José Luis Sampedro, antídoto contra el ruido

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Cuatro años hace ya, este 8 de Abril, que nos dejó José Luis Sampedro.  Tras cerrar un largo y fecundo ciclo vital. Este 2017 hubiera cumplido 100 años, se quedó en 96 sin perder facultades esenciales. Con esfuerzo y mucho amor, se le recuerda ahora en los actos de su centenario. En uno de ellos, en la Biblioteca Nacional, en el mismo lugar que se celebró el primero tras su muerte, retomé la sensación de que José Luis Sampedro era, es, un antídoto contra el ruido. Y siempre estará ahí para servirlo y demostrarlo.

De nuevo, José Luis congregaba a familiares, amigos, admiradores espontáneos, trozos de su vida y compromiso como los trabajadores de SINTEL a quienes acompañó, con Olga Lucas, su mujer, en su acampada reivindicativa. Siempre es así, amor del bueno, suma de matices diversos.

Guardé dos textos de los que fueron recordados.

El primero lo leyó una de sus grandes colaboradoras, Gloria Palacios. Antecesora de Amaya Delgado que hoy preside la Asociación Amigos de José Luis Sampedro. Es un fragmento de “Monte Sinaí”, publicado en 1998, cuando el autor tenía 81 años. Narraba en él, su estancia en el afamado hospital neoyorquino, donde hubo de ingresar de urgencia por una grave dolencia cardíaca. El médico que le atendió era otro español: Valentín Fuster que dirigía el servicio.  José Luis hizo en este libro una profunda reflexión sobre el sentido de la vida.

“¿Para qué vivir? es una buena pregunta y mi respuesta es vivir para hacerse, pues hacerse es vivirse y no solo estar vivo ni, menos aún, vegetar. Pero aún importa más otra pregunta: ¿Para quién vivir? pues ni se hace uno solo ni se vive a solas. Quienes contribuyeron a hacernos, dándonos vida con ello, lo hicieron y hacen para ellos, pero también para mí. Siempre a solas nadie llegaría a ser humano y todos, ellos y yo, somos juntos lo que somos.

El abrazo del náufrago me reveló que la maga me necesita tanto como yo a ella (…) tan pronto me sentí despierto y consciente de mi estado enmendé mi pasividad (…) y me uní a mis salvadores. Pensé en quienes me han querido y me quieren y me querrán aunque me vean abatido, herido por el rayo, quizás ciego y necesitado de ojos y manos ajenas para todo. Me necesitan para quererme…

El otro texto que pedí para guardar, con las anotaciones personales, fue el que leyó el periodista Fernando Olmeda y pertenece al libro “La senda del drago”. Publicado en 2006. Sampedro nos remite a un buque imaginario en un mar nutrido de tendencias en el que el protagonista va constatando… el ocaso de la civilización. Pero de nuevo es la palabra que ahuyenta el ruido, la de ese momento en el que apenas amanece y se ve mejor la realidad más honda.

“Se desmorona la noche. Empieza la tiniebla a diluirse. Asoman promesas de luz. (…)  Renazco cada día, subiendo al alba, para vivir este intervalo augural, entre dos tiempos, el ayer y el hoy. En esa división, vislumbro mejor lo esencial, siempre escondido bajo lo urgente.  Recibo a la luz naciente, que llega lenta, imponiéndose al fin en las alturas, pisando las movedizas nubes. Ya no me extraña ver, sobre mi cabeza, cordajes colgantes de un truncado mastín cruzado por una verga rota: ya me han dado la explicación de este viejo residuo de impensable coexistencia con la rítmica trepidación de la poderosa máquina en marcha bajo las planchas metálicas que piso. Lo que abajo me corroe, y a ratos me atosiga, se hace aquí insignificante, entre la infinidad celeste y el abismo marino. Entre esos dos polos y en la cesura del tiempo soy serenidad expectante”.

Antídoto contra el ruido, ya digo. Para ver lo esencial, siempre escondido bajo lo urgente. Cuánto le echamos de menos. Aunque siempre estará en sus libros. Y en nuestros recuerdos.

 

 

 

 

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