Miguel de la Quadra-Salcedo, el reportero que siempre quisimos ser

migueldelaQuadraMiguel de la Quadra-Salcedo fue el reportero que siempre quisimos ser. Pocas definiciones mejores que la de Juantxo Vidal, del programa de RTVE Crónicas, cuando le hizo este reportaje imprescindible. Porque es así. Inolvidable con un traje blanco y paraguas en 1972, en Argentina, el día que regresó Perón tras 17 años de exilio. Llovía intensamente en un ambiente muy caldeado por la presencia de decenas de simpatizantes. Un militar responde al periodista: “No estamos para reprimir, estamos para encauzar” y, por supuesto, los “encauzaron” a palos. Llegado el expresidente argentino, De la Quadra-Salcedo se acercó tranquilamente a preguntarle por sus impresiones.  Así era entonces el periodismo de los auténticos reporteros, sin barreras, sin miedo, con la seguridad de la labor que se ejerce, y Miguel de la Quadra-Salcedo lo fue como pocos.

Impresionante en su probablemente metro noventa de estatura, empezó como otros pioneros, como Enrique Meneses por ejemplo, por buscar primero la vida y comprarse ellos mismos una cámara y lanzarse al mundo a mirar, ver y contar. Y luego colocarlo en un medio para su difusión lo que, entonces, evidentemente era más fácil.

Nace en Madrid en 1932 de ascendencia vasca.  Y, mientras estudia la carrera de perito agrícola, se hace experto en lanzamiento de jabalina. Después decide tirarla mucho más lejos, subirse a ella para recorrer el mundo.  Cuatro años estuvo en la selva del Amazonas. Trabajó como etnógrafo y también como buscador de oro o ballenero, y así pudo comprarse esa cámara de cine. Es memorable la escena de la anaconda que llegó a rodearle el cuello en el agua.

Su primer reportaje para TVE le lleva al Congo. Es decir, él se entera de que han sido asesinadas cuatro misioneras españolas y se va a cubrirlo. Una carnicería se encuentra. Y llega a ser condenado a muerte por rodar, también, el fusilamiento de unos 300 prisioneros.  Ese fue su estreno en la profesión.

La historia de Miguel de la Quadra-Salcedo es inabarcable. Selvas y ciudades, todos los conflictos. La Siria eternamente convulsa. Etiopía, Nigeria, Biafra, la ruta africana del hambre y la injusticia. “Millones de niños que esperan con un plato vacío en la mano”, dice sobre Biafra al final de su abortada independencia de Nigeria. En Bangladesh, se añaden tifones devastadores.

Miguel, con otro inolvidable, el cámara Juan Verdugo, fallecido en 2009, con José Luis Márquez de ayudante entonces, eran los primeros en entrar en cualquier conflicto. Cargando un equipo que pesaba 60 kilos. Nos situaban en el lugar de los hechos para ver la Cuba que se rebelaba, la muerte del Che Guevara, la entrevista con Fidel Castro en la montaña. Líbano. La guerra de Vietnam, en donde estuvieron dos semanas viajando con un comando del ejército de EEUU, explicando con sobrecogedor detalle la guerra. “Qué momento tan terrible cuando se van y nos quedamos solos”, le comentó a Juantxo Vidal al referirse a ese helicóptero que te lleva a un conflicto. A ese empezar desde el suelo y echar a andar.

O el golpe de Estado de Pînochet en Chile en 1973. En el reportaje deCrónicas que aludo, en torno al minuto 30, tenemos un documento único. Miguel llega a asomarse a la plaza de toros donde el régimen ha confinado a los detenidos. Le dicen que son unos 10.000. En el exterior una mujer, llorando, le cuenta que dentro está su hijo. El periodista le pregunta directamente a Pinochet por él. Rodó el interrogatorio al chico que le obliga a abjurar de sus “delitos”. No, no es de izquierdas. Al salir a la calle, se entera de que… le han quemado los testículos. Minuto 30, repito. Ése era el Chile de Pinochet que hoy minimiza el expresidente socialista español Felipe González por sus nuevos rumbos políticos. Por eso es tan esencial disponer de testimonios directos.  Para que no borren la historia, ni la memoria.

Los reporteros como Miguel de la Quadra-Salcedo, sin apenas medios, ni efectos de rodaje, cogían el micrófono y desde el lugar de los hechos informaban tal como lo veían. Al gozar de absoluta credibilidad, no dudábamos en ponernos en su lugar, en sus ojos y su entendimiento.  Sin temor o falsos respetos, se acercaban a los presidentes a un Papa como hizo él con Pablo VI para pedirle unas palabras sobre España. Al Dalai Lama. Contaba que una foto con él le sirvió de salvoconducto para viajar por la zona.

Este 20 de mayo, Miguel de la Quadra-Salcedo ha muerto, en paz, a los 84 años. Después de haber vivido, lo que no todos pueden afirmar. Como un símbolo.  Soy una más de cuantos quisimos ser reporteros como Miguel de la Quadra-Salcedo. A ratos se consigue. Lo peor es que está acabando una etapa. Vivimos un momento de absoluto deterioro del periodismo oficial que le está llevando a ser hasta rastrero. Algunos han recordado que Miguel también puso en marcha “La ruta BBVA”. Fue, la “Ruta Quetzal” para iniciar a jóvenes en la aventura que hubo de buscar patrocinador. Le han colocado en su intervención en un programa de humor.  De toda su trayectoria, el programa de humor.  Estuvo en el Circo, miren, que igual tienen alguna imagen subido en un elefante.

Son años de una degradación difícil de regenerar.  Hace tiempo que reflexiono sobre cómo han convertido hasta este periodismo genuino en otro espectáculo más de consumo. Los Rambos son preferidos a la autenticidad. Y eso con suerte, todavía nutren a la sociedad de peores ejemplos. Y ella se deja, lo permite.  Perdiendo valores esenciales

Se definió como “curioso”, base insustituible de un periodista. Y le dijo al reportero de Crónicas que nunca hubiera ido a la Luna porque allí no hay personas.  Otra de las grandes motivaciones para echarse a la calle y contar lo que pasa.  Esas vías que, a través de la información, hacen ver el mundo como es y crean conciencia social, si se tiene previamente conciencia.

 

*Publicado en ctxt.es

Javier Ortiz: una ausencia lamentable

Ha muerto un gran periodista y un hombre coherente. 61 años. Nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y ha fallecido esta madrugada en Aigües (Alicante).

Empezó a escribir en publicaciones clandestinas a los 18 años y fue detenido en algunas ocasiones -esas cosas que pasaban en el «feliz» franquismo-. Decidió exiliarse a Francia y no regresó hasta que desapareció el dictador.

Autor de diez libros, gran parte de su carrera periodística la desarrolló en El Mundo, cuando El Mundo era otra cosa. Allí le conocí, era el jefe de Opinión y me recibió. Me presenté con un elaborado texto pidiendo escribir «opinión», ya que la objetividad a la que obliga el periodismo cotidiano deja muchas cosas en el tintero. Y me dio la primera oportunidad en ese sentido: una de cuatro columnas simultáneas que daban otra visión de la actualidad y que creo salían los domingos.

Volví a saber de él el año pasado, al dirigirme a la editorial AKAL. Él dio el visto bueno a mi último libro, publicado precisamente en FOCA, la colección que él dirigía de la mano de su buen amigo Ramón Akal, otro gran personaje.

No hubo más trato personal. El que se deduce de leer lo que escribía y sentirse plenamente identificado. Su progresismo, su ironía, su sinceridad tajante, su honestidad. Algo que crea profundos lazos. Los estableció con muchos seguidores de su exitoso blog y de sus columnas de Público.

Siento mucho su muerte. Nos va a faltar un referente de una forma de hacer periodismo valioso y cada vez menos frecuente: el que de verdad cambia algo.

Previsoramente, dejó escrito su propio obituario. Sabía que las necrológicas suelen ser  una plétora de lugares comunes.

Aquí lo tenéis.

Y me gustó especialmente esta columna en la que se atrevió a decir algo muy impopular pero que pensábamos muchos.

Marta no somos todos

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