El legado de Thatcher

Nada le gusta más a la derecha intensamente casposa que una muerte. Fija mitos y encumbra a los altares. Ha muerto Margaret Thatcher y los grandes medios españoles se han volcado en alabarla. Demuestran lo que son: derecha pura. A estas alturas del deceso creo que estamos ya un poco hartos de oír, ver y leer sobre ella. La mujer que cambió el mundo, el orgullo de la derecha, titulan exultantes en portadas, sabiendo lo que estas cosas ayudan para revitalizar la idea. José María Izquierdo hace un excelente repaso en el que destaca que la única crítica que se le opone fue su antieurpeísmo. Aquí. Hasta obreros españoles se desbordan de admiración por “la mujer que acabó con la guerra fría”. Escriben Aznar, Aguirre, todos ellos… presentando como positivo acabar con el Estado y el resto de las tropelías que esta señora perpetró y que hoy aún pagamos. Y lo que te rondaré si no tomamos medidas.

Más moderados, más periodísticos, diarios británicos resaltan también la alegría de muchos ciudadanos por su desaparición. Su legado es de división pública,  egoísmo privado y culto a la avaricia, que, juntos, aprisionan como un grillete el espíritu humano más de lo que nunca llegaron a liberarlo, escribe The Guardian en su editorial.

Es innegable que tuvo una personalidad fuerte y definida. Creo que Atila también. Gustó de ella sobre todo lo mucho que se parecía a un hombre. “No le tembló la mano”, he leído también. Algún opinador mienta, claro está, los genitales masculinos con todo su nombre que le atribuye. Gustan ahora tanto en el periodismo “moderno” los tacos rotundos. Parece que a los lectores también.

Escuché a Anna Bosch, ex (reciente) corresponsal de RTVE en Londres decir que los británicos están encantados con Cameron, el lodo en herencia de aquellos barros thatcherianos. Les han llegado a convencer de que la gente que no trabaja es vaga y nadie tiene por qué pagar su educación, su sanidad o su vivienda, vino a decir.

Viví en varios reportajes el final de la era Thatcher. Londres hervía con el Poll Tax, el injusto impuesto que estableció y que, por ejemplo, hacía pagar el doble a los de una acera y otra de la misma calle. Pretendidamente “igualitario”, dependía del distrito. Y fui testigo de una asamblea local en la que los flemáticos británicos pusieron a parir a su representante político. Allí tienen, allí los ciudadanos le pueden pedir cuentas. Fue tal la protesta que Thatcher tuvo que retirarlo. Quedó tocada y en poco tiempo se precipitó su final.

Destrozó la sanidad, la minería, los ferrocarriles, los sindicatos que eran de lo más sólido y honesto de Europa. Y sobre todo instauró lo que cuenta The Guardian: el egoísmo privado y el culto a la avaricia. Lo que hoy tenemos en toda la Unión Europea. En España. Cada día nuevos atropellos. Pero la sociedad, una parte de la sociedad, también se está acostumbrando a que “las cosas son así” y es estupendo. La revolución neoliberal se volcó para su triunfo también en idiotizar a los ciudadanos. Con la inestimable ayuda de los medios que controla.

En 1982 Thatcher invadió Las Malvinas (elevando por cierto su popularidad resentida a la estratosfera). En algún lugar de esos que procuro siempre escribir, comparé a “La mujer de hierro” con “La mujer de cristal”. Casi al mismo tiempo se había suicidado la actriz austriaca Rommy Schneider, víctima de la muerte de un hijo y de amores equivocados. Hay mujeres que lloran, y las hay que provocan llanto. Thatcher ha vuelto a robar la portada en España a otra mujer: Sara Montiel, que también murió este lunes. La que en su libertad y belleza hizo soñar en futuros posibles a muchas mujeres coetáneas de su época, en el franquismo. Por más que las películas aseguraran que esas osadías se pagan caro. También era fuerte, aunque con sangre en las venas que siempre debilita.

Lo peor de Margaret Thatcher no es –con ser mucho- lo que hizo, sino el legado que deja. La impulsora de la doctrina neoliberal –con Reagan y el apoyo “espiritual” de Juan Pablo II- está aquí para quedarse. Hierro que mata y no muere.

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