El año sin primavera ni verano que espera un futuro

La pandemia de coronavirus –y todas las que, más sutilmente, nos vienen afectando con ella–, nos dejó sin primavera, está agostando el verano y amenaza con tumbar también el otoño y más allá. La capacidad del ser humano de no aprender de las evidencias que le rodean, que le hieren incluso, se ha demostrado infinita. Y no me refiero, ni mucho menos, a la frase de moda que carga los repuntes de los contagios a una irresponsabilidad colectiva. No, unos “hemos” aprendido y otros no. De hecho, esa reacción demuestra el nivel de infantilización al que ha llegado esta sociedad. Uno de los puntos más preocupantes de la situación actual.

Lo explica, el desconcierto. Un virus lo ha cambiado todo. Eso sí lo sabemos; no, al parecer, de qué forma ha dejado desnudos los defectos estructurales del mundo en el que vivimos. Todo lo mal hecho aflora, los cimientos torcidos durante años y décadas han perdido su falsa capa de eficacia. Lo verdaderamente torpe y que nos puede costar todavía más caro es no ponerle remedio, y aun afianzar las respuestas erráticas. 

Para detener la expansión del Covid-19 funcionó el confinamiento, la separación personal y el uso de protección en las salidas necesarias. Pero había que volver a la actividad porque “la economía” manda. Y hay nuevos contagios. En el “ocio nocturno” y relaciones sociales, principalmente dicen. Que relanzan la cadena. Volver ¿cómo? entonces. El parón –mundial– ha destruido en España un millón de empleos en el segundo trimestre de 2020, previsible en nuestras circunstancias. Ni de lejos se vive la normalidad. La vida sigue estando muy tocada. Lo primero a entender es que casi nada es como antes.

No hay apenas movimiento de vacaciones por ejemplo. No lo hay en las tiendas en un insólito final de julio. Este segundo palo de la realidad está teniendo muy serias consecuencias. Ya sabemos que en España, sus dirigentes y promotores apostaron por el turismo como motor económico –y la construcción subsidiaria–. Y, de un lado, los virus viajan con las personas. Y, del otro, la guerra por el “pan” se desata. No deja de ser curioso que Boris Johnson desaconseje a los británicos venir a España pero no a EEUU, récord mundial de contagios. En la UE, la “frugal” Holanda también nos veta.  

Los contagios han aumentado en España, sin duda. Se multiplicaron casi por siete en un mes con tres comunidades en situación grave: Aragón, Catalunya y Navarra. Ocurre también en varios países europeos: Francia, Bélgica, Países Bajos, Alemania, República Checa, Eslovaquia, Polonia y Rumanía. Crecen a mayor velocidad que en otros vecinos europeos, con repuntes de un 30% más de contagios respecto a la semana anterior. Aquí tienen los datos

Y todo esto lo afrontamos con un Gobierno al que trituraron en cada nueva prórroga del Estado de alarma. Y con un presidente del Partido Popular que pide “mando único” y a la vez pretende poner en marcha una reforma legal –en pleno agosto incluso– para justificar su rechazo al estado de alarma. O con el President catalán que va al confinamiento mientras llama a los turistas asegurando que la comunidad es un lugar seguro. Y con una presidenta de Madrid cuya turbulenta cabeza ha ideado ahora una “cartilla COVID” para que los que hayan pasado la enfermedad y los negativos en las PCR tengan prioridad para moverse como quieran por la comunidad. Sin que ni los científicos hayan garantizado que pasar la enfermedad inmunice, ni mucho menor por cuánto tiempo. Por el contrario, la evidencia desaconseja la ‘cartilla COVID’ de Ayuso y ya ha sido descartado por las autoridades mundiales en los lugares que se pensó en esa posibilidad. Un privilegio, no exento de oportunidad de trampa conociendo cómo se funciona en el PP de Madrid.

Y con unos medios prestos a seleccionar evidencias sin contexto. Vicente Vallés, el nuevo ídolo de las multitudes antigobierno, resalta la contradicción en la que también incurre el ejecutivo. La ministra de Exteriores apuesta por la bolsa, el turismo, como las empresas mediáticas que lo critican, y Fernando Simón, por la vida. Indiscutiblemente, cuantas menos ocasiones se den para el contagio, mejor. Pero está el problema de que España come mucho del turismo, a falta de I+D+i que los prebostes disuadieron. Como dice un colega, al Reino Unido, con récord de contagios ellos mismos, empieza a llegar con fuerza más que el riesgo de salud “la desesperación económica“, recordemos que los primeros turistas fueron recibidos con aplausos.

Los problemas estructurales se mantienen: todas las guerras de intereses y hasta las mediáticas apenas disfrazadas de periodismo. Pero sobre todo los fallos que nos llevaron a esta situación y que no se corrigen. Las fotos de los usuarios muestran un metro de Madrid atestado en horas punta, por ejemplo. La Atención Primaria en Sanidad da hora a una semana vista y por teléfono –lo digo de primera mano–. Llegan referencias de que ocurre lo mismo en Galicia y Andalucía, al menos. ¿Dónde están los médicos y las enfermeras? Los siguen echando, precarizando. Entre mayo y junio se han destruido 18.000 de casi 35.000 contratos sanitarios, fundamentalmente de enfermería, creados en los peores meses de la pandemia, hasta convertir a estas personas en Temporeras de la sanidad. Falta personal y en efecto “resulta incomprensible que no se cubran las necesidades“, como dicen en Madrid cuatro asociaciones científicas. Los ratios de España con otros países continúan siendo negativos tras el feroz paso de la tijera neoliberal.

Lo primero es la salud, pero ¿qué hacemos con nuestras vidas? En quienes tienen trabajo se está imponiendo el hacerlo en su casa y con sus medios, con cuanto implica. Más horario, más sujeción, más ventajas para la empresa, menos socialización que también importa. Google anuncia que sus empleados no volverán a las oficinas hasta julio de 2021. En España muchas empresas continúan con el teletrabajo sine die. Quizás disponer de medios de transportes seguros ayudara más a la normalidad que ninguna otra cosa. Pero si algunas comunidades no “gastan” ni en médicos, no se puede esperar que se ocupen de nada más. Aunque esté en juego “la economía” y sobre todo el bienestar de las personas.

Las personas. Aquí nos encontramos con los sectores de mascarillas para el cuello sudado, el no pasa nada, o el olvido de qué es una distancia de seguridad, una distancia siquiera. Personalmente, he pensado caminar con los brazos en cruz y girando en las situaciones comprometidas. Es cierto que tenemos en España una gran tendencia al acercamiento personal, muy satisfactorio emocionalmente, pero habrá que afrontar la cara de disgusto de quienes no entienden que vivimos un momento complicado. Es por el bien de todos.

Los ciudadanos estamos mucho más tristes, preocupados y desconcertados de lo que se muestra. A salvo de los “vivalavirgen” y cantamañanas varios. Es clamorosa la necesidad de cambiar de rumbo. Cambiar de caminos, mejor. En matices concretos.

Dicho todo esto, es cierto que se contabilizan más contagios porque se hacen más test. El porcentaje de muertos por coronavirus en España en concreto viene a ser del 1 por mil, inasumible humanamente, pero medido en términos epidemiológicos. Es imprescindible aunar civilizadamente la bolsa y la vida, la economía y la salud. Dotar de medios a la sanidad y a cuanto hace falta para vivir. ¡¡¡Personal sanitario para atendernos, medios de transporte seguros!!! Obrar racionalmente. Aventar de nuestras fuentes de información los agentes contaminantes. Incluso infecciosos, incluso corrosivos.

Ha habido gente que ha aprendido a saborear lo que tiene de valioso en su vida y en sus afectos. A saber qué le vale la pena. A tener los ojos abiertos. A cerrarlos buscándose, perdiéndose en la tranquilidad. Éste ha sido otro año sin verano, como en 1816, porque esta casa nuestra en la Tierra no es un búnker. Un verano extraño, al menos, está siendo el de 2020. Que salía de una primavera angustiosa como no llegamos a imaginar. Hagan el favor de no echar a perder también el otoño y el futuro por venir, porque es perder grandes zonas de vida.

Publicado en ElDiario.es 28 de Julio 2020

España, piedra de Sísifo

Teodoro García Egea EFE

24 de julio de 2020 21:53h

La mitología griega –tan descriptiva– contaba el mito de aquel Rey, Sísifo, fundador de Éfira, que fue condenado por los dioses a empujar una piedra de considerables dimensiones cuesta arriba por la ladera de una montaña que, al llegar a la cima, volvía a rodar hasta abajo. Sísifo debía reemprender esa misma tarea desde el principio cada día. Así lo contó Homero en la Odisea. Aunque nadie llegó a aclarar la causa que motivó tan terrible castigo, lo cierto es que permanece como un mantra sobre la condición humana.

Cada día hay que alcanzar la piedra, sorteando alpargatas y vestidos de Zara que usan las reinas, las princesas y las hijas ricas de marqués y estrella del couché. Y las cadenas de manipulación masiva, que convierten un bulo de portada en noticia de radios, teles y tertulias, y que llega hasta la boca del secretario general de un partido para eludir una pregunta sobre corrupción en su seno. García Egea, PP, escupió directamente sobre la prensa y la ciudadanía el hueso servido por El Mundo, sacado del baúl de sus insidias. Nos preocupa mucho a las personas decentes, mucho, que exista toda esta basura política y mediática.https://www.youtube.com/embed/NGlIb0-4mMY?enablejsapi=1&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es

Ese sembrado de lo que parecen anécdotas y son duro pedernal va sumando consistencia a la piedra que un país debe empujar para salir adelante. No se explica cómo García Egea está en política y en un puesto tan destacado. O buena parte de sus colegas. Y muchos otros de ese perfil con responsabilidades de envergadura en campos decisivos. Es difícil de asimilar ese conjunto de desajustes –con enorme carga y profundo recorrido– que nos lastran. Y, salvo que queramos vivir revolcados en ese vertedero, hay que levantarse y empujar la piedra cada día.

Ustedes conocen esa mole a arrastrar, cualquier persona con conciencia lo sabe. El problema es que, además de no resolverse los problemas, cada poco se agravan o dan esa impresión. Ocurre cuando algo podrido no se sanea. Que va a peor.

El Tribunal Supremo abre la puerta a suprimir las salidas de la cárcel de los presos del procés catalán, al anular los permisos a Carme Forcadell para cuidar a su madre. Cuestiona la semilibertad de los presos del procés o “amenaza los privilegios”, nos dice la prensa que hoy va de ese palo. El Supremo, además, insiste en que los encarcelados se sometan a un programa sobre la sedición que los jueces catalanes ven contrario a la libertad ideológica. Joaquím Bosch, mi magistrado de cabecera, nos cuenta que el presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, en similar deriva, arremete contra un vicepresidente del gobierno para afirmar que “los jueces actúan contra el “desafío independentista”. Bosch estima que “el poder judicial no debe actuar contra ideas, sino contra delitos”.

El funcionamiento de la Justicia, el enquistamiento de la renovación siquiera de sus órganos principales, es una carga dura para la piedra de Sísifo. Ahí tienen al juez García Castellón –que se vino a España dejando puestos estupendos en el extranjero para cobrar menos y trabajar más– a quien se le ha deshecho en las manos la tarjeta de Dina Bousselham, ésa que fue entregada intacta por Pablo Iglesias, que manipula determinada prensa y que acaba en la boca de García Egea. No hay “caso Dina”, hay Caso Cloacas. ¿Quién compensa ahora el daño hecho? ¿Se enterará los ciudadanos de la verdad? Con seguridad está ya incrustada en cerebros huecos. Subamos otro metro empujando la piedra a ver.

España es un país de milagros de cualquier forma. El ministro del interior GrandeMarlaska desvincula al gobierno y los servicios de inteligencia del pinchazo de los teléfonos de Torrent y miembros destacados de la Generalitat de Catalunya. El programa solo se vendió a gobiernos y teóricamente esta operativo desde 2015.

¿Y lo del anterior rey, a título de jefe de Estado, regalando, según investiga la justicia suiza, millones a sus amantes y utilizando sociedades pantalla para ahorrar? ¿Y la ternura que producen sus vasallos cualificados lavando la imagen de este santo varón engañado por “pécoras”?

Y venga a empujar la piedra, en medio de una pandemia por si faltara poco. Se incrementan los contagios. Había que retomar la normalidad. Y sortear plagas de irresponsables e incrédulos. Las condiciones de trabajo de mucha gente que ha de comer. Ese trozo de la roca ya lo conocemos. Pero ¿hasta llegar a mandar futbolistas contagiados de COVI19 del Fuenlabrada a Galicia? ¿Asesorados, previo cuantioso pago, por el presidente de la Liga?

Suben los contagios, sí. Se quejan ahora los que pedían “libertad”. Algunos factores influyeron más que otros en la grave incidencia del coronavirus en España. En el fondo, el colapso sanitario: por los recortes. El contagio entre profesionales de la sanidad: por los recortes. El triaje salvaje en las residencias de ancianos: por los recortes y el afán desmedido de lucro. Menos mal que Díaz Ayuso ha firmado un convenio para dotar de curas, de los de sotana y rezo, a los hospitales madrileños.  Para mantener, en realidad, a 73 sacerdotes en los hospitales públicos, con permiso para continuar en los comités sobre cuidados paliativos. El convenio firmado por Ayuso supone un gasto de más de un millón de euros anuales durante 8 años.

Lo urgente es blindar el sistema público de salud. Más financiación, revertir privatizaciones. Medios para afrontar pandemias y enfermedades de los que se han visto tan mermados los profesionales. Organizaciones sanitarias lamentan la “oportunidad perdida”, dicen,  del Congreso esta semana para apuntalarlo.

No hubo consenso para la reconstrucción en el tema social. Algún medio dio saltos de alegría, tan fuertes que bajó algunos centímetros la piedra a arrastrar.

cuatro mujeres ha matado esta semana la violencia machista. Y cuesta encontrar la noticia. Su peso es liviano en el conjunto de la mole. Ahora que incluso se diluye la existencia de esa lacra por la omnipresencia de la ultraderecha.

¿Cómo hemos llegado a tener 52 ultras en el Congreso de los diputados sembrando discordia y antidemocracia y puestos fijos en los informativos hasta de la TVE pública? Ahí no hubo que empujar a mano, les colocaron elevadores a motor.

Y así los taurinos, esa actividad en decadencia desde hace décadas que, según Ayuso y Almeida, “vertebra España”, se permite acosar e insultar a una ministra del gobierno, Yolanda Díaz, por ser, dicen, “cerda” y “golfa de mierda”. La agria protesta es porque el sector no está incluido en las ayudas especiales a artistas del espectáculo.

A veces puede imaginarse a toda esa mole de cantos y cascajos y sus portadeadores sentados sobre la piedra. A Ayuso y sus cómplices en un posado con mascarilla en la cúspide.

Una interpretación optimista del mito de Sísifo lo asimila al sol que sube y cae cada día, para volver a resurgir interminablemente. El problema es que el sol se mueve solo y a la piedra hay que empujarla. Quizá cambie algo si un día llegamos a la cumbre y despeñamos la piedra para que se disgregue en trozos más ligeros… Es una idea. Operativa como pocas. Aunque implica seguir cargando con ella su tiempo.

Publicado en ElDiario.es

El enemigo en casa

21 de julio de 2020 22:26h

Rosa María Artal

Al fin, y tras no poco esfuerzo, la Unión Europea ha logrado un acuerdo para afrontar los daños ocasionados por la pandemia de coronavirus. Por primera vez, va a financiar un estímulo económico extraordinario para los países miembros, con 390.000 millones en subvenciones y 360.000 millones en créditos. España logra 140.000 millones de euros. Algo más de la mitad (72.700 millones) vendrán en ayudas directas y, el resto, en préstamos. Es un logro mayor del esperado. Menor de lo deseable también, dado que ni estaba sobre la mesa convertir el BCE en un auténtico Banco Central que no deje a los países en manos de los bancos privados. Y, aunque está por ver su desarrollo, implica una inyección económica 11 veces mayor que los Fondos de Cohesión en su día, como ha destacado el presidente, Pedro Sánchez. Y, de entrada, uno de los temores: que los países tuvieran derecho de veto a la entrega del dinero si no se cumplían las condiciones, no es así. Sobre el papel al menos.

Esta cumbre de la UE ha servido para que muchos españoles descubrieran las divergencias entre los socios del club y que, con la derecha política y mediática, tenemos el enemigo en casa. Los ciudadanos han aprendido que 5 países del norte de Europa pueden poner en jaque a los otros 22. Cómo funciona la vieja Holanda, que cambió su nombre por Países Bajos. Y a qué nivel de degradación puede llegar el PP, o los medios a su servicio. El ABC por ejemplo renació en súbdito neerlandés. En línea con sus colegas de papel, lanzaba portada el domingo alabando “La Europa del rigor contable” que “exige control y reformas”.

Portada de ABC

La idea, tan descarnadamente falsa, la difundió con profusión Pablo Casado. Tuvo el valor de reiterarla incluso en la recta final de la negociación en Bruselas. Pidió reformas, necesarias “por la mala gestión del gobierno” y reclamó “más solvencia y responsabilidad“. Ésas de las que él carece por completo. Hoy, conocido el acuerdo, se lo ha atribuido sin mayor problema. Todo esa corte de economistas y tertulianos de su cuerda insistió en los infundios, estrangulando los datos. Lo que el PP y su corte deseaban es que las ayudas fueran condicionadas y obligaran a drásticas “reformas” en sueldos, pensiones y Estado del Bienestar. Su programa.

Los ciudadanos que hayan querido enterarse tienen hoy una idea mucho más precisa de cómo funciona la UE. Los países del norte que se autodenominan “frugales” -oficialmente Países Bajos, Suecia, Dinamarca, Finlandia y Austria- dicen creer que los del sur somos unos vagos y dilapidamos el dinero. “Su” dinero, incluso, que no es tal. Excelentes informaciones han venido a demostrar que el líder del grupo, Holanda, recibe más de lo que cotiza –todos cotizamos– y nos cuesta a los demás un dineral por su actividad como paraíso fiscal. Un estudio cifra en  9.200 millones ese agujero que nos ocasionan. Algo que la UE debe abordar sin más demoras. O intentarlo. Porque son muchos y potentes quienes se benefician de esa excepcionalidad fiscal. Nuestro amigo y compatriota ejemplar, Amancio Ortega, con su Inditex y su Zara dentro, sin ir más lejos.

La deuda pública de Holanda es más alta que la española, también la de las empresas y la privada casi duplica la nuestra, como especificaba el profesor Juan Torres López. Quien también aportaba una parte sustancial del fondo del problema: las pensiones de los holandeses, dependientes de nuestros avatares. A Holanda le conviene esta actitud, lo asombroso es que llegue a tener tal peso en la UE, con un 4% de su PIB. Lo hace con la ayuda de otros países del norte -además de los “frugales” titulares-, que también se benefician especialmente de su pertenencia a la UE. Con gobierno liberal, Mutte se enfrenta a la competencia de los euroescépticos y se ve favorecido por la exigencia de unanimidad en la UE, que crea desajustes, sobre todo cuando se confunden “ventajas como virtudes”. Lo explicaba muy bien aquí, Lidia Brun.

Es cierto, como contaba Andrés Gil, que el reducido grupo de los “frugales”, son países ricos y con gobiernos socialdemócratas pero tienen un problema similar. Inventores del Estado del Bienestar, el tiempo fue moderando sus logros, en particular por el potente resurgir de la ultraderecha a la que se abrazan ciudadanos descontentos por cuanto se ha hecho mal y con escaso aprecio por la democracia, bien es verdad. En este caso les pesa en gran medida la inmigración que provoca el capitalismo desbocado. Cuenta también su carácter. Muy interesante este concepto de la Nueva Liga Hanseática, “un club de ocho países, halcones fiscales, algunos de los denominados vikingos o de las tierras del ‘mal tiempo’, pero no solo”. En su mayoría, y en diferentes grados, son personas “austeras” por no decir tacañas. Los nórdicos en concreto han conseguido sociedades más igualitarias que las nuestras, con un abanico social más reducido. No es casual el éxito del “hágaselo usted mismo” de Ikea.

O sea, nada que ver con el conservador español, amante de prebendas y lujos, que busca “el rigor presupuestario” para los demás y no para su casa.

La campaña a favor de que Holanda triturara a España (y a Italia de paso) ha desempolvado hasta la crisis de 2008 y el rescate a Grecia, en una vuelta de tuerca realmente insidiosa. Toda esta gente pretende sacar fuera de la ecuación una pandemia mundial y los defectos estructurales que en tan en gran medida les competen. A estas alturas nadie informado y honesto duda de cómo influyó en la expansión del mal la saturación de los sistemas sanitarios aquejados de tijera neoliberal. Y, lejos de enmendarlo, parecen pretender seguir afilándola para recortes sociales. 

Las trampas para entrar en la UE de Grecia las fabricó Nueva Democracia, el equivalente al PP, con la ayuda de Goldman Sachs y se las hicieron pagar –en vidas incluso– bajo el gobierno de Syriza como castigo ejemplar que ahuyentara veleidades progresistas. Tsipras terminó plegándose. La UE pidió tímidas disculpas un tiempo después y punto. En la crisis de 2008, crisis del capitalismo podrido de errores y burbujas insostenibles, conminaron a los países del sur de Europa desde la Troika a Obama. Hace falta un deseo intenso de confundir el mezclarlo con el problema actual.

Pero sí deja una profunda enseñanza. Los enemigos los tenemos en casa, buscando su negocio, aunque nos enferme y maten los virus y se paralice el mundo. El dinero, los fondos, se consiguen y se guardan por si vienen mal dadas. Y no han podido venir peores, hay que echar mano de todo para salir de ésta. Es mejor el acuerdo, aunque no alcance el máximo pretendido. Mejor que la trampa y las promesas rotas como en 2008, sin duda. La UE tiene problemas que resolver. A la espera de la letra pequeña, no olvidar que con la UE nunca se sabe cómo discurren sus acuerdos hasta el final: conviene estar vigilantes. Parece que esta vez la mayoría ha entendido a qué se enfrenta.

Y descendiendo a los sótanos, a la red de alcantarillado, adecenten ya esta derecha española, voceros y orfeones, que da vergüenza ajena.

*Publicado en ElDiario.es

El ataque de los frugales

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Rosa María Artal @rosamariaartal

17 de julio de 2020 21:49h

Están de moda. Son los frugales. Precisados de etiquetas simplificadoras para vender su producto, han bautizado así a los países europeos reacios a que el dinero de la UE ayude a la reconstrucción del desastre ocasionado por la pandemia de coronavirus, sin duras contrapartidas en recortes. Los lidera el paraíso fiscal holandés y consiguieron colocar a su candidato de Irlanda al frente del Eurogrupo. Ese codiciado puesto, que no lograron ni Nadia Calviño ni Luis de Guindos, y que atesoró con especial relevancia otro destacado hijo de los Países Bajos, Jeroen Dijsselbloem. Famoso por asegurar que los del sur gastan el dinero “en alcohol y mujeres” y por haberse fotografiado retorciéndose de risa cuando castigaron a Grecia con una brutal austeridad. Luego la UE pidió perdón (aviso a olvidadizos intencionados). Momento que probablemente la historia de las terminologías de diseño vinculará al nacimiento de los frugales.

Como dice un amigo, los frugales son los “virtuosos que nos dicen a los del sur que nos gastamos su dinero en vino y putas. Esas putas que ellos exhiben en escaparates”. Porque eso de gastarse el dinero “en mujeres” tiene esa traducción en las cabezas frugales. Lo de “su” dinero viene a ser el que ganan de más dando tramposas exenciones fiscales. Dentro de un club (la UE) implica indebidos privilegios. Tanto es así, que la Comisión Europea dice que quiere poner coto al ‘dumping’ fiscal de países como Holanda e Irlanda. Ése es el gran debate: entre la Europa de los mercaderes y la Europa social (un poco social, tampoco exageremos). Y eso que, precisamente Holanda, tiene mucho qué callar.  La economía holandesa es una bomba de relojería. La deuda de sus familias y empresas es de las mayores de la UE. Y  un estudio cifra en más de 9.000 millones de euros el agujero que nos hace a sus socios de la UE en impuestos. La derecha española apoya con fruición a “los frugales” en la tarea constante de entorpecer al gobierno y el bienestar de los españoles. Pablo Casado en concreto se apunta el primero a que haya “reformas” en España. Las clásicas: sueldos, pensiones, Estado del Bienestar. Ya lo ha exigido Holanda en el Consejo Europeo que se esta celebrando reforma laboral y pensiones. Austria también pide tijera.

La misión de los frugales es asfixiar al sur de la UE para no perder ni un privilegio. Son tiempos de una crisis económica superior a las conocidas por la primera gran parada de la actividad mundial a consecuencia de un virus. Hay que recordarlo en su contexto porque coincide con una extrema frugalidad del pensamiento y de la decencia. En suma letal.    

Hay una norma inexcusable en la doctrina: todo lo que se invierte en los ciudadanos es un gasto. Así lo escriben: “gasto social”. En las infraestructuras, por ejemplo, se invierte. A las privatizaciones de lo público (es de lo público, de lo nuestro, de lo pagado por nosotros) lo llaman “colaboración público-privada”. Díaz Ayuso, la frugal delegada de la triple derecha en Madrid, es experta en esta cuestión.

Los ultraliberales ya anticipan sus objetivos: atacan otra vez con las pensiones. Son insostenibles, tienen fecha de caducidad. Usted trabaja y paga impuestos toda su vida, pero ese dinero no se puede dedicar a servicios sociales, como sanidad o pensiones. En cambio se destinan cuantiosas partidas a la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas y cuerpos de seguridad (sin mediar conflicto bélico propio) o a la Monarquía. Nunca les toca la austeridad neoliberal.

Es enternecedor, por cierto, cómo van pasando por la palestra los políticos de moral más laxa del país para defender que Juan Carlos de Borbón hizo una labor extraordinaria como “jefe de Estado, a título de Rey”, y que ese trasiego de valijas y amantes es propio de la ancestral institución. Nunca les olvidaremos.

¿Frugalidad? Parca moral, escueta honradez, tacaña decencia, exigua ética. Así nos deslizamos por la historia, para tener en España esta derecha que sonroja con sus continuas mentiras para gente con ganas de creer que los burros vuelan si son de la familia.

El rigor anda en tiempos muy frugales también. La ultraderecha oficial tiene presencia constante en los medios, públicos y privados, más allá de lo que exigiría –no sé por qué si se habla estrictamente de noticias– su cuota institucional. Con bula como para que un eurodiputado de Vox pida un golpe de Estado porque el gobierno es contrario a su (antidemocrática) ideología y no tenga la menor consecuencia.https://platform.twitter.com/embed/index.html?dnt=false&embedId=twitter-widget-0&frame=false&hideCard=false&hideThread=false&id=1283742568895971328&lang=es&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es%2Fopinion%2Fzona-critica%2Fataque-frugales_129_6111603.html&theme=light&widgetsVersion=223fc1c4%3A1596143124634&width=550px

La endogamia elitista del periodismo se constituye en poder corporativo, frugal al límite con las apariencias de neutralidad. Mientras se desparraman en jauría las cloacas del gremio. Sin que sea especialmente destacado.

Enfrente de esta espuma tan frugal en valores, mucha gente trabaja en tareas de gobierno, de periodismo, de servicio a la sociedad en todos sus extremos. Como escribía Íñigo Sáenz de Ugarte, Aroa López, la enfermera que intervino en el homenaje civil a las víctimas de COVID-19, tiene un mensaje para todos. Para la España oficial, relatada en trajes y mascarillas, convenientes o inconvenientes, y para todos los demás ante la pandemia. Supervisora de urgencias en el Hospital Vall d’Hebron resaltó lo que cuentan los profesionales de la sanidad a los que se les ha exigido mucho más de lo permisible. La tijera para recortar “gastos” en los cuidados de nuestra salud los dejó a la intemperie.

“Hemos sido mensajeros del último adiós para personas mayores que morían solas, escuchando la voz de sus hijos a través de un teléfono. Hemos hecho videollamadas, hemos dado la mano y nos hemos tenido que tragar las lágrimas cuando alguien nos decía: ‘No me dejes morir solo’. Insoportablemente espantoso para una sociedad.

En las residencias de la voracidad neoliberal, ni eso. En Madrid el clan de los ayusos al cargo, flipaban colorines entretanto, y ahí siguen al amparo de los periodistas neutrales.

Lo terrible es la frugalidad de la inteligencia y la conciencia que también están de moda, son tendencia, tienen sus influencersNo vas a estar todo el día con la mascarilla, si no pasa nada, un rato de disfrute con los amigos sin tanta cortapisa ¿qué de malo tiene? Y los contagios por coronavirus crecen ya de forma muy  preocupante. En España y en el mundo.

Recordemos que también hay que “ahorrar” en medidas de seguridad para los trabajadores, en particular si son inmigrantes y africanos. Y que, si no, siempre habrá algún patriota sin seso dispuesto a amedrentarlos como en la oscense Albalate de Cinca. Y va a más. Tres incendios consecutivos en Lepe (Huelva) en un campamento de inmigrantes temporeros: más de 400 personas afectadas, de las que 150 lo han perdido todo desde el primer incendio el lunes. Eñl racismo irracional que despliega la ultraderecha de cerebros sin peso no está lejos de esta terrible realidad.

A veces en los países “frugales” gastan mucho más que nosotros en alcohol y mucho menos en comida nutritiva. Aquí y en otros lugares se invierte desmesuradamente en frivolidad para disuadir de mirar el fondo. Demasiados austeros, rácanos, ratas, pobres, en dignidad. Como regla fija: todo avaro –caso de los “frugales”–  lo es también en sentimientos. Por eso abordan con tal egoísmo y crueldad los problemas que estamos viviendo.

*Publicado en ElDiarioes

Podemos, objetivo mediático permanente

Pablo Iglesias, en imagen de archivo

14 de julio de 2020 22:42h

Más de uno debería preguntarse qué ocurre en este país cuando –tras una elecciones autonómicas y celebradas en circunstancias extremas– portadas, columnas, tertulias, programas, TT en redes sociales, se llenan de Pablo Iglesias y Podemos. Sin duda, es síntomas de varias anomalías. Como poco, de una obsesión nada inocente por ese partido. Los comicios en Galicia y Euskadi se están analizando  como si hubieran sido unas elecciones generales en tiempos serenos, al menos. Y concurría una pandemia, crisis económica sin precedentes por el confinamiento mundial, enormes incertidumbres, dolor, el virus de una oposición devastadora dedicada a tumbar al gobierno por todos los flancos, y una labor mediática en su apoyo que traspasa ya barreras inadmisibles. Unas elecciones en las que se suprime el derecho al voto por enfermedad. Todo ello y más, sumado, influye en cualquier decisión.

Nunca unas elecciones en las potentes nacionalidades periféricas han marcado la impronta del país. En esta ocasión han apostado por los de casa, lo más cercano y conocido. Mirado en “clave nacional”, como quieren, vemos que Unidas Podemos se ha llevado un batacazo importante, pero no es lo único sucedido como parecería a tenor de lo que sirven en tromba los medios. Núñez Feijóo alcanza su cuarta mayoría absoluta, con su sanidad de un lado y su tele y sus medios por el otro. Lo que debería llevar a alguna reflexión. Entra en el Parlamento de Vitoria, la extrema derecha. ¡En el País Vasco! y por 4.500 votos que también deberían mirárselo. Pablo Casado fracasa en su apuesta por Iturgaiz –como era previsible– y su alianza con Ciudadanos le sale por la culata. Y si Feijóo gana es obviando las siglas del PP que Casado representa

Las portadas de la prensa de este martes, siguen con el Podemos de su tormento. De nuevo, ya había sido su prioridad el lunes. Hay quien, en los digitales de derechas, se atreve a soltar esta barbaridad –guardada en la recámara– de ese país de moral laxa que prefiere, en lugar de la carga impositiva a los ricos, sus caritativas donaciones.https://platform.twitter.com/embed/index.html?dnt=false&embedId=twitter-widget-0&frame=false&hideCard=false&hideThread=false&id=1282807921299075074&lang=es&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es%2Fopinion%2Fzona-critica%2Fobjetivo-mediatico-permanente_129_6104076.html&theme=light&widgetsVersion=223fc1c4%3A1596143124634&width=550px

Al PSOE lo dejan más tranquilo, a lo sumo dicen que no se beneficia de la gestión de gobierno. Ésa que ha sido masacrada en sus medios desde antes de empezar la pandemia. Algo tienen que dejar vivo más allá de la derecha. Es cierto que los periódicos en papel no se venden, han mermado su difusión obviamente en trenes y hoteles durante el confinamiento, pero hay que estar muy ciego para no ver que semejante maquinaria durante meses, durante años, ha de calar sin duda en un sector de la población. Si hay gente que se desplaza a hostigar a una periodista científica porque, negacionistas del COVID19 y las vacunas, consideran que es “una agente del Nuevo Orden para destruirlos“, ¿cómo no va a cuajar la propaganda antipodemos constante? El virus de la idiocia ha emergido potente también durante la pandemia.

De lo más lúcido que he leído este par de días es la evidencia de “la falta de implantación territorial” que señala aquí Aitor Rivero como problema de Podemos.  Las divisiones en las comunidades han sido letales, sin duda alguna. Las reacciones de Íñigo Errejón desde sus pobres resultados electorales o de Ramón Espinar, alabado por el periodismo negre, revelan otros males en origen que explican su evolución.  

Pero la campaña ha sido brutal. Con motivo de la última reyerta con reacción corporativa de periodistas de élite contra Podemos, rescaté un artículo que publiqué en elDiario.es ya en 2016: Los verbos que acabaron con el periodismo la corrupción que mató a un país. Una escandalosa diferencia de trato que hablaba de “entregar”, “provocar”, “levantar contra”, “colar”, “amarrar” y del que puede servir de ejemplo este “Sánchez recupera a Borrell”, pero “Iglesias cuela al exJEMAD –sin nombre– por Almería para amarrar su escaño”, en el mismo periódico.

Este martes, la Asociación de la Prensa de Madrid ha tenido a bien protestar por un insulto que el ultraderechista Espinosa de los Monteros ha dedicado al histórico periodista Antonio Papel en los Desayunos de TVE. Hace falta verlo para creerlo, pero han sido capaces de culpar a Pablo Iglesias de esta agresión. Avergüenzan a la profesión, cuando además Vox ha atacado a numerosos periodistas sin que causara mayor alboroto.

Luego, antes, después, llegaron las cloacas, que siguen extendiendo su detritus. Con todo lo que está ocurriendo en España y en el mundo, una tarjeta personal robada –según la justicia–, el supuesto ‘Caso Dina’, cuyo contenido fue publicado por la cloaca periodística, se lleva a la máxima categoría mediática teniendo en la mochila todo el Caso Bárcenas y los discos de su ordenador con datos supuestamente comprometedores para el PP, borrados 35 veces. Este país no es normal, si todo esto ocurre. Y ocurre.

Sobran lugares comunes, tópicos a granel, esas crónicas que mezclan el aburrimiento  que sienten y producen con la animadversión a un partido que parece haber desestabilizado su comodidad. Ni siquiera han llegado a enterarse de que Podemos no es, ni fue nunca el 15M. Aquello aglutinó un movimiento social que sorprendió al mundo. Denunciaba los errores del bipartidismo que “nos había convertido en mercancía de políticos y banqueros”. Sufrió varias derivaciones y transformaciones desde el primer momento. Y eso es todo. Tiemblen si ese espíritu se agosta por completo porque lo que vendría es mucho peor.

Claro que la propaganda influye –y más tan brutal como lo está siendo–. El gran humanista José Luis Sampedro, escribía en Reacciona (2011), previo al 15M precisamente, sobre los votos condicionados por la presión mediática, sin la previa información objetiva y la consiguiente reflexión crítica, propia de todo verdadero ciudadano movido por el interés común.  En ocasiones, como se ha visto, sirven incluso para avalar la corrupción. Se confunde a la gente ofreciéndole libertad de expresión al tiempo que se le escamotea la libertad de pensamiento“, concluía.

A pesar del fuerte viento en contra, frente a los que soplan a favor de la involución, Unidas Podemos está en el gobierno y Pablo Iglesias es vicepresidente. En 6 años. Una curiosa forma de derrota. Lo que también suscita críticas en la izquierda purista. Este país de trazos torcidos desde indignas cabezas coronadas, sienta ahora en La Moncloa al gobierno más progresista que va a tener. A menos que limpiara más de lo que le van a permitir.

Detrás viene la ultraderecha ocupando escaño en el Parlamento de Euskadi, la que manda a un periodista al psiquiatra en la RTVE de todos que tiene a Vox en pantalla a diario. O, si nos portamos bien, la derecha turbia pero moderada, mejor acogida que la izquierda empeñada en las medidas sociales. Les falla Pablo Casado como líder. Siempre fue inconsistente. Y se demuestra de continuo.

Lo peor es que Polonia vota ultraderecha radical, Hungría también, y los nuevos fascismos se arman hasta con neonazis reclutados en el ejército, como se informa ocurre en Francia. Pero, claro, es que ni Pablo Iglesias, ni Unidas Podemos, gustan a un selecto grupo de periodistas. Ni a las grandes empresas. Es que además les robaron una tarjeta con conversaciones y fotos privadas subidas de tono, cuyo contexto ni conocen.

Más de 4.000 médicos residentes de la Comunidad de Madrid han iniciado una huelga pidiendo se mejoren sus condiciones laborales, turnos abusivos, remuneración precaria. Los de un hospital privatizado de Madrid así lo tienen. Se dejaron el alma y la vida en la pandemia, como el resto de sus compañeros sanitarios. Y aun a la espera de otra oleada de coronavirus, Díaz Ayuso reina en Madrid, y hemos de ocuparnos de los cielos no alcanzados de Podemos y de todo lo que gusten mandar quienes marcan la agenda. Lamento haber tenido que hacerlo también.

*Publicado en ElDiarioes

Primera lección: el coronavirus sigue aquí

10 de julio de 2020 21:33h

La primera lección a aprender del coronavirus es que sigue aquí. Hay en este momento en el mundo más de 12 millones de casos de coronavirus confirmados y medio millón de muertos. Hace apenas un mes eran 6 millones y 350.000 víctimas mortales. La gráfica sigue marcando un crecimiento exponencial. En algunos lugares se ha disparado como nunca. Los EEUU de Trump, en cabeza. Se cumplen cuatro meses desde que la OMS declarara el 11 de marzo, a la COVID-19 como pandemia. Tiempo en el que hemos aprendido muchas cosas, pero no todas ni mucho menos positivas para el bien común.

Cuatro meses, más en otros lugares del planeta, que se han hecho eternos para volver a una normalidad tutelada que no confirma a corto plazo rotundas soluciones al problema de salud. La economía opta ya por primar la bolsa antes que la vida, asumiendo o enmascarando las consecuencias y ni siquiera es la única amenaza.

El coronavirus se fue frenando con el confinamiento y la suspensión de la actividad en gran parte del mundo. La vuelta a lo cotidiano, aunque sea de forma tan relativa, ha desatado rebrotes y nuevos confinamientos. En Melbourne, la capital del Estado australiano de Victoria, están estupefactos por este regreso a las medidas restrictivas, realmente duras en el foco principal. Y así se están viendo varios núcleos y países. En España, se detectan 73 rebrotes activos en 15 de las 17 comunidades autónomas. Los que más preocupan están Lleida, con un fallecido ya en el Segrià, y en Lugo, A Mariña. La cifra de nuevos contagios se eleva ya a 333 en las últimas 24 horas. Son cerca de 3.000 en una semana, lo que no sucedía desde mayo. Urge actuar con responsabilidad

 A estas alturas sabemos cómo prevenir y afrontar el problema sanitario pero otras lecciones de trascendencia las han aprendido y quieren aplicar otros por todos. En el mundo y en España. Un breve apunte de cómo la delirante actuación de Donald Trump sirve en bandeja a China la hegemonía en el llamado tablero mundial. Esa China consciente de su poder, acaba de machacar a la provincia anexionada de Hong Kong con una ley “de seguridad” brutal que ahonda el carácter autoritario y represor del régimen –comunista en estructura y ferozmente capitalista en los hechos- al que se le permite todo por su potencial económico. Y Europa está borrada del mapa del poder mundial.

La UE certifica en cada nuevo episodio que no es un club de países en mutuo apoyo sino una unión en donde algunos saquen el mejor provecho. Neoliberal a muerte, consagra el sálvese quien pueda en práctica bien distinta a la idea original. El episodio de la presidencia del Eurogrupo así lo demuestra. Nadia Calviño, la ministra española, está alineada con las tesis ortodoxas de la doctrina, aunque con el toque social que aporta la socialdemocracia. Y ha sido elegido el candidato irlandés, Paschal Donohoe, “del Partido Popular europeo, del norte y de un país fiscalmente amigo de las multinacionales, como lo son algunos de sus apoyos: Holanda, Malta, Luxemburgo y Chipre”, explicaba aquí Andrés Gil. Un paraíso fiscal, Luxemburgo en particular, da la presidencia a otro paraíso fiscal, Irlanda, a pesar del apoyo de Francia y Alemania a Calviño. Y queda repartir los 750.000 millones de reconstrucción que ha propuesto la Comisión Europea, sacados con fórceps, y que le va a costar soltar a la parte ganadora.

Hubiera sido un triunfo para Sánchez, así es derrota -la que registró el PP con De Guindos- y la prensa ultraconservadora española da botes de alegría. Aquí se libra una guerra tan radical o más que en otros países que quieren sacar provecho de la coyuntura.

En España, la cruzada de un nutrido grupo de periodistas de élite autoproclamados #yosoyVicenteVallés se inscribe en similar contienda. Lo que molesta de Podemos y Pablo Iglesias no es su actitud con los medios –con lo mucho que han callado del PP y ahora de Vox, al poder que en el fondo representan, para el que trabajan, les preocupan mucho más las medidas sociales del gobierno progresista. Ésa es la lección aprendida de la crisis, que redobla prejuicios previos.

Añadamos la pugna por mantener el nudo del atado bien atado o poner algo de justicia y de cordura en un país cuya cúspide ha venido haciendo aguas de tan escandalosa forma. Lo último de Juan Carlos, rey, jefe del Estado, lleva a preguntarnos ¿cómo se pueden sacar y disfrutar 100.000 euros al mes entre 2008 y 2012 de la cuenta suiza donde ingresó el “regalo” de Arabia Saudí? ¿Cómo nadie, enterado, dijo nada?

No parece que los ciudadanos hayan aprendido cuánto necesitaban sanidad pública e información independiente. Mientras los medios no dejan de criticar a Unidas Podemos, Díaz Ayuso –como paradigma de las políticas del PP y sus aliados- sigue su paseo triunfal limitando, todavía más de lo que ya está, la actividad de centros de salud en verano por falta de trabajadores. La prioridad ahora en ese terreno es construir otro hospital. Uno “para pandemias”.

Agota hasta volver a repetir las referencias a tanto atropello, a tanta arbitrariedad. Resulta que un foco de coronavirus de Madrid está muy cerca de mi casa. En un edificio donde hay un par de periódicos que ni siquiera informan del tema. Y piensas en las tiendas de alrededor, las paradas de los autobuses casi en la puerta. Y preocupa.

Y en las incómodas mascarillas que precisamos, con el calor además. Y en la perorata aprendida por los irresponsables: no pasa nada, el coronavirus es cosa de los rojos (como le dijeron a un médico), en los amuletos y remedios que se inventan para ahuyentar al bicho en el que ni creen. El coronavirus, en otra lección ardua de verdad, nos ha enseñado la cantidad de cretinos que viven entre los ciudadanos.

 A unos cuantos de nosotros también nos ha enseñado a valorar lo que nos vale la pena. Asistiendo a tal despliegue de mezquindad, egoísmo y hasta usura, te paras y reflexionas, como mi amigo el periodista todoterreno Juan TortosaUna vida da para hacer muy poquita cosa. Así que conviene seleccionar bien lo que se hace, en qué se trabaja, lo que se lee, con quién se está y a quién se ama, dice.

El verano pasado, tampoco exento de zozobras, me prendé de un texto en un blog que se demostró rotundo y tan premonitorio como lo es la vida si se la observa: “Si son dos días, que sean con quien nos hace sentir vivos; si la vida es un vuelo, que sea libre y con nuestras propias alas; y si estamos de paso, que sea un baile con una gran banda sonora”. Lo firmaba Marta Eme, aludiendo a la intensidad de ese sentimiento ante la muerte que asoma. Ha asomado en demasía en lo que llevamos de pandemia. Sin que la sociedad aprenda cuánto importa lo que importa.

Y ni con lo experimentado hay manera de cambiar que aunque haya gente desvalida, el sálvese quien pueda neoliberal sea lo que conviene. Ni las estrategias o trampas que se precisas para obtenerlo. Miles de muertos, millones de contagios, la bolsa o la vida. La corrupción que se atrinchera sin limpiar. Un plato de lentejas a cambio ¿Con caviar? Al menos saber elegir las batallas. Y los paisajes. Y las personas.

*Publicado en ElDiario.es

Los periodistas críticos con el poder

  • Es absolutamente reprobable que se presione a un periodista que cumple su trabajo; no que se critique a quien desinforma. En ningún punto del código deontológico figura el derecho a difamar, ni a que el difamado se calle

Rosa María Artal

7 de julio de 2020 21:15h

Pensé escribir de la huella que dejan las personas, de Ennio Morricone. Pero las calamidades ineludibles se agolpan en este país. Una pandemia, rebrotes por aquello de “el coronavirus no es nada” o el “hay que trabajar”, el virus de la vandálica oposición, la masacre de los geriátricos, los trapicheos de la Real Familia de los Borbones, jefes de Estado a título de Reyes… no faltaba más que un periodismo quebrado, como parte del mismo todo. 

Muchos ciudadanos están atónitos ante el espectáculo. Periodistas de élite, de los mejor pagados, se han volcado en apoyo de uno de sus principales: Vicente Vallés, presentador de noticias de Antena 3. El pobre había sido agredido, dicen, por un tuit de Pablo Echenique, portavoz de Unidas Podemos, y por una entrevista en Radio Nacional de España a Pablo Iglesias. Lo más granado de ese sector de la profesión ha ido pasando a retratarse y afirmar #YosoyVicenteVallés. 

Escriben frases muy emotivas como argumento. Ellos son críticos con el poder y hay políticos que eso no lo toleran. Algo tan cierto como inadmisible. Lo que ocurre es que hablamos de un curioso saco en el que políticos, como Donald Trump por ejemplo, atacan al periodismo riguroso, no al que les halaga y secunda. Es absolutamente reprobable que se presione a un periodista que cumple su trabajo; no que se critique a quien desinforma. En ningún punto del código deontológico del periodismo figura el derecho a difamar, ni a que el difamado se calle y ponga la otra mejilla.

Periodistas críticos con el poder, dicen. Este mismo martes se puede ver esa actitud firme que les enaltece en las portadas de la prensa de papel: ninguna de ellas menciona siquiera el nuevo episodio de Juan Carlos Rey, que habría ordenado en La Zarzuela “crear una estructura” para ocultar dinero saudí en Suiza, según ha declarado allí al Fiscal del caso el abogado Canónica. En cambio, se desparraman contra Podemos al punto de resucitar hasta a Venezuela, sin un gramo de pudor.

El periodismo ha cambiado mucho. Durante las décadas que llevo ejerciéndolo, toda una vida, ha sido regla inquebrantable separar información de opinión. Señalarlo con claridad. Vicente Vallés, según yo misma vi, opinó sin datos dentro de un noticiario y apostilló a Isa Serra desde el plató sin oportunidad de contestación alguna. Eso, de entrada. Más grave todavía es negar la existencia de las cloacas del Estado –del gobierno de Rajoy y Fernández Díaz-, con dossieres falsos que fueron publicados y se mantuvieron a pesar de sentencias negando los hechos del Supremo incluso. En un país verdaderamente democrático hubieran saltado las costuras del Estado con semejante trama, dirigida a cualquier partido. Hay barreras que no se pueden saltar. Esto ha sido un Watergate en toda regla que, lejos de pasar factura, quieren perpetuar. De ahí la insistencia en inventarse un “Caso Dina” o un “Caso tarjeta” cuando lo que se juzga es la trama corrupta de un comisario de policía, José Villarejo, en la que parece haber demasiada gente de altura pringada. Con ataques al tesorero del PP, Luis Bárcenas, a unos niveles que dejan en juego de niños el Chicago de los años 20. Y esto forma parte de lo que implica el apoyo a negar las cloacas de los #YosoyVicenteVallés. A mí me produce auténtico sonrojo. Más aún, desolación.

Los políticos no toleran la prensa crítica, se atreven a proclamar para este caso. Prensa crítica sería la que enjuiciara sus labores de gobierno, incluso su actitud. Prensa crítica no es negar las cloacas, ni burlarse de que, de existir, “habrían evitado que Podemos llegara al Gobierno, incluso a la vicepresidencia”. Lo que ha quedado claro es que quien no tolera la críticas, ni la discrepancia siquiera, es ese lobby de periodistas, representado también por las asociaciones agrupadas en FAPE y por la activa APM de Madrid. Entidades volcadas en defender a Eduardo Inda, por ejemplo, uno de los difusores de los dossieres falsos, y en programar descuentos varios, hasta en mutuas de salud a sus afiliados como principales tareas.

Los muchos periodistas acosados por otros partidos, como Vox o el PP, se quejan de la diferencia de trato. Ni Cintora, ni Patricia López, ni tantos otros gozaron de esta solidaridad como el presentador estrella del potente grupo mediático, ¿tendrá algo que ver? Da la impresión de que Podemos incomoda mucho más al sistema que defienden los periodistas “críticos con el poder” que la ultraderecha. A la que por cierto, nos han metido con un embudo.

El fraternal apoyo no es unánime y hasta se pueden conseguir explicaciones al “error” de Podemos. Me dicen que estas cosas se hacen con más astucia, bajo mano. Y que el problema es ese vídeo donde, tanto los informativos de Vallés como los de TVE, sacaron a Podemos hasta de las encuestas del CIS. Los borraron del mapa político. Esto tampoco molesta a ese grupo de periodistas. Lo grave es el hecho de quejarse públicamente en formato vídeo. Entiendo pues que hay un protocolo no escrito de lo que pueden hacer y no los diputados desde el siglo XIX, pongamos por caso, a salvo de los largos periodos que las dictaduras nos dejaron sin Congreso legislativo. Tomen nota: de vídeos nada. Redes sociales, poco. Prueben a batirse en duelo. Un protocolo conservador que se rige hasta por cánones estéticos. Conviene también a los periodistas bajar a la calle, mezclarse con la gente y ver que ahora el Congreso se parece más, en fondo y forma, a la sociedad a la que representa.

Esta fractura del periodismo es el síntoma de un todo, pero grave. Si esto se hace tan a las claras, imaginen qué más cuela en esta España nuestra. Los graves defectos estructurales de nuestro país parten desde la cúspide.

“Juan Carlos de Borbón cobra de todos los españoles un sueldo público de 194.232 euros brutos al año como rey emérito –gastos, viajes y casas aparte–. No es un mal salario. Pero es apenas una propina, comparada con las cifras de esta investigación penal.

Para los que se pierden con las grandes cantidades: 65 millones de euros equivalen a más de tres siglos del sueldo oficial del rey. Y para sumar cien millones, a Juan Carlos I le haría falta más de medio milenio de salario real.

¿Para quién trabaja realmente Juan Carlos de Borbón? ¿Para los españoles, que le pagamos 194.232 euritos al año, o para la dictadura saudí, que presuntamente le soltó cien millones de dólares no se sabe a cambio de qué?”

Esto lo escribió el 4 de marzo, Ignacio Escolar, director de ElDiarioes. Y esto sí es ser crítico con el poder para dar información esencial a los ciudadanos ¿dónde han estado tantos que ahora presumen de lo que carecen?

Los reyes y sus hijas que van a un funeral convocado por la conferencia episcopal, con 50 obispos. No quieren actos laicos en un país aconfesional, como no quieren “paguitas” para los pobres. Y no importa que se monte un aquelarre de insultos a Sánchez, y a uno de los vicepresidentes, claro está Iglesias, por no asistir y ABC pueda explayarse en portada.  

Atacar a Podemos no es criticar al poder. Son cinco ministros de 17 y no tragan a ninguno. A lo sumo a Yolanda Díaz, a la que una presumiblemente del grupo “periodistas críticos con el poder”, se atrevió a llamar “Yoli Díaz, la potra de trabajo”. En El Mundo, el mismo diario que hoy reinventa las cloacas para cargárselas enteras a sus víctimas. Preocuparse por un ingreso mínimo vital e insistir –menos de lo debido- en el impuesto a las grandes fortunas, un imprescindible cambio de la fiscalidad al que urge hasta el exrelator de la ONU Philip Alston  o la derogación de la muy lesiva Reforma Laboral del PP, se paga caro en tiempos de este peculiar periodismo crítico.

Si existe la vergüenza ajena, me siento completamente ahíta de ella. De hecho, si la sociedad sujeto esencial del Derecho a la Información, no reacciona y a fondo, creo que esto no va a ir a mejor ni mucho menos. Y ya es demasiado. Pero no quiero quedarme sin hablar de Ennio Morricone, el músico que se engrandeció al infinito desde aquellos westerns que, sin serlo, parecían menores. No dejo de oír desde su muerte ayer, el canto sublime al cine y al amor de Cinema Paradiso y tantas bandas sonoras que nos llegaron a lo más profundo del cerebro, que es donde anida el corazón. Y me quedo conSostiene Pereira,esa obra perfecta que unió en una película la novela de Antonio Tabucchi con la música de Morricone, una Lisboa eternamente hermosa, un Marcelo Mastroinnai mítico en uno de sus últimos trabajos antes de morir a los 72 años. Sostiene Pereira: 1938, tiempos duros de ascenso de los totalitarismos, dictadura de Salazar en Portugal. Un periodista, encargado de las necrológicas, evoluciona desde la tibieza y la comodidad al compromiso y la valentía. Impactado por la cruda realidad. Una puerta abierta a la reacción, al cambio, a la coherencia, que dejó Una brisa en el corazón en la voz de Dulce Pontes para que nada faltase.

Publicado, con todos los enlaces, en ElDiarioes

Aclaro: ha cambiado el editor y tengo dificultades para adjuntar imágenes y en otras cuestiones.

El submundo de las noticias del móvil

  • El móvil salta a WhatsApp, a las tertulias, a la prensa sesgada, a las redes y puede terminar sepultando lo que ocurre y cuenta el periodismo real

Rosa María Artal

3 de julio de 2020 19:50h

Siempre que la veo, me cuenta alguna noticia. “Los virus entran por Barajas y el gobierno no quiere hacer test”. “Nunca en la historia ha habido tanto paro como con Sánchez“. Lo dice con vehemencia y con el orgullo de ser una persona bien informada. Me la cruzo a menudo en el portal, es lista y tiene interés por el mundo que nos rodea, pero todas sus noticias son del mismo sesgo: el de la oposición con todos sus bulos incluidos. Así que le he preguntado dónde se informa. “En el móvil”, me ha dicho con rotundidad, mostrándome la oferta de noticias de Google. Casi todos conocemos a alguien así.

No somos conscientes de que la cadena de la degradación informativa que, dejando fuera el periodismo riguroso, va descendiendo a la caverna mediática, a las tertulias de refuerzo, a las redes sociales, recala y se propaga en los mensajes de WhatsApp, tiene en su último estadio “las noticias del móvil”. Durante los cuatro meses de estado de alerta y confinamiento por el coronavirus hemos vivido pegados a ese instrumento que nos conectaba con los otros y –se supone- con la realidad comunicada. Desde ahí, presumiblemente, se sigue un camino inverso, el móvil salta a WhatsApp, a las tertulias, a la prensa sesgada, a las redes y puede terminar sepultando lo que ocurre y cuenta el periodismo real. Forma parte de un todo, en realidad.

También he reparado en las noticias del móvil. Alarmada. Este viernes, me encuentro para abrir boca con el siguiente titular: “Vallés no se amilana por haber sido señalado por el panfleto de Podemos y da con la mano abierta a Echeminga” por mentir en el “caso Dina”. Así de un trago, todo junto. En engendros que se publican y que se suponen dirigen periodistas. Se refiere al comentario que el presentador de noticias de Antena 3, Vicente Vallés, se permitió hacer al terminar una declaración de Isa Serra. Vallés desautorizó -en un informativo- a la portavoz de Podemos sobre la existencia de las cloacas del Estado en su contra, sin aportar datos. Pero da igual, las noticias a veces no precisan ni tener relación directa con nada.

“Sánchez se salta el protocolo con Portugal y el Rey le pone en su sitio”, proclamaba ayer el panfleto de un controvertido tertuliano. A este tipo de periódicos y, al parecer, a quienes seleccionan las “noticias”, les gusta mucho en general que las autoridades competentes “pongan en su sitio” a los malvados seres de izquierda.

Toda la carcundia de la información, más allá de los tradicionalmente conocidos como tabloides, aparece destacada en la selección. Con insultos gruesos a sus víctimas favoritas, irrepetibles incluso, que al parecer se tragan sin problemas algunos lectores. Lo peor es cuando también vemos a medios más potentes como la COPE, en la permanente misión de atacar al Gobierno y defender cualquier cosa que diga la ultraderecha, y en ese mismo tono sensacionalista de los panfletos. Opiniones de este cariz son diarias en la cadena de los obispos.

Se busca el clickbait, lanzando el anzuelo en el titular, que genere visitas y a la vez impulse ser destacado como noticia con gancho. Las visitas que dan audiencia y se pueden presentar a los anunciantes, como ya sabemos. Pero siempre me ha parecido demasiada casualidad esa desproporción, si lo comparamos con Twitter, entre lo que todos los medios publican de continuo y lo que emite esta peculiar parcela. En el fondo su peso es mínimo en el total informativo. Pero va ganando fuerza su contaminación. O se va sumando.

“El contenido que ves en Google Noticias se selecciona mediante algoritmos informáticos, a menos que se indique lo contrario. Con estos algoritmos se determina qué noticias, imágenes y vídeos se van a mostrar y en qué orden”, explican. Bueno es que haya algoritmos a quien señalar. Dicen también que “los temas de estas secciones se eligen mediante algoritmos y están personalizados según tus ajustes y actividad anterior en Google” y eso es más raro aún. En mi caso no clico esas noticias y es más incomprensible que sigan las ofertas en esa línea tan insistente.

El problema es que ese magma sube como las filtraciones y va impregnando la cadena alimentaria de la información, como suelo decir. Más aún, de arriba o abajo o de abajo arriba, el tono insultante se está imponiendo tanto como el bulo. “Mengele” han llamado al científico Fernando Simón, jefe de Alertas Sanitarias. Las noticias de este tipo se afianzan en las tertulias en donde suele haber alguno de sus creadores y difusores y acaban en titulares de prensa de papel, con signos tan “contudentes” que han sido archivados, acorralamientos vivos en el deseo del periódico y sobre todo en la conciencia de personas indefensas que se creen lo que leen, sin cuestionarlo o comprobarlo. Siempre ha habido secciones chuscas en algún medio. Residuales. Esto es como una mezcla de los viejos almanaques, con periódicos como El Caso y cotilleo rosa subido que tizna la política.

Y así, convierten el “Caso Villarejo” en el “Caso Dina” o el “Caso Iglesias” o el “Caso tarjeta”. A la víctima, en culpable. Quieren diluir la corrupción institucionalizada de alto y largo alcance en asuntos de cama, de poder. Ascienden a líderes de opinión fundamentada a toreros y cantantes, famosos de medio pelo, como si lo que dicen fuera relevante. En toda la cadena de este tipo de desinformación interesada, se sustituyen por chismes los temas que son realmente importantes para los ciudadanos.

Por supuesto que todavía es un síntoma y el periodismo verdadero pervive, a veces a un alto costo en esfuerzos. Pero bulos e interpretaciones sesgadas calan en algunos sectores de la sociedad con menos interés por buscar información auténtica. Allí donde están los problemas reales. De necesidades, de gobernanza en dificultades.

Datos, algoritmos, verdades y mentiras se cuelan por los canales de la tecnología en un tráfico inmenso que precisa tener los ojos abiertos. En la calle no se nos ocurre lanzarnos en tromba sin mirar, como suele explicarse. Aquí sí. Y quien muere o queda mutilada es la información y a la postre, la democracia.

Ni la realidad ni nosotros somos los mismos

Puede que lo más patente del confinamiento fuera el silencio. Quizás porque detrás estaba el miedo, el dolor, la responsabilidad. Ese amanecer sin coches ni, brevemente, taladradoras y martillos. Luego se rompió en el sonido de los aplausos solidarios a quienes nos cuidaban y poco después en el ruido de las cacerolas insultantes. El eco que amplificaba los gritos en el Congreso de una oposición a la que solo le ocupa tumbar al Gobierno y vio en una pandemia su mejor oportunidad.

Esto no ha terminado ni por lo más remoto. La OMS avisa de que la pandemia de coronavirus “no está ni siquiera cerca de acabar” y de hecho “se está acelerando”. Las evidencias no pueden ser más notorias. Más de diez millones de contagiados y medio millón de muertos, cuando hace un mes eran 5,5 millones y a finales de mayo 3 millones. En algunos países aún crece la pandemia, mientras en otros comienza a haber rebrotes por el fin del confinamiento. En algunos casos, el incremento en la cifra de casos es alarmante. Diez en particular entre los que se incluyen EEUU, Alemania, Suiza o Irán. A punto de abrirse las fronteras, Europa las mantendrá cerradas para los viajeros de EEUU, Brasil y Rusia. Hay que dejarlo claro: las restricciones han funcionado, no se puede vivir eternamente confinado y algunos se han tomado el alivio con demasiada frivolidad.

Dijimos que la normalidad era el problema pero no hemos vuelto ni siquiera a aquella y este espacio entre aguas donde estamos ha agudizado los problemas dejando toda su esencia al descubierto. A unos les ha ido mejor y a otros peor aunque probablemente sea mayor el número de las víctimas que de ganadores. Y todavía queda ver la evolución. Tiempos raros, de fuertes contrastes, en los que no terminamos de asimilar los cambios. Y pesa el futuro: la incertidumbre de no saber qué nos espera es una de las sensaciones más desestabilizadoras para buena parte de los humanos.

Lo que más nos preocupó, el cuidado de la salud, está muy lejos de haberse normalizado. Como ejemplo y tragedia, Madrid. El que fue director del hospital de campaña de Ifema y luego promovido a viceconsejero de Salud Pública, Antonio Zapatero, ha contado que la “inmensa mayoría” de centros de salud cerraron durante la pandemia al no poder atender a pacientes, a pesar de que el listado oficial los fijó en 56. Y la situación sigue sin normalizarse. He llamado al mío. Un disco me anuncia que “ya” está disponible la consulta telefónica para Atención Primaria. Insistiendo hasta el final de recorrido de la grabación, me dicen que todavía no funcionan las consultas presenciales y que me llamarán el miércoles. Todavía. ¿Más de cuatro meses sin medicina general normalizada en Madrid? ¿Busca el PP dónde están los muertos que dice no encontrar? En Barcelona, a una amiga le han citado, por escrito, en el Hospital Clínic para una consulta de neumología… telefónica. A ver, respire usted hondo. Las enfermedades crónicas, sin atención suficiente, han sufrido un presumible deterioro. Las especialidades no han estado tampoco al cien por cien.

Añadamos las muertes entre los dependientes. La pandemia las ha disparado hasta casi cuadruplicarlas en Madrid y Castilla-La Mancha. Los excesos en la mortalidad los hemos destacado varias veces y los datos no dejan de corroborarlos. Debemos insistir, porque todavía no hay normalidad.

Y las residencias de ancianos. Cada dato añadido cruje. Pero no a esta España que no se altera masivamente por lo perpetrado en varias autonomías, encabezadas por el Madrid de Ayuso, que se asemejan a los campos de exterminio. Dejar morir sin atención, documentadas las órdenes de no derivarlos a hospitales, con el fin de fiesta final de los ayusitos contratados ” flipando en colores”, dijeron por el negocio que se les abría, es indignante.

Si algo nos ha mostrado la pandemia en toda su crudeza ha sido la capacidad de dañar de políticos ineptos y desaprensivos y, a la vez, la permisividad de medios y votantes. Tragando y difundiendo incluso la basura que esparcen contra el enemigo favorito, Pablo Iglesias, para tapar sus propias miserias. La historia de la tarjeta, las cloacas, el extraño caso deljuez que quería cobrar menos y trabajar más que contó Ignacio Escolar hace tres años da para una saga. Pero hay momentos en los que acomete la impotencia ante tanta desvergüenza. Y ver que siguen y siguen. Y desde más arriba planifican descorchando champán.

La pandemia nos ha afectado emocionalmente. A la gente con conciencia sobre todo. Al personal sanitario se le nota como venido de un frente de batalla. Dicen tener hasta sensación de fracaso. No disponían de medios suficientes. Los habían recortado. Y a ninguna vocación se le debe exigir heroicidades cuando se les ha de dar elementos para cumplir su función. Y han vuelto a precarizarlos y despedirlos. Y ellos a pedir lo que precisan para cuidarnos y ya no hay portadas ni aplausos, molestan en la nueva felicidad, cuando ellos temen una segunda ola que les va a ser muy difícil de soportar.

A la gente que traga, ciega de odio, lo que en el fondo ha de saber mentira, también la ha cambiado. Han tomado un papel muy activo. El coronavirus, bien es verdad, ha aflorado la existencia de cerebros de ameba convencidos de bulos y teorías conspirativas a un nivel de asustar y dudar que puedan llevar una vida de seres normales. Alguno de los cabecillas hasta canta.

No, esto no se parece a la normalidad. La pandemia está suponiendo un palo atroz a la economía. El turismo no es ya lo mismo. E insistimos en que este país apostó por él como principal eje productivo. Se arruinan los dueños de pisos turísticos. Airbnb dice haber perdido todo lo ganado en 15 años. Pero tampoco abren hoteles enormes de 5 estrellas que ofrecen un panorama sombrío en sus luces apagadas y el vacío absoluto. Y tantas persianas comerciales echadas. Y la pobreza que emerge en visita real propagandística. Grandes y pequeñas empresas siguen con el teletrabajo sine die. Es otra forma de vivir y de relacionarse,incluso. Dice la OIT, la organización Internacional de Trabajo, que se están destruyendo el equivalente a 400 millones de empleos. Este escenario exige mucha claridad de ideas, mucho esfuerzo y colaboración, y una gran dosis de honestidad para abordar las soluciones.

El dueño del antiviral Remdesivir ejemplifica la elección entre la bolsa y la vida. Pone precio al primer tratamiento aprobado para la COVID-19: 2.000 euros por paciente. No es una vacuna. “No es la panacea, pero nos va a ayudar mucho”, ha dicho Fernando Simón, el director del Centro de Emergencias Sanitarias.

Tiempos raros para viajar como sardinas en lata en aviones o trenes, pese a los anuncios de seguridad, que exigen huecos inasumibles a la cultura. “Consciente de que vivimos rodeados de expertos en la materia por todas partes, ¿alguien con criterios sanitarios/epidemiológicos puede explicar la convivencia de estas dos imágenes?”, se pregunta el actor Tristán Ulloa, calibrando contrastes desde su posición en la que fue víctima del coronavirus.

Confinados en casa, los barrios se hicieron casa de vecinos, acercando sus ventanas y balcones. Aplaudiendo juntos hasta el final terco en la extinción lenta. Volvieron a adueñarse de una bandera que visten de franquismo y fascismo y se empeñan en que sea excluyente. Machacaron los nervios con las cacerolas y ollas. Ya han vuelto a sus madrigueras o a sus segundas residencias. Dejando su hedor de mofeta en el camino.

Y volvió el ruido intenso del tráfico. Y se han instalado en nuestra cotidianeidad las filas de espera con personas que tienen dificultad en entender qué es una distancia de separación de al menos metro y medio, o que no saben ni ponerse una mascarilla. Ahora con el calor, la moda es llevarla en la barbilla sudorosa.

Nos hemos conocido más que nunca. A nosotros mismos en el reto y a los otros. A quienes se empeñaron en dañarnos el doble con la voracidad de la hiena que solo busca su bocado. A los que ayudan también y son confianza para el tiempo que ha de seguir con todos sus tropiezos. A los que despliegan abrazos virtuales cuando se necesitan más reales que las palmaditas huecas de las declaraciones formales. Sabemos con quién contar y a quién desechar. No todos, al parecer. Cada uno que hable por él. Saldremos adelante, mal que bien; es consustancial a la vida. Pero esto no ha acabado y al menos habremos aprendido algo más de cómo encarar lo que vendrá.

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La luz al final del túnel no está en la misma carretera

Si hay algo claro en este momento de incertidumbres es que la luz al final del túnel no está en el camino al que nos abocan los hasta ahora beneficiados del sistema. La actividad mundial se ha parado por primera vez en la historia, era la forma más efectiva de frenar la pandemia del coronavirus. Un estudio de la ONU cuantifica en el 81% de la fuerza laboral (estimada en 3.300 millones de personas) la que se ha visto afectada total o parcialmente por esa suspensión. Como consecuencia se ha desatado una crisis económica global con algunas mínimas excepciones.  Los países con un tejido más débil son los más afectados.

El FMI prevé para España una caída del PIB del 12,8%, la mayor de Europa junto con Italia, y casi la misma que Francia. En Alemania andará por el 7,8%, con un aumento de décimas solo en el desempleo. Como ya sabemos, España y sus gobiernos apostaron por el turismo y el ladrillo como motor de la economía. La construcción pinchó por los excesos y el turismo ya registraba síntomas de retroceso cuando la represión de la Primavera árabe echó fuera a ese importante competidor en el norte de África. La drástica reconversión industrial dejó a España sin el pilar sólido del que disponen otros países y hoy, además, tenemos una gran dependencia del exterior en la industria. Por si faltara poco, en los años de gobierno de Rajoy, la inversión pública en I+D+i en España bajó un 9.8%, mientras que de media en la Unión Europea subió un 10.5%. Dibujando este vergonzante cuadro. ¿Qué sucede en Alemania? Todo lo contrario, en todos los puntos. ¿A qué así se entiende mejor? La oposición política y los medios a su servicio obvian este contexto deliberadamente.

Son necesarios algunos datos más. El gobierno español ha dado cobertura a los trabajadores con los ERTE. A casi 3 millones y medio. Aún ahora, como destaca el Financial Times, ha extendido esa prestación hasta septiembre a 2 millones de empleados. Introdujo el ingreso mínimo vital que se ha cobrado a partir de este viernes y prohibió el despido durante el estado de alerta. La crisis es mundial, la indecencia política en sus desorbitadas críticas se ceba en España, por añadidura.

Los empresarios se han reunido para pedir lo que quieren en la reconstrucción. Ayudas también, en curioso fenómeno dentro del liberalismo y libre mercado que socializa las pérdidas y nunca los beneficios. El Rey Felipe VI se vuelca con los empresarios y así declara: “Defienden nuestra economía, el bienestar de los ciudadanos y el porvenir de España”. Y la prensa de siempre pone su montaña de arena para apoyar. El Gobierno ha sacado de su pacto de reconstrucción el impuesto a las grandes, a las grandísimas, fortunas (empresarios y quienes viven de las rentas). Y no incluye tampoco la Reforma Laboral. Los ricos tienen quienes les defiendan y el gobierno más progresista que podremos tener en la vida en este país -por el camino que vamos- hace equilibrios en ese alambre sobre el foso lleno de pirañas que conocemos. Mal asunto, ceder otorga el permiso a ceder más, y no es reconocido como un valor.

Los empresarios lo tienen claro, recortes, como en 2008 en la crisis de la que todavía millones de pobres no se han recuperado. El Banco de España, que parece trabajar solo para los empresarios, pide recortes en pensiones y subida del IVA para todos. Sensible diferencia de política fiscal. La trinchera mediática sostiene y aprieta. Es “la clave erdadera” la que se le muestra a Sánchez, nada menos. Dicen en la CEOE que “las crisis no se financian con impuestos”, ellos prefieren -ya lo hemos experimentado largamente- los recortes salariales y las subvenciones públicas. Es su túnel y se lo gestionan ellos. Con la complicidad de varios millones de víctimas sin criterio. Su odio y su ruido taponan la visión de largo alcance.

Hay otros mundos. En Francia, la vicegobernadora del Banco Central, liberal y con el gobierno de centro-derecha de Macron, aventura la posibilidad de que el BCE anule deudas. En la línea del catedrático de economía Juan Torres López cuando propone entre otras medidas que el BCE compre deuda de los Estados para volver a emitir otra perpetua. Soluciones hay. Muchas más de las que parece.

A diferencia de los grandes medios españoles el New York Times escribe un editorial que, en el mismo sentido, va mucho más allá: “Conseguir prosperidad para todos y estabilidad democrática requiere imponer límites a la influencia política que ejercen los ricos. Requiere que el gobierno sirva a los intereses de los gobernados”. Demoledor en sus datos, como pocas veces se ha leído en un periódico de tan gran tirada. Y similar a los artículos e informaciones que en España sí publica el periodismo independiente. Porque dinero hay y no tiene que salir siempre del lado del más débil. También se pueden ajustar prioridades en el gasto en cuestiones que no sean esenciales para el bien común. Sanidad, educación, pensiones, servicios, dependencia entran en ese apartado y, casualmente, son los siempre amenazados de tijera por los que se han apropiado del túnel.

La pandemia de coronavirus ha demostrado el fracaso del capitalismo para resolver los problemas serios de las sociedades. Es la gente corriente el engranaje del sistema, no la economía financiera especulativa. Hace ya al menos una década que los movimientos de divisas producto de bienes fabricados apenas suponen el 10% del volumen financiero. La economía ya no se dedica a “fabricar cosas” y son una serie de “cosas” las que se han demostrado imprescindibles. La salida del túnel pasa por producir lo que realmente necesitamos. El sector sanitario sufrió salvajes destrozos con la tijera del PP fundamentalmente, aunque no solo. La ratio de médicos y enfermeros por países es sonrojante, y explica el enorme sacrificio que ha supuesto para los profesionales mantener la eficiencia, a costa incluso de su salud.

El Banco Mundial, que corrobora la recesión generalizada, salva de ella a pequeños países. Parecen tener en común que han apostado por la agricultura, no son tan dependientes de los servicios, incluso del turismo. Dramática la situación de algunos sectores en España a causa de las medidas contra la pandemia –en algunos casos por haberse agravado una crisis precedente-. Se están disparado los concursos de acreedores. En turismo, en comercio –incluyendo grandes centros comerciales-, y en la industria, como detalla Infolibre. No se puede tomar con frivolidad asuntos que afectan a tanta gente. La vuelta a una normalidad que dista mucho de haber regresado, que puede acabarse si rebrota la pandemia, ha de pasar por una verdadera racionalización de la economía. Millones de personas, muy tocadas algunas, están dispuestos a pesar de todo a seguir viviendo y prosperando con cuanto implica. Y ha de haber actividad para satisfacer sus demandas. Quizás otras diferentes, las que se necesitan. No va a ser fácil.

El mayor éxito del capitalismo es haber conseguido adiestrar a rebaños de fieles dispuestos a luchar por los privilegios de los más desaprensivos –en el caso de España- aun a costa de su vida o la de sus familiares. La luz al final del mismo túnel puede ser un despeñadero para muchos. Se impone extremar la atención. Y, por descontado, mucho mejor darse la vuelta y cambiar de rumbo.

*Publicado en ElDiarioes 

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