

 Por lo demás ¿Es posible encontrar una estación más bella que el otoño? El de toda la gama cromática. En la naturaleza que crece o en el sol que pasa del blanco al dorado fuego, iluminando, calentando, sin quemar. El que trae día grises para la reflexión y lluvias apaciguadoras. El que permite mirar al año vivido y al futuro que aguarda. Para saber que somos nosotros mismos quienes componemos nuestra propia vida.

 

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