“Un móvil se puede recargar rezando”

Anda el mundo revolucionado porque el físico Stephen Hawking ha dicho que Dios no creó el Universo y que el Big Bang es una consecuencia inevitable de las leyes de la física. En realidad lo que explica, matizado, es: “dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo crearse a sí mismo -y de hecho lo hizo- de la nada. La creación espontánea es la razón de que exista algo, de que exista el Universo, de que nosotros existamos”. Por tanto, “no es necesario invocar a Dios” para que haya cosmos.

Apenas voy a entrar en el fondo del asunto, por más que se vea bastante claro, y que mis dolientes neuronas matutinas sean espoleadas sin piedad con aguijones de cordura, cultura y debate, dando algún fruto (espero), sino en lo que más me llama la atención: vivimos tiempos de una profunda subjetividad al contemplar la ciencia. Y esa circunstancia desvirtúa la realidad. Y, en consecuencia, nos debilita.

Hawkings es un físico, no un teólogo, ni siquiera un filósofo; busca explicaciones tangibles a los dilemas que le genera la investigación científica. Y por tanto (científica, digo) plantea hipótesis y comprueba. Ni de lejos anda buscando a Dios por las esquinas. Pero este británico atado a una máquina empieza a ser el hombre más “interpretado” de la Historia. En su libro, de irónico título, “Breve historia del tiempo”, menciona “El principio de incertidumbre de Heisenberg”, formulado en 1927. Otro argumento científico, profusamente usado, hoy, para afirmar que todo es relativo y pare Vd. de contar. Puede uno estar hablando de Garzón o de la economía, que Hawking (como intérprete, en este caso, de Heisenberg, otro físico, alemán, de carne y hueso hasta su muerte) aparece para justificar que coexisten realidades alternativas y en el mismo plano. Sí, por ejemplo, Dios y una explicación científica del Universo. Pues si todo es relativo, no me cuente Vd. tampoco su creencia. Y no olvidemos que la incertidumbre parte de elementos físicos, reales.

 Dice mi hijo (el de los aguijones matutinos) que nos mandan personas que creen que “un móvil se puede recargar rezando”, cuando pocas veces en la Historia se ha dedicado tanto dinero a investigar en ciencia. Por ejemplo, en el acelerador de partículas, el Gran colisionador de hadrones, que tampoco busca a Dios, por más que al bosón de Higgs perseguido con tesón, se le llame -en los medios informativos, claro está-, “la partícula… de Dios”, precisamente. Lo que trata de hallar es el esclarecimiento racional de qué hacemos aquí y qué elementos de los que se tocan con las manos, se huelen, y se ven –siquiera con microscopio o telescopio, con los existentes y los futuros que se construyan- afectan a nuestra vida. Para mejorarla si se puede. Para caminar con los pies en el suelo y no entre ensoñaciones y entelequias. Lo que existen son cosas… aún no explicadas.

Hasta no hace mucho, un rasgo diferente, cualquier hecho inexplicable a las creencias religiosas, llevaba a la víctima a la hoguera, para ser quemado vivo sin piedad, purgando el peligroso pecado de pensar e innovar. Por el momento, eso se ha terminado (al menos en el mundo desarrollado). Pero, ahora, asistimos a un espectacular renacimiento de las supercherías mágicas. Desde la pulserita engañabobos, usada por el heredero al trono de España (sí, los móviles se deben recargar rezando), a todo tipo de conspiraciones asumidas pies juntillas.

Lo peor son las consecuencias: la confusión entre realidad y fantasía hace al ser humano más vulnerable a los ataques a los que es sometido por los distintos poderes. Porque ellos, los que mandan, aunque en el fondo de su corazón crean que cualquier portátil funciona con “avemarías”, tienen especial cuidado en enchufarlos a la corriente… por si acaso.

 (Dedicado a David y a Piezas)

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