Unos pavos no tan pavos

La larguísima Semana Santa española toca a su fin, aunque todavía quedan festejos por celebrar. La agencia Europa Press nos da cuenta de este emotivo acto: El Santísimo Cristo Resucitado y María Santísima de la Aurora procesionan el domingo por Badajoz. Como en un conciliábulo maligno, estos días han vuelto a caracterizarse, sin embargo, por un tiempo infernal. Allí donde no hemos estado inundados de agua, ha soplado un viento huracanado. Siguiendo la tradición, no han faltado las lágrimas descorazonadas de los aficionados al culto religioso de estas fechas, al ver que no podían sacar los pasos porque se les mojan los santos y vírgenes. Un clásico.

Con la crisis atenazando los bolsillos, mucha más gente de lo que solía se ha quedado en su ciudad. El ayuntamiento de Madrid ofertaba como distracción, por ejemplo, procesiones y conciertos de música sacra. Imagino que en el resto de España y, dada la ola que nos invade, habrá sido parecido. Pero los ciudadanos no se han amilanado y han intentado gozar de su ocio. Esquivando las nubes, muchos fuimos al Zoo, sin ir más lejos. Dado que se ubica en la Casa de Campo, un gran parque, supone pasar un día al aire libre, viendo animalitos que, pese al dolor de su mayor o menor cautiverio, siempre enternecen. Me llamó la atención el gran número de ciudadanos que eligieron para inmortalizar una estampa familiar la foto delante de… un burro. Hay numerosas especies exóticas.

Bien, pues ha sido tanta la afluencia a los espacios abiertos, que los pavos reales del sevillano Parque de María Luisa se han hartado. Lo leí en algunos medios pero ahora solo encuentro la noticia en ABC que, pudoroso, no explica la razón de la insólita postura que han adoptado. Con tanta gente no podían solazarse a gusto del apareamiento, de ese ritual en el que el macho extiende el colorido abanico de su cola para encantar a la hembra. Os confesaré que en el Zoo de Madrid descubrimos que las pavas no son tan “pavas” y toman el pelo al envanecido parteneir. Es decir, que aquí un montón de humanos estábamos irrumpiendo en la intimidad de estos animales. Los de Sevilla no están por esa labor. Y se cruzan la Avenida de la Palmera para refugiarse en los jardines de las Delicias,  menos concurridos, y disfrutar de sus cosas sin testigos. Vamos, que no son “pavos”, ni ellos ni ellas.

Lo curioso es que atraviesan la calzada por el semáforo. Cuando se encuentra en verde y ven los vehículos parados. Medida muy prudente porque es una de las vías con más tráfico de la ciudad. Retozan a salvo de miradas indiscretas y luego se vuelven a casa.

Cada día compruebo que muchos animales son más racionales que los humanos.  Ante un problema, buscan soluciones. Aquí tenéis a los pavos camino de su disfrute. Muy discretos, no vaya a ser que alguien les siga.

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