La codicia del PP llega hasta a nuestra salud

Hace unos días, The New York Times dedicó un reportaje en portada a la corrupción española. De su contenido llamaba la atención su previsión de  que –tras agotar el ladrillo como fuente de lucro corrupto- ahora se va a por nuestra salud, a por nuestra vida. Palabras mayores. “Pronto, otros sectores comenzarán a ocupar el lugar de la construcción”, decía uno de sus entrevistados, “el sistema sanitario, que está siendo sometido a la privatización, fácilmente podría tomar este lugar en el futuro, a menos que se realicen cambios”.

Cada día asistimos estupefactos a un reguero de las graves consecuencias que está acarreando la política del PP -o la de CIU- respecto a la sanidad pública. Estamos hablando ya incluso de muertes. Varias personas con aneurisma diagnosticado que se consumen –literalmente- en largas listas de espera por los recortes  y que terminan entregando su vida al “austericidio”. Seres humanos que fallecen sin tratamiento porque carecen de tarjeta sanitaria. El último derecho que debería quitarse.

Se han mermado, precarizado,  culpabilizado e insultado a  las plantillas. Nos hacen repagar en farmacia lo que ya costean nuestros impuestos. Ya hay también quien espacia o suspende tratamientos por su elevado coste. Han cortado la ayuda a la Dependencia. Y la sombra de que a quién le caiga una enfermedad “cara” o paga o muere, es más que una sospecha de futuro.

Nos dan menos servicios por más impuestos, Mientras asistimos a los lujos y prebendas de esa “mayoría absoluta” votada… por la cuarta de los españoles, están acabando con el Estado del Bienestar. Es una de las máximas del pensamiento neoliberal.

La alerta de The New York Times va más allá y ha pasado desapercibida. No se trata solo de restar servicios a los ciudadanos en esa idea del “sálvese quien pueda” que representa esta ideología, es que se practica deliberadamente. Y con un objetivo. El empecinamiento de Ignacio González en Madrid –heredero en cuerpo, mente y alma de Esperanza Aguirre- en privatizar hospitales y centros de atención primaria, debería ser llamada de alerta hasta de los más adictos al PP. Un 70% de los españoles se opone a esa privatización, la mayoría real, pero un 30% no. Casi un tercio está dispuesto a poner su salud en la mesa del casino y para lucro de otros. Aunque vean el trasiego de puertas giratorias por las que varios consejeros de la Comunidad de Madrid, aunque no solo, han pasado a cobrar jugosos sueldos de las empresas a las que beneficiaron. La consulta imprescindible a mantener es la de la agudeza visual, la del cerebro.

Les veía estos días por la muerte de una colega. Todos (y todas). Cospedal, Soraya… Ana Mato. La autora de tanto sufrimiento no muestra empatía alguna, en cambio, hacia sus víctimas.  El Estado del Bienestar lo creó Europa tras la segunda Guerra Mundial, para reconstruirla y lograr mayor equidad entre las personas. Contribuyentes además, de una forma u otra. Ninguno de sus pilares puede ser objeto de especulación, pero, probablemente, el que menos la salud. Es lo que nos mantiene vivos. Así de simple.

Los profesionales de la sanidad pública y los usuarios racionales  están en pie. En Madrid se están recogiendo firmas para intentar parar esta loca usura. Se la pasarán por el forro de sus ricos trajes, probablemente. Lo seguirán intentando. Hasta que la marea blanca, la de todos los colores, llegue a barrer sus inmundicias.

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