Manual para mirarse al espejo

No tendríamos consciencia de nosotros, al menos de nuestro aspecto físico, a no ser por los espejos. Desde el comienzo de los tiempos el ser humano buscó mirarse para poder verse, como lograba hacer con los otros.

El espejo se ha desarrollado mucho, claro. Al infinito. Existe tal variedad que se diría pasamos por la vida observando la realidad a través de reflejos. Y que posiblemente los marcos condicionan en gran medida lo que creemos ver.

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Ex presidentes del gobierno andan estos días –como ya hablamos- mostrando su visión de sí mismos. La suya, la subjetiva. En algún caso –quizás en todos- con tales omisiones y deformaciones que tienen poco que ver con lo que pasó y los demás vivimos.

La idea que Rajoy  y su gobierno tienen –o dicen tener- de España, su gestión y la crisis roza el surrealismo. En el caso del ministro Cristóbal Montoro, la enajenación mental o la evidencia del consumo de alguna sustancia que altera por completo las percepciones por las grandes dosis de euforia que despliega. Eso o nos está tomando el pelo. Más.

En la conferencia del PSOE contemplamos similar dosis de irrealidad. Al menos en sus principales responsables hoy. Se ven guapos, dispuestos, responsables, racionales, mientras la sociedad les contempla decrépitos y en tremendo declive. Ellos solo miran los espejos del circuito cerrado en el que se mueven y los cristales ya han interiorizado el moho. Como no entre aire fresco -así como un huracán- criarán telarañas. Más.

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La izquierda anda revuelta. Hay gente que lanza piedras al lago y enturbia el agua para poder mirarse. Se ponen nerviosos. A estas alturas, lo mejor es adquirir un espejo de calidad, y con varios aumentos para detectar imperfecciones y corregirlas.

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Todos los partidos, al parecer, prohíben airear defectos a sus militantes. Leed hasta el final la denuncia periodística. Lo peor es que algunos abducidos ven bien la censura. Lo defendían ayer en twitter. Su espejo ha ennegrecido.

Es humano –en sus aspectos menos racionales-  buscar la aprobación en los espejos. Imaginarse más atractivo, pero mirarse en esos cristales azogados que reflejan y no atraviesan exige criterio. Si son defectuosos marcarán el camino equivocado.

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Hay gente mucho más sensata y lógica. La madrastra de Blancanieves sabía de sobra al contemplarse que era más vieja que la princesita, lo que no debería implicar necesariamente que fuera más fea, pero no le hacía ninguna gracia desmerecer ante la lozanía de la joven. Lo malo de ella es cómo quería alterar la realidad con trampas. Coaccionando al espejito, vamos. Pero la madrastra bien que se veía sus arrugas, no se engañaba. Eso es lo último.

Conviene, como digo, un espejo de buena factura. Fiable. Limpiarlo con frecuencia. Alejarlo de humedades y agentes contaminantes. Y situarse ante él con las emociones templadas. Indagando en la sentencia real, sin paños calientes. Buscar la verdad sea cual sea.

Nada más patético que contemplar a un cuasimodo presumiendo de belleza y gallardía, cuando tras el espejo muestra sus miserias al aire, tan desnudas como un culo sin cubrir.

 

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