
El amor se matiza según sea su objeto pero, seguramente, tanto se destine a un hijo, una pareja romántica, un amigo o una tierra por ejemplo, posee características comunes. Y hasta en eso los humanos lo interpretamos de distinta forma revelando el propio carácter.
Por lo que leo, oigo y veo de insignes exponentes del «amor a España» veo que no coincido en absoluto en sus apreciaciones. Mi idea es que aquello que amo sea libre, dotarle si puedo de instrumentos para que crezca y cuente con un criterio propio sin imponerlos. Que sea adulto, responsable, coherente, ético. Lo quiero valiente, que sepa levantarse cuando cae y reflexione sobre sus fracasos. Le abrazaré si llora o se cansa aunque también intentaré mostrarle el camino de la superación. Para que decida de forma autónoma. Positivo, generoso pero firme. Lo quiero feliz, compartiendo con otros sus sentimientos y sus logros. Que también me quiera, libremente, solo porque le doy amor, bienestar y luz.
El amor a España en España ha confundido sus trazas durante gran parte de la historia con algunas de las peores muestras de las relaciones humanas: paternalismo, posesión e imposición. Como maltratadores de manual, muchos han buscado una sociedad inculta y sumisa a la que manipular y marcar el camino, en una senda a su mezquina manera: los ciudadanos están a su servicio y a su utilidad y se le impone hasta qué pensar. Si se desvía, garrote y represión. Inculcarle por supuesto la culpa. Y dicen… que nos aman, que aman a España.
Desde los confines del tiempo, otros españoles se han empecinado en cambiar el rumbo, sugiriendo cañas de pescar, en lugar de cebos y cestas cerradas en donde aguardar la sartén. Es casi patético contemplar esos intentos que acabaron en nada. El aragonés Joaquín Costa, desde el regeneracionismo iniciado en el Siglo XIX, pedía «Escuela, despensa y doble llave al sepulcro del Cid». La “generación del 98” le secundaba desde la literatura. Con otros mimbres, José Ortega y Gasset se dolió del hombre-masa español, del elogio a la mediocridad. Antonio Machado descubrió que el problema residía en que en este suelo cohabitan dos Españas distintas e irreconciliables.
Lloraba Salvador Espriú al saber que más al norte había una tierra próspera, culta, espabilada y feliz, pero que no podría marcharse muy a su pesar porque él también se sentía tan pobre, ignorante, sometido y desgraciado como se empecinan aquí en educarnos a todos, los que vez tras vez mandan.
Y el caso es que los proscritos, los que terminan huyendo o pagando duros castigos, también amamos a España. Desde el exilio Rafael Alberti escribía un poema al que suelo terminar por acudir. Se inicia así:
“Estampo esta palabra para empezar: España”
España, dulce caña,
Dulce y terrible: España.
Alta y verde espadaña,
Braña,
Entraña,
Cabaña,
Mar, llanura, montaña,
España
Soterraña,
Fina titiritaña,
Ciega aventura extraña.
Dura España terrible,
Temible,
Aborrecible,
Rostro desapacible,
Obstinada infalible,
Irascible,
Insufrible,
España inamovible,
Imposible,
Impasible,
Locura inextinguible”.
En este día en la que la España oficial, la mayoritaria, la acomodaticia, inmadura, necrófilica, acrítica, rebosa su cara, quiero incluir en el post el último párrafo del capítulo “La piel de España” de mi libro “La energía liberada”. Como tantos otros, que desde cualquier rincón y actividad, sentimos un cierto amor atávico por España, aunque no por ésta.
“La sexta España —y puede haber muchas más— solía llorar para alumbrar una vida nueva. Se albergaba en un paritorio. Llevaba siglos allí. Siempre en el crudo momento de las contracciones, las entrañas desgarradas, que, en circunstancias normales, se olvidan por completo con la venturosa llegada del hijo ansiado. Ésta apenas ha llegado a verle asomar la cabeza, pero el bebé que se sueña fuerte y sano se hace esperar. Muchos españoles lo aguardan desde el fondo de la historia. Antonio Machado, por ejemplo, aún debe hacerlo desde su exilio mortuorio francés, en el que —al menos— nunca faltan flores. En 1913, harto de la “España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía”, creyó ver nacer ¡ya! otra: la “del cincel y de la maza”, la “España de la rabia y de la idea”. Quizá sí estaba, quizás ya es un ser real y con futuro”.






Rafael_F
/ 16 enero 2012Yo lo que no entiendo son aquellas personas a quienes se les llena la boca con el «amor a España» y, luego, cuando hablan de los españoles nos ponen a la inmensa mayoría a parir. O hablan de la «parte sana» cuando se refieren tan sólo a una pequeña minoría lo cual quiere decir que la gran mayoría somos «insanos».
El patriotismo de esas personas es incomprensible. No se dedica a los habitantes de un determinado territorio sino al territorio en sí… y sus propios intereses de «gente sana» o «gente de bien»… Claro que lo mismo cabría decir de todos los patriotismos y/o nacionalismos.
Saludos
follet
/ 16 enero 2012Es la España del Señorito, el Cura y el Jornalero. ¿Donde estamos los demás? …callados!
¿cobardía? ¿autismo? ¿porque siendo muchos los que así lo entienden, son poquísimos los que denuncian la imposición de esa rancia España? ¿que le pasa a esa otra España?
Rosa María, felicidades y gracias por tu sinceridad y valor
Eliecer
/ 16 enero 2012Que buen post.
Virginia
/ 16 enero 2012Pfffffffffff, que belleza de post. Sobretodo ahora, que releo una antología de poesía en catalán donde Espriú es una fuente inagotables de amor por su tierra y de miedo a salir de ella por creerse que fuera no podrá hacer nada.
Es la vida de Cervantes y su Quijote de la Mancha. parecen irreconciliables.
unsui
/ 16 enero 2012Muy buena entrada Rosa.
Desgraciadamente, cuando las palabras se utilizan mucho pierden su verdadero significado. Algo así pasa con España y Amar.
Amar generalmente se utiliza en el sentido de «eros» de los griegos. Amar es entonces querer poseer algo atractivo «queremos». Egoísmo puro y duro.
El siguiente escalón sería un amor más de toma y daca. «Fileas», amo en tanto tu me des y tu me amas en tanto yo te doy.
El último sería el único amor que debería empezar con A (mayúscula). Es el «ágape», el amor incondicional.
Amar lo que nos gusta es fácil (y creo que de poco valor). Aunque la frase pueda estar gastada, creo que no deja de tener valor: «amar a España, porque no nos gusta». Un amor incondicional, que pretende mejorarla, mejorando en primer lugar la vida de los que la habitan, empezando por los más desfavorecidos.
España, también puede tener muchas acepciones. No recuerdo quien, decía que una patria es un grupo de personas reunidas en torno a un error histórico y el odio a sus vecinos. Esa España, no me interesa. Tampoco la de charanga y pandereta (en sus sucesivas versiones).
Para mi, la idea de España que me interesa, es la de «hacer algo en común». Cuando eso cristaliza, la unidad, no se impone, surge.
Bueno, corto que me enrollo de más
Trancos
/ 16 enero 2012Esto del amor está muy sobrevalorado.Personalmente, ni espero ni deseo quenalguna gente me ame. Me sobra con que me respete.
Tampoco entiendo a los que dicen amar a España y pisotean a los españoles.
Un país no puede regirse por las leyes del amor (eso queda muy bonito, pero no es más que literatura), sino por las de la contraprestación: yo te doy (en base a mis deberes) y tú me das (me reconoces y garantizas mis derechos). Rouseau lo llamó contrato social. Y el chiringuito se viene abajo cuando sólo te toca apoquinar sin recibir nada a cambio. Un país, una nación, es un proyecto común en el que todos cuentan y a todos se les tiene en cuenta.
Nacer (y amar a) en un país o en otro es mera casualidad, puro azar. Nacer en alguno, una fatalidad. Me gustó lo que dice Serrat que decía su madre «mi patria es la que me da de comer, a mi y a mis hijos».
Zana
/ 16 enero 2012Yo no amo a España, a esta España, y creo que nunca podré amarla. Desde siempre me he sentido arrinconado, como un extranjero. Diferente.
Yo no me siento reflejado en ese indigno personaje, que me llama compatriota, que cínicamente hoy, hoy precisamente, prefiere olvidar. Yo no tengo nada en común con la inmensa mayoría, esa mayoría que los domingos van a misa a confesar las atrocidades que hacen de lunes a sábado, ni con esa mayoría que prefiere morir sin defenderse, que ama las «caenas», que vitorea a los corruptos, que da mayorías a los ladrones herederos de los asesinos.
Llevamos siglos de oscuridad. Con la luz oculta tras sus negras, y sucias, sotanas y capas, y así no hay patria que nazca, que resista, que se desarrolle.
No nos engañemos esto es España, la que hoy ensalza al asesino, al represor, al individuo que mandaba cortar el pelo al cero a las mujeres de los mineros porque sus maridos, ¡bravo por los mineros!, estaban otra vez en huelga, reclamando Libertad.
No, yo no amo a esta España. Lo siento.
Pastora
/ 16 enero 2012Desde el movil leo solo trozos del post, pero creo que he entendido, y comparto, que cuando esta derecha consentida habla de «su amor a españa», en realidad está sacando mapa y bandera de «la españa» que «aman y añoran». Una de las muchas infames muestras de su involucionismo «activo»:quieren cataluña en españa_yo tambien_pero no aman el catalan como otra lengua de españa. Y esto que acabo de escribir se entenderá mejor a la luz de las primeras lineas del articulo de Rosa Maria. Un abrazo a tod@s
ana
/ 17 enero 2012Asi es Rosa por desgracia
También decía Antonio Machado: La verdad es la verdad /la diga Agamenón mi portera.
o tambien:
Por las tierras de Castilla sigue vagando la sombra de Caín
Javier Marcos Angulo
/ 17 enero 2012Seguimos igual que hace años.
Qué escolfrío tengo con sólo repasar las atrocidades que dicen de alguien que «tenía el estado en su cabeza». Hasta Carrillo le ensalza!!!.
Que descanse en paz, que así también descansamos los demás.
Rubén
/ 17 enero 2012Dicen los psicólogos que lus humanos, como primates sociales que somos, necesitamos sentirnos insertos en un grupo, hacia el que desarrollamos fuertes relaciones de pertenencia. Puesto que todos pertenecemos a varios grupos, el problema es ¿con cuál nos sentimos más identificados? ¿con el territorial, que incluye a todos los habitantes de una patria? ¿Con el social, de, por ejemplo, los trabajadores, directamente agredidospor quienes tienen el poder económico? ¿Con el étnico, con el de género…?
Ya sé que todas esas pertenencias y solidaridades pueden coexistir, y de hecho lo hacen, pero, insisto, ¿a cuál damos prioridad? Los nacionalistas lo tienen claro. Yo también tengo claro que la territorial y la étnica no están entre mis prioritarias.
gjfhs
/ 17 enero 2012Siempre me dió miedo España, los que la «salvaron» , mas que nadie, cuando oigo vivas a Epaña veo pistolas, ansia de venganza, solo me recuerda posguerra, represion, hambre, nada bueno me trae su recuerdo, mucho menos quines sostuvieron aquel regimen.
El descanso será para nosotros cuando ya nadie nos lo recuerde.
lorenzo
/ 17 enero 2012CARTA ABIERTA DE UN FUNCIONARIO A DOÑA ESPERANZA AGUIRRE
Desde hace tiempo conocemos su especial sensibilidad para con el funcionariado, del que usted, por cierto, forma parte aunque no haya ejercido. Han sido varias las ocasiones en que ha lanzado perlas cultivadas al colectivo funcionarial, a veces tan fuera de tono que se ha visto obligada a retractarse.
Adalid del recorte, usted ha sido pionera en recortar por adelantado las retribuciones a los funcionarios madrileños. Así, en 2009 ya nos congeló las retribuciones cuanto pudo (respetando obviamente la normativa básica estatal). Ninguna otra Comunidad lo hizo. También en 2009, su peculiar modo de interpretar la normativa básica hizo que las pagas adicionales quedaran reducidas al 90%, cuando prácticamente todas las demás Comunidades pagaron el 100%. La historia se repitió en 2010, siendo, una vez más, la única Comunidad que mantuvo la congelación y consagró definitivamente el 90% como paga adicional. Después, sobre los recortes específicos de la Comunidad de Madrid, se aplicaron lógicamente los establecidos para todo el funcionariado a partir de junio de 2010, que, en mi caso concreto, han supuesto una reducción adicional de un 6,58% de mis retribuciones…
Quizás se pregunte a qué viene recordar estas menudencias, máxime cuando proceden de uno de esos seres privilegiados, de un funcionario que debería estar dándose con un canto en los dientes por disfrutar en estos momentos de unas prebendas que para sí quisieran el resto de los trabajadores.
Trataré de explicárselo en pocas palabras, Sra. Presidenta. Le diré que, a pesar de haber perdido prácticamente un 25% de poder adquisitivo en el período 1997-2011 (comparando simplemente el IPC con los incrementos reales aplicados y sin considerar el efecto demoledor del euro), a pesar del espectacular lustro y medio de esplendor experimentado por nuestra economía del que no nos hemos beneficiado en absoluto (nadie se acordaba entonces de los “pobres” funcionarios), a pesar de los recortes duplicados antes mencionados, a pesar de todo ello, Sra. Presidenta, hemos soportado estoicamente la situación sin quejarnos más allá de los comentarios medio jocosos, medio dolidos, pero siempre prudentes, que hayamos podido hacer en las oficinas. Más aun, preveíamos que en 2012 se iban a aplicar nuevos recortes sociales y hasta puede que salariales, y nuevamente los admitiremos por solidaridad, a sabiendas de que vamos a pagar la factura de un banquete al que no hemos sido invitados.
Pero todo tiene un límite y la línea se ha sobrepasado con exceso en la Ley de Medidas, de cuyos recortes uno de ellos es intolerable e insultante. No, no me refiero al incremento de la jornada de trabajo ni tampoco a la reducción de días de libre disposición (que acaso nunca debieron de concederse), porque siendo, como soy, una persona trabajadora y razonable (aunque le resulte sorprendente) puedo comprender perfectamente esas medidas para arrimar el hombro. Me refiero a la desaparición de las medidas de mejora de la prestación económica por incapacidad temporal, lo que supone un retroceso de medio siglo. Resulta vergonzoso e injustificable, Sra. Presidenta, que así, de un plumazo y por la brava, las anulen, lo que lisa y llanamente quiere decir que si uno tiene la desgracia de ponerse enfermo, máxime si la enfermedad es de larga duración, no va a poder pagar ni la hipoteca. Y digo injustificable porque si se quiere combatir el absentismo, ha errado el camino. Potencie la inspección médica o la de trabajo y aplíquese con rigor la normativa disciplinaria (le informaré, por si acaso piensa que soy uno de los que abusan, de que a lo largo de mi vida laboral he tenido menos días de baja que trienios tengo ahora).
Me queda el triste consuelo, como funcionario, de que gracias a la normativa básica estatal, en el supuesto de que cause baja tendré cobertura de la mejora durante los tres primeros meses, consuelo que no le queda al personal laboral que verá disminuir sus emolumentos desde el principio de la baja, en un 40% los tres primeros meses y en un 25% después.
La inclusión de esta medida es síntoma inequívoco, una vez más, de la especial sensibilidad desplegada en su entorno, Sra. Presidenta, para con los trabajadores públicos. Por ello quiero acabar esta misiva dándole las gracias por su comprensión, recordándole que nadie está libre de una enfermedad, ni siquiera usted como es de todos sabido, y deseando de todo corazón al cráneo privilegiado que tuvo esta feliz ocurrencia que no tenga la desgracia de contraer ninguna enfermedad de larga duración para que el remordimiento no lo torture de por vida.
Jesús Seco Muñoz