La Era Trump de la mentira

Hoy ya no se elige al, siquiera oficiosamente, presidente del mundo como solía ocurrir. La hegemonía absoluta de Estados Unidos en pasadas décadas ha quedado un tanto dispersa. China le planta cara, Rusia sigue inequívocamente presente y el divorcio con Europa es cada vez más hondo. Donald Trump fue su resultado. Y el origen de entender la política como un negocio, con apariencia democrática, en el que cabe toda trampa. Ni mucho menos es Trump el inventor de la mentira como forma de gobierno, pero sí el que la ha consolidado con rotundidad.

Todos mienten, pero Trump es un experto“, publicaba ya en 2017 The New York Times. “Parece haber llevado lo que la escritora Hannah Arendt alguna vez llamó el conflicto entre la verdad y la política a un nivel totalmente nuevo”, alertaban. Y así fue. Bulos, mentiras, fake news, recibieron el aval presidencial para constituirse en una bomba que ha estallado en el cuerpo del propio sistema, alterando partes sensibles. Y lo prueba, ese vallar la Casa Blanca, tapiar los comercios, votar con temor por la violencia que ha desatado la ruptura de valores fundamentales. Incluso temer las trampas del presidente para atrincherarse en el poder. Trump ha sido y es un Atila para la democracia.

Desde Goebbels en los años 30 como símbolo, antes y después, la mentira ha formado parte de la política, a partir de Trump se acepta sin asomo de escrúpulo. Dirigentes desaprensivos en Europa, en España desde luego, la practican con soltura. En alianza con los medios de comunicación en una de las peores etapas de su historia.

Un memorable artículo de Javier Valenzuela de 2018 en Tinta Libre repasaba las mentiras que desde Procopio en el siglo VI al trío de las Azores en 2003, desde el visionario magnate de la prensa amarilla William Randolph Hearst -que prendió la mecha de la guerra de 1898-, a la conspiranoia del 11M de Pedro J. Ramírez en El Mundo han existido y, añado, causado un daño inmenso. Con Trump se dio el pistoletazo de salida para una nueva fase que encuentra un aliado impagable en las redes sociales. Y una sociedad infantilizada en amplios sectores, crédula, que prefiere engullir mentiras a buscar razones a lo que le cuesta entender.

Trump partió su singladura hacia la Casa Blanca con los bulos contra Hillary Clinton en la anterior campaña electoral. Llevaron al ataque a una pizzería buscando “esclavos sexuales” en 2016. Ya presidente, se inventó en 2017 un atentado terrorista en Suecia para justificar su racista veto a los emigrantes, con “Lo que ha pasado esta noche en Suecia. ¡En Suecia!” que nos dejó estupefactos. Mintiendo sin tregua, se le han contabilizado a Donald Trump unas 20.000 mentiras. Al menos son las que se exponen en un mural en Nueva York de 15 metros de largo y 3 de alto, distribuidas por temas y colores. Se calcula que miente en el 69% de lo que dice como mínimo. Y, gane o pierda, veremos que millones de personas lo avalan. De momento, le llevaron a dirigir EEUU durante 4 años.

Pablo Casado en España estrenó su presidencia del Partido Popular mintiendo a saco, como había practicado de portavoz. Al igual que su colega Díaz Ayuso, en algunos casos lo que dicen es un puro dislate pero la mayor parte vienen con una fuerte intencionalidad. Nada más llegar, en 2018, Casado dijo que la Transición fue “un pacto entre ambos bandos” que incluía respetar a Franco. No es cierto, ninguna democracia, por muy imperfecta que sea, incluye admitir y venerar a un dictador pero, tanto el PP como su apéndice Vox y los medios a su servicio, han logrado desfigurar la dictadura con este tipo de declaraciones.

La ley del aborto de 1985 “se hizo por consenso” de PSOE y PP, dijo Casado. Cuando en realidad el PP votó en contra y la recurrió al Constitucional. Sus bulos racistas contra la inmigración –ese clásico de la ultraderecha-  provocaron que ACNUR pidiera a PP y Ciudadanos una reunión en 2018  para aportarles los datos reales y advertirles del daño a los Derechos Humanos que causa falsear los hechos en este tema.  La última, llamar al opositor de ultraderecha Leopoldo López, “El Mandela venezolano” hace saltar los oídos. Con la pandemia lo hacen a diario, incluyendo voces “moderadas” como Ana Pastor Julián o Cuca Gamarra, a quienes no les tiembla la voz para soltar bulos y hasta calumnias contra sus adversarios políticos. Lo de la marca Vox es ya un auténtico delirio de invenciones interesadas.

Sembrar de mentiras la vida real, más allá de las promesas incumplidas, acarrea consecuencias indeseables. No solo es caminar sobre aguas pantanosas, edificar en falso, vivir en la irrealidad, es lo que esta actitud irracional conlleva. La profunda inseguridad que crea sentir falseados los datos de la incidencia del coronavirus, por ejemplo. Y, sin duda está en la causa que ha alentado las teorías negacionistas del coronavirus y de cuanto sus abducidos consideren molesto. Esos medios que mienten en titulares de forma tan flagrante coexisten con programas de ciencia ficción a cuyas fantasías se les da verosimilitud, con las tertulias distorsionados y con los haters enfebrecidos de redes. Es gravísimo lo que ocurre: un cóctel explosivo.

Como Olga Rodríguez, espero que una eventual derrota de Trump, provoque “una importante pérdida de fuelle del populismo neofascista no solo en EEUU, también en Europa”, a pesar de que no cambie las estructuras. La España profunda es tan honda como la América profunda de Trump, y añadimos ese gusto por la corrupción con solera en quienes votan corrupto sin mayor miramiento. Aunque no quede mucho más atrás la de quienes mueven los hilos con trampas allá y más aquí hasta para alterar el curso de la Historia.

Leo en uno de los archivos consultados (el artículo de The New York Times) que un asesor político republicano, Whit Ayres, gustaba decir a sus clientes que existen tres claves para lograr la credibilidad: “Uno, nunca defiendas lo indefendible. Dos, nunca niegues lo innegable. Y tres, nunca mientas”.

Ojalá regresen al menos los tiempos de esas buenas intenciones, o de los votantes que las valoren. 

Publicado en ElDiario.es el 3 de noviembre de 2020

Susto y muerte

Nunca hubo un puente de máscaras, difuntos y santos como éste, tan real. Los fallecidos no pueden ser más ciertos y las caretas caen a poco que se raspe, mostrando algunas dignidades en esqueleto que sí dan mucho miedo

Rosa María Artal

Extraña fiesta llega en la noche de este sábado para morirse de miedo y de gozo con la muerte como eje. Eso parece ser el Halloween que los sajones han ido extendiendo por el mundo. De origen celta, apocopa la expresión “All Hallows evening” para encontrarnos con la misma idea de la religiosa Víspera de Todos los Santos, “tan nuestra”, que dirían. Puente de muerte, en un año de muerte, y de lucha por vivir buscando salidas en dificultad que agrava el desconcierto.

Como si nada ocurriera, vuelven a anunciar la fiesta que parece irrenunciable. “Para pasarlo de miedo en Madrid no hacen falta más de seis personas” cuenta uno de los portavoces oficiales de nuestra peculiar derecha. Díaz Ayuso ha autorizado esas reuniones a seis “no convivientes” que, eso sí, habrán de permanecer de jolgorio o refocile hasta las claras del día. De 00.00 a 6.00 no se sale (si no han vuelto a cambiar las normas). En diversas localidades confinadas, habilitan también medidas de seguridad para ir a los cementerios a visitar las tumbas de los seres queridos. Vivimos una normalidad asustada que intenta seguir con lo de siempre y choca con la evidencia de que no puede ser.

Nunca hubo un puente de máscaras, difuntos y santos como éste, tan real. Los fallecidos no pueden ser más ciertos y las caretas caen a poco que se raspe, mostrando algunas dignidades en esqueleto que sí dan mucho miedo. Desde el 14 de marzo, incluso desde primeros de año, estamos celebrando el Halloween, el pánico, el terror a diario, de una pandemia mundial y de malignos locales con vocación carroñera. Demasiados trucos con tratos bajo mano, bajo el cordón que ata y ata firme. Este año la disyuntiva en oferta es, más que susto o muerte, susto y muerte, según en qué manos se caiga.

Leo que venden disfraces “con descuentos espeluznantes”. Maléfica, niña tenebrosa, arpía ataviada de mesa camilla en el papel de hechicera vudú. Todas las brujas y todos los demonios. Payasos asesinos, enmascarados de Joker, matan la verdad y todo resquicio de ella. Semillas diabólicas son sembradas en campos proclives donde crece esa sociedad de muertos vivientes. Un universo social zombi los mantiene en sus puestos. Para verlos, sin miedo, y enfrentarlos tratando de salir indemnes de la casa de los horrores.

También se brinda esperanza en el esfuerzo. A cara descubierta, la realidad mantiene a sanitarios agobiados por la avalancha de contagios que pronto volverá a dejarles sin medios suficientes y no abandonan, sin embargo. A los profesores. A cuantos nos cuidan. A políticos que sí trabajan por el bien común, porque no es cierta la interesada etiqueta de que todos son iguales. No son “los políticos”, son algunos políticos. No son “los periodistas” quienes fallan, son ciertos periodistas inciertos.

Dice una voz en Canal Sur televisión que hay en Sevilla dos millones de contagiados por COVID-191 Es un lapsus, pero hasta los lapsus tienen un número de veces que pasan de ser admisibles. En el periódico de un tertuliano disfrazado de periodista, oyen las voces de una UE en alerta, que entrecomillan sin dar nombres de personas, únicos seres que hablan. Se oye en realidad a Pablo Casado sembrando discordia hacia el Gobierno que él mismo perturba con el horizonte de gestionar 140.000 millones de euros pendientes de asignación.

La presidenta de Madrid, muy aficionada al truco que desbarata tratos, oye voces. Lo dijo en su comparecencia con los presidentes de Castilla-La Mancha y Castilla León. Son las de sus expertos. Estos le aseguran que el confinamiento no sirve para nada. Dando un salto con pértiga sobre los datos de la primera oleada. Ella confina por días y el Gobierno de España le deja hacer. ¿Por qué? El supino hartazgo que todos padecemos, es cierto, no justifica dejar a más de seis millones y medio de personas en esa indefensión. Los ancianos muertos en los geriátricos, sin ser trasladados siquiera al hospital, 7.291, ya no lo cuentan. Y no pasa nada. Porque una cosa es un virus sin remedios conocidos, las carencias del sistema de salud tras la poda con tijera neoliberal, y otra no dar ni la oportunidad de atención siquiera. Y así seguimos denunciándolo, disfrazados de voz que clama contra un muro.

Casi 40 millones de personas confinadas, perimetralmente solo, en el puente del Halloween y los difuntos y los santos. Y no solo en España, Francia, Alemania, Italia andan por sendas parecidas. Temiendo por el futuro económico en las restricciones de tan larga pandemia, aunque alguna garantía ofrece no tener gobiernos para la usura cubriendo todo el territorio. El PIB español registra un crecimiento histórico del 16,7% en el tercer trimestre, empujado por el consumo. No echemos las campanas al vuelo, sin embargo la travesía no es fácil con estas turbulencias.

Sustos intensos, muertes auténticas que andan prendidas en nuestras emociones. La enfermedad sobrevolando para caer en un descuido o en las puertas que les abren y distribuyen los zombis escupiendo sobre todos. Miedos lógicos. A veces los conjuros son tan elementales como contratar sanitarios en vez de palabras huecas, potenciar el transporte público para viajar sin riesgos o elegir a personas capaces y honestas para la gestión y echarlas si no funcionan.

El terror atrae a muchas personas, en el cine, en la literatura, en fiestas como la de Halloween. Quizás este año suma demasiado con los motivos reales tan sobrecogedores. Las muertes de seres y cosas, como diversión, como miedo. 

La vida, siempre la vida. Hasta con sustos. En lo más profundo encontraremos vestuario de energía para seguirla amando y luchando por ella.

Publicado en ElDiario.es el 30 de octubre de 2020https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/susto-muerte_129_6376339.html

Se estrella un Covid-19 y mueren 267 persona

En realidad, 267 personas muertas es el balance de víctimas del coronavirus durante las últimas 24 horas en España, cifra récord desde las desescalada. En el fin de semana fueron 279. Si hubieran viajado en el Boeing 787 Dreamliner, en ruta Miami-Madrid -que dispone de esa capacidad para albergarlos-, todas las portadas nos hablarían de la tragedia. Radios y televisiones tendrían informadores apostados en el Aeropuerto de Barajas para contarnos las vidas truncadas de cada uno de los pasajeros y nos mostrarían el drama, las protestas, la histeria, de los viajeros detenidos en la terminal al no poder subir a bordo en sus vuelos hasta que no se recojan los restos esparcidos de los muertos. Así funciona esta sociedad y quienes la educan.

Este símil lo empleamos en el primer impacto de la pandemia –la ola que nunca terminó y ahora se agrava-. Y conviene recordarlo como impactante imagen visual. En la terminal, hoy, políticos de la oposición –como Casado y Feijóo-, portavoces mediáticos del clan, empresarios… se muestran críticos y airados por no poder embarcar, a todo ritmo, en eso que llaman “la economía”. Es su prioridad. Hosteleros se manifiestan en el exterior por la misma causa.

Pero esto no es siquiera un accidente puntual. Durante la semana pasada han sido 628 muertos por coronavirus, como dos aviones escacharrados. Según datos oficiales, la pandemia deja ya un balance de 35.000 víctimas mortales en España y más de un millón de infectados. Y se nota una clara reactivación: el récord de contagios se batió de viernes a domingo, con 52.888 registros.

Crece la pandemia otra vez en Europa y en América y prácticamente en todas partes, salvo unas pocas excepciones, y por similares causas. El millón de casos lo compartimos con varios países, algunos de mucha mayor población. En cabeza, EEUU, que se acerca ya a los 9 millones de contagios y ha visto morir a 225.700 personas. Es que COVID-19 es el causante del fallecimiento de 1.159.708 personas, al menos.

Y esta variable, la pandemia de coronavirus, es la que no parece entrar en las protestas por las medidas de prevención –menores para lo que sería necesario- de los adalides de “la economía”.  Periodistas serios se preguntan “si tampoco se pudo prever esta segunda ola”. Son de la cuerda de los que escribieron que “nos dábamos una tregua durante el verano”. Lo peor es que el coronavirus no se enteró. Tal como algunos previmos, en atención a datos y tendencias, por ganar el verano se iban a perder varias estaciones. Y encima no se ganó verano alguno. Maldita suerte de país que basó su economía en el turismo, y lo puso completo en la misma cesta de huevos que el coronavirus ha pisoteado. La temporada veraniega ha sido un desastre. No en Asturias, por ejemplo, que tenía entonces una bajísima tasa de contagios. Pero ya en julio se aportaban datos rotundos: el turismo sufrió su peor verano con un 75% menos de viajeros extranjeros.

A la “tregua” del verano se apuntó hasta la UE, que urgió a abrir fronteras. Pero los más responsables con su salud se lo pensaron dos veces. Todos los países sufrieron un drástico descenso de turistas, y así siguen y confinando de nuevo. Prácticamente vacías de viajeros continúan capitales tan punteras como París o Roma. Otros países disponen de modelos productivos más diversificados, pero la paralización mundial que ha traído el virus también les ha lastrado.

La relajación del verano se ha pagado cara. Pero la gente “se cansaba” del coronavirus y había que reactivar la economía. En España, el Banco de Santander hacía campaña con nuestro tenista de fama internacional Rafa Nadal. Los Reyes se pasearon por distintos lugares, hasta al Barrio de las Tres Mil Viviendas de Sevilla fueron o al tradicional Benidorm, y con trajes de rebajas Letizia, como destacaban las crónicas.

La curva de contagios, que había descendido a cero incluso, fue volviendo a subir. Y ahora protestan porque a muchos pobres ciudadanos no les avisaron de que la pandemia no había acabado. Nadie dijo que lo hubiera hecho, nadie desde el Gobierno. En junio, Fernando Simón recomendó no cambiar de provincia salvo que fuera necesario aunque el 21 acabara el estado de alarma. Es cierto que el presidente Sánchez comentó que no había que “dejarse atenazar por el miedo a los rebrotes” y era importante recuperar la economía pero añadió también que habría que aprender a convivir con el virus. Se convive con lo que vive, lógicamente. Las presiones eran y son enormes, y hasta lógicas, pero no podemos ni siquiera autoengañarnos: el COVID-19 enferma y mata y más cuando confluyen una serie de factores indeseables. El sistema sanitario español ya no está entre los más eficientes del mundo, debido a la salvaje poda que le propinó el Partido Popular para empezar.

La prensa conservadora ataca con el Estado de alarma diciendo, a la vista de todos que, si se implanta es una “dictadura constitucional”, para pasar a convertirse en dejación de funciones si lo asumen las Comunidades como pidieron. Ahora se vuelve a negar su necesidad. Aunque a ratos y por zonas. La gresca siempre a punto. Cada prórroga del estado de alarma era un parto con fórceps. Sesiones en el Congreso, cuajadas de insultos, hablando hasta de ETA y Venezuela y no de soluciones. La salud de los ciudadanos como algo secundario. En el debate de la moción de propaganda de Vox, los portavoces demostraron un infrecuente nivel político, pero en este tema se mezclan intereses más prosaicos: básicamente, defender “la economía” de unos agentes determinados, y ver de tumbar al Gobierno y hacerse con la gestión de los 140.000 millones de ayuda de la UE.

La Comunidad de Madrid, una vez más por desgracia, se evidencia como ejemplo de los intereses perseguidos. El gobierno de Ayuso no buscó dotar a la sanidad pública de personal o contratar rastreadores, sino construir un hospital en tres meses, en el terreno que le dejó un fiasco de su exjefa Esperanza Aguirre. Y dando negocio a los empresarios habituales: once constructoras –entre ellas Dragados o Ferrovial – para batir un récord… de rapidez. Porque los médicos y personal de enfermería los va a sacar desvistiendo otros hospitales de estos profesionales imprescindibles. Esto es utilizar dinero público para propiciar el negocio privado sin dar seguridad de eficacia en la función de salud que se le supone.

Y ahora otra vez el horizonte de las Navidades. Alemania cancela el mundialmente famoso mercado navideño de Nuremberg por la pandemia, pero en España no se pueden perder las Navidades. ¿La vida, sí? ¿De quiénes? ¿De los que no tienen más remedio que trasladarse en transporte público atestado de gente? ¿O de quienes tienen que seguir trabajando sin los medios precisos en la sanidad de todos o en los centros educativos? ¿O de las víctimas de aquellos que se quieren divertir y… contagiar al que le toque? ¿O de los que acuden a fiestas de forma tan irresponsable? Terrible lamparón asistir al festejo de Pedro J. Ramírez, como hicieron con nula prudencia cuatro ministros y una vicepresidenta del PSOE, la plana mayor del PP y numerosas celebridades del poder.

El confinamiento nocturno es una medida simbólica, supongo, dada la poca gente a la que afecta. Lo que bajó la curva anterior fue recluirse en casa y parar actividades no esenciales. Pero, ciertamente, es una decisión muy difícil por los perjuicios que también causa. Económicos y hasta emocionales. Y menos mal que contamos con un gobierno progresista que se ocupa de las personas. El proyecto de Presupuestos aprobado este martes lo demuestra, para su pase a Congreso y Senado. Realmente progresista, hay 3.000 millones más para sanidad pública entre otras partidas de similar tendencia. En particular, las destinadas a reconvertir el sistema productivo como la transición tecnológica. El PP los rechaza. Bueno, el conservador británico Boris Johnson se niega hasta a financiar las comidas de escolares en riesgo de pasar hambre.

Dar garantías de salud, reales, en la atención médica, en el transporte, en los trabajos, o ver de retomar la educación de los afectados por el virus de la idiocia, ayudarían a no tener que imponer las medidas más drásticas. Algo grave le ocurre a una sociedad cuando se mete entre decenas de personas, pegados unos a otros, para tomar copas… o para comprarse algo tan poco esencial como una colección de velas o un paquete de servilletas de papel, con la mirada fija en el objetivo sin ver nada más alrededor. Cuando no se entera ni de lo que le conviene, cuando no ve ni a quienes les usan y dañan.

El coronavirus sigue aquí, aunque algunos no quieran asumirlo. Ha cambiado tanto la sociedad que no se volverá a “lo de antes”. Algunos negocios no van a tener continuidad porque es prescindible su necesidad, habrá otros. Tendremos que hablar de ello. De momento, van a seguir despegando los aviones COVID-19 y alguno se estrellará como mucho en dos días, o en uno solo, mañana, y al otro y al otro. Con seguridad. Vuelen a la sensatez y eviten subirse al aparato maldito. Voluntariamente o, de no haber otro remedio, exigiendo al menos medidas de protección eficaces.

*Publicado en ElDiario.es el 27-1o-2020

Hay vida detrás del ruido

Es casi imposible creer en un cambio real del PP, al que se perdonan gestiones desleales en el exterior o la inmensa bolsa de sus corrupciones. Romper con Vox es romper con Vox. En las alianzas sin duda, y el PP no va a hacerlo.

La moción de propaganda le salió a Vox por la culata guerrera. La gran sorpresa fue asistir a un debate parlamentario de una altura casi desconocida. Esta vez no eran las grescas estériles para dar audiencia al espectáculo, se sustentaban asuntos serios que se clarificaron. La principal novedad y esperanza es que bajo el ruido hay vida. Y hay que aflorarla.

El aspirante a presidente quedó triturado por sí mismo. La imagen de aferrarse al estrado, subiendo una y otra vez para responder hasta a los suspiros imperceptibles, era el mejor resumen de su derrota. Como en una obra de varios finales, salía una y otra vez para prolongar su efímero protagonismo. En varios registros emocionales, que concluían con una cita sobre valentía y cicatrices extraída del acervo cultural del partido. Resultó ser del actor chino Bruce Lee, como paradoja.

El plato fuerte llegó cuando Pablo Casado escenificó el presunto giro al centro del PP y “rompió con Vox” “rompió los puentes sin vuelta de hoja“, para “devolver el orgullo al PP” y “¡ganar la moción de censura!”. La que Vox había presentado al gobierno progresista de Pedro Sánchez, sí. La que dio el mayor apoyo de la historia a un presidente en similar tesitura. Siquiera por rechazo al oponente. Ahí llegó una de las primeras revelaciones de la sesión: el centro añorado es una fuerza centrípeta que, impulsada por los intérpretes de la realidad, nos envuelve y arrastra en su giro para no ver más allá de la centrifugadora. Es comprensible hasta un sano entusiasmo ante el “nuevo” Casado, por la necesidad que España tiene de una derecha nacional homologable y civilizada, europea, pero el PP no lo es por el momento y la experiencia nos aboca a deducir que difícilmente lo será.

Es decir: hay vida tras el ruido y, cuando quiere, hasta Pablo Casado es capaz de hacer un brillante discurso en el que demuestra saber lo que es una derecha democrática y honesta. Es curioso cómo a los políticos de esa ideología conservadora y neoliberal se les da ese título –además de otros- con unos minutos de discurso, y a los de izquierda no les bastan ni años de ideas y obras. Hay que aposentar las palabras antes de otorgarles carta de certeza. Y admirar el trato que dispensa la madrastra a los hijos propios que difiere del que da a los hijastros.

De hecho, el giro al centro de Casado le duró apenas cinco minutos, cuando Pablo Iglesias, como vicepresidente, le situó ante unas cuantas realidades. Porque endulzado en halagos y cuando todavía el presidente del PP sonreía, le dijo “ustedes no son una derechita cobarde”, relatando los ejemplos que van desde los recursos ante el Tribunal Constitucional, a aplicar con mano de hierro la austeridad recortando los servicios básicos, o desde crear una policía política contra sus adversarios a bloquear la renovación de las instituciones. Y el Casado de siempre volvió en el acto, hablando de financiaciones irregulares e imputaciones inexistentes, desde un PP tan tocado por la corrupción auténtica.

Inmediatamente declararon en el PP que la oferta para renovar el Consejo del Poder Judicial que hacía Sánchez pasaba por que esté fuera de la negociación la parte que más les molesta del Gobierno. Por cierto, las críticas del Consejo de Europa a la reforma que se había planteado se habían servido un tanto adulteradas. La principal censura del GRECO ha sido durante años a la reforma del PP de Rajoy.

Eso sí, Pablo Casado fue tajante con Vox: “Hasta aquí hemos llegado”, dijo. Aunque según se mire, porque puede gobernar sin  problemas en Madrid, Andalucía y Murcia. Un Abascal titubeante garantizó que, pese a esa ingratitud, no rompería los gobiernos y que bastaba con que Casado le diera las gracias. Lo primero es lo primero en los pactos de gestión de las tres derechas.

Europa flotaba sobre el cambio de actitud verbal de Casado. Abascal había insultado a la UE y a Merkel. Y eso no puede ser cuando España está pendiente de recibir los famosos 140.000 millones para la reconstrucción. Casado, el nuevo centrista, acaba de reunirse con embajadores de la UE para sembrar la desconfianza en el Gobierno de España. Pero sí parece haber entendido, como le recordó Iglesias precisamente, lo mal que se vería en la Unión Europea un gobierno conservador aquí apoyado por la ultraderecha. Abascal estaba especialmente quejoso de Angela Merkel, que pone cordones sanitarios a gente como su partido.

Es casi imposible creer en un cambio real del PP,  al que se perdonan gestiones desleales en el exterior o la inmensa bolsa de sus corrupciones. Romper con Vox es romper con Vox. En las alianzas sin duda, y el PP no va a hacerlo. No se vislumbra por tanto que no siga oyendo a Vox para derribar la memoria de los demócratas (Madrid) o firmando contra la prevención de la violencia de género (Andalucía) o contra la educación (Murcia). Y que mantenga en Madrid a la autoproclamada oposición al Gobierno de España, Isabel Díaz Ayuso que, a la misma hora del debate, decía que Unidas Podemos basan sus políticas de infancia en “abortar a espaldas de los padres” y llegar a casa “solas y borrachas“. El Ciudadanos de Arrimadas ha quedado residual en la moción, y pide “altura de miras” a Vox para mantener los pactos autonómicos. En Andalucía, el vicepresidente Juan Marín se muestra preocupado por la pelea de las derechas en la capital. Y en Madrid, Ayuso ha pasado de contar a Ciudadanos sus medidas restrictivas para la pandemia. Se han enterado en la rueda de prensa.   

Hoy, sin embargo, vemos que la derecha sabe que la senda ultra no le conviene. Probablemente hará lo mismo, pero con educación. O al revés: mantendrá el insulto mientras colabora en lo que le venga bien. Nos ha hecho mucho daño el ruido. Los ecos han llegado lejos, incluso para leer en Le Figaro, de un buen corresponsal, que España es el enfermo de Europa y hasta echa el cierre a los tablaos flamencos

Lo que escuchamos en el debate nos aleja de los tópicos sobre España. Discursos de una altura casi inédita en el Congreso. Un Pedro Sánchez con mesura, ideas y hasta ironía suave para recordar la gestión demostrada por el candidato a sucederlo. Oímos hablar de la vida real. De una economía vapuleada por la pandemia, como todas o más que todas por las fallas estructurales de España, que se dispone a abordar con este gobierno otros modelos más avanzados y acordes a las necesidades del tiempo presente.

Oímos a mujeres portavoces responder al machismo casposo de los ultras. Hablar de proyectos tangibles y “de los sueños que cruzan generaciones de mujeres que sueñan”. De una sociedad que busca ampliar sus derechos civiles. De robustecer el Estado del Bienestar, de la modernización del sistema educativo como clave para un futuro mejor. De la renovación tecnológica. Ideas sin crispación que aislaban los gritos de la intolerancia. Una España centrífuga que ha de expandir lo que realmente es y puede ser. Y muy necesaria para el difícil momento que vivimos cuando, a todos los problemas, se añade una grave reactivación de los contagios por coronavirus.

Porque constatamos también que la España oscura es más pequeña de lo que parece cuando nos la sirven digerida los medios y periodistas a su servicio, o demasiado cómodos para salir de la visión dominante. Por eso, a pesar de tantos y tan intensos intentos de desestabilización, no terminan de conseguir su objetivo.

El postdebate –y a falta de instrucciones concretas del más allá- nos muestra un paisaje mediático inquieto. Predomina la exaltación de un Pablo Casado que gana, como la leyenda del Cid, una moción contra otro, pero no falta la cloaca pura y dura, para quien es ETA hasta el PP. Desahuciados de Vox buscan en el líder excelso de la derecha un engrosamiento viril de su voz desatado el nudo de su antiguo tono aflautado. Lean, no es broma. Incluso hay quien, por los nervios quizás, quitan el sonido de la retransmisión y creen mudos a los que hablan. Y es que evadirse de lo que no se quiere saber o lo que daña es tan simple como cortar el acceso. Los ciudadanos responsables de su futuro deberían primar sus propias conclusiones sobre la comodidad de las interpretaciones, especialmente si se advierten sesgadas.

Hay futuro tras el ruido y, a pesar de los graves desafíos que nos circundan, cabe hasta el humor y algunos gramos de constructiva esperanza.

Publicado en Eldiarioes el 23 de octubre de 2020

Moción de propaganda

Si Vox ha crecido con la propaganda, si su moción es propaganda, la medicina que hay que aplicar es algo muy cercano al silencio: respuestas mínimas, información escueta. Y no será así

Lo llaman moción de censura, pero es una oportunidad inigualable de propaganda gratuita. No tiene ninguna posibilidad de prosperar en la votación, pero hay un entramado que facilitará sus planes. El show de Vox en el Congreso no tiene otro fin que publicitar la doctrina ultraderechista de la formación y ver de socavar a los rivales ( socios incluidos).

Un cúmulo de despropósitos llevaron a la extrema derecha franquista al Congreso en número suficiente de diputados para poder organizar estos saraos. La repetición de las elecciones de abril de 2019, a ver si el PSOE lograba por fin una mayoría que le librara de apoyos molestos. Cosa que no iba a ocurrir en seis meses, pero que consiguió doblar los diputados ultras. Un desnortado PP en manos de Pablo Casado, tutelado por Aznar, con un plantel de figuras de derribo, mentiroso hasta el sonrojo, y tan radical que resulta indistinguible de Vox.

Como factor esencial de la propagación del virus ultraderechista en España está el brazo mediático que, por ideología o en busca de audiencia sin escrúpulos, apoyó y apoya al partido de Abascal. Hay diarios que estos días actúan como oficinas de prensa de Vox mientras radios y televisiones, con TVE a la cabeza, los tienen casi a diario en pantalla. En general, la apuesta por los conservadores es abrumadora en los medios convencionales.

Demostración fehaciente, este martes. La hora de La 1, tras entrevistar en los últimos días a Esperanza Aguirre, Cayetana Álvarez de Toledo, Rocío Monasterio o Espinosa de los Monteros, ha protagonizado esta escandalosa entrevista a Cuca Gabarra, portavoz del PP de Casado, en un alarde de extremismo descarado como para competir con Vox.

Aún ha caldeado más el ambiente el PP por la tarde a través de la senadora Adela Pedrosa, al interpelar con inusitada violencia a la ministra de Igualdad, Irene Montero, en un ataque personal inadmisible. El PP ha establecido una pugna con Vox a ver quién insultaba con peores modos, dado que el partido de Abascal también ha vejado a Pablo Iglesias.

Por supuesto el auge de los fascismos en una tendencia mundial que se aprovecha de las crisis, causando alta preocupación en las democracias. La ultraderecha preside países tan potentes como EEUU y Brasil. En Europa la tenemos en cinco gobiernos y 22 parlamentos, incluido el de la UE. Se encuentra en declive sin embargo en Alemania o Italia con datos actualizados. Grecia ha juzgado y sentenciado hasta con 13 años de cárcel a la cúpula de los neonazis de Amanecer Dorado, claro que este caso se han probado incluso cargos de asesinato.

La ultraderecha ha llegado a manipular la historia. El fascismo es el responsable de la II Guerra mundial y toda su carga de destrucción y muerte. Y le han dado la vuelta al punto de meter en cabezas poco exigentes que fueron otras ideologías las culpables. Los nuevos fascismos no son iguales que aquellos, admiten de base las reglas de juego que les llevan a los parlamentos, pero su doctrina preconiza ideas incompatibles con la democracia y los DDHH. Sobre todo la desigualdad entre las personas, racismo, machismo. Ése es el problema y es muy grave, la democracia no debería dar cabida a quienes la atacan en contra del conjunto de la sociedad y el fascismo es la única ideología que lo propugna.

Los métodos de la ultraderecha actual son explícitos: usan la manipulación de las emociones que suscitan irracionalidad y odio, y los bulos y fake news como método de desestabilización. Ese cóctel que hace saltar a sus adeptos como una plaga de pirañas hambrientas. Tener que explicar a estas alturas qué es el fascismo o qué fue la dictadura franquista es realmente trágico. “Los pueblos que desconocen su historia se condenan a repetirla”, dice el viejo adagio. Y el nuestro es un ejemplo sin igual.

Se toman a broma las bravuconadas de Vox, del PP tan cercano, pero, como escribía aquí Olga Rodríguez, hay que desechar la tentación de jugar con el fuego de Vox porque “cuando la crispación se enciende existe el riesgo de que traspase los límites previstos”. Así ha venido haciendo. Porque, de hecho, no es solo Vox quien hoy actúa en el Congreso, son los brazos mediáticos y del poder judicial a favor de una derecha extrema, poco escrupulosa con los instrumentos a emplear.

La derecha española no tiene nada que ver con la alemana, la francesa o la sueca, no es inequívocamente antifascista como ellas. Algunos países europeos han establecido un cordón sanitario que evita las alianzas con los ultras a costa de perder gobiernos en ocasiones. Por el contrario, en España, el PP y Ciudadanos gobiernan con el apoyo de Vox en Madrid, Andalucía y Murcia. España tiene una derecha claramente antifascista sin embargo: el PNV. Las fuerzas democráticas unidas mantienen en el País Vasco un cordón sanitario a Vox que entró con un escaño en su parlamento, “una pica en Flandes” dijo Abascal. Han reducido sus tiempos de intervención y de presentación de iniciativas, algunos no debaten siquiera con ellos. Se cuenta poco, casualmente. Algunos priman las reacciones de Vox convertido en sujeto de la noticia. Y no nos equivoquemos, no es “fascista” frenar al fascismo, lo hacen países muy serios y convencidos de su daño.

Porque luego está la propaganda mediática: “No es verdad que como la ultraderecha tiene 52 diputados haya que darle amplia presencia en la televisión pública. Salvo Hungría, en pocos países se otorga tanta cancha a los mensajes de la ultraderecha en los medios del Estado”, escribía Juan Tortosa, hace meses, basado en informes internacionales.

La ambigüedad mantenida por el PP sobre la propia moción le dañará en favor de sus socios de Vox. El gobierno progresista saldrá reforzado, dicen, a un alto precio en crispación social. Con una pandemia que se reactiva, con una crisis económica fruto de múltiples errores de pasado y presente, hemos de soportar esta astracanada que quita tiempo y energías. Convertido ya el Congreso en un circo, el show de Vox tendrá un eco desmedido los medios afines. Habrá risas de superioridad y reforzamiento de fans poco amantes de la reflexión y la democracia. Superar el enorme emplasto de impunidades fascistas durante décadas, de deseducación de una parte de la sociedad, no se logra en un día. La democracia se mama como la vida y se la cuida como algo valioso.

Ahora bien, si Vox ha crecido con la propaganda, si su moción es propaganda, la medicina que hay que aplicar es algo muy cercano al silencio: respuestas mínimas, información escueta. Y no va a ser así. En las actitudes mantenidas tendrán los ciudadanos la guía de en qué lugar están todos..

*Publicado en ElDiario.es el 20 de octubre de 2020

El perfume y el asco

Rosa María Artal

En aquella época, el siglo XVIII, las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, las cocinas a col podrida, y aquel hedor de las ciudades iba sumando los vapores del interior de las casas y patios, las sábanas húmedas y el penetrante olor dulzón de los orinales. Así –y más- describía Patrick Süskind aquel París en el que se desarrolla su obra cumbre: El perfume. Y cada vez que España sufre a la derecha en la oposición, revuelta por haber perdido el poder del gobierno de la nación –aunque conserve tantos otros bajo mano-, recurrir a ese libro me consuela. Como una forma de hermanarse con las sociedades que sufrieron todos los focos de asco de la historia y saber que miles de seres han experimentado ese zarpazo y que, mal que bien, cuando se limpia a fondo se puede respirar.

Es un escenario que permite ver más allá de las chalets de Marbella y los pazos gallegos, de las urbanizaciones de Pozuelo de Alarcón, de las esposas rubias con rubios niños, de las universidades donde pasar a recoger un título de lo que no se ha estudiado, de los vestidos caros –uno diferente para cada aparición en la prensa-, de las portadas y tertulias de traje gris y lengua voraz. Y trasladarnos a los nuevos templos de los mercaderes –que comercian con vidas y haciendas, bienestar de hoy y futuro- levantados sobre cementerios ancestrales con la esencia de sus diversas víctimas.

En un calor perpetuo que derrite las caretas, el hedor que se filtra del suelo se mezcla con las tripas del pescado a la venta, limpio en el mostrador. Allí son paridos, en realidad, todos quienes -en el rencor de su ser y su derrota- se dedicarán a amargarnos la vida para poder medrar sin mirar la limpieza o suciedad de los cauces empleados. Nacidos como Jean-Baptiste Grenouille bajo el tablero del puesto entre restos de peces y moscas, para ser implacables, insaciables, sucios, sin alma.

Suele funcionar cambiar o quitar los ropajes, lo ficticio, para mirar adentro. Y así el hombre gris, despistado, sereno, asombrosamente parecido en su nombre al M. Rajoy de los papeles de Bárcenas, se transforma en un ser que se congratula de la sentencia judicial de la Gürtel y dice verla como una “reparación moral”. Cuando el partido que él presidía ha sido condenado por lucrarse de la corrupción de la trama, y varios cargos y colaboradores de la formación van derechos a cumplir una suma de 300 años de cárcel. Sin contar el resto de las causas abiertas por una sospecha de corrupción que se extiende desde la caja B al uso del Estado en provecho de sus negocios.

Les cambia la imagen si se mira bien. Como al presidente actual del PP, que anda perdiendo los papeles por frustrar la entrega de los 140.000 millones de euros que la UE ha previsto para ayudar a los españoles a pasar el bache. La presidenta de la Comisión, Von der Leyen se ha reunido con él y le regala la imagen para exportar. Tampoco quiere su partido perder el control anticonstitucional del poder legislativo y lo justifica, ahora, por estar Unidas Podemos en el Gobierno (a él no le gustan). Algo que ocurre desde solo el mes de enero. Asco de tantas mentiras y traiciones. Una especial deferencia de quien preside el gobierno de la UE.

Visto el precedente, la delegada de la empresa PP en Madrid se ha saltado al Gobierno español para pedir a Von der Leyen –como si fuera la jefa de Sánchez- más controles en Barajas al que, sin datos ciertos, se ha empeñado en atribuir la expansión del virus en Madrid. Es sonrojante. A Ayuso no hace falta situarla en el escenario del maloliente mercado parisino, porque igual encontraría un balde con tripas y espinas donde esconder el coronavirus, los contagiados y muertos por el coronavirus, los test prometidos y no realizados, las trampas, para que el producto a la venta cuele como apto. Ella ha desarrollado la capacidad de decir lo más inverosímil para distraer a la sociedad del drama que organizan entre todos ellos.

 En cuanto al Poder Judicial –que ha aguantado y aprovechado el bloqueo del PP- ahora quieren dar “una respuesta contundente” al cambio en la ley de renovación que quiere hacer el Gobierno. Demostrando lo necesario de acabar con esta situación en los márgenes que queden.

No es la primera vez que vuelvo a la lectura de El perfume en circunstancias que se parecen en parte. Con la misma voracidad destructora aunque sin una pandemia que añade su trabajo devastador y sin que los mercaderes muestren ni un ápice de piedad por usarla en su provecho. Por añadir más dolor al dolor y más incertidumbre a la angustia. Más asco. Ausente la más leve empatía por las víctimas. Como a la nodriza del pequeño Jean-Baptiste, les chupan hasta los huesos.

Asco por su desinterés en lo humano. Por reforzar los insultos en vez de reforzar los rastreadores y los medios sanitarios para atajar el coronavirus. Por deformar la realidad al límite, con mentiras a toda página, a toda voz, para engañar a los votantes. Por tantos abandonos. Por su desprecio a la democracia que no se para ni en derribar a martillazos los homenajes a las víctimas de sus parientes ideológicos. Cuesta soltar esa náusea que atora la boca del estómago. Como bálsamo, relaja algo despojarles del remedo de glamour y ver esa realidad que tiene más que ver con un pozal de sardinas pasadas.

Huele el cerumen pegado al pinganillo que conecta, a quien da cara y palabra en las pantallas, con el más allá donde se mueven los hilos. El hedor de la complicidad, del conchabeo, se sigue olfateando desde lejos. A togas y sotanas que no conocen  la tintorería. A chulos de playa y de retiro espiritual. Monjas nazis y machos inflados. Resabiadas señoritas Rottenmeyer. Huele, y hiede y apesta. A madera revenida de las que se forjan las escaleras de trepar. A colonia vieja que rancia el ambiente y descompone el cuerpo. Todo cuanto termina engullendo el intenso tufo a vacuidad, a sociedad narcotizada. Pereza y asco se juntan en cóctel demoledor.

Cuánto odio en los gritos, en los gestos, en los actos. Cuánto odio para sentarse medio muerto en un plató con el fin de zumbar al gobierno del partido que un día le nombró ministro, aunque fuera para aventar derechos con patadas en la puerta. Y persistir en continuar el discurso del odio con el desfibrilador para el corazón gripado.

Afrontamos el temor a la enfermedad y la muerte por un virus, asistimos compungidos al descalabro económico mundial, pero añadir la tortura de la oposición sucia de la derecha española es ya demasiado. Cuando el asco flota en el ambiente con el olor de los excrementos de rata de Süskind hay que alarmarse para evitar el contagio. Que la repugnancia no nos invada al nivel del odio purulento que vemos en otros.  Hay tiempos en que reina el hedor en las ciudades y los pueblos, agrio de nata rancia en el Parlamento donde estamos representados. Pero allí también se encuentra disponible la razón y con ella fregonas y gel desinfectante por toneles de dignidad. Si se quiere, se limpia. Si se debe, se hace. El hedor que sufrimos vuelve el ambiente irrespirable.

*Publicado en ElDiario.es el 16 de octubre de 2020

El Rey, la justicia y Madrid

Ayuso asegura que los madrileños son rehenes de una batalla política. Sí, la de ellos. Llegó a confesar su misión histórica: parar al gobierno español, junto a la justicia y el rey. Nada menos.

Rosa María Artal

2 de octubre. La Fiesta Nacional de España parecía la fiesta nacional de la monarquía, incluso del rey. Una serie de variopintos personajes a los que llamaron “personalidades” se sintieron en la obligación de desagraviar al actual jefe del Estado. Su padre y predecesor ha huido de España -tras conocerse sus múltiples irregularidades contables e ingresos de dudosa procedencia, esta sociedad que parece tragarlo todo se ha sentido molesta y algunos de sus representantes políticos lo han expresado.            

El periodismo independiente lo ha contado tal cual es. El otro intenta minimizar el enorme problema. Ya en marzo, el mismo día que entraba en vigor el estado de alarma, Felipe VI comunicó su repentina renuncia a la herencia de su padre, dando validez a las revelaciones de la justicia suiza. Más aún, supimos por el comunicado real, que el rey sabía desde un año atrás la existencia de una cuenta offshore de la que él mismo era segundo beneficiario, según el diario inglés The Telegraph.

Alguien, muy bien informado, me comentó: España no se puede permitir una crisis institucional ahora. El editorial de El País de este martes dice exactamente lo mismo. Nunca habría lugar en España para solucionar sus fallos de mayor envergadura. Pero sí lo hay, por ejemplo, para que el jefe de la oposición, Pablo Casado, bloquee dos años la renovación del Poder Judicial y acuse al gobierno de dictatorial por poner en marcha una ley que lo impida. O que maniobre sin descanso para impedir que lleguen a España los fondos europeos de reconstrucción, los suculentos 140.000 millones de euros. Hasta con 26 embajadores de la UE se reunió Casado a finales de septiembre para mostrarles su discrepancia con la gestión que presume llevaría Sánchez con el dinero de Europa. Malmetiendo “patrióticamente” a ver si consigue evitar que los españoles reciban ese fondo.

Hoy otra de las portavocías de la familia se hace eco de unas declaraciones de un profesor de economía alemán, y antiguo residente en España. “No es responsable transferir fondos al Gobierno actual”, dice para añadir: “España no está lejos de ser un estado fallido. Están fallando todos los poderes del Estado“. ¿Menciona el experto a cuáles y por qué se refiere?

Las hazañas de Juan Carlos I han dado la vuelta al mundo en artículos, de prensa seria realmente sangrantes. Felipe VI no sale bien parado tampoco. Han sido décadas de convivir con demasiadas irregularidades. Quién más daño ha hecho a la monarquía ha sido el propio Juan Carlos. En cuanto a la justicia española, una parte esencial de ella asombra a expertos de dentro y de fuera. Los varapalos que sufre en el exterior no son ninguna nimiedad. Igual las instituciones que fallan lo son por tener enquistados problemas troncales.

El 12 de octubre tuvo su propio relato, el que les conviene difundir e incrustar en los cerebros. Las portadas en papel del clan se centran en el rey sereno y en Pablo Iglesias, a cuyo partido atribuyen “los ataques a las instituciones”. Empresas privadas, aunque subvencionadas con dinero público de alguna forma. Resulta todavía más grave que RTVE, la televisión pública estatal, se apunte a la misma campaña.

Durante todo el día, los informativos de TVE mantuvieron la misma tesis. La tensión de Ayuso y Sánchez, como si fueran gobiernos equivalentes y no mediara la salud de los ciudadanos gravemente amenazada por la ineficacia y el pulso que ella mantiene, ella. Inmediatamente después la solicitud al Supremo de imputación de Pablo Iglesias, metida con calzador en un acto como la Fiesta Nacional y sin mencionar las irregularidades que concurren. Acto seguido, las críticas de Iglesias y Garzón al rey, sin contexto alguno. Como postre la magnificación de las habituales protestas de cuatro matados ultras. Y sobre todo las manifestaciones de Vox, convertido en argumento de cabecera de los informativos de TVE, llevadas a titulares aunque reunieran a 400 personas en Barcelona, según la Guardia urbana, y sacaran a pasar sus coches por la Castellana de Madrid y poco más. Todo esto no es casual, es manipulación pura y dura, y tiene remedio.

Portada de El Mundo de este domingo

Los trazos del plan son tan gruesos que se ven de lejos. Ayuso, junto a Almeida, asegura que los madrileños son rehenes de una batalla política. Sí, la de ellos. Llegó a confesar a El Mundo su misión histórica: parar al gobierno español, junto a la justicia y el rey. Nada menos. Textualmente dijo en El Mundo la víspera de El Pilar que Madrid –al que ella usa-, la Justicia y el rey son “los que impiden que el gobierno cambie el país por la puerta de atrás”. Que impiden, pues, que el gobierno cumpla su función, la que le mandan las urnas. Es de una gravedad extrema. A quien olvida citar es a la prensa empotrada en esa campaña,porque si hay en el planeta Tierra alguien dispuesta a creer tan demenciales posturas es gracias a ellos. El espectáculo, ya grotesco, con la salud de las personas de por medio está llegando a límites de delirio.

Entretanto el 12 de octubre, tan cerca y tan lejos, protestaba la enfermería de Madrid por su precariedad sin eco. La justicia archivaba por ser “meras infracciones administrativas” el caso de un temporero de la oliva, de 31 años, sin contrato, que fue abandonado en un centro de salud,  muerto ya, tras haber fallecido en el tajo. Profesionales que nos sostuvieron, con enorme esfuerzo. durante la primera ola de la pandemia, sufren pensando en lo que viene. Mucha gente teme al futuro en precariedad. Y una panda de dinosaurios y estrellas casposas del show business político y mediático proclamaban su Viva el Rey, convertido el vídeo en una pieza de humor para la fiesta. A lo lejos parecía sonar la saeta de Serrat : o no eres tú mi cantar…

La monarquía española está en crisis, como demuestra la encuesta –de especial rigor según su ficha técnica- que han realizado 16 medios independientes con aportaciones de ciudadanos. El PP de Rajoy dejó de consultar a través del CIS sobre el tema desde 2015 y no ha vuelto a hacerse. Quizás porque la Institución registraba una abrumadora caída en el nivel de confianza: del 7,4 en 1994 al 4,3 en 2020, de notable ha pasado a suspenso. Solo un tercio de los españoles votarían a favor de la monarquía en un referéndum y un 40.9% lo haría por la república. Aunque apoyos y rechazos están muy polarizados por comunidades y por edades. La mayoría define a Felipe VI como bien preparado, pero muchos dudan de su neutralidad y su empatía y creen que es “de derechas”. Solo un 23% piensa que Felipe VI no conocía las comisiones ilegales de su padre. El 74% cree que los escándalos de la familia real dañan la imagen de España. Y es la derecha y la ultraderecha quienes lideran el apoyo a la monarquía.

Más que consenso institucional de apoyo a la monarquía es un acuerdo para mantener los intereses de la familia de conveniencia que formaron en el 78. Convertido el rey en España toda, frente a una sociedad completa que no participa al menos de semejante entusiasmo. Y vive con enorme preocupación este momento vital acosado de pandemias varias. Son unos pocos quienes marcan la pauta y la agenda. El anquilosamiento, las degradaciones. Dice, Ayuso, la insensata, que es ella, auto investida de Madrid todo también, la justicia y el rey. Y, eso sí, cada pieza del clan va a lo suyo.

*Publicado en ElDiario.es el 13 de octubre de 2020

Una guerra con los ciudadanos como rehenes

Madrid es la trinchera desde la que el PP quiere derribar al Gobierno. Ése es el objetivo que explicaría el demencial comportamiento al que asistimos los habitantes de esta comunidad, tomados como rehenes en esta guerra que nos deja a un lado

Rosa María Artal

Por fin, la Comunidad de Madrid se encuentra en estado de alarma aprobado por el Gobierno en un Consejo de Ministros extraordinario para proteger la salud pública, argumenta. Como era exigible ante la extensión del coronavirus y la inacción efectiva de Madrid. Díaz Ayuso vuelve prácticamente al punto de partida y sigue empecinada en restringir solo los movimientos por áreas sanitarias que coinciden casi exclusivamente con los barrios de menor poder adquisitivo entre los más afectados por los contagios. El Gobierno ha dado la respuesta adecuada al actuar con firmeza y cerrar Madrid capital (además de otras 8 ciudades de la Comunidad) aunque hubiera sido mejor hacerlo antes: lo primero es la salud de los ciudadanos. Sería exigible que obrara con la misma contundencia ante las amenazas que extienden la inquietud por el estado de nuestra democracia.

No perdamos el foco: Madrid es solo la excusa. Es la única comunidad que pugna con el Gobierno rechazando las medidas para detener la pandemia, cuando es la que registra más casos… de Europa. No plantean problemas en otros territorios gobernados incluso por el Partido Popular o el acuerdo de la triple derecha. Madrid es la trinchera desde la que el PP y cuanto representa quiere derribar al Gobierno progresista. Ése es el objetivo que explicaría el demencial comportamiento al que asistimos los habitantes de esta comunidad, tomados como rehenes en esta guerra que nos deja a un lado y recrudece sus asaltos de día en día. Cada cual tiene su papel en la confrontación: desde la política a un parte sustancial de la judicatura, pasando por los medios que ejercen la desinformación. Pero lo peor, insistimos, es haber hecho a los ciudadanos, su salud y su vida, moneda de cambio de sus intereses.

Hay una parte delirante que ejerce Ayuso con ayuda de los consejeros de su gobierno cambiando de opinión de forma desorbitada. Solo en esta semana, recurrió el cierre perimetral de Madrid para pedir a los ciudadanos que no salieran de sus límites, una vez que el Tribunal de Justicia de Madrid tumbó la orden ministerial por la forma en la que fue presentada. El de Castilla-León ha autorizado los cierres de Palencia, León y San Andrés de Rabanedo, con el mismo decreto. Tras el anuncio de un estado de alarma para Madrid, Ayuso dilata la respuesta y vuelve a su postura inicial. Todo esto venía de atrás, desde que ella misma lanzó a los cayetanos con sus cacerolas contra el Gobierno. Dicen que es una gestión suicida, podría decirse que en términos puramente legales se parece más a una forma de homicidio. Los ejecutores no son los que sufren los daños, los infieren. 

La búsqueda de viajes desde Madrid para el puente del Pilar que comienza, había aumentado ya. Volvemos al principio, a aquella primera semana de marzo cuando la suspensión de las clases en Madrid lanzó a los estudiantes a sus lugares de origen y a múltiples viajeros a sus segundas residencias, a las playas que lucían atestadas en sus terrazas. Soria, por ejemplo, ha pedido que se cierre Madrid por temor a la llegada de viajeros con este origen.

Cansa ya repetir, sin que produzca reacción alguna, la decidida apuesta de Ayuso y sus colaboradores por “la economía” a costa de la salud, en la teoría de que el tráfico produce accidentes y no se prohíben los coches. Y que se plasmó de forma trágica en las residencias de ancianos. Pero, repito, Madrid es solo la excusa para sembrar un caos que propicie un cambio a su favor en La Moncloa. Mientras, el coronavirus vuelve a enfermar y a matar. A paralizar la actividad. Salvar el verano nos ha costado, además, un tremendo palo a los negocios que más querían preservar –turismo, restauración, ropa-, precisamente. Porque esto no funciona así tampoco.  

Lo importante para los ciudadanos es -debería ser aunque a la vista de algunas de sus decisiones se dude- la salud. Y su atención sigue sufriendo graves carencias que no remedia ninguna orden administrativa. Parece ser un tema secundario en esa batalla que se libra por el poder. Fuera de las urnas. Recordemos que, en apenas cuatro años que deberían corresponder a un solo mandato, se han celebrado en España cuatro elecciones generales y todas las ha perdido la derecha. Creció en ese caldo la más ultra.

Con los papeles bien repartidos, se trabaja en el objetivo concienzudamente. La justicia, atrincherada en el Consejo General del Poder Judicial caducado desde hace dos años, que el PP se niega a renovar porque le favorece ideológicamente desde que fue nombrado con la mayoría de Mariano Rajoy. Un CGPJ que, sin inmutarse, realiza nombramientos que anticipan carambolas exactas. El “caso García Castellón” contra Pablo Iglesias, con todas sus irregularidades, desembocaría en las manos de un Tribunal Supremo con titulares recién nombrados y sus ideologías bien definidas. Escribe el abogado Gonzalo Boye en ElNacional.cat: “Nos enfrentamos a un problema tanto o más grave que la sublevación de unas cuantas unidades militares. Es más grave porque es más profundo, pero, sobre todo, porque a los tanques, que hacen mucho ruido, se les ve venir de lejos”. Al parecer, aunque muchos estemos muy alarmados, el grueso de la sociedad no percibe esos movimientos.

El brazo mediático, por su parte, actúa con enorme solidez. Es Sánchez quién mantiene el pulso y presiona a ese Madrid de Ayuso ansioso de la libertad… ¿de contagiar el coronavirus? Hablan de amenazas que no son a la salud de las personas que no citan como variable a valorar en esta guerra. Por supuesto, lo unen a Pablo Iglesias que “planta cara a la justicia”. Caos en el Ejecutivo (de España) repiten. Destacando en imagen a ese prodigio de la sensatez y la eficacia que es Isabel Díaz-Ayuso, en su propaganda. Hace falta tener muy perdida la brújula para semejante elección, por otro lado, cuya realidad está a la vista de todos. Resulta agotador. TVE remata faena al llevar en este viernes de alta tensión a la ultraderechista Rocío Monasterio a la entrevista principal de su programa de la mañana.

El Gobierno tiene que ser consciente de la magnitud del ataque ultra y obrar con la misma contundencia que lo ha hecho con la salud en Madrid. Esas cúpulas de lengua venenosa no se limitan a hablar. Y todo el clan no deja de hacerlo. Martínez Almeida, alcalde de Madrid, o Ana Pastor Julián se han quitado hasta la careta de moderados con la que engañaban a muchos. Abascal, el socio indispensable, se propugna para lanzar la caballería y toda la variedad equina en la contienda. Osan quejarse del autoritarismo del Gobierno. Ése que está en el ADN de esta derecha española.

Este gobierno tiene toda la legitimidad y toda la capacidad para ejercer su función democrática como lo ha hecho con el estado de alarma. Ha de actuar en defensa de la ciudadanía, con leyes, cerrando el grifo de las subvenciones públicas a quienes no cumplen la función por la que se les otorgan, con racionalidad, con estricta justicia. Difícilmente puede recibir insultos más duros de la oposición conservadora, ni de las hordas que maneja en redes. Ni puede sufrir mayor manipulación partidista de algunos medios que interpretan la libertad de expresión, como libertad de mentir y difamar. El Gobierno anuncia leyes para acabar con la anomalía democrática de impedir la renovación del Poder Judicial. RTVE es otra disfunción en la que se han hecho nombramientos discrecionales y que admite cambios ya. Un gobierno progresista no puede eludir lanzarse con mano firme a ceses y nombramientos en los órganos fundamentales en los servicios más sensibles. Ha de atajarse el ruido de sables.

Es imperioso dar prioridad a la salvaguarda de las libertades fundamentales, porque algunas están en peligro. La primera es a la vida, y a la salud. Por encima de todas. Y no se admite ya la menor tibieza.

*Publicado en ElDiario.es el 9 de octubre de 2020

Trump y Ayuso, dirigentes para un mundo ficticio

No constituyen en modo alguno una casualidad. Salvando las distancias, son los dirigentes prototipo de un mundo que parece andar como pollo sin cabeza aunque sea dirigido por intereses muy concretos y ajenos al bien común. El presidente norteamericano lleva toda una vida haciendo de la trampa su norma. La presidenta de Madrid, 41 años, es una alumna aventajada en no poner reparos a ninguna farsa. Ambos, señuelos para una sociedad que va construyéndose con mentiras sin pisar suelo firme ni para asentar su propia supervivencia.

Donald Trump, 74 años. Contrae la COVID-19 nos dicen y pasa tres días en el hospital, Walter Reed en Bethesda, Maryland. En una suite, por cierto, decorada en estilo pomposo y setentero, que siembra de dudas su enfermedad. Le han aplicado un tratamiento reservado a casos severos. Un cóctel experimental carísimo, con anticuerpos monoclonales, el antiviral remdesivir y dexometasona, un corticosteroide, con fuertes efectos secundarios que pueden pasar de “sentirse 20 años más joven” a hundirse en la miseria emocional. De ser cierto todo lo dicho, un anciano mejora espectacularmente de COVID-19 (que ha matado en EEUU a más de 200.000 personas-) en tres días, para que sus adeptos griten: milagro, es un superhombre, lo ha hecho por nosotros, la América Grande no teme al coronavirus. Puede que simplemente sus síntomas fueran leves. O que haya sido una maniobra electoral con las encuestas desfavorables. O que esté más grave de lo que quiere aparentar, como toma fuerza la principal suposición. De momento la Casa Blanca ya vende en su tienda de regalos una moneda con el lema: “Trump derrota al Covid“.

Lo más evidente, sin embargo, es que muy pocos norteamericanos habrán recibido semejante tratamiento para sus síntomas. Y eso que Trump no pagó ni los impuestos que le correspondían. Su partido es partidario de “reabrir la economía, aunque haya muertes”. Así lo han venido manifestando numerosos dirigentes republicanos. Lo hizo reiteradamente Chris Christie, gobernador de New Jersey, ahora también hospitalizado por COVID-19 y que a buen seguro será tratado con los mejores medicamentos que ni en sueños tendrá el grueso de sus conciudadanos.

El Madrid de Ayuso es de la misma teoría: no vas a confinar al 100% de la población por salvar al 1%, declaró a ABC la presidenta. Aquí y en América es ese 1% hipotético, o el 10%, incluso el 25%, el que tiene las de perder en la lotería neoliberal sin miramientos. El 25%. Es justo el porcentaje que señala la Sociedad Española de Oncología, de pacientes de cáncer no diagnosticados durante el periodo más crudo de la pandemia de coronavirus. (Pueden verlo en el TD de TVE, minuto 29) No diagnosticados, no tratados, cuando se trata de una enfermedad cuyo abordaje temprano es vital. Como Sonia Sainz-Maza quien, según relata su hermana, ha muerto por un agresivo cáncer de colon, tras cuatro meses de no lograr una visita médica presencial en Castilla-León. Muchas patologías no reciben la atención requerida por la COVID-19, dicen. Por la precarización de la sanidad pública, en realidad. La doctrina neoliberal de la tijera puede llegar a matar. Hay datos escalofriantes. Los aportaba Esther Palomera en su columna. El 42% de los países ha suspendido completa o parcialmente los tratamientos de cáncer, según datos de la OMS. Más de la mitad (53%), el tratamiento de la hipertensión; el 49%, de la diabetes; el 31%, las emergencias cardiovasculares y dos tercios, las terapias de rehabilitación.

Madrid dice que ha aplanado la curva, pero ha dejado de hacer los test que contabilizan casos, como recoge el científico Alberto Sicilia. Se queja el consejero de justicia, el magistrado Enrique López, de que no se fíen de ellos. Se queja el de Sanidad, que mintió diciendo que la Atención Primaria funciona en Madrid con total normalidad, cuando básicamente es telefónica y con demora. El Madrid de Ayuso -que también se cuidó de su presunto coronavirus en un ático de lujo-, es el que privó a los ancianos de los geriátricos de cualquier posibilidad y el que esparce una gestión con hedor a trampa desde su apresurada Ley del Suelo ultraliberalizadora a los aviones que fletó para traer material: precios disparados, facturas opacas y un comisionista que trabaja para Piqué. Informó Manuel Rico.

813.000 contagios confirmados en España. Más de 32.000 muertos por esta causa, en datos oficiales, más un aumento desmesurado de la mortalidad por otras causas que cada vez se explican con más claridad. El mundo entero tomando medidas, confinando. En España, la matraca inmensa, altamente saturadora. A las claras, la pugna entre la bolsa o la vida. En el fondo, la confirmación de que la pandemia ha caído sobre una sociedad que no pisaba el suelo sólido para afianzarse, sino grandes zonas de las arenas movedizas de la mentira.

Trump y Ayuso no son una casualidad. No lo son sus equipos. Se extiende por el mundo un tipo de dirigente que crea el morbo del escándalo para distraer, mientras se nos come la vida su sinrazón. Pareciera que se ha vuelto a desterrar el raciocinio como en la Edad Media, en favor de las fábulas de la irrealidad mágica, de los fanatismos, nuevas religiones de fe sin base por definición. Se cita como expertos a brujos del nuevo mundo. La vez anterior duró mil años. Ahora, los propagadores y sustentos del tinglado son incontables medios en busca de clicks y de “pasta”, de ideología a vender, la que da réditos inmediatos a sus patrocinadores aunque a la larga caven una enorme fosa. No funciona la economía sin salud, los muertos no consumen. ¿Qué número de bajas es admisible? ¿Solo las habría del 1% de los proscritos? ¿De los que no llegan al escenario del Walter Reed en Bethesda, Maryland? Ni así siquiera funcionan las leyes: ni del mercado, ni de la salud.

Díaz Ayuso está ahí, probablemente, por haber acreditado la osadía sin escrúpulos que atesora el PP desde Esperanza Aguirre a Pablo Casado, pasando por Rajoy, despistando, y el Aznar supremo. Como dirigentes de otros partidos ubicados en particular entre los jarrones chinos o los platos de cerámica. Trump ha llegado a la presidencia del todavía país más poderoso de la Tierra, con esa misma desvergüenza. 

Donald Trump es ante todo un showman, sabe mirar a las cámaras, buscar su lado bueno, provocar, intimidar, ofender y aprovecharse de ello. Es una de las conclusiones del estudio sobre la personalidad del presidente de los Estados Unidos elaborado por José Luis Fernández Seara, profesor de psicología de la Universidad de Salamanca, recién publicado. A través de un exhaustivo estudio de sus discursos, declaraciones, debates, lenguaje corporal y todo tipo de manifestaciones. Detrás está, como factor positivo, su profunda determinación para lograr lo que quiere, y también los factores que pesan sobre su gestión. Trump es egocéntrico, soberbio, ostentoso, megalómano, agresivo, colérico, en exceso resiliente, intolerante, no acepta responsabilidades propias, y miente y falsea la realidad y los datos.

La tragedia de nuestros días es que triunfen este tipo de comediantes que, si de algo saben, es de lo que les interesa a ellos y a su clan, despreciando incluso a sus adeptos. Hay gente, por millones, que les cree y les sigue. Han suprimido los datos, el contexto, la propia verdad. Esas tribus delirantes que vemos en las redes, incondicionales de impresentables políticos o ídolos mediáticos de todo pelo y pelaje, lo demuestran a diario y de forma creciente. Estrellas del espectáculo con brillos de purpurina todo a cien, incluso. Sus devotos se mantienen atentos al “repaso” que haya dado el bien pagado comunicador al Gobierno, mientras otros les roban, nos roban a todos, la sanidad pública por ejemplo.

La desinformación en medios tradicionales, aliados del poder, es ya un problema de enorme envergadura. Pero todavía es mayor el de los bulos y fake news que se expanden por todo tipo de vehículos, desde portadas aparentemente serias a lo más oscuro de las redes. Está comprobado que “las noticias falsas se difunden diez veces más rápido que las verdaderas; y que, incluso desmentidas, sobreviven en las redes porque se siguen compartiendo sin ningún control”, escribía el periodista Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique. Y es demostrable. Infinidad de creyentes se irán a la tumba convencidos de calumnias mayúsculas diseminadas en el ejercicio sucio del poder.

Los idiotas, usados por desaprensivos, son la peor pandemia que nos atenaza. Y no, por desgracia, la única. Sube el telón y allí están, por ejemplo, un anaranjado insolente y una descarada de ojos extraviados. Comienza la función, la ficción; pero no es tal, es la vida. Y la muerte. Desde los años 70, cuando todo empezaba, se avisa en películas como “Network” (1976) que se muere y se mata por el espectáculo. Ha ido a peor, a mucho peor. Y nunca se ha estado suficientemente harto como para pararlo.

*Publicado en ElDiario.es el 6 de octubre de 2020

El Madrid de Ayuso, un peligro real

  • La batalla que plantea Madrid frente al gobierno central tiene un fuerte componente ideológico y, sobre todo, intenta ser cortina de humo para cuanto quiere esconder de sus tramas corruptas

Rosa María Artal

Fue una sesión delirante la del jueves en la Asamblea de Madrid. Había que hablar de la salud y las medidas contra la pandemia. Había que confrontar desde el PP con el Gobierno de España. Pero, por encima de todo, Ayuso tenía que dar salida a su ley liberalizadora del suelo, más liberalizadora aún de la que pergeñaron para España Aznar y Rato, padres de burbujas. Manga ancha al ladrillo. Y se aprobó, vaya si se aprobó.

El presidente de la Asamblea de Madrid, Juan Trinidad, de Ciudadanos, intentó encerrar a la oposición para que la falta de quórum no frustrase la ley del Suelo presentada por su partido y el PP, la primera iniciativa legislativa del Ejecutivo de Madrid. Como los diputados de Más Madrid y Unidas Podemos que se oponían, lograron salir, Trinidad aprobó la Ley con 36 votos aunque la mayoría absoluta son 67. Suponiendo incluso que sería ilegal. Todo olía, apestaba, a una especie de Tamayazo cañí.

Esta anécdota –más que anécdota– demuestra cuáles son las prioridades de la presidenta Díaz Ayuso y sus colaboradores. Y cómo, cuando el objetivo les merece la pena, hacen lo imposible por lograrlo. En este caso, textualmente. La salud de los ciudadanos atrapados en su Madrid no es su prioridad en lo más mínimo, según evidencian. Sigue la carencia de medios y de personal sanitario, hasta de rastreadores, y no han hecho gran esfuerzo por remediarlo. No nos engañemos ni lo edulcoremos. Más vale que hasta los muy sensibles y deprimidos lo vayan asumiendo porque será la única forma de encontrar una escapatoria a esta amenaza.

Es ideológico, sí. El neoliberalismo salvaje que practica el PP, y que tiene en Ayuso a su máxima ejecutora, prima la economía sobre la salud. Esa tendencia que encuentra asumible que mueran personas antes que detener o frenar la actividad que favorece contagios. Díaz Ayuso ha dicho reiteradamente: “Todos los días hay atropellos y no por eso prohíbes los coches“. Este ser, con sus capacidades mentales y éticas, es quien decide, junto al PP de Casado y cuantos participan de su plan, sobre la vida de los ciudadanos. Es un peligro real, aunque desigual por zonas y poder adquisitivo.

Lo dijo y lo demostró en su tratamiento de los ancianos de los geriátricos en la primera ola del coronavirus que el manto de las impunidades anda cubriendo con éxito. Numerosas comunidades españolas, países varios también, relegaron salvar a ancianos improductivos como mandan las leyes de su mercado. Ante la escasez de medios que previamente habían perpetrado. En Madrid desbordó todo lo admisible. Hay que repetirlo: “El Gobierno Ayuso no ejecutó ninguna de las tres alternativas que tenía ante el colapso de la red pública de hospitales: ni trasladó a los mayores enfermos al Ifema, ni usó la red hospitalaria privada para atenderlos, ni medicalizó las residencias”. Lo vimos, entre otras informaciones, en las de Manuel Rico. Y hay pruebas documentales.

Diluido ya el enorme esfuerzo que realizamos desde marzo, las medidas que el Gobierno decreta para la comunidad de Madrid llegan tarde y no son las del primer estado de alarma ni de lejos. Se mantiene el caos inicial en este tramo de viajar –masificados- para trabajar de punta a punta de Madrid, lo que en la práctica es una doble victimización de los barrios más pobres y solo se añade el control policial acordado con Sánchez en el pacto de las banderas. Madrid ha publicado ya en su Boletín oficial, BOCM, la autorización para que las fuerzas de Seguridad vayan casa por casa y obliguen al cumplimiento de cuarentenas de forma coactiva, incluso. Recordemos que también ha prohibido a sanitarios y docentes hacer declaraciones a la prensa. Y encima Ayuso planta recurso ante la Audiencia Nacional por el cierre decretado por el gobierno de Sánchez. Dice que atenta contra derechos fundamentales, el primero es la vida.

La batalla que plantea Madrid frente al Gobierno central no es un pulso entre criterios como lo saca lavado cierta prensa. Tiene ese fuerte componente ideológico y, sobre todo, intenta ser cortina de humo para cuanto quiere esconder el PP de sus tramas corruptas. Las revelaciones grabadas de la corrupción de la Kitchen, con todas sus maniobras sucias de ocultación de pruebas utilizando medios sagrados del Estado de Derecho. Los implicados en la “cola de trincar sobres” empiezan a ser demasiado escandalosos hasta para las amplias tragaderas de sus votantes más fieles. Pero los problemas de supervivencia del PP van más allá y parecen obligar a tácticas cada vez más avanzadas.

Arden los contactos. El viejo PP se prolonga en el nuevo para defender la trinchera. Ana Pastor Julián, siempre a la vera del poder, coordina estrategias, para salvar en primer lugar a Mariano Rajoy y a cuantos se pueda. El auténtico frente está en el lawfare, en el uso abusivo de la justicia. Pablo Casado ha conseguido atrincherarse con el Poder Judicial que no renueva ni aunque lo pida Bruselas. Y sus miembros caducados siguen haciendo nombramientos que pueden condicionar las sentencias sobre la corrupción del PP. No es ningún secreto, no se ocultan.

Ladrillos, muchos ladrillos susceptibles de comisiones, antes que médicos. Distracción para eludir la responsabilidad exigible. Trabajar a riesgo de enfermedad y muerte. Deslizarse entre un coronavirus incontrolado –que incluso disfrazan– para que la actividad siga. Tan malamente además. ¿A quién pretenden engañar? ¿Cómo va a mantenerse igual “la economía” mientras caen enfermos los ciudadanos?¿Y cuando se ve tal descontrol? ¿Son conscientes del daño que han hecho, a la economía también, su gestión y su empecinamiento? Hay comunidades apenas sin incidencia, y países, como Italia, que ni segunda ola han tenido.

Cuidado con el ‘todos son iguales’. La incidencia de la COVID-19 en España es muy alta y no hay causas rotundas que lo expliquen. Quizás fue ese verano que había que aprovechar para perder luego muchas más estaciones. El Gobierno de España sigue pendiente de los más necesitados. Las modificaciones sobre el ingreso mínimo vital permitirán cobrarlo a más de 60.000 hogares de mayores de 65 años sin pensión. Se prolongan los ERTES. Nadie quiso una pandemia, pero está aquí. Y hay que tratar de bandearse entre la necesaria actividad productiva y la salud de los ciudadanos. Sin perder el horizonte.

Escuchen el alegato del Dr. José Manuel Freire, neumólogo y diputado del PSOE en la Asamblea de Madrid: “¿No les da vergüenza?”, le dice, tras desgranar argumentos plenos de lógica, al consejero de Sanidad tan experto en transformar la verdad. Y no les da, lo primero es lo primero. Ésa es la tragedia.https://platform.twitter.com/embed/index.html?dnt=false&embedId=twitter-widget-0&frame=false&hideCard=false&hideThread=false&id=1311657692327534593&lang=es&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es%2Fopinion%2Fzona-critica%2Fmadrid-ayuso-peligro-real_129_6264496.html&theme=light&widgetsVersion=ed20a2b%3A1601588405575&width=550px

Quienes más peligro corren son los sanitarios que nos atienden, con medios insuficientes. Ellos mismos alertan sobre la situación de Madrid en particular: “La segunda pesadilla hospitalaria ya está aquí”, alertan y explican por qué. Y los ciudadanos en general, también. Se acabó ir al médico de Atención Primaria ante una dolencia que en principio no aparente ser grave. Si lo es, a urgencias con peligro de contagio. Los hospitales de Madrid están saturados: 18 de ellos tienen una ocupación superior al 90%. Y ya se están priorizando las UCIs, dice el Dr.Velayos, intensivista, en un hospital del sur de Madrid, aunque están ocupadas en el conjunto de la comunidad el 42%.

Según oímos, no hay contagios ni en metros y autobuses, ni en los bares y restaurantes, ni en las tiendas, ni en las casas de apuestas y bingos, ni en los centros médicos, solo en reuniones familiares y poco más. Y el caso es que, será por arte de magia, pero ya mueren en España más de 100 personas diarias por coronavirus. 3.000 muertes al mes. 10.000 antes de Navidad, recuerda Kiko Llaneras. De seguir este ritmo. Pueden ser más. Cerca de diez mil contagios al día ya, un tercio de ellos… en Madrid, sí.

La sensación de peligro está justificada. Más allí donde la política de la sinrazón prevale sobre el bien de las personas. El cúmulo de atropellos del PP de Casado, de Ayuso en particular, debería justificar al menos un relevo eligiendo entre personas más capaces y sensatas que debe haberlas, si se atreven a afrontar el pastel en el que viven.

El problema hoy es que, si ya de por si una pandemia como la de COVID-19 es una tragedia, con gestiones como la de Madrid se agrava a límites de riesgo vital. Y los paños calientes de negación no aligeran en lo más mínimo esta realidad.

Publicado el 2 octubre en ElDiarioes.

A %d blogueros les gusta esto: