
Es uno de mis cuadros favoritos. Pocos como él reflejan en su trazo esquemático la angustia que impele a gritar. ¿Lo haría el autor? Los lienzos siempre son mudos.
El noruego Edvar Munch pintó varias versiones de ésta su obra cumbre. La última en 1985. La única que estaba en manos de un particular y no en museos de Oslo. Pues bien acaba de ser vendida por 106,5 millones de dólares (81 millones de euros), alzándose con el récord jamás pagado por un cuadro. Ha superado a Picasso que lo ostentaba hasta ahora.
Munch gritó su propia desesperación personal por una vida cargada de infortunios, pero esa obra alumbrada en tiempos en los que la pintura rompía moldes –poco después de la irrupción del impresionismo-, en el que el mundo también estaba asistiendo a cambios significativos, se ha convertido en un icono que traspasó todo el siglo XX y que como tal llega a nuestros días. Andy Warhol también recreó el grito, con menor fuerza sin duda.

Nos cuentan que “el arte de ha convertido en el mejor refugio para los inversores”. En estos tiempos de libros mayoritariamente huecos o entintados, de periódicos vacíos, de sociedad vana, es lógico que se apueste por el valor monetario de una obra de arte para, quizás, después guardarla bajo siete llaves y no mirarla más.
Pero ocurre también que la desesperación es un valor en alza. Consciente o no. Y El grito de Munch puede hasta revalorizarse.
Muchos querríamos gritar por la demolición del precario Estado del Bienestar del que disfrutamos, por el que nunca tuvo la mayor parte de la Humanidad.
Escuchamos a Esperanza Aguirre pedir más recortes, o decir que van a ver si nos cobran por conducir por autovías que ya pagamos, escuchamos a Aguirre, a Cospedal, a Mato, a Montoro, a Soraya, a Gallardón, a Rajoy por solo citar a algunos, y un grito brota en la boca del estómago.
Vemos a los convergentes catalanes dispuestos a cobrar la cama hasta al enfermo, en una sanidad pública que destruyen para dar negocio a sus colegas privados.
Escuchamos a un Basagoiti vasco, sacar el “facherío neoliberal” del armario, y asimilar los seguros de salud con los de un coche, y un bramido se desplaza por nuestro interior.
Vemos a todos ellos controlar ideológicamente a los ciudadanos, reprimir sus protestas, mientras muchos medios manipulan y dicen que vivimos en el mejor de los mundos y que ni se ocurra comparar esta etapa con la peor de nuestra historia y clamamos por todas las vísceras de nuestro ser.
Asistimos a cómo -p0r políticas erráticas que no se pueden ni contestar- cae al abismo nuestra economía, la prima y la bolsa, la bolsa y la vida, sabemos que es preludio de mayores recortes, y contemplamos a los medios con portadas de fútbol y a tantos ciudadanos ensimismados, y casi es milagro que nuestra voz no atruene el espacio.
Porque en realidad no gritamos, tampoco Munch que lo hizo en el silencio plano aunque su voz haya trascendido hasta nuestros días. Es preferible reírse con una carcajada sonora. Ayer lo hice al saber que los cantamañanas del gobierno de Cataluña estrenaron página web con traducción al inglés pero la hicieron mecánica a través de google y les salió que su flamante presidente era Artur More. ¿Más? Tan menos…
La voz sale en la carcajada, reprimimos el grito en cambio que, entonces, corroe el estómago. Estoy por salir hoy a la calle al menos haciéndola sonar como Tarzán. Menos es nada 🙂





