Por amor a España

Rosa María Artal

No puede ser tan desgraciado, cainita y cruel un pueblo con la capacidad de amar que alberga. Pero en las emergencias se exige acudir a las trincheras a defenderlo. Con los votos en la boca si es preciso

Un día descubres que ese país del que despotricas despierta también en ti sentimientos atávicos de arraigo. Y te confiesas que lo amas por encima de los defectos que te enervan, de esa imagen que han construido a nuestras espaldas. Ves lo que podría ser y no ha sido. Nos han robado tantas cosas que incluyen en el botín hasta la propia tierra que nos vio nacer y vivir. En el fondo es eso, que te han marcado los primeros pasos, y los segundos y todos los demás. Las caídas y los resurgimientos. Los encuentros, las despedidas. El ser tenaz, que es una característica de este pueblo en el mal y en el bien. Los olores y los sabores, la temperatura. Y desde ahí, cuanto te ha forjado. No importa ni el nombre que le demos, es mucho más profundo que una etiqueta.

Casi parece mentira que fueran del mismo país Miguel Delibes, el escritor intensamente lúcido, y el señorito Iván y la familia que maltrataba a los Santos Inocentes. Pero lo son, y todos siguen aquí 40 años después. Ahora salen por la tele y hablan de libertad: la suya, no de las esenciales que niegan, aun edulcoradas como la miel en el cepo. Tradicionalmente han confundido las trazas del amor a su España con algunas de las peores muestras de las relaciones humanas: paternalismo, posesión e imposición. Buscando una sociedad inculta a la que manipular y poner a su servicio.

Cuesta imaginar que España alumbre a periodistas como David Beriain y Roberto Fraile, y tantos nombres ignorados que luchan por informar a la sociedad, y al mismo tiempo a los que con luces cegadoras pervierten la profesión hasta desdibujarla. A los que aportan y a los que niegan elementos esenciales de juicio.

No es fácil comprender el tesón de políticos apaleados por el fascismo en su juventud que sigan afrontando la lucha por una España mejor, incluso amenazados y vituperados. Ni que se siga apoyando la gestión que ha dejado en la cuneta de la muerte a miles de ancianos. Por un puñado de… lentejas. Pero por algo somos tierra de Quijotes literarios y Borgias maquiavélicos, hijos de Papas españoles.

De siempre tuvimos pintores de cámara y precursores de la denuncia social plasmados en esperpentos goyescos. Nos avisaron que aquí Saturno devora – a veces con saña- a sus hijos.

Como el Buñuel de la misma tierra árida. O Berlanga, que ridiculizó a los prebostes en sus narices. Y todo el cine que nace aquí de manos nuevas. Para los campeones improbables. Con actores y actrices que interpretan las historias invitando a sentir y reflexionar, tal vez soñar. Con la música de un Alberto Iglesias al nivel de los mejores. Con el Madrid de Antonio Palacios y sus inmensos edificios blancos con quien nosotros, los otros, nos reconocemos.

Los grandes hacedores del Imperio escondieron sus rapiñas en estancias privadas. Cualquier disidencia era castigada con la hoguera, la guillotina, previa tortura y despelleje. En nombre del Bien, España parió para siempre la Inquisición bautizada como Santa para más bochorno.

Pioneros en intentar la limitación del poder del rey, de los ideales revolucionarios que cuajaron en Francia, siempre acudieron los castizos a segarlos. Aquellos que vencieron por la fuerza una y otra vez. Hasta a la Ilustración, a salvo de algunos métodos impropios del invasor.

España es el país del ruido y el silencio y a menudo gana, en estricta lógica, el estruendo. La caspa flotante sobre el fondo. El fondo es turbio en los lagos estancados, transparente en los ríos que corren desde las cumbres al mar.

Un español, Severo Ochoa, descubrió en 1959 la síntesis biológica del ácido ribonucleico, ARN, ese elemento esencial que ha sido base de primeras vacunas contra la Covid-19. Se había ido a Estados Unidos, harto.

Pero otra y otra vez la mayoría se queda, nos quedamos, prendidos del poeta Salvador Espriu, porque también somos “cobardes y salvajes y desdichados” como esta tierra, y la amamos más de lo que creemos.

Y hasta nos emociona tener los ojos españoles de las canciones cursis y el olor del Mediterráneo de Serrat aunque hayamos nacido en secano. Y nos dolemos con Curro El Palmo y abominamos del eterno Don Guido, aquel trueno –de ayer y de hoy-  vestido de nazareno que rescató Joan Manuel de la tumba dramática de Colliure. Abandonados Al Alba, resurgidos una y otra vez, cuerpo a cuerpo. Porque es cierto que cualquier noche puede salir el sol. Y amanecer en el bulevar de los sueños rotos. Porque, si me das a elegir, me quedo contigo.

Al repasar lo que se ve y lo que escondemos, veo paisajes solitarios del norte verde y azul que oxigenan desde los poros de la piel a las entrañas. Y el fuego dorado del sur. Y las sobriedades sólidas del extenso corazón del país. Las montañas. Las islas singulares. La valentía de los que, diferentes, rebeldes, luchan por su identidad. Al igual que Miguel Hernández en la cárcel de la muerte cruel, los vientos de este pueblo completo nos llevan. Y debería ser por los caminos de progreso. De una vez, soltar el ancla del eterno retroceso.

Y recuerdo a las madres que se echaron toda la carga encima. Y a las hijas y nietas que han tomado en sus manos la antorcha. Y sé de las mujeres que no se rendirán nunca más. Ni frente a los nuevos ataques del machismo que pretenden imponer -desde los gobiernos que logran- las pautas del terror de Gilead, cuento de criadas.

Y está el trabajo de todos, todos los días. Y la angustia de las carencias subsanables si se expulsara del poder la codicia.

No atesora España en algunos sectores fama de honestos y fiables. La corrupción de grandes notables traspasa fronteras. Aunque no somos los únicos en eso. Pero sí hay consenso internacional en que en los españoles anida el don de la creatividad, la genial improvisación que resuelve, la pasión por vivir y el saber hacerlo como pocos.  

No puede ser tan desgraciado, cainita y cruel un pueblo con la capacidad de amar que alberga. Cuando amarra a los sanitarios al puesto de trabajo en una pandemia para atender a los enfermos con medios escasos a costa de su propia salud. Cuando, ante todo lo que han visto, lo que más les duele es haber visto morir en soledad a tantos pacientes. No puede ser cierto tanto egoísmo y mezquindad como estalla en las cazuelas y los canales del odio, si estuvimos por miles aplaudiendo unidos a quienes nos cuidan de verdad -todos ellos, desde los hospitales a los supermercados- cuando hacía falta ese aliento compartido.

Aquí, en esta tierra que a veces escupe balas de rencor podrido, ocultas en el morral, se desgrana calladamente amor y generosidad extrema al punto de arriesgar la vida por salvar a desconocidos. En aras de la justicia universal, la solidaridad, la empatía, la humanidad. En uno de los mayores contrastes que pueda darse.

Esta tierra guarda los restos de nuestros seres queridos que se fueron y es la base en la que se asientan nuestros hijos. Cómo no vamos a sentirla muy adentro.

No podemos ser tan sucios como se muestran algunos en el deseo de trincar poder para usarlo en beneficio propio -desde la política oficial a la que se despliega desde algunos medios que dicen ser informativos-, si esta España nuestra, la nuestra, sigue en pie aún. La que no tortura a las personas con la desigualdad interesada, ni a los animales hasta la muerte por diversión. Si todavía hay quien apuesta por la honestidad y el bien común, contra las corrientes que los apartan.

La democracia se construye cada día. Pero en las emergencias se exige acudir a las trincheras a defenderlo. Con los votos en la boca si es preciso porque ya asoman las bombas fascistas sin tregua. Con la promesa de coraje para los tiempos que sigan. Por los que vienen, por los que se quedan. Por amor a los demás, al país que querríamos ser: una sociedad democrática y moderna y solidaria y justa. Porque este empezar una y otra vez, este ingenuo insistir solo se hace por amor.

*Publicado en ElDiario.es el 30 de abril de 2021

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1 comentario

  1. paco

     /  3 mayo 2021

    ¡EMOCIONANTE¿

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