Vive como quieras

No deja de sorprenderme el alborozo con el que es recibido cada nuevo año. Si buscara ahora mismo imágenes de la nochevieja de 2008, veríamos que el 2009 -despedido como un apestado-, suscitó las mismas esperanzas que el que ahora amanece. Y es que nuestra capacidad de olvido es infinita, lo mismo que un optimismo innato que nos lleva a hacer borrón y cuenta nueva cada día, o al menos cada 31 de Diciembre.

Conviene quizás recordar, por fijar los hechos simplemente, que nos regimos por una convención cronológica –acordada en despachos- del cómputo cristiano. Y que además existen –más o menos minoritarios- el primitivo calendario romano, el babilónico, el calendario solar egipcio –que ya anda por el año seis mil y pico-, el judío –con más de cinco mil años-, el chino, o los islámico, persa, copto o budista, como mínimo.

En casa, tras uvas, brindis e interiores rojos –que no hay que dejar resquicios para conjurar a la suerte por si acaso- decidimos empezar el año con una película cuidadosamente seleccionada: “Vive como quieras” de Frank Capra. Todo un acierto. Corría el año 1938, cuando se rodó, en blanco y negro. Una curiosa familia, aglutinada por el abuelo que un día decidió bajar en el ascensor de su gran empresa y no volver a subir, desarrolla su existencia como desea, sin prestar atención a ningún convencionalismo. La hija pergeña novelas porque un día tuvo acceso a una máquina de escribir, un repartidor de hielo llegó 9 años atrás y se quedó, o el propio abuelo rescata y acoge a un frustrado oficinista que en realidad quiere “hacer cosas”, como un huevo del que sale un polluelo que pía. Y ya hablan -1938- del excesivo consumo que ata.

Por supuesto, esta familia entra en conflicto, o es objeto de intento de avasallaje, por otra instalada en el sistema. Con historia amorosa de por medio, con cenicienta –resoluta e independiente- de un príncipe más inclinado a seguir sus sueños que aquellos que le son impuestos.

Un tanto ingenua, “Vive como quieras” plantea dilemas rabiosamente actuales: el consumismo, la ecología, la soledad, la compra del tiempo para disfrutar… o de los objetos que paga el dinero. E invita a romper moldes y ataduras. Con optimismo, con ganas de vivir, precisamente.

Nada ha cambiado en la actualidad, en lo que sucede en el mundo, porque nos haya cambiado el dígito en el calendario. Quizás que un nuevo y paupérrimo país, Yemen, se ha puesto en el punto de mira de las bombas, porque sigue sin entenderse que el terrorismo no se combate masacrando indiscriminadamente poblaciones de origen o cobijo. O dando muestras de la pertinaz superchería que combate la aún más obstinada realidad: el ayuntamiento de Río de Janeiro contrató a una maga espiritista para que ahuyentara la lluvia de las celebraciones de fin de año… y hubo 80 muertos por las fuertes tormentas.

Me siento muy cómoda sin embargo en este 2010 redondo y de matrícula de honor. Porque desde su primer día somos un poco más europeos. Presidimos esa UE anquilosada a la que, a pesar de todo, amo, quizás porque sus más antiguos ciudadanos viven mucho mejor que nosotros y respiran otros aires de cultura y progreso. En el deseo de que Europa persevere en su viejo camino, contra el viento y marea del inmovilismo que le traza la política, y todos quienes se arriman a su calor para sacar provecho de ella.

Gran parte de la Europa arraigada y de la recién incorporada, la que evidencia el freno al desarrollo que le impuso una equivocada historia, transcurren por el Danubio Azul. Este deleite que, un año más, nos ha brindado Viena.

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