Las víctimas y sus culpables

Un inspector de la Consejería de Sanidad de Sanidad ha ratificado una declaración previa ante el Juzgado de Instrucción número 43 de Madrid y ha afirmado que “en 2003 ya se descartó que hubiera ‘mala praxis’ en las sedaciones practicadas a los enfermos terminales en el servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés (Madrid)”. Se había hecho, entonces, un informe que concluyó que “el procedimiento era correcto y que las Urgencias reunían las condiciones adecuadas para guardar la intimidad de los enfermos”.

Si ahora se trata este caso es porque el doctor Luís Montes, el entonces coordinador de este servicio, presentó una querella por denuncia falsa en el “caso Leganés” contra el ex consejero de Sanidad Manuel Lamela y seis médicos que participaron en un informe en el que se acusó a Montes y a sus compañeros de sedaciones fuera de la “lex artis“. Pese a este informe, Lamela decidió en 2005 seguir adelante con las denuncias anónimas contra Montes para llevar el caso a los tribunales. Los responsables de sanidad de Madrid se basaron, por tanto y supuestamente sólo por eso, en unas denuncias anónimas para apartar a Montes de su puesto, desprestigiarle, amargarle la vida, y obligarle a invertir tiempo y dinero en tratar de reivindicar su nombre y su buen hacer médico. El Dr. Montes y el resto de sus compañeros acusados ya fueron exonerados por la Justicia sin que sus acusadores en falso pagaran coste alguno. Pero él sigue insistiendo en que los culpables sean castigados. El caso tuvo consecuencias dramáticas: los enfermos terminales en Madrid volvieron a morir con dolor como manda la santa madre iglesia. Así lo corroboraron muchos médicos que preferían no arriesgarse a la caza de brujas.

De vez en cuando y con más frecuencia de la soportable, a alguien le cae el estigma de una falsa acusación de la que tiene que defenderse. O  una práctica arbitraria de quienes detentan cuotas de poder. Pongamos un modesto inspector de Hacienda que se ensaña con alguien haciendo la vista gorda a los fraudes millonarios, o llegando apenas a punto de prescribir como en el caso de Luís Bárcenas, el ex tesorero del PP imputado en el caso “gürtel”.

En todos los casos en el que alguien es acusado, difamado, vejado, anulado, la víctima es quien ha de defenderse y siempre con un coste. La justicia dice, sí, que la acusación ha de ser probada y otorga al inculpado la presunción de inocencia. Pero ésta no viene mientras uno duerme, tiene que moverse para demostrar su razón. Y en ocasiones ni lo consigue. Y siempre sufre pérdidas en el proceso.

Traigo a colación de nuevo aquel caso de la transición que tanto me impresionó. Carmen Salanueva, directora del Boletín Oficial del Estado a finales de los 80 –en plena época del circo de la corrupción socialista y su tratamiento en los medios-, fue acusada de fraude en la adquisición de papel para el organismo. Acribillada, linchada, entonces por ciertos sectores de la prensa –las preguntas y acusaciones que captaron las imágenes ofendían la dignidad humana-, enfermó de cáncer y murió antes de que se conociera la sentencia absolutoria en 2001 a la que no se dio especial relevancia informativa.

El mundo está lleno de víctimas. De la codicia, del engaño, de la manipulación. Desde los muertos de hambre que propicia el capitalismo, a casos como el del Dr. Montes, o los que urden complots y usurpan puestos que no les corresponden en las más ínfimas escalas de poder. En estos procesos se puede perder desde la vida a dinero, autoestima, tranquilidad. Las menos lo que se pierde es un pozo de basura en el que se estaba inmerso resistiendo por responsabilidad. Sus autores gozan de total impunidad en una sociedad enferma.

Un día me dijeron que para que exista el síndrome de Peter Pan, ha de existir también, forzosamente, el síndrome de Wendy. Para que se den atropellos son imprescindibles quienes los consienten. Los que votan, los que no votan, los que secundan, los que callan, los que se inhiben. “Siempre tenemos que tomar partido. La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima. El silencio alienta al verdugo, nunca al atormentado”, escribió el Nobel de la Paz rumano Eliezer Wiesel, superviviente de Auschwitz y Buchenwald.

Actualización 4 de Octubre de 2009

Los casos se dan a diario. Una juez -para más inri- va a devolver un perfume a una tienda porque no le gusta. Tras presiones por su parte, y ciertas tensiones, le es reintegrado el dinero. Aún así, se venga del establecimiento y lo cierra por orden judicial, y además otro de la misma propietaria. Ésta pasa el calvario habitual que le caído sin comerlo ni beberlo. Afortunadamente esta vez ha habido justicia: la juez ha sido inhabilitada por un año.

3 comentarios

  1. Todos somos víctimas; de manera consciente, a veces, y, otras, sin enterarnos. O sin quererlo saber.
    En uno y otro caso, lo más duro es el silencio; el que se nos impone, y el que nos imponemos, consecuencia siempre del miedo. ¡Si perdiéramos el miedo!

  2. La caverna nos ha demostrado que las conquistas, logros, libertades y sobre todo la dignidad, todavía hoy hay que seguir defendiéndolas a brazo partido, pero no las nuevas conquistas, los nuevos logros, las nuevas libertades o una mayor dignidad humana, sino las que ya habíamos conseguido.

    Es como el pantalón de campana: antes de su revival nadie pensó que pudiera regresar. Solo que el pantalón de campana no daña a nadie; la ideología más cavernícola en alza y perfectamente organizada tiene capacidad para secuestrar al planeta entero (¿suena peripatético? pues no hay más que ver al primo de Rajoy; Mariano es sólo un triste pringao, aunque síntoma de otra cosa mucho más gorda).

  3. “Al final todos acabamos teniendo lo que nos merecemos”. Mentira, ésa no es más que una frase de resignados, tibios o simplemente, cansados.
    Lo que veo a día de hoy es que tiene más importancia el hecho de qué compro y a quién, que mi voto.

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