El gozo de pensar

Últimamente he asistido a un par de actos que han supuesto auténticas explosiones de ingenio. De ésas que, no solo emocionan, sino que abren horizontes desconocidos y te hacen ser más persona.

El actor Juan Diego Botto nos habla de “Un trozo invisible de este mundo”, ése que, confundiendo inmigración y exilio, tapa de todos modos a una serie de seres humanos que habitan nuestro suelo. Autor del brillante texto, destaca por igual su contenido, la forma de decirlo y la impresionante presencia física sobre el escenario.

Cinco monólogos sueltos… y unidos. Drama, comedia, humor y reflexión con un mismo objetivo. El cínico del “yo no soy racista, pero..”. El inmigrante que llama desde un locutorio a su mujer evidenciando cuánta distancia pone la distancia. La subsahariana que pasó todos los tormentos habituales y ata nudos en el estómago en su visibilidad. El exiliado argentino que desgrana los matices de la ignominia del golpe militar de los setenta. Y un soliloquio final que rompe todos los tabúes para reivindicar la razón. Realismo puro destrozando tópicos. Por ejemplo, ese “las cosas [las malas] siempre pasan por algo” para exculparlas. El gozo de encontrar en otro y otros lo que uno piensa. Aún está en cartel en Madrid.

 

También estuve en Segovia, en el Foro social de escritores que organiza un grupo de ciudadanos esforzados y rompedores. Gente que realmente vale la pena. El recinto era una vieja iglesia desamortizada que fue Universidad Popular y en la que dio clases, entre otros, Antonio Machado. Todo un presagio. Desde la presentación, invitando a la desobediencia con textos del Siglo XVI, al moderador con otros de varias décadas atrás, supe que aquello se salía de lo habitual.

Creo que ha sido la mesa más insólita, brillante y divertida en la que he participado. Éramos todos muy diferentes, con afán provocador, estimulador, en distintas direcciones. Yo les hablé de mis tres libros del año, Reacciona, Actúa y La energía liberada. Y por tanto de esa actualidad que nos está tocando vivir. La sorpresa –también para mí- vino después.

 Con Gustavo Duch nos adentramos en el decrecimiento, en cómo se precisa otra forma de vivir. Lo insólito era el planteamiento. Esos datos que nos cuentan que cada año se van de España 35.000 cerdos a la exportación y vienen otros 35.000 de la importación, en innecesario gasto. Y desde luego en las propuestas. Duch invita a no lavarse las manos antes de comer, ni cerrar la boca al ingerir los alimentos como dicen siempre las mamás, ni evitar cantar en la mesa si eso nos divierte. Sobre todo… no lavarse las manos ante la ruina que ha creado el sistema: a los derechos, a las mujeres, al medio rural, a los pueblos indígenas, a la Naturaleza, a todos y todo.

Finalmente, el filósofo Carlos Fernández de Liria. Reflexionó sobre “Para qué sirve un filósofo”. Con tal brillantez, humor inmenso, agudeza y provocación que podía notar cómo se iban barriendo las últimas telarañas del cerebro para usarlo a plenitud. Para buscar más allá incluso. Era un desmontar tópicos uno tras otro. ¿Qué es eso de que la Universidad está “al servicio de la sociedad”? O esa revisión de los lemas de la Revolución francesa: Ante la verdad somos iguales, ante lo intolerable somos libres, ante la belleza somos hermanos. Más o menos, porque estar en la mesa no permite tomar demasiadas notas. Menos mal que pronto sale un libro suyo con ese título: ¿Para qué sirve un filósofo? Parece que para mucho.

La conclusión es que tenemos que estar atentos a los estímulos que invitan a desempolvar ese cerebro que, tan reiteradamente, nos invitan a no emplear. Que así corre el aire y uno se siente más oxigenado hasta en su propia vida.

A %d blogueros les gusta esto: