Cortar cabezas

 

Corría el año 1789 y los franceses hartos de la «tyrannie”, de un régimen sobre todo que consagraba profundas desigualdades sociales en virtud del presunto origen divino de la monarquía, se liaron a cortar cabezas. El monarca del momento, Luis XVI, dio con la suya en el suelo, lo mismo que su señora esposa, María Antonieta, a quien se atribuye una frase -probablemente incierta- reveladora de cuando se vive en el Limbo/Olimpo: “Si no tienen pan ¿por qué no comen pasteles?”.

Para que aquella poda se produjera fue necesario un período decisivo: la Ilustración (razón, igualdad, libertad) y, entre otros, un Descartes que sentencio: “Pienso, luego existo”, esponjando en el deseo de superación. Ahora bien, aunque en cuatro días los franceses llamaran a un Napoleón como los de toda la vida, nada volvió a ser lo mismo. Se había iniciado una nueva era.

Cortar cabezas es una tradición en la historia de la Humanidad. Normalmente solía hacerse con los pringados, hasta que algunos países decidieron utilizar esta práctica para acabar con tiranos y déspotas, logrando hacer progresar a sus pueblos. Podía y debía hacerse con otros métodos, pero así sucedió. Ahora las cosas han cambiado.

Por un error muy moderno –y es que “los tiempos adelantan que es una barbaridad”- el periódico La Razón mostró en portada hace bien poco lo que Ignacio Escolar calificó de “El extraño caso de los indignados sin cabeza”. Nada, que faltaban muchas cabezas en la foto. Sin saberlo, el diario conservador estaba dando en la diana de un fenómeno social de primera magnitud en nuestro momento: las cabezas no pueden sobresalir, ni existir, si así lo hacen, se cortan.

La pasión y defensa del anonimato en la actualidad tiene su razón de ser, no nos engañemos. Ya hablamos aquí hace mucho tiempo de la figura del héroe, varias veces incluso. El héroe es la punta de lanza en solitario. Sale a cara descubierta y le llueven todos los palos. Cada día apetece menos por tanto ser héroe, por apetecer imagino que nunca habrá sido pasión de nadie. Por eso, comentamos aquí que la fórmula eran las acciones colectivas, juntos es más fácil tener éxito y menos represalias. No es ninguna idea nueva, pero no se nos escapa su utilidad.

El enorme éxito del “quincemayismo” ha sido la ausencia de líderes. Aún andan muchos desesperados buscándolos debajo de los adoquines (por aquello del mayo del 68 que también les suena). Lo que no quiere decir ni mucho menos ¡todo lo contrario! que no haya ahí cabezas pensantes, riesgo y trabajo. Pero necesitan identificarles, verles la cara, sobresaliendo. Los buscan, para cortarles la cabeza, naturalmente. Al que destaca, hachazo. “Es tradición en nuestro país”, como diría Rajoy.

Tanta que ya un tal Miguel de Cervantes –allá por el siglo de oro – se marcó un estupendo libro reflejando la realidad española: el desfacedor de entuertos, no puede ser otra cosa que un loco. Hay que ir a por él, anularlo en todo caso. Un sector de la sociedad española, diría que mayoría aún, no debate ideas, sino nombres con un gran entusiasmo en su espíritu cicatero.

El rechazo a la identidad –muy acentuado en estos momentos- es un asunto preocupante. Cualquiera tiene el derecho a reivindicar su identidad. Y a actuar dónde y cómo estime oportuno. Otra cosa es la escala de valores que prima en la consideración social unas profesiones u actividades sobre otras. Las figuras más o menos públicas no pueden aparecer con su propia cabeza. Ésa que les acompañó y trazó su trayectoria. El rechazo es mayor cuando lo que primordialmente se ha usado y usa es la cabeza. El “Pienso, luego existo” de Descartes se aboca a un “Pienso, luego más me valdrá esconderme”.  El anonimato no es una opción, sino una obligación. Aunque uno -una, para que andar con rodeos- se considere también una pringada, apenas orgullosa de su irrenunciable cabeza-.

Mientras se condena la identidad del vecino más próximo, los herederos de todos los Napoleones del mundo campan a sus anchas, prestos a mantener el poder y a arañar para lograr mayores cotas. A ésos los defensores del anonimato no les molestarán.

Afortunadamente, se observan movimientos sociales que rompen esta nefasta trayectoria. En la ola de cambios, habrán de llevarse, por puro afán constructivo, mezquindades, envidias y división. Por el camino que vamos acabaremos con lo que ha sido un símbolo aterrador estos días: el llegar a ver a un policía exhibiendo una máscara como trofeo.

 

http://youtu.be/HM-E2H1ChJM

 

(Nota. Pretendo hacer una temporada más o menos sabática. No sé si lo conseguiré. Debería. Tenéis todo el blog para leer, si queréis. Tampoco sé si seré capaz de estar del todo alejada de esto. Vemos.)