Vivir… antes de que sea tarde

“Morituri te salutant” por

Alberto Piris

Bronnie Ware es una enfermera australiana de cuidados paliativos, dedicada durante muchos años a atender a domicilio a pacientes en los últimos días de su vida (entre 3 y 12 semanas antes de morir), que ha publicado en Internet sus reflexiones sobre las conversaciones que con ellos tuvo en momentos tan críticos para quienes eran conscientes de la inminencia de su fin.

Sostiene que muchas personas siguen madurando en esos días finales y que experimentan notables transformaciones: pasan por etapas de negación, temor, irritación, remordimiento, insistencia en la negación y, por último, aceptación de lo inevitable. Pero todos ellos -afirma- alcanzaron la paz antes de partir, lo que habla muy favorablemente de su capacidad profesional en tales circunstancias.

Cuando preguntaba a sus pacientes sobre las cosas de las que se arrepentían o sobre lo que les hubiera gustado haber hecho de modo distinto, llegó a la conclusión de que hay cinco ideas básicas que afloran insistentemente en la mayoría de los encuestados, valga esta palabra aún en tan especial situación. En su blog los denomina “Lamentos de los moribundos” (Regrets of the Dying). Merece la pena comentarlos aquí.

Una gran mayoría de ellos deseaban “haber sido capaces de vivir su propia vida, no la vida que los demás esperaban de ellos”. Son las personas que en esos momentos cobran conciencia de los muchos deseos que acariciaron y que nunca alcanzaron; además, perciben que eso ocurrió a causa de las decisiones que ellos mismos tomaron o de las que omitieron. La conclusión de Ware es que conviene satisfacer a lo largo de la vida algunos deseos, pues “la salud proporciona una libertad que muy pocos reconocen” hasta que se pierde y ya no es posible recobrarla. Lamentablemente, millones de seres humanos mueren sin haber podido hacerlo nunca, y no por su propia voluntad sino por el hecho de nacer y morir en ese populoso mundo donde se carece de lo más esencial, que en Australia o en Europa nos resulta todavía tan ajeno y tan lejano, aunque a veces empiece en nuestras mismas fronteras.

Casi todos los pacientes desearían “no haber tenido que trabajar tanto”. Se arrepienten de no haber atendido lo suficiente la niñez de sus hijos o la compañía de su pareja. La enfermera aconseja a sus lectores que simplifiquen el estilo de vida y que reflexionen si necesitan ingresos tan elevados y si no sería preferible ganar menos pero abrir nuevos espacios y posibilidades de bienestar. Es evidente que entre sus pacientes tampoco figuraron los desahuciados españoles a los que la desesperación incitó al suicidio, llenos de espacios de bienestar que no sabían cómo rellenar.

Otra reflexión se formula así: “Me gustaría haber sido capaz de expresar mis sentimientos”, pensamiento frecuente en quienes para vivir en paz con los demás refrenaron su personalidad. La autora recuerda que la amargura y el resentimiento que esto provoca afectan gravemente a la salud, y que es preferible aceptar las imprevisibles reacciones de los demás, sorprendidos cuando uno se decide a ser sincero, porque a la larga el beneficio es recíproco y se liberan las tensiones creadas por la represión.

“Desearía haber mantenido más contacto con mis amistades”, es el cuarto pensamiento común que ella analiza. Muchos fueron quedando atrapados por la vida y alejados de las viejas amistades que tanto significaron en otro tiempo y tan positivamente les influyeron. Todos echan de menos a los amigos cuando están muriendo, escribe rotundamente la enfermera. No se trata solo de dejar bien arreglados los asuntos económicos en beneficio de las personas queridas: al final “lo que queda en las últimas semanas es el amor y las relaciones de amistad”.

La quinta y última idea, de sorprendente frecuencia, se presenta así: “Me gustaría haberme dejado ser más feliz”. Muchos no advierten hasta los últimos momentos que la felicidad es una elección, asegura Ware. Han vivido inmersos en rutinas y hábitos, y la supuesta comodidad de la familiaridad ahogó sus emociones y sus vidas. El temor a cambiar les hizo disimular para hacer creer a los demás que estaban contentos, mientras que en el fondo de su ser ansiaban reír abiertamente o poner en sus vidas algún elemento absurdo o insensato.

Estos comentarios sirven, al menos, para dos cosas. Por un lado, a los que formamos parte del mundo privilegiado, el que posee agua potable, luz eléctrica, libros y música, nos hace reflexionar sobre lo que realmente debería importarnos a lo largo de nuestra vida, para alcanzar sus etapas finales con menos cosas de las que arrepentirse y con una mayor sensación de dominio y control de la propia vida.

Pero, por otro lado, y quizá el aspecto más importante de todo lo anterior, es el contraste de esos cinco pensamientos con las condiciones de la vida real hoy prevalentes en tantos países donde su simple mención causa sonrojo. ¿Podría trabajar menos la mujer del Sahel que recorre diez kilómetros diarios para llevar agua a su familia y ser así más feliz? ¿O expresar sus sentimientos la niña afgana obligada a casarse con el viejo que su padre le ha elegido? Por último, una reflexión: la psicología aplicada ¿sirve lo mismo para los ricos y para los pobres del mundo? ¿Pueden éstos permitirse el lujo de pensar en cuidados paliativos cuando toda su vida es una lucha por sobrevivir día a día?

*Publicado en republica.com

*Me lo ha enviado Paco Altemir, y me ha parecido una interesante reflexión para los tiempos que nos está tocando vivir.

Anuncios

7 comentarios

  1. vavagate

     /  8 diciembre 2012

    Os dejo el vínculo con la intervención del presidente de Uruguay en la cumbre sobre desarrollo sustentable celebrada en Río de Janeiro el pasado mes de junio.

  2. soutelo

     /  8 diciembre 2012

    Hola Rosa y amigos contertulios:
    Rosa,muy buen giro hoy en tus post,extraodinario documento tierno,!realisimo!,nos lo dice muestra propia intimidad diaria,nuestro autentico dialogo con nosotros mismos,nuestras angustias,nuestras insastifaciones,nuestros complejos,nuestras dudas obsesivas,,nuestros egocentrismos infantiles,nuestras envidias,nuestras crueldades,nuestros sentimientos pisoteados,y losque pisamos nosotros,nuestra no empatia con los demás.Ya lo creo que al final de nuestros dias tenemos trabajo de “repaso”.pero si alcanzamos esa serenidad de la que habla la enfermera,es que uno se perdona a si mismo,porque en el fondo subyace que uno fué aplastado por un entorno cruel,aunque ese entorno pareciese que nos estaba haciendo felices.
    Unha aperta agarimosa y buen dia a todos.
    http://intentadolo.blogspot.com.es/

  3. Esa es la historia de tantos y esta experiencia de la enfermera la expresa perfectamente. Necesitamos un parón generalizado, pero organizado. Que nada tenga que ver con una recesión azarosa que deja en la cuneta a tanta gente e infunde la semilla de la fractura social.

  4. Rosse

     /  8 diciembre 2012

    Este artículo y estos libros deberían leerlo los corruptos, ambiciosos de dinero y poder que nos hacen tan difícil la vida día a día ¿Qué pensará Diaz Ferran cuando se acueste en su nueva cama de Soto del Real? Seguro qué sólo pensara en la forma de seguir burlando a la justicia y salir de allí cuanto antes para seguir viviendo con toda la ostentación posible y sin pensar en el daño que ha podido causar a tantas familias. La condena de estas personas debería ser trabajar con un salario mínimo interprofesional hasta qué salden sus deudas (o sea, todo lo que les quede de vida) y en los ratos libres, acompañar a los moribundos, como esta enfermera, seguro que aprenderían un poco a ser seres humanos.

  5. Diógenes

     /  8 diciembre 2012

    A QUE SE LLAMA AUSTERIDAD
    El verdadero sentido de la palabra austeridad sólo se conoce cuando se enlaza con la modestia. Lo modesto es rehusar lo innecesario, desde el momen­to en que lo innecesario nada significa. Se es naturalmente modesto, mas no por renuncia, sino por predisposición, por ide­ales o por instinto. De tal forma se es igualmente austero; se rehúsa el lujo porque el lujo nada significa, pero no se renuncia al lujo.

    Sería absurdo que, en nom­bre de la austeridad, renunciara un mendigo al dinero, o un eunu­co a la aventura galante; o un resentido a la espontaneidad de la danza. En su verdadero sen­tido se llama, pues, austeridad a la modestia o predisposición a rehusar lo innecesario, y así es como generalmente hubieron de entenderlo los romanos, y como nunca lo entendieron los espa­ñoles.

    Que los mendigos, que los asténicos o que los resentidos prediquen la austeridad es, pues, absurdo, como también lo es que la prediquen los polí­ticos, cuando el más alto grado de austeridad estriba, o debie­ra estribar, en rehusar el trato con el Estado.

    “Yo soy importante, y tú, un pelagatos;
    me reúno en Claustro y levanto el dedo,
    ungido como estoy de instituciones.
    Visto de toga, hablo entre susurros,
    siempre rodeado de estatales misterios.”
    (Escuela de Mandarines)

    MIGUEL ESPINOSA

    (ácratas.net)

  6. josemi

     /  8 diciembre 2012

    …quod Hispaniae finis proximus est.

  7. ana alfonso

     /  8 diciembre 2012

    Buenas tardes Rosa y amig@s .
    Lo que no cuenta la enfermera es la experiencia que para bien o para mal de gente que hemos tenido una segunda oportunidad . _Yo me hice esos planteamientos de esos enfermos ,hasta que concluí que si tuviéramos tiempo, después del impacto vivido, algo se nos olvidaría, volviendo a ser lo que fuimos. Por ironía me salvé. Pero luego tuve que ver el sufrimiento de mis seres queridos, muy superior al propio. Descubrí mi propia fuerza. Y sigo pensando que tener una 2ª oportunidad no es tan maravilloso . Cada persona tiene un carácter: el avaricioso , el colérico , el manipulador, etc, ¿cambiarían?.
    También descubrí que el dolor ajeno puede ser más duro que el nuestro.
    Ahora me planteo qué grado de sufrimiento estamos dispuestos a contemplar
    os mando un poema canción de Neruda que a mi me ayuda mucho.

A %d blogueros les gusta esto: