Mi voto para Antonio Gutiérrez

 Antonio Gutiérrez, diputado del PSOE y presidente de la Comisión de Economía, también ex secretario de CCOO,  ha roto la llamada “disciplina de voto” para no secundar la aprobación de la reforma laboral. En una tribuna de El País ha explicado las razones, argumentadas y de peso. Y se han rasgado vestiduras por la sorpresa, y estamos a la espera de ver si Zapatero se enfada –que ha dicho que no- y de si es verdad que no lo hace, o, una vez más cambiará de postura. De momento, Alonso le ha dicho que respetaba su opinión pero que “se debe al grupo que lo acogió”. Pues no, se debe a los votantes que le eligieron, como sucede en numerosos países de tradición democrática. Para que todos voten igual no hace falta semejante dispendio en diputados y senadores, se fija la proporción lograda en las urnas y con que acudan menos de una docena está resuelto el asunto.

Un amigo mío, Luís Acín, diputado por Huesca del Partido Popular, votó en contra de la invasión de Irak y dejó su escaño. Manuel Cobo, número dos del Ayuntamiento de Madrid, también fue expedientado por decir lo que pensaba. Ambos me ofrecen confianza. A Antonio Gutiérrez le conozco desde que era secretario de prensa de CCOO, siempre fue brillante y coherente. Y lo sigue siendo. Le admiro por ello, por su valentía, y por lo que dice en el artículo.

Menos “partitocracia” y más listas abiertas en bien de la democracia, que los elegidos respondan ante los electores. En el desolador panorama político, mi voto hoy sería para Antonio Gutiérrez. De su artículo extraigo algunos párrafos:

“La confusión entre ganar competitividad en un mundo cambiante y acumular beneficios abundantes, con la mínima inversión y en poco tiempo, como manda la más pura tradición del capitalismo español, ha latido siempre tras las innumerables reformas laborales habidas desde antes incluso de aprobarse el Estatuto de los Trabajadores. En su reforma parcial -y brutal- de 1985 se consagraron hasta ¡16! modalidades de contratación temporal aunque las tareas a desarrollar fueran permanentes. “Los empleos temporales de hoy serán los fijos de mañana”, nos espetó el presidente del Gobierno de entonces a cuantos osamos advertirle del destrozo en el mercado laboral que iba a comportar su reforma sustituyendo fijos por eventuales.

En apenas tres años pasamos de tener una tasa de temporalidad del 13% al 30% y en esa dualidad seguimos veinticinco años después. Y no porque se dejaran de hacer reformas, sino precisamente porque se han hecho muchas más al menor bache de la economía pero siempre con el mismo interés de abaratar el factor trabajo como vía principal para recomponer la tasa de beneficio. Reformas, paradójicamente, para mantener el mismo patrón de crecimiento y competitividad. Eso sí es alimentar el inmovilismo frente a la globalización.

(…)

Lo difícil es gobernar con justicia, lo fácil es hacerlo injustamente; y es comprensible que no queriendo admitir que se es injusto se utilice el eufemismo de la dureza. Duro es decirle a ciertos grupos de presión que ya no puede ni debe esperarse que el Gobierno de un país avanzado ampare y subvencione viejas formas de producir por mucho que ganen algunos con ellas a costa del empleo y del progreso industrial del país; difícil es encauzar el emplazamiento a empresarios y trabajadores para mirar de frente al futuro que hace más de un decenio que está pasando por delante de nuestras narices.

Aquí, completo, Será más fácil despedir que flexibilizar”.

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