Disuade atender a noticias al levantase. Empiezo a huir de ver telediarios o acercarme a cualquier medio de comunicación. Hay razones. Saldrán los políticos haciendo un inmenso ruido. Aturdirán los gemidos de la economía real, las risotadas de quienes la manejan, tapadas con la sordina de la información y la desinformación. No distingo con claridad entre el soniquete de los periodistas. Apenas de los comentaristas. Reconozco lo injusto de esa generalización y debe ser culpa mía: todo cruje y suena como embrollados zumbidos. Aturden. Irritan. Asquean. Ya lo dijo Sabina: con tanto ruido, no se oyó el ruido del mar». Pero el mar sigue ahí. Con sus peces de todos los colores e intenciones.
Llevo un par de días sin poner la radio, ni conectar el televisor o el ordenador, más que en tramos muy cortos. Brevísimos. Anteayer estuve sin saber qué ocurría por el mundo hasta bien entrada la tarde. Ese vacío de noticias lo llena la música, la charla o los propios pensamientos. Y relaja. Diría que se ha saturado el deseo de saber si hay algo nuevo casi en cualquier dimensión. Al menos, dosificar, aislarse en una campana protectora que se abrirá a horas medidas sólo para lo realmente importante.
Lo peor es que voy hablando con distintos amigos y les sucede lo mismo. El que se autocalifica de apolítico, el abstemio de información, me ha parecido siempre un insolidario, colaborador necesario de los desmanes que atenazan a la sociedad. Pero es que hay demasiado estruendo, estrépito, alboroto que se cruza en pugna con terribles murmullos de efectivos dardos que dañan los tímpanos. O con los ronquidos de los tibios de solemnidad. Pero no tranquiliza saber que, mientras tanto, otros dirigen la orquesta chirriante que apaga nuestras voces.
Y hablo con desconocidos. Y el del surtidor de gasolina me cuenta el miedo y la depresión que está sintiendo mucha gente. Es parlanchín. Conversa con todos. Le hacen confidencias. Y a mí. Y lo huelo en la calle. Al teléfono. En Internet. En susurros que vuelven a ser tapados por ladridos desaforados de unos y otros, por estos mismos medios. Demasiado ruido.
Los comentarios de este blog son, en general, todo lo contrario. De conocimiento de la situación que vivimos y, lo que es mucho mejor, de sus remedios. No aullamos, tratamos de sumar, aportar, nos escuchamos ¿nos escucha alguien más?
Y lo vital: ¿Escucha alguien a esta sociedad aterrada, asqueada? Recibo sugerencias, peticiones, adhesiones a la necesidad de actuar contra la barbarie que nos están infligiendo, con los peores augurios sobre su desenlace. De personas que van desde la veintena a septuagenarios largos. Alguien tiene que aglutinar esa fuerza que nace del desencanto con el deseo de construir y para todos. No se puede desperdiciar. No… se les puede abandonar.
He tenido contactos, o he asistido a la reunión de destacadas organizaciones que piensan en los demás, en la sociedad, y no sólo en sus cuentas bancarias. O en mantener su poder. O en alcanzarlo. Cuentan y veo que hay una gran fragmentación, pesadez de estructuras y, en algún caso, afán de protagonismo. “Por una palabra que no le guste a uno, se va y dice: ah, pues creo mi propia organización”, llegó a decir un conocedor del tema, en pregunta, a una mesa redonda donde se buscaban soluciones al hambre, organizada por Amnistía Internacional. “Ellos”, los otros, son menos, pero están sumamente bien organizados.
Muchos periodistas jóvenes, en activo, andan enredados en la disyuntiva web o papel, sin que aparentemente quieran oler lo que está sucediendo. Parecen huir del fondo, del contenido. De su compromiso con la sociedad para servirle una información veraz y completa que le dé elementos de juicio. No lo entiendo. Hay brillantes y honestas individualidades entre ellos. No se puede seguir bailando con la estridente música que nos marcan: nos está haciendo tropezar, nos derribará finalmente.
Me escribió Joaquín, de 77 años, ex preso político franquista, activo participante en una asociación. “Aquí hay que montar algo» que defienda lo que tenemos, hay que mover algo. 77 años.
Ojala el sonido de su fuerza, de la de tantos otros, desbrozara las voces limpias de los chirridos -más o menos intencionados. Y se erigiera potente sobre esa algarabía vociferante, estridente, castradora, que nos rodea, despertando a quienes poseen estructura para aglutinar. Uno a uno no somos nada. Juntos, todo. Pero estamos detenidos, desactivados ¿Es que ha triunfado el ruido?
No en voces minoritarias del Parlamento europeo ¿dónde más?
Sin duda los solos de tenores y sopranos, de violines y trombones, tienen valor, pero no olvidemos la efectividad del coro en armonía.





