Y van dos… ¿Quién será el próximo?

Mubarak ha caído. Trató de quedarse contra viento y marea, contra el pueblo. La sociedad unida le ha vencido, con sus mártires a la espalda. La sociedad firme, decidida, sumida en el más profundo hartazgo y consciente de adónde querían ir y de su fuerza.

 Javier Valenzuela ha hecho, en el El País, a diario, un seguimiento antológico de la revolución árabe.  

“La revolución democrática árabe arrancó el 17 de diciembre, cuando el universitario tunecino Mohamed Buazizi se suicidó a lo bonzo para protestar porque la policía le había arrebatado el carrito de verduras con el que se buscaba la vida. En menos de un mes ya había derrocado a Ben Ali. No se detuvo ahí y, el 25 de enero, llegó al valle del Nilo. Ayer envió a Mubarak al basurero de la historia.

Para una revolución son precisas condiciones objetivas y subjetivas. Estas se dan hoy en el mundo árabe. Más de 100 millones de jóvenes. Hartos de apreturas vitales, dotados de instrumentos tecnológicos para comunicarse y organizarse, contrarios a la autocracia y la teocracia, sedientos de libertad y dignidad.

Adaptar el análisis a los cambios de la realidad requiere esfuerzo, por ello hay quienes siguen apegados a la foto fija del ascenso del islamismo político. Perezosos que no acaban de enterarse de que no estamos ante Teherán-1979, sino ante Berlín-1989. El islamismo parece estar en reflujo y, en todo caso, ésta no es su revolución…”

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