Grano tras grano

Veo que nadie está libre. Desde políticos locales a los ubicados allende los mares. Con acento castizo o venezolano. En la judicatura, en el periodismo, en la Agencia Tributaria. En la cadena de mando de cualquier empresa a cualquier relación humana. Lees, oyes, ves, y notas la incomodidad de la quemazón en muchas personas que apenas alcanzan a reprimirla en público. Les entiendo bien. Razonablemente sana y con una alimentación rica en frutas y verduras, nada hacía presagiar una vida sembrada de granos. Aparecen sin previo aviso y algunos son especialmente recalcitrantes. Sufrí uno en el colegio, en forma de niña de ojos verdes felinos empecinada en contar sádicas historias de miedo, con 6 años. Y no han dejado de aparecer a lo largo de mi vida. Esporádicamente, por fortuna. Como a buena parte de los humanos por lo que observo. Algunos asisten a recidivas cuando ya no quedaba ni el recuerdo. Se extienden en contagios, formando sarpullidos. Furúnculos, bubones, pápulas, carúnculas, pupas, abones, granos en román paladino, Tiene el grano una curiosa personalidad: se obstina en su condición al punto de buscarse sus propios tumores con los que irritarse. Se diría que el grano siente al cuerpo al que habita como un inmenso divieso que le tortura. De ahí su carácter, su empecinamiento y su emponzoñamiento.

La génesis es siempre la misma. Irrumpe en tu apacible vida sin que le abras la puerta. Lo notas al principio como un cuerpo extraño. Como esa funda de muela mal colocada a la que continuamente se dirige la lengua queriendo -sin éxito- expulsarla. El grano es igual. Aunque te asista la certeza de no haber hecho nada erróneo –una comida demasiado picante o una avispa que pilla por sorpresa-, se planta allí inmisericorde complicándote la vida. Dependiendo de su ubicación, se aplasta contra el asiento, punza y se extiende en un picor molesto. O afea las partes visibles de tu epidermis –pensad en esos que se implantan en la punta de la nariz-. Porque el grano es una imperfección, antiestético, repulsivo, hasta rídiculo.

Hay momentos del día en el que tira especialmente. Cualquiera sabe por qué, un resorte encadenado del movimiento de los músculos, que presiona justo en el bulto advenedizo que se ha insertado bajo tu piel. Y llega un punto en el que pica, hiere, parece ensancharse, emponzoñarse. Ya no hablas con seres humanos. Aunque los tengas delante, te diriges al grano. El saludo ritual, los datos pormenorizados, van dedicados al grano. Y notas con toda precisión como, el grano, se hace purulento por segundos, presiona, hiende, quema. Es como si como si se burlase de ti y te tuviera acorralado. Uno se queja de nimiedades sin pensar que la vida puede ser mucho peor con un grano. El grano no quiere comer en realidad, persigue que tú no comas. Las luciérnagas no entran en la alimentación de los granos, pero brillan y hay que apagarlas, como dice una amiga. Las sombras que  tapan la propia efigie en el recorrrido tampoco: se impone borrarlas. Ni las otras especies como los vegetales o las piedras. pero el grano se empeña también en atacarlas. De hecho, envenenar, detener, es su objetivo, su razón de ser.

Las personas que te quieren, suelen aconsejarte que lo trates: una buena pomada con antibióticos y cortisona hace milagros, te dicen. No suele funcionar. Al contrario, en ocasiones el resultado ha sido adverso. El grano se irrita, se inyecta en sangre, agudiza sus picores, temiendo su final.

Por eso, balbuceando casi, un día te enfrentas con el grano tratando de dialogar. Y palideces. Y terminas por quedarte mudo. Pero reaccionas ¿Vas a dejarte vencer por un grano?… Hace años que encontré la solución. La condescendencia inclina a olvidarlo hasta que se consuma en su propia miseria. Pero hay hacerle tomar consciencia de su realidad: es una masa de células transformadas, con crecimiento y multiplicación anormales que, a menudo, cría pus. Si el método falla, existe uno muy expeditivo: bien aposentado en la silla, inclinas el peso de tu cuerpo sobre el lugar donde te aprisiona y aprietas con toda tu fuerza interior. Y el grano revienta. Suelta su baba y su putrefacción y queda reducido a la nada. Tu vida vuelve a la normalidad. Puede surgir en cualquier momento, estima estos útiles consejos, porque siempre hay que estar preparado para afrontar un grano.  Y, sobre todo, nunca les des demasiado importancia, nunca un grano duró eternamente.

1 comentario

  1. Soto

     /  15 noviembre 2009

    Hola Rosa Maria y amigos bloqueros:
    en un principio(y aún un poquito) tu Post me desconcertó.Por una parte me parecia una metafora con respecto al comportamiento de los humanos.Ahora creo,que si,que estás bajo los efectos de los incomodos granos ,y, claro lo estás pàsando mal,pues son muy incomodos y muy dificiles de”torear”.no cabe duda que hacerle frente es muy dificil y habria que estar dedicada a su cuidado y sin hacer otra cosa.!Animo!,y, no se nos ocurran cosas raras con respecto al grano,pues es un grano,con todo lo jodido que sea.Me ha gustado mucho como “le has dado vida” al grano a lo largo y ancho del Post.Te has”adentrado y fotografiado” estupendamente el “personaje” y !carallo si le distes vida!..!casi me dolia a mi y no lo tengo ,de momento!.
    Apertas agarimosas

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