¿Cómo lograr una “mujer auténtica”?

  El objetivo es el planteado por Gallardón, una mujer auténtica es la que tiene hijos. Contra viento y marea, aunque luego nadie le ayude a darles de comer. No importa lo que quiera u opine, la misión de la mujer en la vida es procrear. Y las grandes tareas ideológicas (como las que tiene en marcha este gobierno) se empiezan desde la infancia.

   El titular de un ministerio que aún se llama educación, José Ignacio Wert, acaba de mostrarse contrario a  dos pronunciamientos del Tribunal Supremo  rechazando que los colegios que segregan a niños y niñas por su sexo sean financiados con fondos públicos. No hay dinero para comedores, ni para que gire dos minutos el microondas y caliente la que se trae de casa, pero es prioritario “educar” a los niños con los niños y a las niñas con las niñas. A costa de los impuestos de todos, además. ¿La causa última? que se evitan “peligros” y que suponen más fácil el adoctrinamiento.

En 2008 escribí mis argumentos sobre Las raíces de la desigualdad entre mujeres y hombres, las razones de la violencia machista, también, en una Tribuna de El País. Y quiero destacar estos párrafos.

“El problema está en el fondo, y hay que cambiar los esquemas. En el colegio, en casa, en la sociedad que a veces presta un tácito apoyo «comprendiendo» estas situaciones, en las doctrinas morales que, sin sonrojo, califican a los malos tratos como «fruto amargo de la revolución sexual». Así lo hicieron los obispos españoles.

La educación es clave porque aún sigue siendo el escollo. Habría que aclarar en los libros de texto que las mujeres han sido en la Historia algo más que Reinas. Los colegios que separan a niños y niñas asisten a un sordo auge. Argumentan que cerebros, maduración y actitud son distintos en uno y otro sexo. Cierto. No existe la uniformidad (ni entre los miembros del mismo). Pero dejemos que unos y otras asuman sus hormonas porque el premio no tiene precio: conocerse, saber que la niña que alborota las entrañas, ríe, llora, se empeña y se preocupa… como él.”

Hemos cambiado los esquemas, sí, pero al revés, hacia atrás. El problema -común a otras religiones muy atrasadas- está en el ojo que mira. El ojo sucio solo ve porquería allá donde lo dirija.

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