¡Por favor, quédense en la playa!

O en la montaña. O en el hotel confortable. O en la incómoda pero pintoresca casa rural. O en la casa familiar del pueblo. Salieron hace sólo 3 ó 4 días. Afrontaron sublimes atascos. Un desembolso económico para encontrar un tiempo desapacible -lo que no les debe extrañar, sucede casi siempre en Semana Santa-. Y hoy toca regresar. Otra vez la congestión del tráfico, embrague, acelerador, freno, acelerador y nervios de punta. Arrostran, además, el peligro de accidentes. ¡No! ¡Deténganse!, dejen tranquilas las maletas, vamos a reflexionar.

blog-038

Permitidme que os tutee. Desde que os fuisteis, las ciudades han cambiado. Esta calle, habitualmente embotellada, parece de un barrio residencial. En lugar de cláxones y frenazos se escucha el canto de los pájaros. Abundan los espacios para aparcar. Puede uno cruzar la ciudad en el tiempo cronológico y realizar varias gestiones en un día. En el metro, han desaparecido los agobios y todos viajan sentados.

 Cerraron algunas tiendas pero la ciudad no está desabastecida. ¡Cómo iba a estarlo con la sobreabundancia de oferta que hemos creado!, simplemente ahora es más racional. No hay colas del pan. Se han acabado las esperas en la charcutería, y llega uno a la caja, paga y se va sin malgastar energía. En los comercios de ropa, las dependientas no atosigan, se dedican a la charla porque un par de personas husmeando por la tienda apenas representan la molestia de dos mosquitos revoloteando. En las gasolineras, se pone gasolina al instante y se paga sin más dilaciones.
Encuentras plaza en los restaurantes, no hay demora para entrar en los Museos. ¿Para qué extenderse más? hasta Madrid parece una ciudad habitable. Hemos ganado tiempo y vida.

Por favor, no volváis. Vosotros necesitábais huir, erais vosotros los que precisabais hacerlo afrontando el gasto incluso en tiempos de crisis. Os ha llovido, no se han cumplido los objetivos propuestos. Permaneced ahí. Mañana, o la semana que viene saldrá el sol todos los días. Os lo merecéis. … Y nosotros también.

Las situaciones críticas exigen soluciones imaginativas. ¿De qué vais a vivir? Vamos a verlo. Porque va a ser precisa una negociación: no os queremos de vuelta.

Las oficinas del paro seguirán saturadas aunque vosotros estéis tumbados en la hamaca. Pero, paulatinamente, muchos se irán colocando, sustituyéndoos a vosotros. No se ha hundido el país con vuestra ausencia. Algunos suplentes -que hay cosas que no se detienen- han resultado ser más eficaces y brillantes que los titulares. Hay que dar oportunidades. ¿Quién nos dice que un joven economista, hoy sin empleo, no lo hará mejor que el director del Banco que puede seguir eternamente en Sotogrande?

Imaginad los colegios de las ciudades con un número adecuado de alumnos para que se les preste atención. En la Sanidad, se acabarían las listas de espera. No podemos permitir que regreséis.

La mayoría, sin embargo, no disponéis de medios para permanecer toda la vida de vacaciones. Bien, vamos a estudiarlo. Vuestros lugares de acogida se verán beneficiados con más población. Venderán más pollos “al last, por poner un caso. Pueden ofrecer contrapartidas. Estimo que lo adecuado es que trabajéis sólo media jornada, el resto del tiempo lo dedicáis a ir a la playa, pasear, pescar, lo que queráis. Es un buen acuerdo. Y en esas horas laborales, podéis ocuparos de cualquier cosa, hasta de pintar las marcas de tráfico en el suelo -que buena falta haría en Madrid-. El sueldo no precisa ser millonario, sirve para un fin loable: pagar vuestro ocio. Es cuestión de negociarlo.

También allí se podrán habilitar clases escolares equilibradas -en algunos pueblos acuden ahora sólo 5 ó 6 alumnos-, hospitales y consultas de atención primaria adecuadas. Pensad que habrá muchos docentes y sanitarios entre los veraneantes. Una nueva comunidad y el apasionante reto de crearla. Con ocio y mar. O montaña. O casa rural, ya digo. Arrinconad las maletas, marchad a la playa para meditarlo, porque nuestra posición es firme y la vamos a vender cara.

A principios del siglo XIX, España contaba con 10 millones de habitantes -menos de la media europea-. Hoy somos 46 millones. La población fue rural hasta el éxodo que impuso el desarrollismo de los sesenta. Hoy, es urbana. Más aún, el 80% de la población se concentra en sólo 1.200 municipios. ¿No resulta insostenible? Más de mil pueblos se han perdido en este camino… ¿hacia el progreso?

Muchos países andan buscando un urbanismo equilibrado, el español se desbordó en la anarquía como en tantos otros aspectos. Ha llegado la hora de volver a nivelarlo. Soluciones drásticas. Dejad quietas las maletas. Quedaos en la playa.

  Joan Nogué, un experto en el cuidado del paisaje, escribía en La Vanguardia, aludiendo a cómo los dioses de la cordura han huido: “Habrá que llamarlos de nuevo para que nos ayuden a crear territorios con cultura, con discurso, con futuro, para evitar que “la deriva de España” se convierta en una “España a la deriva” con un territorio a la deriva”.

     Para ayudar a los dioses por tanto -que son buenas también las manos terrenales-, ¡seguid en la playa! Y, si habéis iniciado el viaje, guiados por los cantos de sirena oficiales -“operación retorno”, “20 Kilómetros de atasco en la A3”, “abróchense los cinturones”-, daos la vuelta. Y, si ya estáis en casa, arrepentíos de la mala decisíón. Id de vacaciones otra vez, mañana, la semana que viene, pronto… El caso es que vosotros -y todos los demás que deban hacerlo- nos dejéis una ciudad habitable.

A %d blogueros les gusta esto: