La República bananera

Es un país ubicado sobre una isla en el Cono Sur, tan al Sur que suele salirse del mapa. Como la mayor parte de los que existen sobre la tierra, está vinculado a organismos internacionales pero de forma nominal. De hecho, los organismos internacionales parecen ser centros donde los países se vinculan de forma nominal. Son nominales en sí mismos, salvo dos o tres Estados que dirigen el cotarro. Tampoco se sabe mucho más de sus actividades. Reuniones. Sí, se dedican a reunirse. Y cuando se produce un hecho grave que requeriría su actuación, no llegan a ponerse de acuerdo y hablan de no ingerencia en asuntos internos.

El país del que os hablo nunca ha tenido problemas internacionales por tanto. Algún aislamiento, subterfugiamente boicoteado y poco más. Ocurrió cuando un general, bajito y soso, dio un Golpe de Estado que aún muchos se resisten a llamar como tal y copó el poder durante 40 años. Enseguida llegaron los EEUU a darle aliento, queso, leche en polvo y bases militares. Después se llenó de turistas. Los lugareños eran muy brutos, pero muy salidos y amantes del dinero. Y a los foráneos les gustaba el sol, el exotismo de la sociedad, y los bajos precios.

Su economía está basada en el banano y en el ladrillo. Ambos crecen en la mata de forma exponencial. Y tan anárquica que alguna vez se han construido edificios con las frutas que dan un resultado pésimo de estabilidad y un olor putrefacto cuando se pasan. El plátano autóctono es una hibridación entre el Platanus orientalis y el Platanus occidentalis o americano, que se produjo en el siglo XVII, en apasionado encuentro, y, como híbrido, así le va. Del mismo modo, en los árboles y en las playas, crecen vigas, ventanas de aluminio y hoyos de golf.

La historia del país se remonta a los neandertales, de hecho cuando este homínido se extinguió en todo el mundo, permaneció en la isla. Hay quien piensa que todavía sigue allí. Sólo el Colacao ha logrado elevar la estatura de las nuevas generaciones, que sobrepasan ya el 1,60 de sus predecesores del Pleistoceno. Es un país bastante impermeable a lo que viene de fuera, salvo que vayan a llevar dinero. Ni siquiera permitió entrar la Ilustración que conmocionó el mundo civilizado en el siglo XVIII.  Bastante ocupados estaban los lugareños con la fusión de los bananos. Y todas las culturas que se acercaban tratando de insuflar nuevos aires fueron desterradas.

Soporta un fuerte dominio de una secta religiosa que marca las costumbres y domina de alguna manera a todos los gobiernos. Porque hay muchos. Haré la salvedad que no es únicamente esta secta la que condiciona, también las de los terratenientes y empresarios, la de los agualciles, y las de los juglares y pregoneros que cuentan lo que pasa, o lo que dicen que pasa, o lo que quieren que se diga que pasa. Vamos, lo habitual de un país subdesarrollado.

   Aquí tenemos a un lugareño en una playa nudista:   Neanderthal_2D_src

Lo ilustro para que apreciéis la diferencia con la casta superior. Vayamos a los gobiernos. En general visten muy bien. Ternos de seda y de alpaca, hechos a medida, trabillas italianas, zapatos idem, relojes de oro, camisas de marca impolutas, corbatas –usualmente azules o verdes- más de seda todavía, bolsos –ellas- como los de la compra en los antiguos mercados, pero muy caros. Les salen muy baratos de precio, sin embargo. No se sabe en realidad, pero ellos no pagan. Lo que sucede es que las fuerzas vivas del país se quieren mucho. No es para menos.

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Por supuesto, esto no sucede en todos los gobiernos. Algunos presidentes o presidentas cantan. Pero mucho. En todos los terrenos. Dada la endogamia y el aislamiento, se producen más híbridos –siguiendo la senda marcada por el plátano-. Gays y lesbianas que no reconocen su orientación sexual, lo que les crea problemas emocionales y psíquicos, y que son los mayores defensores de la moral que marca la secta religiosa y sus papás y sus mamás, que por cierto ven, todos ellos, con muy malos ojos que las mujeres se acuesten con las mujeres y los hombres con los hombres. Algunos son obligados a casarse en matrimonio heterosexual para intentar disipar dudas. Es lo que tiene la moral que practican.

Otros intentan que el país entre en el mundo, aunque carecen del suficiente coraje o visión como para lograrlo. Pero éstos están mal considerados. Sobre todo por la pretensión de que la isla se convierta en un Estado civilizado. Parece que -a pesar del mayoritario apoyo por el cambio- la inercia se inclina por sustituirlos por la estirpe dominante: los herederos del general bajito y soso. Tienen unas lecturas muy peculiares: refieren, al menos,  a la Inquisición y a Goebbles para quejarse o atacar y piensan que los ciudadanos son tontos o que «todo el mundo» es como ellos -no en los trajes ¡faltaba más!, en el pensamiento-. Hay muchos, pero no todos.

Es un país en el que se roba, se prevarica, y reina la corrupción, del amiguismo, las prebendas, vamos, insisto, como en todas las repúblicas bananeras. ¿Y la población? Mira la tele, el fútbol, los programas de famosos, los debates de políticos, medio amañados, apenas nunca en serio. Se adormece. Se despierta. Sufre. Se queda sin trabajo. Cobra poco cuando lo tiene. Incluso menos de lo que cuestan los trajes de seda y alpaca, los bolsos de compra con marca. Le timan.

Sin embargo, están surgiendo algunos movimientos preocupantes –preocupantes para la estabilidad del status quo-: lanchas y pateras de emigrantes a cualquier lugar que no sea la isla… y estudiosos de la Revolución francesa. Cualquier cosa puede pasar, incluso que con remos, una mayoría, se vaya a las costas y los agite sin parar hasta moverla de lugar y llegar al Norte de Europa, o al corazón de Europa.

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